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31 de octubre de 2016

NOCHE DE BRUJAS... ¡EN MORDOR!

¡Primer Halloween con mi unicornio Cuernito! (además de mi dragón Donald, obviamente, quien siempre se entusiasma con estas festividades alocadas). Este año la elección de los disfraces fue todo un reto, porque mis dos adoradas criaturas insistieron en que combináramos de alguna manera, y no resulta fácil combinar disfraces cuando dos partes del trío son criaturas mitológicas que quieren hacerse pasar por cualquier otra cosa. Encima, los tres somos bastante frikis. ¿Qué hacer, entonces?

Pasamos tres horas considerando opciones mientras horneábamos galletitas con forma de monstruos. (Yo batía la masa, Cuernito daba forma a las galletas usando su magia, y Donald las horneaba con sus llamas. Rápido y fácil, como en una cadena de montaje.) En los altavoces sonaba la música de Nox Arcana, que es de lo más apropiado para esta festividad.

Al final decidimos ponernos en plan Tolkien: yo me disfracé de hobbit, Donald de Gandalf y Cuernito de Smaug :-D Hasta ahí todo muy normal. (Es decir, para los estándares de este blog tan lleno de disparates.)

Salí entonces al jardín a buscar otro limón para las galletas, y un anciano muy alto, con barba, sombrero y túnica grises, se acercó a mí fumando su pipa.

—¡Por fin, un hobbit! ¡Comenzaba a pensar que no encontraría ninguno a tiempo para llevar a cabo la misión!

—¿Misión? ¿Cuál misión? —dije yo, sacudiendo el humo de mi cara (argh, cuánto me chinchan los fumadores)—. ¿Y usted quién es, por cierto?

—¡Soy Gandalf el Gris, un mago muy poderoso!

—Bue. Otro más. A mi Donaldito no le va a gustar que alguien haya copiado su disfraz.

—No sé de qué hablas, pequeña hobbit. Escucha: traigo conmigo el Anillo Único y necesito que alguien lo lleve a Mordor ¡para destruirlo en las llamas del Monte del Destino y salvar a la Tierra Media de una catástrofe irreparable!

—Eh... pues aquí estamos lejos de cualquier monte, señor. En mi ciudad apenas si tenemos un cerro, y en su cima hay un faro, no llamas. Me da que se ha confundido de país. Hasta luego. —Me di la vuelta pensando si debería llamar a algún hospital psiquiátrico o similar. Lo sé, tengo un dragón y un unicornio, pero mi primera impresión fue que aquel hombre era simplemente un viejete chiflado como mi antiguo vecino de al lado, no un Gandalf 100% auténtico.

Resultó ser un Gandalf 100% auténtico. De pronto su vara resplandeció con una luz enceguecedora que me hizo detenerme en seco al tiempo que él exclamaba:

—¡Pequeña hobbit impertinente! ¡Soy un sirviente del Fuego Secreto, portador de la llama de Anor! ¡Date la vuelta y presta atención a mis palabras! Eh... ¿qué es eso que huele tan bien?

—Galletas de limón, señor Gandalf —dije yo con un hilo de voz—. Le daré algunas si promete no fulminarme. ¿Y podría hacer el favor de no fumar en mi casa? Digo, si no es mucha molestia, porque el humo me hace toser.

—Vaya, una hobbit a la que no le gusta fumar. Qué raro. —Gandalf apagó su pipa de todas maneras y entró a mi casa. Fuimos hasta el fondo, donde estaban Donald y Cuernito trabajando sobre nuestro horno improvisado. Gandalf se detuvo y puso los ojos como platos al ver a mi dragón—. ¡Smaug! ¡Pero si a ti ya te habían liquidado! No, espera, veo que eres azul, no rojo. ¿Un pariente de Smaug? ¿Muy bien vestido, por cierto? ¿Y tú qué eres? —añadió Gandalf, dirigiéndose a Cuernito.

—Él es mi unicornio Cuernito, disfrazado de Smaug —dije yo—. Y él es mi dragón Donald, disfrazado de... usted, señor Gandalf.

—Interesante. Ciertamente eres una hobbit muy particular, y bastante alta para tu especie. ¿Has bebido del manantial de los ents?

