Quienes han seguido este blog más o menos desde el principio saben que amo apasionadamente al chocolate y que incluso creé un culto dedicad...
Quienes han seguido este blog más o menos desde el principio saben que amo apasionadamente al chocolate y que incluso creé un culto dedicado a él. ¿Y qué mejor manera de pasar esta aburridísima cuarentena por el COVID-19 que haciendo cositas lindas con dicha materia prima? O sea, ¡vengan a mí, cacerola para el baño María y bloque de medio kilo de chocolate!
Encima, entre el pasto de mi jardín crece menta. Meeeeeeeeeeenta. Basta con acercarse un poquito a las plantas para sentir su delicioso aroma. ¿Qué hacer con toda esa menta aparte de infusiones? ¡Pues ponérsela al chocolate de alguna manera, claro!
Así fue como terminé con un montón de discos de chocolate rellenos con crema de menta, llamados originalmente peppermint patties :-) (receta aquí por si quieren hacer el experimento).
Y como me sobró algo de chocolate derretido, bañé unas cuantas nueces en él (buen uso no quirúrgico para las pinzas con dientes de ratón, por cierto).
¡Pero también tenía cacao en polvo más todos los demás ingredientes para hacer una tortita de chocolate en el microondas!
Qué linda, ¿verdad? ¡Como un enorme brownie redondito! :-D
Mi adorable unicornio se percató entonces de mis andanzas culinarias, y como ya se me estaba acabando el chocolate (¡nooooo, tragedia!), pues Cuernito decidió hacer más... ¡transformando la basura plástica que yo había separado a lo largo del mes para su reciclaje!
Me tomó un minuto recuperarme de la sorpresa (durante el cual devoré la mitad de lo que había sido una botella de aceite).
—Mmmmm, mmmmm, esto es... ¿te das cuenta de lo que significa? ¡Podrías solucionar la crisis mundial de la contaminación por plástico! —Cuernito movió la cabeza de un lado a otro—. ¿No? ¿Por qué? —Cuernito se encogió de hombros como diciendo "es difícil de explicar"—. Oh, bueno. Pero ¿es seguro al menos comer todo este chocolate? —Cuernito asintió de buena gana, agitando sus crines esplendorosamente como estuviera en una propaganda de L'Oréal.
Llamé a gritos a mi dragón, quien asomó el hocico a través de la reja de mi ventana.
—¡Tenemos que conseguir plástico, mucho plástico, y apilarlo en forma de montaña! ¡Con un castillo en la cima! —Me volví hacia Cuernito—. ¿Te parece bien? ¿Podrás con eso?
Cuernito volvió a asentir pegando al mismo tiempo unos saltitos de felicidad.
—¡A por ese plástico, entonces! ¡Me voy a desempolvar el carro de la compra para recolectar unos cuantos kilos yo también!
Nos llevó diez días recoger suficiente plástico para crear la montaña en un terreno baldío. (Antes de que me acusen de no respetar la cuarentena, les aseguro que Cuernito, Donald y yo nos pusimos mascarilla y mantuvimos la distancia de seguridad en todo momento. Además, es que la ciudad ha estado particularmente sucia desde que comenzó la pandemia, de modo que en realidad les hicimos un favor a los montevideanos.) Luego Cuernito puso su magia a la obra y...
Mientras Cuernito transformaba el plástico en chocolate, al estilo Elsa pero con poderes chocolatosos en lugar de criogénicos, yo me puse a cantar: "¡El cacao / el cacao / el cacao es fenomenal! / ¡El cacao / el cacao / el cacao feliz te hará!" (Alguien me tiró un zapato a la cabeza para callarme. Creo que fue Donald, ya que menuda cara de culpable tenía cuando me di la vuelta.)
¿Qué hacer con una montaña entera de chocolate? ¡Pues comerlo a pedazos o utilizarlo en más recetas, incluyendo bolitas de coco y chocolate y trufas de chocolate y menta! Sin embargo, a los pocos días entendí por qué no se resolvería así la crisis mundial de la contaminación por plástico: salvo por el chocolate consumido, la magia de Cuernito se desvaneció con la siguiente luna llena, y entonces el chocolate volvió a transformarse en molesto plástico no consumible ni biodegradable.
En fin, Cuernito volvió a convertir la montaña de plástico en chocolate, la cual se mantendrá así hasta la próxima luna llena (que caerá el 5 de junio). O sea, ¿quieren chocolate? ¡Pídanlo en los comentarios y mi dragón se los llevará a domicilio en bloques de dos kilogramos! (Donald usará mascarilla, pero en realidad creo que no puede pillar el coronavirus debido a su capacidad para arrojar fuego.)
¡QUE VIVA EL CHOCOLATE!
G. E.
PD: Antes de que me digan que en el segundo dibujito aparezco revolcándome junto a Cuernito en la montaña de chocolate, y que eso no ha de ser muy higiénico (cierto, no lo es), les prometo que todo el chocolate que pidan será mágicamente aseado por mi unicornio justo antes de cada envío. Vamos, que sería muy poco profesional de mi parte repartir comida con pelos (míos o de Cuernito), fibras de ropa o mugre de la suela de mis zapatos. Ah, y mi unicornio también dará formas más agradables a los bloques de chocolate; por ejemplo, réplicas de estatuas griegas desnudas o animalitos de aspecto encantador como pangolines, gatos, osos pardos o tarántulas (esto último para los amantes de las arañas, obviamente).
PPD: Avísenme si alguno de los enlaces externos deja de funcionar, porfa. Lo sustituiré por una receta equivalente (pos claro, ya que no tendría sentido cambiarla por una de falafel o muslos de pollo al horno).
—¿Cimitarra, cachiporra, motosierra o un rifle de caza normalito? —le pregunté a mi amigo Luismi—. A menos, claro, que hayas traído tus prop...
—¿Cimitarra, cachiporra, motosierra o un rifle de caza normalito? —le pregunté a mi amigo Luismi—. A menos, claro, que hayas traído tus propias armas. ¿Tal vez una guadaña como la que usa la Muerte del Mundodisco?
—Eh... —balbuceó mi pobre amigo.
—Oye, decídete pronto, cielete, que no hay tiempo que perder. A menos, claro, que quieras acabar destripado, pero no creo que aceptaras venir aquí con esa intención.
Viendo que mi amigo Luismi aún lucía confundido, le puse una cimitarra en las manos.
—Cuidado que está afilada —le advertí—. Corta que da gusto. Trata de no salpicar de sangre la empuñadura, ¿eh?, ya que eso la volvería resbaladiza y no querrás que se te escape en medio de la batalla. ¿Listo? ¡Al ataqueeeee!
Gritando como espartanos de la peli 300, los dos corrimos entonces hacia...
Mmmm, tal vez sea mejor que empiece por el principio, ya que estoy viendo más caras confundidas aparte de la de Luismi :-)
Me levanté en la mañana del 31 de octubre pensando qué disfraces podríamos usar Donald, Cuernito y yo en esta ocasión. ¿De Hugo, Paco y Luis? ¿Las tres brujas de la peli Abracadabra? ¿O tal vez algo verdaderamente terrorífico, como Trump, Putin y Nicolás Maduro? Decisiones, decisiones.
En fin, en medio de tales consideraciones mandé a mi Donaldito a España a buscar a mi amigo Luismi Sabio (autor del blog Sick of Hell), después de lo cual pensé en opciones de disfraces para cuartetos. ¿Trump, Putin, Nicolás Maduro y Kim Jong-un? Nah, demasiado horror junto, causaríamos pánico en el vecindario. ¿Vimes, Zanahoria, Nobby y la capitana Angua, de la guardia nocturna de Ankh-Morpork? Mmmm, podría ser. ¿O qué tal algunos personajes de Stephen King, como los pistoleros de La Torre Oscura?
Cuernito estornudó en ese momento. Estoy más o menos segura de que ése fue el detonante de todo lo que vino a continuación, ya que a los pocos minutos vi por el rabillo del ojo que alguien nos espiaba a través de la ventana, un rostro muy cargado de maquillaje y bastante tenebroso. No, no al estilo Donatella Versace (aunque se le parecía bastante, la verdad), sino más bien de...
—¿Eso fue un payaso? —Cuernito se giró para mirar pero la cara ya había desaparecido—. Aj, tal vez fue el hijo de los vecinos, probando su disfraz para la Noche de Brujas. No importa. ¿En qué estaba? Ah, sí. ¿Harry Potter, Ron, Hermione y Luna? ¿O mejor Dobby en lugar de Luna? —Cuernito hizo una mueca, no muy convencido—. O podríamos ser las tres hadas de La bella durmiente más Maléfica. Hablo de las versiones animadas, no las de la peli Maléfica. ¡O tal vez algunos personajes de Dreamworks! ¿Shrek, Fiona, Burro y la dragona? ¿O los Croods?
Así se nos pasó la mitad de la tarde. Fui a hacer unos recados, no obstante... y por el camino me pareció ver más payasos horrendos. Supuse que eran personas disfrazadas, y no le di más importancia al asunto hasta que volví a casa cargada de caramelos para repartir a los niños.
Vi entonces a Cuernito peleando con uno de los payasos en el porche de mi casa. Peleando en serio. Cuernito le pegó coces, le mordió el trasero y finalmente lo empaló con su cuerno. La sangre salpicó en todas direcciones. A causa de la impresión, dejé caer al suelo las bolsas de caramelos.
—¡¿Pero qué has hecho?! —exclamé—. ¡Entiendo que no te gusten los payasos, mira que yo también los aborrezco, pero no es razón para cometer un homicidio! ¡Y has ensuciado de sangre todo mi porche! ¿Sabes cuán difícil es limpiar salpicaduras de sangre de un piso poroso? —(No me pregunten cómo es que sé cuán difícil es limpiar salpicaduras de sangre de un piso poroso.)
Cuernito movió la cabeza de un lado a otro y me indicó que observara mejor al payaso. Di unos pasos hacia el cadáver.
—Ugh, qué mal huele. Y menudos dientes afilados. Y... —El payaso se desintegró a medias, generando nubecillas todavía más apestosas—. Oh. ¿Era un payaso macabro de verdad? —Cuernito asintió—. Esto es obra tuya, seguro. No debí mencionar a Stephen King justo antes de que estornudaras. —Cuernito se encogió adorablemente de hombros—. Ay, qué precioso eres. Toma una paleta de fresa.
Antes de que pudiera decidir qué hacer con los restos del cadáver, de pronto se escucharon gritos por todo el vecindario. ¡Los demás payasos macabros estaban atacando a los vecinos!
—Bue. Me da que tendré que cambiar los planes para la Noche de Brujas. ¿Dónde puse mi hacha? —(No me pregunten por qué tengo un hacha.)
Un payaso especialmente horrendo se tiró encima de la vieja miserable de al lado. Esperé a que terminara de comérsela antes de clavarle el hacha en el cogote, por supuesto (muajajaja, adiós, vieja miserable de al lado).