—No, pero ya quisiera. —Quizás sea alta para el estándar de los hobbits o los pigmeos, pero con mi metro cincuenta de estatura soy un poquito baja para el estándar humano. O al menos para el estándar de las tallas de ropa, que me obliga a cortar diez centímetros de todos mis pantalones.

En fin, mi Donaldito le extendió a Gandalf una bandeja de galletas ya horneadas. El mago empezó a comer poniendo cara de deleite. (No es por presumir, pero mis galletitas de limón quedan deliciosas.)

—Qué dragón tan amable —dijo Gandalf—. Tú también eres bastante raro para tu especie.

Mi Donaldito se encogió de hombros porque no conoce a ningún otro ejemplar de su especie, de modo que no tiene idea de si es raro o no por comparación. (Los dragones de la serie Juego de tronos no cuentan, aunque nos encanten.)

Ya medio resignada a tener que cumplir con la misión de Gandalf (onda Bilbo Bolsón cuando le cayeron los trece enanos en su confortable agujero hobbit), pregunté:

—Bueno, a ver, ¿cómo es esa cuestión del anillo que tengo que tirar dónde? Y puestos en ello, ¿no habían cumplido ya Frodo y su pandilla con esa tarea?

Gandalf pareció algo avergonzado. Respondió:

—Eh... bien... resulta que el Anillo Único no era tan único como creíamos. O sea, había dos. Pero ahora sólo queda uno, así que éste sí es el Anillo Único. Y hay que destruirlo antes de que Sauron lo recupere.

—No me diga: tampoco había un solo ojo de Sauron, ¿verdad?

—Eh... no. Pero ahora sí queda uno solo.

Gandalf sonrió. Yo resoplé.

—Bueno, 'tá bien, voy —dije—. Pero siempre y cuando pueda llevar a Donald y a Cuernito, que son como mi Sam y mi Aragorn.

—Es aceptable.

—Bien, supongo que si vamos volando podremos regresar a tiempo para...

—No, no. Nada de volar —dijo Gandalf—. Tiene que ser un viaje a pie, superando numerosas dificultades y peligros, enfrentando miedos e incertidumbres y...

—¿Qué? ¿Sin volar? ¡Pero si mi dragón es súper rápido y resis...!

—Es que lo importante es el trayecto, no el destino. O sea, pisar el camino sin saber a dónde nos va a conducir.

—¿No se supone que tenemos que ir al Monte del Destino?

—Sí, pero la valía del viajero ha de ser puesta a prueba por...

—Sigo sin escuchar una razón contundente para no ir volando en un pis pas.

—Pues... pues... ¡porque yo lo digo, y se acabó! —Gandalf hizo resplandecer su vara una vez más. Hice un gesto de paz, aunque al mismo tiempo Donald y yo nos miramos como diciendo "está chiflado, así que vamos a seguirle la corriente hasta que se vaya".

—'Tá bien, 'tá bien, lo que usté diga —respondí—. A pie, aunque tenga un dragón perfectamente capaz de volar a novecientos kilómetros por hora. Sí, ir a pie hasta el Monte del Destino suena súper sensato. Así viajaremos. —Gandalf no captó el sarcasmo, sino que se mostró satisfecho de que hubiéramos decidido obedecer sus ridículas indicaciones—. ¿Puedo al menos llevar un buen GPS a fin de orientarme en Mordor? Me da la impresión de que no hay buenas señalizaciones ahí.

—Aún no tenemos satélites en la Tierra Media, pero el Monte del Destino se ve bien a lo lejos. O sea, está en el horizonte, cerca del ojo de Sauron. Echa humo, fuego, relámpagos y nubes piroclásticas, no hay manera de perderse.

—Suena muy acogedor, como un paraíso turístico. —De nuevo, Gandalf no captó mi sarcasmo. Quizás el tabaco no fuera tabaco y hubiera afectado un poquitín su cerebro de mago.

—Aquí tienes el anillo —dijo Gandalf, pasándome una cajita de plomo marcada con ese simbolito que significa "peligro de radiación"—. Puedes tirar el anillo a la lava con caja y todo, y así evitarás que corrompa tu mente, por más que seas una inocente hobbit. —Estuve a punto de partirme de la risa al escuchar la palabra "inocente". La mente de un escritor de horror es justamente lo opuesto a eso.

Gandalf guardó en su bolsa la mitad de las galletas que habíamos horneado (sin pedir permiso, pero no me atreví a discutírselo debido a la vara mágica con potencial fulminante).

—Bien, ya me voy, pequeña hobbit. Te deseo suerte en tu empresa. Permíteme ahora teletransportarte a Mordor junto con tu dragón bien vestido y tu unicornio tan lindamente disfrazado de Smaug.

—¿Qué? ¿Teletransportarme? ¿Como en Star Trek? Un momento, ¿¿AHORA MISMO? ¡Pero tenemos que terminar de hornear...!

No pude acabar la frase. Gandalf hizo resplandecer su vara por tercera vez, y de pronto Donald, Cuernito y yo estábamos en algún lugar de Gondor, sobre un terreno pedregoso salpicado de arbustos. A lo lejos, en Mordor, se veía el dichoso Monte del Destino. Teníamos por delante kilómetros y kilómetros (o millas y millas, porque en la Tierra Media no usan kilómetros) de terreno aún más hostil.

—¡Oh, carajo! —exclamé—. ¡Ese cretino de Gandalf no me dio tiempo a calzarme mejor!

Es que mis "pies de hobbit" eran, básicamente, unos calcetines de color piel a los que les había cosido mucha lana marrón. ¿Cómo iba a caminar por Mordor con ESO?

Ah, no, espérense. ¿Caminar? ¿Por qué razón me iba a tomar la molestia de CAMINAR? ¡Ja! Tal como había planeado en secreto, le hice un gesto a mi Donaldito para que nos dejara subir a su lomo a Cuernito y a mí, y al diablo la orden de Gandalf. Caminar es bueno para la salud, pero ciertamente no por Mordor. Ya sabemos cómo le fue al pobrecito de Frodo.

Ya sobre mi dragón, y de camino a Mordor, me dio por abrir la cajita de plomo. La verdad, el anillo me pareció muy bonito, tan lustroso y con su elegante inscripción en caracteres élficos. Al mismo tiempo me puse a pensar en métodos para asesinar y torturar a diversos políticos y terroristas, pero la verdad es que esas cosas me vienen a la mente todos los malditos días, de modo que no lo consideré un efecto del Anillo Único :-D Cerré la cajita.

Al cabo de un rato vimos unas elevaciones de aspecto siniestro, y de pronto se me ocurrió algo.

—¿Sabes qué, Donaldito? Déjanos por aquí. Quiero entrar con Cuernito a esas montañas a fin de comprobar algo.

Donald nos dejó en un saliente rocoso. Cuernito y yo entramos entonces a un pasaje todo cubierto de telarañas, y no tardamos en encontrarnos con una enorme, enorme, enorme arañota muy peluda y con tremendos quelíceros.

—¡Uau, qué belleza! —exclamé. No me miren así, ya había escrito en alguna ocasión que me encantan las arañas.

La araña tenía hambre, sin embargo, y trató de comernos a Cuernito y a mí. Pero para algo había llevado yo a mi unicornio; con un pase de su cuerno mágico, Cuernito hizo que algunas polillas crecieran al tamaño de vacas, y entonces la araña gigante hizo unos ruiditos de felicidad y se abalanzó sobre ellas para comer.

En serio, ¿quién puede culpar a una pobre araña de devorar orcos y humanos y de casi comerse a Frodo? O sea, ¡la pobre no tenía más opciones culinarias!