Poco después mi dragón bajó del cielo trayendo a Luismi. Para ese entonces la batalla estaba en pleno apogeo, de modo que me limité a darle un abrazo rápido (cuidando de no salpicarle encima la sangre que goteaba de mi hacha) antes de decirle:
—¡Qué alegría verte por fin en persona! —Me detuve un segundo para reventar a otro payaso, clavándole el hacha en el esternón—. Tenemos una pequeña situación aquí, espero que no te moleste colaborar. ¿Cimitarra, cachiporra, motosierra o un rifle de caza normalito? A menos, claro, que hayas traído tus propias armas. ¿Tal vez una guadaña como la que usa la Muerte del Mundodisco?
Una horda de payasos se aproximaba por el lado este de la calle.
—Eh... —balbuceó Luismi al verlos. Me dirigió una expresión de "qué carajo está pasando aquí".
—Oye, decídete pronto, cielete, que no hay tiempo que perder. A menos, claro, que quieras acabar destripado, pero no creo que aceptaras venir aquí con esa intención.
A falta de una respuesta, saqué la cimitarra de mi arsenal (no me pregunten por qué tengo un arsenal) y la puse en sus manos indicándole cómo sostenerla.
—Cuidado que está afilada —le advertí—. Corta que da gusto. Trata de no salpicar de sangre la empuñadura, ¿eh?, ya que eso la volvería resbaladiza y no querrás que se te escape en medio de la batalla. ¿Listo? ¡Al ataqueeeee!
Luismi, bendito sea, desistió de pedir explicaciones y en cambio me siguió la corriente, de modo que ambos corrimos gritando hacia la horda payasesca. Donald voló en la dirección contraria, incinerando enemigos al estilo Drogon en Juego de tronos.
Cayó la noche y todavía estábamos matando payasos, salvo que para ese entonces se nos había unido más gente y alguien puso death metal en unos altavoces potentes. Bien. Nada como matar payasos macabros (o simplemente molestos, hay que decirlo) a ritmo de death metal :-)
(Hablando de payasos molestos, es posible que por accidente hayamos matado a un payaso común y corriente que justo pasaba por ahí. Nadie parece haberlo echado de menos, sin embargo.)
No sé qué más hizo Cuernito accidentalmente con su magia (o quizás fue culpa de algún otro unicornio; es decir, no me he molestado en hacer un censo de criaturas mitológicas en mi vecindario, tal vez haya alguna otra), pero en algún momento, además de los payasos, aparecieron murciélagos vampiro y calabazas malvadas con patas. Menos mal que teníamos suficientes armas y municiones, incluyendo un par de AK-47 (no me pregunten de dónde sacamos los AK-47).
—¡Duro con ese Pennywise, Luismi! —exclamé en medio de la batalla—. ¡Bien hecho, Donaldito, pégales de lo lindo a esos dos! ¡Eh, Cuernito, deja de posar para el dibujo del blog y destruye esa calabaza antes de que se coma a mi gato! —(Gatete tonto. Seguro se escabulló fuera de la casa al ver a los murciélagos, ya que le encanta cazar cualquier bicho rastrero y/o volador. No vean el dineral que me ahorra en cucarachicidas.)
La matanza de payasos duró hasta la medianoche. El vecindario quedó hecho un asco. A fin de tener energía, nos comimos todos los caramelos que habíamos comprado para los críos (total, ningún crío se atrevió a salir de su casa con tanto payaso macabro suelto).
Y claro, después hicimos una fiestota de celebración, a pesar de que técnicamente ya había pasado la Noche de Brujas y no habíamos tenido tiempo de difrazarnos (lo cual resolvimos diciendo que nos habíamos disfrazado de asesinos profesionales de payasos macabros, ¡ja!).
—Espero que no te hayas arrepentido de venir —le dije a mi amigo Luismi—. Lamento lo de tus ropas. No creo que esas manchas de sangre de payaso macabro vayan a desaparecer en la lavadora.
—¡Pero qué dices, tía, si me he divertido un montón! ¿Puedo llevarme la cimitarra como recuerdo?
—¡Claro que puedes! Tengo más. —(No me pregunten por qué tengo más de una cimitarra.)
—¡Estupendo! —Luismi blandió la cimitarra. Estuvo a punto de decapitar por accidente a un vecino que se había sumado a la fiestota—. ¡Ups, perdón!
Brindamos con limonada (para las borrachinas ya tuvimos la Oktoberfest días atrás), mandamos a Cuernito a limpiar el vecindario con sus poderes mágicos, y por último consolamos a mi pobre gato traumatizado por su encuentro con la calabaza asesina. Resumiendo, fue una excelente Noche de Brujas :-)
G. E.
PD: El incidente no hizo que nadie dejara de odiar a los payasos.
PPD: Le puse una mascarilla a mi unicornio Cuernito. Al parecer es un poco alérgico al polen primaveral, de ahí los estornudos. Se la sacaré cuando estemos cerca de la Navidad. Con un poco de suerte estornudará de nuevo y ocurrirá algo maravillosamente antinavideño, como una invasión renos zombis o elfos demoníacos :-)
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¡Yipi, Oktoberfest! Hora de celebrarla... ¿cómo y dónde? Ains, no es fácil ser originales, ¿verdad? —¿Qué creen que deberíamos hacer este ...
¡Yipi, Oktoberfest! Hora de celebrarla... ¿cómo y dónde? Ains, no es fácil ser originales, ¿verdad?
—¿Qué creen que deberíamos hacer este año? —les pregunté a Donald y Cuernito.
Ellos se miraron un momento, se dijeron algo en un idioma que inventaron para charlar entre sí (algo acorde a sus aparatos vocales, ya que por alguna razón no les sale hablar en español), y entonces hicieron lo siguiente: Cuernito utilizó su magia para conjurar un globo terráqueo holográfico y Donald se tapó los ojos antes de elegir al azar un punto del planeta.
—¡Órale! —exclamé mientras me esforzaba por determinar dónde quedaba el sitio en cuestión, puesto que el globo holográfico no mostraba nombres por ningún lado.
En fin, menos mal que existe Google Earth :-) El punto elegido por Donald resultó ser ¡el Lago Baikal, en Rusia! ¡Una de las cosas que afanaría si pudiera!
De pronto me vino una duda a la mente, sin embargo:
—¿Cómo planean que celebremos la Oktoberfest ahí? —les pregunté a Donald y Cuernito—. O sea, estamos hablando de un lago. Y creo que a los rusos les gusta más el vodka. (Abrí Google para averiguar si los rusos celebran o no la Oktoberfest. Parece que sí. OK, no sólo beben vodka, pues.)
Donald me hizo un gesto con la mano para darme a entender que ellos se encargarían de todo. Volamos a Rusia, por lo tanto, y, tras unas cuantas paradas, aterrizamos junto al Lago Baikal.
(Antes de que me pregunten cómo hacemos para evitar los radares aéreos en los vuelos internacionales, bueno, es que mi Donaldito es un dragón y simplemente no lo detectan. Y en caso de toparme yo con alguna autoridad, tengo pasaporte de la Unión Europea y mi aspecto no es nada amenazador; las personas asumen, por lo tanto, que soy una simple turista, y me desean que lo pase bien en su país.)
—Bueno, ¿y ahora qué? —pregunté—. ¿Dónde está la cerveza? ¿Vas a convertir el lago como lo hiciste con el Arroyo Pantanoso hace dos años, Cuernito mío? Es un lago grande. Va a ser mucha, mucha cerveza.
Mi unicornio sacudió de un lado a otro su hermosa cabecita, apoyó su cuerno en el agua... y entonces, como si se tratara de la reina Elsa en la peli Frozen, la superficie del lago se convirtió en una capa perfectamente plana de cerveza congelada, con esculturas aquí, allá y acullá de jarras enormes llenas de cerveza líquida. Cuernito tuvo además la gentileza de añadir esculturas de bellos y poderosos guerreros germánicos semidesnudos, todos con una espada en la mano y una jarra en la otra.
—¡Oh, esto sí que pinta bien! —exclamé—, pero ahora necesitaré unos pat... ¡UAAAAAAA!
Quedé despatarrada en el hielo después del resbalón. Mi Donaldito me ayudó a levantarme al tiempo que Cuernito transformaba mis zapatillas de deporte en patines.
—Gracias, Cuernito precioso. Ay, ay, ay, mi pobre coxis. —Me masajeé un poco el trasero hasta que dejó de doler—. Muy bien, ¡¿quiénes están listos ahora para celebrar la Oktoberfest?!
Cuernito y Donald exclamaron su equivalente de "¡yoooooo!", y después de eso hicimos tanto ruido con la fiestota que poco a poco se nos sumaron unos cuantos rusos. Al principio creo que me preguntaron en su idioma qué carajo le había pasado a su precioso lago, pero respondí a eso con un alegre "¡Oktoberfest!", les pasé unas cuantas jarras de cerveza, y al cabo de un rato estaban tan achispados que dejaron de hacer preguntas y ni siquiera se asombraron al ver a mi dragón y mi unicornio.
Oh, les dimos patines también, aunque muchos de ellos ya tenían (no por nada Rusia destaca en los deportes invernales). Horas más tarde nos pusimos a jugar al curling con las jarras vacías y trapeadores caseros, pero fue un desastre (divertido) porque no dejábamos de chocar entre nosotros :-) (Terminé con un chichón en la frente. Lo bueno es que había suficiente hielo alrededor para bajar la inflamación.)
Los monstruos de hielo aparecieron en la mañana del segundo día de fiesta. Los rusos se venían tan sorprendidos como yo, por lo que asumí que ellos también desconocían su procedencia.
Eran diez en total. Altos, azules, vagamente humanoides pero con siete dedos en cada mano. Señalaron al lago y a las jarras de hielo gigantes y balbucearon en ruso:
—Cerveza. Cerveeeeeeza. Mmmmm.
Ah, bueno, con eso ya quedó todo claro.
—¡Disfruten también la Oktoberfest! ¡Hic! —exclamé, y los monstruos vitorearon. O sea, seguimos la fiesta como si nada pero con monstruos de hielo patinando también por el lago.
(Mi dragón estornudó fuego y derritió por accidente a uno de los monstruos, pero los otros estaban ya demasiado borrachos como para darse cuenta. Espero que no lo noten más tarde y traten de vengarse de mi pobre Donaldito.)
Tres días después amanecimos con una resaca fenomenal, incluyendo a mi Cuernito, el cual estaba tirado panza arriba en el pasto con cara de "necesito el equivalente mágico de una aspirina". El lago ya se había derretido y los monstruos no se veían por ninguna parte (¿se derritieron?, ¿volvieron a su glaciar?, quién sabe).
Los rusos, Cuernito, Donald y yo nos arreglamos un poco, nos sacamos unas cuantas selfies y luego todo el mundo volvió a su casa.
Fue una linda Oktoberfest :-)
G. E.
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Hace dos años, Cuernito, Donald y yo celebramos la Oktoberfest bañándonos en un arroyo de cerveza . Fue tan divertido que este año decidimos...
Hace dos años, Cuernito, Donald y yo celebramos la Oktoberfest bañándonos en un arroyo de cerveza. Fue tan divertido que este año decidimos repetir el experimento... pero en un bosque europeo en lugar de un terreno baldío local.
Volamos hasta ahí (después de ponerme yo una chaqueta y unas buenas botas de excursión), buscamos un claro bien bonito con laguna, patos y hojas de otoño en el piso, y despejamos un círculo para encender una fogata y asar salchichas (salchichas asadas + cerveza + música + dragón y unicornio = fiestota).
El plan iba saliendo a la perfección... hasta que me perdí.
No se me puede culpar por ello, la verdad. Estaba desenvolviendo las salchichas y el pan y de pronto vi que algo se movía entre los árboles: una figura de color pardo con manchitas blancas; ¡un gamo!
Nunca antes había visto un gamo en la vida real, solamente en mi vieja enciclopedia de animales. ¡Y me parecieron tan bonitoooos! Como versiones grandes de Bambi (aunque técnicamente Bambi es un ciervo de cola blanca americano).
Me acerqué al gamo para verlo mejor. El bicho se apartó pero sin correr. Me acerqué un poco más, luego otro poco más... y de pronto estaba yo muy lejos de Donald y Cuernito, en medio del bosque y sin una brújula en la mano.
—Bien hecho, Gissel —me dije—. Como si no hubieras leído un montón de novelas donde alguien se pierde en un bosque con una facilidad pasmosa... y luego termina devorado por un oso o asesinado por un asesino psicópata. —Sí, me gusta leer ese tipo de historias, no le veo nada de raro.
Estuve a punto de llamar a Donald a gritos para que viniera a rescatarme. Luego se me ocurrió que eso sería bastante vergonzoso, de modo que grité algo distinto:
—¡Eh, chicos, vengan a ver esto, es maravilloso!
Busqué a toda prisa algo maravilloso que señalar, a fin de no quedar como una idiota cuando Donald y Cuernito me hallaran por fin.
No vi nada maravilloso... pero sí escuché unos cánticos que provenían desde más adelante, donde los árboles estaban tan pegados y eran tan frondosos que parecía de noche bajo ellos. Fui hacia allá... y esto es lo que encontré:
—Vanilla planifolia —canturreó la primera bruja.
—Cinnamomum verum —canturreó la segunda.
—Psilocybe cubensis —canturreó la tercera mirando en todas direcciones con una sonrisa de atontada felicidad.
Bueno, aquello no tenía nada de raro para las aventuras que suelo experimentar con mi dragón y mi unicornio, y como las brujas no se veían particularmente amenazadoras, me acerqué a ellas saludando con una mano.
—¡Feliz Oktoberfest! —dije. Parecía lo más apropiado... dado que el contenido del caldero olía sospechosamente a cerveza.
Las dos primeras brujas me miraron con algo de suspicacia, pero la tercera sonrió aún más y extendió los brazos.
—¡Una hobbit a la que también le gusta la Oktoberfest! —exclamó ella—. ¡Abrazoooooo!
Le devolví el abrazo a la bruja. Total, no es la primera vez que alguien me confunde con una hobbit.
—No has venido a gorronear nuestra cerveza, ¿verdad? —me espetó la primera bruja, quien se parecía un poco a las ilustraciones de Yaya Ceravieja (un personaje de Terry Pratchett).
La segunda bruja (quien se parecía a Tata Ogg, otro personaje de Terry Pratchett) le dio un codazo.
—No seas maleducada o la hobbit va a pensar que en este país no somos hospitalarios, por no hablar de que estamos en plena Oktoberfest. —La bruja se volvió hacia mí—. Acércate, querida. ¿Qué haces tú solita en este bosque?
—Vine con dos amigos, en realidad, pero me despisté a lo bobo y me perdí. Esa cerveza huele muy bien. ¿Es algún tipo de cerveza mágica que sirve para maleficios y cosas así?
La primera bruja me dirigió una expresión indignada, pero la segunda se echó a reír y contestó:
—No, qué va, sólo es cerveza con especias. Todavía faltan unos minutos para que esté a punto. ¿Tus amigos te están buscando? —Asentí—. Pues siéntate con nosotras hasta que te encuentren, pequeña hobbit. Por cierto, mi nombre es Belladona. Mi colega gruñona es Cicuta, y ella es Ayahuasca. —La tercera bruja me saludó agitando ambas manos al escuchar su propio nombre. Tenía una pupila más dilatada que la otra.
—Gusto en conocerlas a todas. Soy Gissel.
—¿Gissel? —dijo Cicuta mirándome de arriba abajo—. ¿Acaso eres el espectro de una desdichada que murió por un desengaño amoroso?
—Uh, no. El nombre fue cosa de mi mamá, a quien simplemente le gusta el ballet Giselle.
—¿Espectro? ¿Dónde hay un espectro? —dijo Ayahuasca mirando en todas direcciones y agitando los brazos como si estuviera rodeada de moscas invisibles. Belladona la tranquilizó con unos golpecitos en la espalda.
—No hay espectros, amiga. Anda, come unas nueces, te harán bien. —Belladona se volvió hacia mí y, haciendo pantalla con una mano a fin de que Ayahuasca no la viera, susurró—: No le hagas mucho caso. Antes era más avispada, pero le salió mal una poción que involucraba peyote y así se quedó. Iba a pasar tarde o temprano, me temo; nuestra amiga era aventurera ya desde el principio en cuanto a sus listas de ingredientes.
—Sus padres eran hippies —añadió Cicuta, y después movió la cabeza de un lado a otro como si eso explicara todo. La verdad es que explicaba bastante, de hecho :-D
La cerveza por fin estuvo lista pero Cuernito y Donald no me habían encontrado aún, de modo que empezamos a beber en su ausencia... hasta quedar bastante achispadas. Pusimos de paso algo de música de Peter Gundry, ya que, si bien estábamos celebrando la Oktoberfest, el sonido tenebroso de los violines pegaba mucho mejor con el bosque a oscuras y las brujas.
Apenas Cuernito y Donald asomaron en el claro, las tres brujas pensaron que estaban alucinando.
—Uh, nos quedó buena la cerveza —dijo Cicuta—. ¡Veo criaturas míticas de colores raros!
—¡Yo también las veo, yo también las veo! —exclamó Belladona—. ¡Hip!
Ayahuasca vació su quinta jarra de cerveza y corrió a abrazar a Donald, quien le devolvió el abrazo, si bien un tanto confundido.
—¡Oh, estas alucinaciones son tan realistas que hasta las puedes tocar! —dijo Ayahuasca—. ¡Qué escamas tan lustrosas! ¡Se sienten como si alguien las hubiera encerado!
—Pues claro —respondí—. ¡Hip! Está usted abrazando a mi dragón Donald, señora bruja. Sepa que le paso cera una vez por semana para que quede así de guapo y brillante. —Mi Donaldito parpadeó en forma coqueta.
—¡Oh, y qué suavecito es el unicornio! ¡Hip! ¡Como si estuviera cubierto de pelo de conejo bebé!
Cuernito también parpadeó en forma coqueta.
—Sí, bueno, Cuernito siempre está suavecito —respondí—. No necesita acondicionador ni nada. ¡Hip!
Cicuta y Belladona tocaron a Donald y a Cuernito con sus respectivos dedos nudosos, no muy seguras todavía de que fueran reales. Minutos después, sin embargo, mi dragón y mi unicornio se habían sumado a la fiesta, bebiendo cerveza y bailando con las brujas al ritmo de la música tenebrosa.
Entonces YO empecé a ver cosas raras. Seres con los rasgos combinados de mi dragón y mi unicornio, tan coloridos como si hubieran pasado antes por un desfile del orgullo LGTB+.
—¡¡CERVEZA PARA TODOS!! —exclamé.
—¡¡YAY!! —coreó todo el mundo, incluyendo los dragones y unicornios híbridos extraordinariamente coloridos.
¡Así da gusto celebrar la Oktoberfest! :-) ¡Hip! ¡Salú!
G. E.
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¿Recuerdan mi Oktoberfest del año pasado ? ¿La primera con mi unicornio Cuernito? Pues bien, este año también nos sentamos a pensar una mane...
¿Recuerdan mi Oktoberfest del año pasado? ¿La primera con mi unicornio Cuernito? Pues bien, este año también nos sentamos a pensar una manera original de celebrar dicha festividad... hasta que sucedió algo inesperado. Era de noche, me distraje un momento para hacerme un té, y de pronto escuché a mi unicornio lanzar un relincho de ayuda. Giré la cabeza... ¡y vi a un montón de criaturas pequeñas y de aspecto raro secuestrando a mi adorado Cuernito!
Apagué el fuego bajo la caldera, agarré un cuchillo y corrí tras el grupo llamando a mi dragón Donald (quien estaba en la azotea, claro, porque hace años que no cabe en mi casa). Las criaturas, sin embargo, ya estaban desapareciendo con mi unicornio por un agujero en la tierra.
—¡Los seguiré por ahí! —le dije a mi dragón—. ¡Tú alcánzanos si puedes!
Mi Donaldito asintió y yo me interné en el túnel en pos de mi unicornio (porque cuando tienes una criatura tan adorable como un unicornio, no puedes dejar que te la afanen, punto). Obviamente me sentí igual que Alicia persiguiendo al Conejo Blanco, aunque en mi caso no se trataba de un conejo sino de... ¿qué eran esas cosas? No había podido observarlas bien en mi casa, y ahora era mucho más difícil a causa de la oscuridad en el túnel. Parecían, no sé, patatas grandes, verrugosas, medio descascaradas y con brazos y piernas. Trabajaban muy bien en equipo, sin embargo: llevaban a mi unicornio sobre ellos como una tabla de surf sobre una ola, y de tal manera que Cuernito no lograba zafarse. Al notar que yo me había lanzado al rescate, él se encendió como un organismo subacuático fluorescente a fin de señalarme el camino.
Llegamos así a una cueva muy amplia... ¡donde había más criaturas igualmente feúchas, pero de otros tamaños! Creo que eran gnomos, trolls y otros seres mitológicos típicamente calificados como malignos.
Esgrimiendo el cuchillo, y fingiendo más valor del que sentía en ausencia de mi Donaldito, exclamé:
—¿Quiénes son ustedes?, ¿qué es este lugar?, y ¡devuélvanme ya mismito a mi unicornio, pandilla de desgraciados!
Decir lo último fue mala idea. Todas las criaturas se volvieron hacia mí enseñando los dientes, y la verdad es que tenían muchos de ellos. Y bastante sucios, además; me hicieron pensar en mordeduras infectadas con potencial de causar septicemia.
Menos mal que en ese momento apareció mi dragón, todo sucio de tierra por haberse abierto camino con sus garras igual que un topo. Donald lanzó un par de llamaradas de advertencia al estilo comisario disparando al techo dentro de un saloon en una película del Viejo Oeste, y entonces las criaturas soltaron a mi unicornio y se refugiaron en los rincones, temblando de miedo.
Cuernito corrió hacia mí y se recostó contra mi pierna. Acaricié su cuello a fin de consolarlo.
—Bien, nos vamos ahora —dije—. Más vale que no nos sigan, y más vale también que no se atrevan a secuestrar de nuevo a mi unicornio, ¿entendido? ¡Adiós!
Di media vuelta, haciendo señas a Donald y Cuernito de que me siguieran... y casi de inmediato empezaron los llantos desconsolados detrás de mí. ¿Pero qué rayos...?
Volví a darme la vuelta y contemplé un espectáculo extraordinario: todas las criaturas en la cueva, que tan horribles y amenazadoras me habían parecido minutos antes, estaban berreando como bebés.