Cuernito hizo crecer unas flores mágicas dentro de la cueva. Cualquier polilla que se alimente de ellas crecerá lo suficiente como para alimentar en el futuro a la araña gigante. Ah, y como Tolkien no le dio un nombre muy atractivo a esta última, decidimos rebautizarla como Juanita :-)

Regresamos con Donald y seguimos volando hacia el Monte del Destino. Nos topamos entonces con cuatro nazgûl, pero mi dragón no se anda con chiquitas a la hora de arrojar fuego, de modo que los mantuvo a raya con bastante facilidad. Sin embargo, en medio de la pelea hizo un movimiento brusco, y Cuernito y yo caímos de su lomo. Estábamos a dos mil metros de altura, lo suficiente como para que nos convirtiéramos en sendos panqueques al tocar tierra, pero Cuernito usó su magia de nuevo y aterrizamos en un enorme montón de algodón perfumado. O sea, un montón de algodón perfumado tan alto como un edificio. Válgame, nunca había visto tanto algodón. Tardamos un buen rato en salir de ahí y quitarnos las hebras de las orejas... y para ese entonces ya estábamos rodeados de orcos. Donald seguía peleando en las alturas con el último nazgûl (los otros tres estaban cayendo a tierra en forma de ceniza ardiente; como dije, mi dragón no se anda con chiquitas a la hora de arrojar fuego).

—Eh... hola. ¡Feliz Halloween! —dije a los orcos, quienes me respondieron con gruñidos de todo tipo al tiempo que esgrimían sus espadas. Había unos cuantos uruk-hais entre ellos, también de aspecto malhumorado. Un orco solitario, quizás menos belicoso que el resto, se puso a examinar la montaña de algodón. Metió un puñado en su boca y luego lo escupió (es que era algodón normal, no algodón de azúcar; aunque dudo de que los orcos hayan probado este último alguna vez).

El círculo de orcos se estaba estrechando. Mi Donaldito seguía ocupado allá en lo alto.

—Eh... Cuernito, más vale que hagas algo o terminaremos como cena de orcos. ¿Alguna idea?

¡Pues claro que mi Cuernito tenía una idea! ¡Es un unicornio mágico súper fenomenal! Él apoyó su cuerno en la tierra, y entonces crecieron montones de plantas de calabazas (las frutas tenían un diseño de caras macabras, para estar a tono con la fecha). También crecieron zanahorias, lechugas, guisantes verdes, manzanos y así por el estilo.

Arranqué una manzana y empecé a comerla con cara de "uh, qué bueno está esto, mejor que comerme a mí, chicos". Los orcos no parecieron muy convencidos. Para ese entonces, sin embargo, Donald había acabado con el último nazgûl, por lo que bajó de inmediato a defendernos. Pensé que rostizaría a los orcos; en cambio, empezó a gruñirles en tono cordial. Debía de estarles diciendo algo muy interesante en su idioma, porque los orcos se miraron entre ellos, asintiendo, y por último envainaron sus espadas.

—¿Qué les has dicho? —le pregunté a mi dragón, y él me respondió, en el lenguaje de señas que usa siempre conmigo: "Les he preguntado cuánto les paga Sauron al mes, y si tienen derechos sindicales y salario vacacional."

Eso arregló todito. Primero los orcos eran nuestros enemigos, y de pronto nos estaban preguntando cómo organizar una buena huelga. Al parecer la lista de derechos laborales incumplidos era bastante larga. De paso le indiqué a mi Donaldito que les explicara las ventajas de pasarse a una dieta vegetariana, o por lo menos con dos tercios de verduras. Vamos, ¿han visto a un orco? ¿Y conocen los trastornos que causa una dieta de pura carne? En serio, ¿cómo no iban a estar los orcos malhumorados todo el tiempo, entre el estreñimiento, el aliento apestoso y posiblemente (a juzgar por el estado de sus respectivas dentaduras) el escorbuto incipiente? Al final logramos convencerlos de probar las frutas y de cocinarse feijoadas más a menudo, al menos para empezar.

Caí en cuenta entonces de que ¡aún era Halloween!

—Eh, chicos —dije yo a los orcos por medio de mi dragón—, ¿qué les parece si seguimos discutiendo esto mientras celebramos? ¡Mi Cuernito convertirá piedras en caramelos y bombones!

Los orcos vitorearon, y terminamos organizando una tremenda fiestota al estilo Mordor en un claro todavía pedregoso. Pusimos música de Saruman Christopher Lee, y tanto los orcos como los uruk-hais me sorprendieron con sus pasos de hip hop. La araña Juanita se unió a la fiesta por un rato, ahora que ya no estaba medio muerta de hambre.