—Bueno, bueno, pero ¿qué les pasa? —pregunté.
Una de las criaturas se recuperó lo suficiente como para responderme, pero no hablando, puesto que sólo sabía pronunciar gruñidos, sino contándome toda una historia mediante señas.
Primero me señaló un cartel anunciando la Oktoberfest. Luego me guió hasta el fondo de la cueva, donde sus congéneres habían intentado, sin éxito, producir cerveza. Pude deducir lo siguiente: allí en la cueva no tenían cebada ni agua potable, y como las criaturas no podían subir a la superficie a comprar/afanar la bebida (por miedo a ser descubiertas), habían secuestrado a mi Cuernito a fin de que transformara su asqueroso brebaje, tal como hizo con el arroyo en la pasada Oktoberfest.
—Uf, pues haberlo pedido por las buenas y ya —contesté, poniendo los brazos en jarras, y las criaturas hicieron diversos gestos de vergüenza. Me estaba dando la impresión, sin embargo, de que el plan había sido secuestrar a mi Cuernito por un rato, nada más—. De acuerdo, hagamos esto: mi unicorno producirá suficiente cerveza para que puedan celebrar la Oktoberfest, y ustedes, a cambio, se asomarán de vez en cuando por la ventana de la vieja miserable junto a mi casa a fin de provocarle unos cuantos sustos. ¿Les parece bien?
Las criaturas asintieron, sonriendo de felicidad.
—Mi unicornio también convertirá unos cuantos palitos en cepillos de dientes para ustedes, ya que estamos —añadí—. Me da que nadie les ha informado sobre la importancia de la higiene dental.
Las criaturas se miraron entre sí con sendas expresiones de desconcierto, demostrando así la veracidad de mi afirmación.
—Haz lo tuyo, Cuernito —dije, y mi unicornio puso cuerno a la obra. En pocos segundos el líquido viscoso y apestoso de las criaturas pasó a ser deliciosa cerveza, y las criaturas pudieron al fin celebrar una Oktoberfest decente. Y me refiero a una fiestota con música y todo, dado que unos cuantos gnomos sacaron sus tambores y flautas y se pusieron a tocar melodías tradicionales de dicha festividad (a saber dónde y cómo las aprendieron).
Cuernito, Donald y yo decidimos celebrar con ellos. Total, una Oktoberfest es una Oktoberfest, incluso dentro de una cueva y rodeados de monstruitos :-D
Antes de irnos, mi unicornio hizo un último regalo a las criaturas subterráneas: les creó un manantial de agua pura y una especie de cebada que crece en la oscuridad. ¡Así podrán fabricar su propia cerveza para el año que viene! Espero que entonces nos INVITEN a la nueva fiestota, o sea, ¡sin secuestros de por medio!
¡Feliz Oktoberfest 2017 para ustedes también, queridos lectores!
G. E.
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Cosas locas que me pasan en este blog, del cual ya he aclarado que contiene mucha ficción . Desperté en la mañana, me levanté de la cama, fu...
Cosas locas que me pasan en este blog, del cual ya he aclarado que contiene mucha ficción. Desperté en la mañana, me levanté de la cama, fui al baño, me vestí... y de pronto una figura enorme, negra, peluda y muy suavecita se lanzó sobre mí, derribándome.
¿Qué rayos...? ¡Era mi nuevo gato Osito, pero diez veces más grande de lo normal! Tal cosa sólo podía tener una explicación.
—¡Cuernito! —exclamé—. ¿Qué has hecho con mi gato, precioso unicornio mío? ¡Ven acá y arréglalo!
Cuernito no acudió al llamado. Lo busqué por toda mi casa sin éxito... hasta que finalmente tropecé con él. Había estado todo el tiempo sobre la alfombra de mi dormitorio, invisible a causa de su pelaje camaleónico.
Cuernito me miró con sus adorables ojos, los cuales estaban algo vidriosos (como diamantes resplandecientes). Entonces... mi unicornio estornudó (largando gotitas de agua que parecían perlas llenas de luz de colores, porque mi unicornio no es capaz de hacer nada que no sea absolutamente adorable).
—Ay, pobrecillo, ¡estás resfriado!
Cuernito volvió a estornudar, y una de mis pantuflas que estaba junto a él se convirtió en un zapatito de rubí. Recién ahí me di cuenta de que muchas cosas en mi casa habían cambiado de una forma u otra, ¿a causa de estornudos previos? Sí, eso era lo más probable.
—OK, Cuernito bonito, puedo dejarte pasar que mis libros sean ahora exquisitas figuras de Lladró y que la bañera parezca una fuente italiana de mármol con querubines y todo eso, pero ¿podrías arreglar al gato? Es que ya era mucho gato con sus seis kilos y medio, no sé cómo lo voy a manejar ahora.
Le eché una mirada de reojo a Osito, quien vació la comida en su plato de un solo lengüetazo y me miró con cara de "todavía tengo hambre, aliméntame". Tal cosa no me habría preocupado con un gato normal, pero siendo ahora del tamaño de una pantera, mucho me temí que empezara a preguntarse a qué sabría yo. Sobre todo porque más de una vez me ha mordido.
Cuernito se puso de pie, tambaleándose un poco. Su cuerno emitió algunas chispas mágicas, pero en lugar de arreglar a Osito, mi unicornio volvió a estornudar... y Osito se transformó en un leopardo de las nieves. Otro estornudo lo convirtió en un león, y el siguiente en un tigre dientes de sable con unos colmillos espeluznantes.
—¡No, no, mejor un gato gigante, mejor un gato gigante! —grité, y de alguna manera Cuernito logró obedecer mi orden. Luego se desplomó graciosamente, como una bailarina de ballet interpretando la muerte de Odette en El lago de los cisnes.
Era evidente que Cuernito no podría devolver a Osito a su tamaño normal mientras siguiera resfriado, de modo que envolví a mi unicornio en una manta bien suave, puse a su lado un cuenco con jugo de naranja y le di un besito terapéutico.
—¿Y ahora que hago contigo, Osito, aparte de calmar tu hambre antes de que me devores?
Osito maulló. Muy fuerte. Llamé al supermercado y encargué varios kilos de comida para gato, los cuales, por supuesto, me costaron una fortuna (Cuernito tendrá compensarme por eso más tarde, tal vez con dos metros de papel higiénico transformados en billetes).
Mi gatazo tremenda bestia felina devoró la comida y luego me miró con cara de "ya no tengo hambre... ¡pero ahora quiero jugar!", lo cual me puso en un nuevo aprieto. ¡Es que Osito ya es bastante bruto para el juego en su tamaño normal, imagínense con 65 kilos de peso!
Decidí sacarlo a pasear. Obviamente tuve que comprar una correa como para perro San Bernardo, y al mismo tiempo llamé a mi dragón para que ayudara. Donald quedó bastante sorprendido, por cierto, pero aprovechó para darse el gusto de acariciar a Osito sin temor a aplastarlo :-)
El paseo fue divertido. Al principio. O sea, Osito espantó a todos los perros del vecindario, incluso a aquellos con la mala tendencia de molestar a los gatos ajenos. ¡Dulce venganza! Por desgracia, al rato pasamos por un parque donde había niñitas jugando con cintas de gimnasia rítmica... y Osito se zafó para ir a perseguirlas. A las cintas, no a las niñas, pero las pobres chicas asumieron que Osito pretendía comérselas, y escaparon gritando de miedo. En fin. Donald recogió las cintas y jugó con Osito hasta que dichas cintas terminaron hechas jirones.
Osito no se había cansado en absoluto. Se entiende, es un gato joven con mucha energía. Donald lo levantó en vilo (cosa que no gustó mucho al gatete) y se lo llevó volando a alguna parte. Volvieron a las dos horas, Osito con la panza más llena... y Donald cargando bajo el brazo un ovillo de lana del tamaño de una pelota de fútbol. Ay, ay, ay. Espero que le hayan pagado al dueño de la oveja por cazar a su animal :-P
Los problemas no acabaron ahí. Después de jugar, mi gato siempre quiere acurrucarse en mi regazo para que lo mime... pero si mi regazo no suele ser suficiente para Osito en su tamaño normal, mucho menos lo era para 65 kilos de minino. Después de muchas vueltas y pisotones, YO me terminé recostando sobre la panza de Osito, y la verdad es que me resultó muy cómodo, como un sofá peludo y caliente :-D
A eso de la medianoche, mi pobre Cuernito ya estaba mucho mejor de su resfriado (otra ventaja de ser un unicornio, supongo); le pedí entonces que volviera a intentar la transformación, y tras un par de errores poco importantes (Osito se convirtió brevemente en un yaguarundí y un serval), por fin mi gato volvió a ser mi gato.
—Gracias, Cuernito —dije—. Ahora, por favor, vete a arreglar la bañera. Que la fuente de mármol está muy bonita, pero ahora mismo necesito una ducha caliente. El zapatito de rubí puedes dejarlo como está, sin embargo. Y hazme otro, para que en la próxima Noche de Brujas pueda disfrazarme de Dorothy.
Me alegra que todo haya vuelto a la normalidad. Y el próximo invierno... le pondré un suéter a mi unicornio para que no se resfríe :-P
G. E.
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En cuestiones internacionales, 2016 fue bastante horrendo. Ataques terroristas, desastres naturales, enfermedades horrendas transmitidas por...
En cuestiones internacionales, 2016 fue bastante horrendo. Ataques terroristas, desastres naturales, enfermedades horrendas transmitidas por mosquitos, la victoria electoral de Donald Trump, la muerte de la princesa Leia Carrie Fisher... ¡blegh! Apenas si salvaron un poco la cosa los Juegos Olímpicos. (Simone Biles, qué maravilla. Como si por dentro estuviera llena de resortes bien aceitados.)
En cuanto a mi propia vida, fue un año "meh" que se degradó poco a poco hacia un contundente "puaf". No me pasó nada espantoso, pero tampoco me pasó nada increíblemente bueno... y mis ventas de libros cayeron al subsuelo (al parecer debido a una falla en Amazon que sepultó a unos cuantos autores además de mí; todos estamos viendo qué hacer para sobreponernos).
No voy a decir que llegué a diciembre deprimida, pero sí desanimada y con muy mala leche.
Fue por eso que decidí hacer algo drástico al respecto.
¿Recuerdan cómo empecé el año 2011? OK, por si no lo recuerdan y no tienen ganas de cliquear en el enlace, la cosa fue así: me encontré con el Año Viejo y después con el Año Nuevo. Como existía una ligera posibilidad de que eso volviera a ocurrir (dado que este blog contiene mucha ficción), les pedí a mi dragón y mi unicornio que me ayudaran a construir una recia jaula mágica. Creamos la jaula, esperamos a que se acercara la medianoche... y nos fuimos a preparar la emboscada.
Entonces apareció el Año Viejo, tosiendo como si padeciera una insuficiencia cardíaca terminal. Estaba a punto de ser sustituido por el Año Nuevo, pero justo antes de que eso pasara, ¡mi dragón le dio un codazo al Año Viejo para apartarlo del camino y yo atrapé al Año Nuevo en la jaula!
¡Ja! De pronto todos los relojes se detuvieron, así como el mundo entero en un radio de diez metros en torno a Donald, Cuernito, el Año Viejo, el Año Nuevo y yo. Fue más o menos como en el episodio final de Futurama, salvo por el hecho de que el Año Nuevo se puso a berrear como el crío recién nacido que era (bueno, en realidad ya tenía algunas horas de vida, por eso de los husos horarios).
Me agaché frente a la jaula y le dije al Año Nuevo:
—Lo siento, nene. No te voy a dejar salir hasta que ocurra algo bueno que compense toda la porquería del 2016. —Me dirigí entonces al Año Viejo—: Y tú, no te quedes ahí parado como un viejo decrépito. Sigue moviendo el año hasta que pase algo maravilloso.
El Año Viejo me dirigió una mirada de sorpresa, porque obviamente no esperaba que alguien viniera a prolongar su corta existencia. Movió sus brazos, amaneció... y seguíamos en 2016.
Fue muy raro, la verdad. La humanidad entera estaba confundida, y ni que hablar de los relojes. Ocurrió todo lo que se temía que ocurriera al llegar el año 2000; ya saben, eso del caos tecnológico global.
Pasaron varias semanas de esta manera. El Año Nuevo seguía berreando en su jaula, el Año Viejo se estaba poniendo cada vez más decrépito, la gente no dejaba de preguntarse qué demonios pasaba con los relojes, y yo aún no tenía mi acontecimiento compensatorio fabulosamente sensacional.
Entonces el Año Viejo (quien, dicho sea a su favor, se estaba esforzando lo más posible) comenzó a pudrirse como los zombis de The Walking Dead. En serio. La piel se le puso verde, las moscas vinieron a zumbarle alrededor, y no tardó en rezumar un líquido asquerosillo y de olor... interesante.
Después de eso, y ahora imitando a la película 2012, el mundo entero se hizo pedazos.
De pronto todos estábamos flotando en una especie de vacío cósmico. O sea, Donald, Cuernito, el Año Viejo, el Año Nuevo y yo. No había nada más en el universo. Pensé que iba a morir por una descompresión súbita, como ocurre cuando a uno lo lanzan al espacio exterior, pero entonces escuché un carraspeo y una voz imponente que me dijo:
—Bien hecho, jovencita. Acabas de destruir la continuidad del espacio-tiempo.
Junto a mí estaba flotando un venerable anciano con una túnica y una capa doradas.
—¿Tú quién eres? —le pregunté—. ¿Y cómo sabes que he destruido esa cosa del espacio-tiempo? Suena interesante, sin embargo. ¿Qué leyes de la física regirán ahora? Estoy hablando, así que ha de haber aire a mi alrededor, o quizás sea una especie de burbuj...
—¡Silencio! Soy Chronos.
—¿Cronos? ¿El titán que tenía la mala costumbre de comerse a sus hijos?
—¡No, no Cronos, CHRONOS! ¡La personificación del tiempo mismo! ¡Odio que me confundan con ese chiflado comehijos!
—Bueno, bueno, perdón. Chronos con H. Vaaaaaaaaale. ¿Y por qué vas vestido de dorado? ¿Vienes de alguna fiesta carnavalesca?
—Me visto así para recordar a la gente que el tiempo es oro. ¿Y por qué te has peinado tú como el ratón Mickey?
—No son las orejas de Mickey, son las caracolas de la princesa Leia. Es un homenaje.
—A mí me pareces el ratón Mickey.
—Que no, ¿acaso nunca has visto...? —Ahí me di cuenta de que Chronos solamente quería hacerme rabiar, así que cambié de tema—. Uh, ¿en serio me llamaste jovencita? ¡Gracias!
Chronos puso cara de antipático.
—No te halagues sola, llamo así a cualquiera que tenga menos de mil años de edad.
—Oh.
Mientras tanto, el Año Viejo continuaba pudriéndose. Al menos ya no le sentía tanto el olor, debido a la falta de corrientes de aire en medio del vacío cósmico. Donald y Cuernito trataban de acercarse a mí, pero sus aleteos y pataleos sólo los hacían girar sobre su eje, onda Sandra Bullock en Gravedad. El Año Nuevo no dejaba de mirarme con una expresión hostil de "esto es tu culpa, cabeza hueca".
—En fin, ¿qué va a pasar ahora? —dije—. ¿Vamos a seguir flotando aquí por toda la eternidad? ¿Ya no habrá más temporadas de Juego de tronos?
—Si no arreglo las cosas, pues no. ¿Qué te llevó a causar semejante desbarajuste?
—¿El ferviente deseo de que un año de mierda terminara con alguna buena noticia súper espectacular? ¿Era eso tan reprobable?
Chronos pareció demostrar al fin un poco de compasión.
—No, no era reprobable, pero sí imposible. No puedes parar el tiempo para arreglar eso, muchacha. Tampoco puedes retrocederlo haciendo girar el planeta, por cierto.
—Eso último ya lo sé. —Y jamás entenderé cómo los guionistas de esa película de Superman pudieron escribir semejante burrada. Ya me había parecido idiota cuando vi la escena siendo una niña—. ¿Puedes arreglarlo?
—Bueno, como yo sí puedo retroceder el tiempo, nos llevaré al instante mismo en que capturaste al Año Nuevo, para que lo dejes ir.
—¿Como si fuera un punto de restauración de Windows?
Chronos sonrió.
—Oh, cuánta gente ha deseado poder retrodecer el tiempo después de una mala actualización de Windows. Pero yo no me ocupo de esas cosas, claro.
Chronos chasqueó los dedos y sucedió lo que había dicho: el espacio-tiempo se reparó, retrocedimos en el tiempo, y de pronto acababa yo de atrapar al Año Nuevo. Suspiré y abrí la jaula. El Año Nuevo siguió su camino hacia los demás husos horarios (tras lanzarme una última mirada de furibundo reproche).
Volví a suspirar.
—Ya que estás aquí, ¿puedo al menos pedirte un par de pequeños favores? —le pregunté a Chronos.
—Dime.
—¿Puedes sacarme algunos años de encima?
—No.
—Oh. Entonces... ¿podrías congelar un poquito el tiempo cada vez que en el futuro me siente a escribir o a saborear chocolate?
—Bueno... veré.
—De acuerdo. Gracias. Eh... ¿crees que al Año Viejo le gustaría un funeral vikingo? Mi dragón podría encargarse de eso. Claro que... el Año Viejo más bien se parece a Gandalf o a Dumbledore. Quizás deba limitarme a los fuegos artificiales comunes y corrientes, que son bastante mágicos a pesar del ruido infernal.
—Eso ya no me concierne. Cada quien despide al Año Viejo a su manera.
—'Tá bien.
Chronos debió de notar mi falta de ánimo, porque entonces dijo:
—Todavía queda un rato para que termine de cambiar el año en todo el mundo. Podría acompañarte hasta, no sé, las dos o tres de la madrugada, y contarte cómo ocurrieron los acontecimientos más truculentos de la historia. Sé mucho de eso, por razones obvias.
—Sí, eso estaría bien. Gracias.
—Pero será mejor que me cambie, para no llamar la atención.
Chronos volvió a chasquear los dedos... y se convirtió en un hombre bastante apuesto de unos cuarenta años, vestido con camiseta y vaqueros. De pronto mi noche acababa de volverse, si no más interesante (destruir el universo no es poca cosa), al menos más atractiva.
—¿Qué parte de la historia quieres que te cuente primero? —dijo Chronos.
—Podrías empezar por los aztecas y sus sacrificios sangrientos —dije yo—. ¿Mientras tomamos un helado?
—De acuerdo.
Empezamos a caminar, seguidos por Donald y Cuernito.
—Por cierto: a mí también me dio pena lo de la princesa Leia. Me hacía recordar a las amazonas —dijo Chronos, y nos perdimos en la noche mientras el año seguía cambiando alrededor del mundo.
G. E.
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Estoy segura de que, a estas alturas, Papá Noel ha de encontrarme tan irritante como ese profesor de matemáticas al que yo le preguntaba, ca...
Estoy segura de que, a estas alturas, Papá Noel ha de encontrarme tan irritante como ese profesor de matemáticas al que yo le preguntaba, casi en cada clase, "¿para qué cuernos estamos aprendiendo a resolver ecuaciones a mano si ya hemos elegido especializarnos en biología?" (y la verdad es que yo tenía razón, porque tal habilidad jamás me sirvió para nada; encima, el profesor nunca consiguió responder mi pregunta).
Es que la cosa fue así: pocos minutos antes de la medianoche del 24 de diciembre, Papá Noel aterrizó en mi azotea y se topó con una tremenda fiestota... de tipo macabro-antinavideño.
—Pero m'hijita, ¿qué es esto? —me preguntó. El viejete ya sabía que cada año me gusta menos la Navidad, pero se veía más escandalizado que de costumbre. Incluso sus renos se echaron para atrás.
—¿Qué, no es obvio? —respondí—. Es una celebración para todos los que detestamos la Navidad.
—¡Pero si la Navidad es una fiesta de paz, amor familiar, generosidad y...!
—¡Ay, sí, cómo no! —lo interrumpí, empleando un tono tan sarcástico que habría servido para limpiar clavos oxidados—. ¿Paz? ¿En serio? ¿Aquí en Montevideo, donde es costumbre quemar fuegos artificiales a medianoche, vaya usté a saber por qué? —Justo en ese momento explotaron unos cuantos petardos—. Tampoco veo generosidad sino consumismo desenfrenado, y no me venga con lo del amor familiar, señor, porque muchos tenemos unos familiares horrendos a los que preferimos no ver ni en pintura.
—Pero...
—¡Y uno prácticamente está obligado a poner cara de felicidad aunque las circunstancias no colaboren! ¿Ha visto lo que le han hecho a la canción Have Yourself a Merry Little Christmas? ¡Era la única canción para reconfortar a las personas que están pasando un mal momento en Navidad, pero nooooooooo, tuvieron que convertirla en una canción feliz! ¡Y quienes estén mal, pues a la porra! ¡¿Cómo se atreven a estar mal en Navidad?! ¡Arruinan el desenfreno consumista de los demás con sus tristes realidades! ¡Pfffffff!
—No creo que sea para t...
—¡Por no hablar de que en el hemisferio sur estamos en verano! ¿Se da cuenta de lo molesto que es que a uno lo bombardeen con imágenes de nieve fresquita cuando uno no sólo está pasando calor sino que además tiene que pelear contra los malditos mosquitos y las asquerosas cucarachas?
—Tal vez pueda consolarte con un lindo reg...
—¡Ah, sí, la cuestión de los regalos! ¿Qué quieren los niños hoy en día, y qué les compran sus padres? ¡Dispositivos tecnológicos de todo tipo! ¡Da igual que eso genere basura electrónica y guerras por el coltán!
A estas alturas Papá Noel estaba al borde de las lágrimas. Podría haber comenzado a darme un poco de pena... pero no.
—La cosa es, Papá Noel, que acabo de ver la película Krampus en HBO. Es la película más maravillosamente macabra y antinavideña que he visto en mi vida, ¡y me hizo feliz! O sea, ¡encontré algo capaz de hacerme feliz en la maldita Navidad! Es por eso que mi dragón está disfrazado de Krampus, y mi unicornio de reno zombi carnívoro, y yo de galleta de jengibre psicópata homicida. Y es por eso que ahora mismo estamos haciendo esta fiesta al estilo Halloween donde cualquiera que lo desee será libre de odiar felizmente a la Navidad. Y no me diga que no es una celebración familiar, dado que mi dragón y mi unicornio SON mi familia. Y ellos están de acuerdo en detestar conmigo la podrida Navidad.
Secándose los ojos con un pañuelo, Papá Noel dijo:
—¿Podrías, al menos, retirar a ese muñeco ahorcado de mí del árbol? ¿O al elfo empalado con un bastón de caramelo?
—NO.
En fin, Papá Noel se marchó de mi azotea, todo triste y cabizbajo, a repartir sus regalos a los niños consumistas, y poco a poco llegó a mi fiesta más gente con una espléndida onda antinavideña. Y los demás vecinos del vecindario nos escucharon gritar a todo pulmón:
—¡Feliz anti-Navidad! ¡JojojoMUAJAJAJAJAJAJAJA!
G. E.
PD: Si no les gusta la Navidad, en serio, vean la película Krampus. Los va a poner de muy buen humor.
¡Primer Halloween con mi unicornio Cuernito! (además de mi dragón Donald, obviamente, quien siempre se entusiasma con estas festividades alo...
¡Primer Halloween con mi unicornio Cuernito! (además de mi dragón Donald, obviamente, quien siempre se entusiasma con estas festividades alocadas). Este año la elección de los disfraces fue todo un reto, porque mis dos adoradas criaturas insistieron en que combináramos de alguna manera, y no resulta fácil combinar disfraces cuando dos partes del trío son criaturas mitológicas que quieren hacerse pasar por cualquier otra cosa. Encima, los tres somos bastante frikis. ¿Qué hacer, entonces?
Pasamos tres horas considerando opciones mientras horneábamos galletitas con forma de monstruos. (Yo batía la masa, Cuernito daba forma a las galletas usando su magia, y Donald las horneaba con sus llamas. Rápido y fácil, como en una cadena de montaje.) En los altavoces sonaba la música de Nox Arcana, que es de lo más apropiado para esta festividad.
Al final decidimos ponernos en plan Tolkien: yo me disfracé de hobbit, Donald de Gandalf y Cuernito de Smaug :-D Hasta ahí todo muy normal. (Es decir, para los estándares de este blog tan lleno de disparates.)
Salí entonces al jardín a buscar otro limón para las galletas, y un anciano muy alto, con barba, sombrero y túnica grises, se acercó a mí fumando su pipa.
—¡Por fin, un hobbit! ¡Comenzaba a pensar que no encontraría ninguno a tiempo para llevar a cabo la misión!
—¿Misión? ¿Cuál misión? —dije yo, sacudiendo el humo de mi cara (argh, cuánto me chinchan los fumadores)—. ¿Y usted quién es, por cierto?
—¡Soy Gandalf el Gris, un mago muy poderoso!
—Bue. Otro más. A mi Donaldito no le va a gustar que alguien haya copiado su disfraz.
—No sé de qué hablas, pequeña hobbit. Escucha: traigo conmigo el Anillo Único y necesito que alguien lo lleve a Mordor ¡para destruirlo en las llamas del Monte del Destino y salvar a la Tierra Media de una catástrofe irreparable!
—Eh... pues aquí estamos lejos de cualquier monte, señor. En mi ciudad apenas si tenemos un cerro, y en su cima hay un faro, no llamas. Me da que se ha confundido de país. Hasta luego. —Me di la vuelta pensando si debería llamar a algún hospital psiquiátrico o similar. Lo sé, tengo un dragón y un unicornio, pero mi primera impresión fue que aquel hombre era simplemente un viejete chiflado como mi antiguo vecino de al lado, no un Gandalf 100% auténtico.
Resultó ser un Gandalf 100% auténtico. De pronto su vara resplandeció con una luz enceguecedora que me hizo detenerme en seco al tiempo que él exclamaba:
—¡Pequeña hobbit impertinente! ¡Soy un sirviente del Fuego Secreto, portador de la llama de Anor! ¡Date la vuelta y presta atención a mis palabras! Eh... ¿qué es eso que huele tan bien?
—Galletas de limón, señor Gandalf —dije yo con un hilo de voz—. Le daré algunas si promete no fulminarme. ¿Y podría hacer el favor de no fumar en mi casa? Digo, si no es mucha molestia, porque el humo me hace toser.
—Vaya, una hobbit a la que no le gusta fumar. Qué raro. —Gandalf apagó su pipa de todas maneras y entró a mi casa. Fuimos hasta el fondo, donde estaban Donald y Cuernito trabajando sobre nuestro horno improvisado. Gandalf se detuvo y puso los ojos como platos al ver a mi dragón—. ¡Smaug! ¡Pero si a ti ya te habían liquidado! No, espera, veo que eres azul, no rojo. ¿Un pariente de Smaug? ¿Muy bien vestido, por cierto? ¿Y tú qué eres? —añadió Gandalf, dirigiéndose a Cuernito.
—Él es mi unicornio Cuernito, disfrazado de Smaug —dije yo—. Y él es mi dragón Donald, disfrazado de... usted, señor Gandalf.
—Interesante. Ciertamente eres una hobbit muy particular, y bastante alta para tu especie. ¿Has bebido del manantial de los ents?
—No, pero ya quisiera. —Quizás sea alta para el estándar de los hobbits o los pigmeos, pero con mi metro cincuenta de estatura soy un poquito baja para el estándar humano. O al menos para el estándar de las tallas de ropa, que me obliga a cortar diez centímetros de todos mis pantalones.
En fin, mi Donaldito le extendió a Gandalf una bandeja de galletas ya horneadas. El mago empezó a comer poniendo cara de deleite. (No es por presumir, pero mis galletitas de limón quedan deliciosas.)
—Qué dragón tan amable —dijo Gandalf—. Tú también eres bastante raro para tu especie.
Mi Donaldito se encogió de hombros porque no conoce a ningún otro ejemplar de su especie, de modo que no tiene idea de si es raro o no por comparación. (Los dragones de la serie Juego de tronos no cuentan, aunque nos encanten.)
Ya medio resignada a tener que cumplir con la misión de Gandalf (onda Bilbo Bolsón cuando le cayeron los trece enanos en su confortable agujero hobbit), pregunté:
—Bueno, a ver, ¿cómo es esa cuestión del anillo que tengo que tirar dónde? Y puestos en ello, ¿no habían cumplido ya Frodo y su pandilla con esa tarea?
Gandalf pareció algo avergonzado. Respondió:
—Eh... bien... resulta que el Anillo Único no era tan único como creíamos. O sea, había dos. Pero ahora sólo queda uno, así que éste sí es el Anillo Único. Y hay que destruirlo antes de que Sauron lo recupere.
—No me diga: tampoco había un solo ojo de Sauron, ¿verdad?
—Eh... no. Pero ahora sí queda uno solo.
Gandalf sonrió. Yo resoplé.
—Bueno, 'tá bien, voy —dije—. Pero siempre y cuando pueda llevar a Donald y a Cuernito, que son como mi Sam y mi Aragorn.
—Es aceptable.
—Bien, supongo que si vamos volando podremos regresar a tiempo para...
—No, no. Nada de volar —dijo Gandalf—. Tiene que ser un viaje a pie, superando numerosas dificultades y peligros, enfrentando miedos e incertidumbres y...
—¿Qué? ¿Sin volar? ¡Pero si mi dragón es súper rápido y resis...!
—Es que lo importante es el trayecto, no el destino. O sea, pisar el camino sin saber a dónde nos va a conducir.
—¿No se supone que tenemos que ir al Monte del Destino?
—Sí, pero la valía del viajero ha de ser puesta a prueba por...
—Sigo sin escuchar una razón contundente para no ir volando en un pis pas.
—Pues... pues... ¡porque yo lo digo, y se acabó! —Gandalf hizo resplandecer su vara una vez más. Hice un gesto de paz, aunque al mismo tiempo Donald y yo nos miramos como diciendo "está chiflado, así que vamos a seguirle la corriente hasta que se vaya".
—'Tá bien, 'tá bien, lo que usté diga —respondí—. A pie, aunque tenga un dragón perfectamente capaz de volar a novecientos kilómetros por hora. Sí, ir a pie hasta el Monte del Destino suena súper sensato. Así viajaremos. —Gandalf no captó el sarcasmo, sino que se mostró satisfecho de que hubiéramos decidido obedecer sus ridículas indicaciones—. ¿Puedo al menos llevar un buen GPS a fin de orientarme en Mordor? Me da la impresión de que no hay buenas señalizaciones ahí.
—Aún no tenemos satélites en la Tierra Media, pero el Monte del Destino se ve bien a lo lejos. O sea, está en el horizonte, cerca del ojo de Sauron. Echa humo, fuego, relámpagos y nubes piroclásticas, no hay manera de perderse.
—Suena muy acogedor, como un paraíso turístico. —De nuevo, Gandalf no captó mi sarcasmo. Quizás el tabaco no fuera tabaco y hubiera afectado un poquitín su cerebro de mago.
—Aquí tienes el anillo —dijo Gandalf, pasándome una cajita de plomo marcada con ese simbolito que significa "peligro de radiación"—. Puedes tirar el anillo a la lava con caja y todo, y así evitarás que corrompa tu mente, por más que seas una inocente hobbit. —Estuve a punto de partirme de la risa al escuchar la palabra "inocente". La mente de un escritor de horror es justamente lo opuesto a eso.
Gandalf guardó en su bolsa la mitad de las galletas que habíamos horneado (sin pedir permiso, pero no me atreví a discutírselo debido a la vara mágica con potencial fulminante).
—Bien, ya me voy, pequeña hobbit. Te deseo suerte en tu empresa. Permíteme ahora teletransportarte a Mordor junto con tu dragón bien vestido y tu unicornio tan lindamente disfrazado de Smaug.
—¿Qué? ¿Teletransportarme? ¿Como en Star Trek? Un momento, ¿¿AHORA MISMO? ¡Pero tenemos que terminar de hornear...!
No pude acabar la frase. Gandalf hizo resplandecer su vara por tercera vez, y de pronto Donald, Cuernito y yo estábamos en algún lugar de Gondor, sobre un terreno pedregoso salpicado de arbustos. A lo lejos, en Mordor, se veía el dichoso Monte del Destino. Teníamos por delante kilómetros y kilómetros (o millas y millas, porque en la Tierra Media no usan kilómetros) de terreno aún más hostil.
—¡Oh, carajo! —exclamé—. ¡Ese cretino de Gandalf no me dio tiempo a calzarme mejor!
Es que mis "pies de hobbit" eran, básicamente, unos calcetines de color piel a los que les había cosido mucha lana marrón. ¿Cómo iba a caminar por Mordor con ESO?
Ah, no, espérense. ¿Caminar? ¿Por qué razón me iba a tomar la molestia de CAMINAR? ¡Ja! Tal como había planeado en secreto, le hice un gesto a mi Donaldito para que nos dejara subir a su lomo a Cuernito y a mí, y al diablo la orden de Gandalf. Caminar es bueno para la salud, pero ciertamente no por Mordor. Ya sabemos cómo le fue al pobrecito de Frodo.
Ya sobre mi dragón, y de camino a Mordor, me dio por abrir la cajita de plomo. La verdad, el anillo me pareció muy bonito, tan lustroso y con su elegante inscripción en caracteres élficos. Al mismo tiempo me puse a pensar en métodos para asesinar y torturar a diversos políticos y terroristas, pero la verdad es que esas cosas me vienen a la mente todos los malditos días, de modo que no lo consideré un efecto del Anillo Único :-D Cerré la cajita.
Al cabo de un rato vimos unas elevaciones de aspecto siniestro, y de pronto se me ocurrió algo.
—¿Sabes qué, Donaldito? Déjanos por aquí. Quiero entrar con Cuernito a esas montañas a fin de comprobar algo.
Donald nos dejó en un saliente rocoso. Cuernito y yo entramos entonces a un pasaje todo cubierto de telarañas, y no tardamos en encontrarnos con una enorme, enorme, enorme arañota muy peluda y con tremendos quelíceros.
—¡Uau, qué belleza! —exclamé. No me miren así, ya había escrito en alguna ocasión que me encantan las arañas.
La araña tenía hambre, sin embargo, y trató de comernos a Cuernito y a mí. Pero para algo había llevado yo a mi unicornio; con un pase de su cuerno mágico, Cuernito hizo que algunas polillas crecieran al tamaño de vacas, y entonces la araña gigante hizo unos ruiditos de felicidad y se abalanzó sobre ellas para comer.
En serio, ¿quién puede culpar a una pobre araña de devorar orcos y humanos y de casi comerse a Frodo? O sea, ¡la pobre no tenía más opciones culinarias!
Cuernito hizo crecer unas flores mágicas dentro de la cueva. Cualquier polilla que se alimente de ellas crecerá lo suficiente como para alimentar en el futuro a la araña gigante. Ah, y como Tolkien no le dio un nombre muy atractivo a esta última, decidimos rebautizarla como Juanita :-)
Regresamos con Donald y seguimos volando hacia el Monte del Destino. Nos topamos entonces con cuatro nazgûl, pero mi dragón no se anda con chiquitas a la hora de arrojar fuego, de modo que los mantuvo a raya con bastante facilidad. Sin embargo, en medio de la pelea hizo un movimiento brusco, y Cuernito y yo caímos de su lomo. Estábamos a dos mil metros de altura, lo suficiente como para que nos convirtiéramos en sendos panqueques al tocar tierra, pero Cuernito usó su magia de nuevo y aterrizamos en un enorme montón de algodón perfumado. O sea, un montón de algodón perfumado tan alto como un edificio. Válgame, nunca había visto tanto algodón. Tardamos un buen rato en salir de ahí y quitarnos las hebras de las orejas... y para ese entonces ya estábamos rodeados de orcos. Donald seguía peleando en las alturas con el último nazgûl (los otros tres estaban cayendo a tierra en forma de ceniza ardiente; como dije, mi dragón no se anda con chiquitas a la hora de arrojar fuego).
—Eh... hola. ¡Feliz Halloween! —dije a los orcos, quienes me respondieron con gruñidos de todo tipo al tiempo que esgrimían sus espadas. Había unos cuantos uruk-hais entre ellos, también de aspecto malhumorado. Un orco solitario, quizás menos belicoso que el resto, se puso a examinar la montaña de algodón. Metió un puñado en su boca y luego lo escupió (es que era algodón normal, no algodón de azúcar; aunque dudo de que los orcos hayan probado este último alguna vez).
El círculo de orcos se estaba estrechando. Mi Donaldito seguía ocupado allá en lo alto.
—Eh... Cuernito, más vale que hagas algo o terminaremos como cena de orcos. ¿Alguna idea?
¡Pues claro que mi Cuernito tenía una idea! ¡Es un unicornio mágico súper fenomenal! Él apoyó su cuerno en la tierra, y entonces crecieron montones de plantas de calabazas (las frutas tenían un diseño de caras macabras, para estar a tono con la fecha). También crecieron zanahorias, lechugas, guisantes verdes, manzanos y así por el estilo.
Arranqué una manzana y empecé a comerla con cara de "uh, qué bueno está esto, mejor que comerme a mí, chicos". Los orcos no parecieron muy convencidos. Para ese entonces, sin embargo, Donald había acabado con el último nazgûl, por lo que bajó de inmediato a defendernos. Pensé que rostizaría a los orcos; en cambio, empezó a gruñirles en tono cordial. Debía de estarles diciendo algo muy interesante en su idioma, porque los orcos se miraron entre ellos, asintiendo, y por último envainaron sus espadas.
—¿Qué les has dicho? —le pregunté a mi dragón, y él me respondió, en el lenguaje de señas que usa siempre conmigo: "Les he preguntado cuánto les paga Sauron al mes, y si tienen derechos sindicales y salario vacacional."
Eso arregló todito. Primero los orcos eran nuestros enemigos, y de pronto nos estaban preguntando cómo organizar una buena huelga. Al parecer la lista de derechos laborales incumplidos era bastante larga. De paso le indiqué a mi Donaldito que les explicara las ventajas de pasarse a una dieta vegetariana, o por lo menos con dos tercios de verduras. Vamos, ¿han visto a un orco? ¿Y conocen los trastornos que causa una dieta de pura carne? En serio, ¿cómo no iban a estar los orcos malhumorados todo el tiempo, entre el estreñimiento, el aliento apestoso y posiblemente (a juzgar por el estado de sus respectivas dentaduras) el escorbuto incipiente? Al final logramos convencerlos de probar las frutas y de cocinarse feijoadas más a menudo, al menos para empezar.
Caí en cuenta entonces de que ¡aún era Halloween!
—Eh, chicos —dije yo a los orcos por medio de mi dragón—, ¿qué les parece si seguimos discutiendo esto mientras celebramos? ¡Mi Cuernito convertirá piedras en caramelos y bombones!
Los orcos vitorearon, y terminamos organizando una tremenda fiestota al estilo Mordor en un claro todavía pedregoso. Pusimos música de Saruman Christopher Lee, y tanto los orcos como los uruk-hais me sorprendieron con sus pasos de hip hop. La araña Juanita se unió a la fiesta por un rato, ahora que ya no estaba medio muerta de hambre.
Ojo de Sauron: No recuerdo haber autorizado una fiesta.
Todos los demás: ¡Yujuuuuu! ¡Fiestaaaaa!
El ojo de Sauron no tenía cejas, pero ciertamente daba la impresión de que estaba frunciendo el ceño en un gesto de desaprobación :-D
En fin, Donald y yo aprovechamos la distracción de la fiesta para destruir el Anillo Único, de modo que el ojo de Sauron no tardó en venirse abajo. De acuerdo, ahora los orcos no tendrán a quién hacerle la huelga, pero toda la cuestión sindical les resultará muy útil en su próximo empleo, sea cual sea. Pero no queríamos que se integraran a otro ejército, de modo que Cuernito hizo crecer por ahí unas cuantas plantitas de marihuana y enseñamos a los orcos a fumarla. Eso les quitará las ganas de pelear, y de paso les aliviará los síntomas del glaucoma, en caso de que lleguen a padecer dicho trastorno.
Finalizada nuestra noble misión, emprendimos el camino de regreso. Hicimos, sin embargo, un último desvío hacia Caradhras porque mi Donaldito quería ver un balrog. Lo encontramos. Al principio trató de matarnos igual que los orcos, pero luego mi dragón hizo amistad con él y se arrojaron bolas de nieve por un buen rato en una pelea amistosa (que causó unas cuantas avalanchas, pero bueno, no había nadie en los alrededores de todas maneras).
Una vez en el punto donde habíamos aparecido, la magia residual del teletransporte nos devolvió a casa. Terminamos de hornear las galletas, las repartimos entre los niños del vecindario y continuamos con nuestra celebración del Halloween.
Espero que Gandalf se atragante con las galletas que nos afanó. Y espero que los orcos y el balrog nos manden algunas tarjetas en Navidad, o camisetas hechas con el montón de algodón perfumado que dejamos en Mordor :-)
¡Feliz Halloween!
G. E.
PD: Bailar en calcetines por el duro suelo de Mordor me dejó unas cuantas ampollas. La próxima vez llevaré botas de excursionista.
Ha sido fabuloso, todos estos años, celebrar la Oktoberfest con mi dragón Donald. ¡Pero este año pude sumar a mi unicornio Cuernito a la fie...
Ha sido fabuloso, todos estos años, celebrar la Oktoberfest con mi dragón Donald. ¡Pero este año pude sumar a mi unicornio Cuernito a la fiesta! ¡Imagínense! Oh, bueno, está difícil imaginar qué haría un unicornio en una Oktoberfest, así que tendré que explicarlo :-D
Estábamos pensando cómo rayos celebrar la Oktoberfest este año. ¿En un crucero? ¿En Oz? ¿En Narnia? (En Westeros no, todavía no hay un clima muy festivo ahí que digamos.)
Mientras tanto, Cuernito empezó a dar saltitos a lo loco como si tratara de decirnos algo. Al principio no nos dimos cuenta porque, como ya he dicho, mi unicornio es camaleónico, y en ese momento tenía exactamente el mismo color que la pared, de modo que apenas si lo veíamos. Finalmente le presté atención y pregunté:
—¿Qué pasa, adorable unicornio mío? —En general le hablo de esta manera porque es tan supertierno como un gatito en esos documentales de Animal Planet. Dan ganas de achucharlo todo el tiempo.
Mi cuernito se dirigió al baño, abrió el grifo del lavabo, tocó el agua con su cuerno... ¡y de pronto el agua se convirtió en cerveza! (El lavabo se llenó de espuma que desbordó al suelo obligándome a pasar un trapo, pero eso no es importante ahora.)
Entonces pensé: "¡Qué habilidad más oportuna!" No tenía ganas de llenar mi casa de cerveza, y además, considerando que sería algo así como un desperdicio convertir agua perfectamente potable en una bebida alcohólica, se me ocurrió que debíamos ir a otra parte. O sea, al Arroyo Pantanoso, uno de los dos cursos de agua más contaminados en mi ciudad. Y me refiero a históricamente contaminado, porque a pesar de las promesas del municipio de limpiarlo (hasta el punto de que volverían a él los cisnes de cuello negro, fue lo que dijo el intendente), el pobre arroyo sigue tan contaminado como siempre. Sí, una pena.
Llegamos al arroyo. El agua tenía un color verdoso bastante desagradable, olía a podrido y estaba rodeada por basurales. Obviamente no había peces, mucho menos cisnes de cuello negro o cualquier otro tipo de ave con un mínimo de respeto por su higiene personal. (Sí había algunas gaviotas picoteando la basura, pero bueno, las gaviotas son a prueba de casi cualquier tipo de contaminación de origen humano y posiblemente extraterrestre.)
—Haz lo tuyo, mi hermoso Cuernito —le dije a mi unicornio. Cuernito sumergió su cuerno en el arroyo, saltaron algunas chispas mágicas y... ¡de pronto el arroyo era pura cerveza! Pero Cuernito no se detuvo ahí, sino que convirtió los terrenos baldíos adyacentes en praderas y la basura en flores y calabazas (estas últimas ya estaban talladas con caras macabras, dada la proximidad de la Noche de Brujas).
Entonces mi dragón se lanzó al arroyo y comenzó a chapotear de contento. Yo lo pensé un poco más pero luego dije "¡al diablo!", me quité los zapatos y también salté al arroyo, así, sin esperar a conseguirme un traje de baño :-D Por un momento me preocupó que mi Donaldito le prendiera fuego al alcohol de la cerveza, pero después de tanto tiempo ya controla mejor sus llamas. Lo intentó con un chorro de cerveza a una distancia segura, sin embargo, y la verdad es que quedó espectacular. ¡Cerveza ardiente!
No tardaron en llegar más personas al arroyo, intrigadas por el cambio en el paisaje.
—¡Feliz Fiesta de la Cerveza! —exclamé yo—. ¡Salú! ¡Hic! —Sí, a estas alturas ya estaba un poco borrachina.
Los recién llegados profirieron exclamaciones de felicidad y también se lanzaron al arroyo. Yo largué entonces la advertencia de que mi dragón azotaría con su cola a cualquiera que tuviera la descortesía de orinar en la cerveza. (Es que la gente en mi ciudad es súper puerca, no te puedes fiar.) Luego mi dragón tuvo que rescatar de ahogarse a cada uno de ellos a medida que se iban emborrachando :-D
Finalmente aparecieron los dichosos cisnes de cuello negro, y también unos cuantos colibríes (las gaviotas no se habían ido en ningún momento, y unas cuantas ya habían caído al suelo en estado de ebriedad). La que se armó entonces, porque si los cisnes y los colibríes ya tienen mal carácter estando sobrios, imagínenselos borrachos. Los colibríes, en particular, comenzaron a pelearse como vaqueros en un saloon del Viejo Oeste, y un cisne de cuello negro especialmente malhumorado me dio un fuerte picotazo en la cabeza (claro que, con tanta cerveza a mi disposición, no tuve que molestarme en salir del arroyo para desinfectar mi herida).
Antes de que pregunten, no, no era antihigiénico beber cerveza de los chorros que salían de la nariz de mi dragón. Minutos antes él había arrojado fuego por ahí para matar a todos los microbios.
En medio de la fiesta apareció un inspector municipal que ¡trató de multarnos por "contaminar el arroyo"! ¡¿Qué qué qué?! ¡Imagínense el sermón que le echamos todos! ¿Cómo nos podía acusar de contaminar si a) el arroyo ya estaba contaminado de antes y b) el municipio ha estado en manos del mismo partido político durante ¡más de veinticinco años! sin que consiguieran resolver el problema? ¡Menudo descaro! Al final el inspector acabó por darnos la razón y se sumergió también en la cerveza :-D
De todas maneras, una vez acabada la fiesta, mi Cuernito devolvió al arroyo su condición natural, o mejor dicho, su condición ANTInatural de agua limpia (vamos, es que después de tantas décadas de contaminación, ya todo el mundo se había acostumbrado a que lo natural fuera la mugre). De paso, mi dragón se ofreció como voluntario para asegurarse de que nadie más lo vuelva a contaminar. (Tendrá que hacer inspecciones constantes porque, como puse arriba, la gente en mi ciudad es súper puerca y capaz de arrojar basura incluso en ambientes naturales inmaculados.)
Considerando todo, ¡fue una grandiosa y ecológica Oktoberfest! :-)
G. E.
PD: Después de ducharme en casa, he de decir que la cerveza me dejó el cabello súper brillante y sedoso :-D
PPD: Los colibríes borrachos pendencieros se reconciliaron apenas se les pasó la borrachera. El cisne de cuello negro, por otro lado, aún me mira con mala cara cada vez que paso por el arroyo. Antipático.
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Adoro adoro adoro el carnaval brasileño. Es una profusión maravillosa de música, alegría, carros alegóricos y plumas de todos colores. Por d...
Adoro adoro adoro el carnaval brasileño. Es una profusión maravillosa de música, alegría, carros alegóricos y plumas de todos colores. Por desgracia, a diferencia del año pasado, esta vez no pasaron el desfile por la tele en mi país, privándome así del espectáculo. (Y antes de que lo pregunten, sí, en mi país también se celebra el carnaval... pero simplemente no es lo mismo.)
En fin, por suerte tengo un dragón que puede llevarme a todos lados, de modo que subí a él con mi adorable unicornio Cuernito y nos fuimos juntos directo al Sambódromo.
Primer inconveniente: habíamos llegado demasiado tarde para comprar fantasías (o sea, los trajes con los que uno desfila para tal o cual scola do samba). Sin embargo, alguien se ofreció amablemente a vendernos cuantas plumas quisiéramos, y como llevábamos encima varias piedras preciosas descartadas por nuestros pequeños amigos mineros, de pronto tuvimos suficientes plumas para tapar incluso a mi Donaldito, que es bastante grande.
Fue divertido ponerle plumas a Cuernito, debido a sus poderes camaleónicos. Mi unicornio no dejaba de mimetizarse con dichas plumas, pero como éstas eran de colores variados, Cuernito pasó las tres noches del desfile probando diferentes combinaciones en su propio pelaje.
Mi Donaldito chamuscó algunas plumas por accidente (y la verdad, qué feo huelen las plumas chamuscadas), pero como dije arriba, teníamos suficientes. No fue un gran problema.
Ahora sí, segundo inconveniente: teníamos TANTAS plumas que exageré un poco con mi propio traje. O sea, apenas podía ver por dónde iba (más o menos como cuando el viento me arroja el cabello por delante de la cara). Choqué contra varios carros y paredes antes de arreglar el problema con una ligera poda.
Finalmente nos colamos al desfile, y bailamos de un extremo a otro del Sambódromo sacudiendo plumas, trasero, cola, alas, crines y etc. (OK, el "etcétera" no incluye el busto, porque ninguno de los tres tiene un busto sacudible). Mi Donaldito se posó en un carro alegórico y fingió ser parte de él. No engañó a nadie, claro, pero quedaba tan genial que tampoco lo sacaron de ahí :-D
Mientras tanto, yo aproveché para coquetearle a un brasileño negro, guapísimo y musculoso. Qué hombre tan lindo, parecía una pantera. Estaba a punto de decirle algo, aprovechando mis moderados conocimientos de portugués... pero entonces surgió el tercer inconveniente.
Las plumas. El vendedor nunca nos dijo de dónde las había sacado, y apenas terminamos de desfilar, una horda entera de ñandúes pelados y furiosos se abalanzaron sobre Donald, Cuernito y una servidora. Donald rostizó a la mitad, Cuernito se sacudió las plumas y se mimetizó con una pared, y yo... yo salí corriendo como alma que lleva el Diablo, todavía con mis plumas a cuestas.
Pernas pra que te queroooo! Ajudem-meeee!
Menos mal que me había dejado las zapatillas de deporte en lugar de ponerme tacones. No evitó que me alcanzaran los ñandúes, claro, pero estaban mucho más cansados cuando al fin me alcanzaron, de modo que no me llevé tantos picotazos :-P
De todos modos, fue divertido. ¡Volveremos el año que vieneeeee!
G. E.
A medida que pasan los días, más feliz me siento con el unicornio que me regaló mi dragón por el Día de Reyes :-) Es cariñoso y adorable, n...
A medida que pasan los días, más feliz me siento con el unicornio que me regaló mi dragón por el Día de Reyes :-) Es cariñoso y adorable, no ensucia las alfombras ni estropea los muebles, y tampoco hace ruidos molestos como los perros o las cotorras.
Y no son las únicas ventajas. He descubierto muchas cosas durante los días pasados, cuando lo he sacado a pasear.
Antes que nada, he de aclarar que nunca había paseado a un animal, ni siquiera a un perro. Y me refiero a pasearlo con correa, porque técnicamente sí he paseado CON perros. Cuando era chica e iba a visitar a mis sobrinos a la casa de su abuela, uno de los perros (Luciano) solía acompañarme a la parada del autobús. Años más tarde conocí a otro perro en una casa. No hice amistad con los dueños pero sí con el perro (Johnny), y una vez el chucho en cuestión me vio pasar y decidió venir conmigo. Caminamos juntos por casi una hora y lo devolví a su casa cuando pasé por ahí a la vuelta. Finalmente, en la facultad, me hice amiga de un perro residente (Sarnita) que usábamos para las prácticas de semiología. En una ocasión el perro trató de acompañarme a casa. No era mío, así que di la vuelta y lo regresé a la facultad (Sarnita obedeció). En otra ocasión me lo encontré por ahí y también lo devolví a la facultad. Más de una vez el perro me acompañó a algún salón de clases, donde permanecía durante largo rato echado a mis pies.
En fin, volviendo a lo de mi unicornio Cuernito: es la primera criatura peluda a la que saco a pasear oficialmente con una correa. Y la verdad es que le estoy tomando el gusto a la actividad.
Es un poco raro, sin embargo, sacar a pasear a un animal camaleónico. Se mimetiza con el entorno, y la gente cree que estoy usando una de esas correas rígidas "para perros invisibles" como las que vi a la venta en Orlando.
(Antes de que lo pregunten: 3010 NO es el número de mi casa, mucho menos el PIN de cualquiera de mis tarjetas. Lo escogí al azar, así que no se molesten, hackers.)
Quizás la gente no pueda ver a Cuernito, pero los animales son un poco más perceptivos, y yo tengo unos cuantos amigos gatunos y perrunos en el vecindario. Ellos sí detectaron a Cuernito, de modo que los presenté para que pudieran olfatearse y conocerse a gusto. Creo que se van a llevar de perlas.
¿Recuerdan que dije que Cuernito puede convertir las piedras en bombones de chocolate con menta? ¡Pues no es lo único que hace con su magia! Cada vez que pasamos bajo un árbol, los pájaros se ponen a cantar sinfonías. A lo largo de todo el paseo nos rodean las mariposas, y si él toca con su cuerno las plantas en los jardines ajenos, éstas producen fresas independientemente del tipo de planta (espero que esto funcione en invierno; siempre se me hace muy corta la temporada de fresas). Ah, y también hace desaparecer la basura del camino (el Municipio de Montevideo va a tener que descontarme impuestos por eso; digo, es que su sistema de recolección es pésimo).
Todo esto suena muy bonito, incluso algo cursi, pero Cuernito tiene su veta traviesa. Cuando guiña un ojo, quien sea que esté arrojando basura en la vía pública tropieza y se da de narices contra el suelo, y cada vez que Cuernito patea el suelo, la caca de los perros en las aceras les rebota en la cara a los propietarios irresponsables de los animales. El primer día que lo vi hacer estas cosas, Cuernito giró la cabeza hacia mí con falsa cara de niño inocente.
—Ah, ya veo que eres de los míos —dije yo, sonriendo y palmeándole la cabeza—. Bien hecho.
Hace poco fuimos a la playa. Cuernito le dio un lengüetazo al mar, y poco después salió una sirena que me trajo calamares frescos y un bonito collar de conchas de ostra. (Yo le regalé un reproductor de MP3 resistente al agua.) Donald y yo asamos los calamares, y a Cuernito le servimos algas frescas y racimos de uvas.
Ya veo que Donald, Cuernito y yo vamos de camino a tener una amistad realmente estupenda :-)
G. E.
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