Ojo de Sauron: No recuerdo haber autorizado una fiesta.
Todos los demás: ¡Yujuuuuu! ¡Fiestaaaaa!

El ojo de Sauron no tenía cejas, pero ciertamente daba la impresión de que estaba frunciendo el ceño en un gesto de desaprobación :-D

En fin, Donald y yo aprovechamos la distracción de la fiesta para destruir el Anillo Único, de modo que el ojo de Sauron no tardó en venirse abajo. De acuerdo, ahora los orcos no tendrán a quién hacerle la huelga, pero toda la cuestión sindical les resultará muy útil en su próximo empleo, sea cual sea. Pero no queríamos que se integraran a otro ejército, de modo que Cuernito hizo crecer por ahí unas cuantas plantitas de marihuana y enseñamos a los orcos a fumarla. Eso les quitará las ganas de pelear, y de paso les aliviará los síntomas del glaucoma, en caso de que lleguen a padecer dicho trastorno.

Finalizada nuestra noble misión, emprendimos el camino de regreso. Hicimos, sin embargo, un último desvío hacia Caradhras porque mi Donaldito quería ver un balrog. Lo encontramos. Al principio trató de matarnos igual que los orcos, pero luego mi dragón hizo amistad con él y se arrojaron bolas de nieve por un buen rato en una pelea amistosa (que causó unas cuantas avalanchas, pero bueno, no había nadie en los alrededores de todas maneras).

Una vez en el punto donde habíamos aparecido, la magia residual del teletransporte nos devolvió a casa. Terminamos de hornear las galletas, las repartimos entre los niños del vecindario y continuamos con nuestra celebración del Halloween.

Espero que Gandalf se atragante con las galletas que nos afanó. Y espero que los orcos y el balrog nos manden algunas tarjetas en Navidad, o camisetas hechas con el montón de algodón perfumado que dejamos en Mordor :-)

¡Feliz Halloween!

G. E.

PD: Bailar en calcetines por el duro suelo de Mordor me dejó unas cuantas ampollas. La próxima vez llevaré botas de excursionista.

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Fragmento de LOBO DE LUNA

El joven nanok siguió el sonido del agua, pero entonces olió algo más que lo distrajo. ¿Qué era eso? No lo reconoció en absoluto.

A pesar de su curiosidad, Urkin fue precavido: avanzó hacia la fuente del olor moviéndose de árbol en árbol, aprovechando que su pelaje era marrón como la corteza. De su cinturón extrajo un cuchillo de piedra, por las dudas; en Kum, cualquier novedad podía ser agradable... o mortal.

Poco a poco se aproximó a un árbol más grueso que los demás, donde oyó el tenue flujo de una respiración. El olor pertenecía a un ser viviente.

Urkin rodeó el árbol, y en un hueco vio una mancha plateada y pequeña. Y asustada. El nanok lo supo por la forma en que la criatura estaba doblada sobre sí misma, como si tratara de contraerse hasta desaparecer.

Sin soltar el cuchillo, Urkin se acercó un poco más, y entonces la criatura levantó la cabeza. Urkin contuvo la respiración.

Era un cachorro de lobo. Pero no un lobo cualquiera sino un ekté, un lobo de luna. Urkin jamás había visto uno, pero sí algunos miembros de su clan, en noches de Aima llena. Así sabía que los ektén eran plateados y que tenían a Aima en los ojos.

¿Qué hacía el lobezno en el hueco del árbol? Los cachorros nunca andaban solos, ni siquiera los de esa especie.

—¿Te has perdido? —preguntó Urkin, y el animal se encogió sobre sí mismo, gimiendo. Era muy hermoso. Urkin guardó el cuchillo y extendió una mano en un gesto de amistad.

El lobezno se apretó contra el fondo del hueco. No parecía dispuesto a salir por las buenas, y Urkin no iba a forzarlo. El nanok se alejó del árbol y tomó asiento sobre una roca, decidido a esperar el tiempo que fuera necesario.

Había huellas más grandes que las del cachorro en el suelo, y también eran lobunas. ¿Su madre o padre? ¿Qué había pasado ahí exactamente? Si los ektén eran como los lobos de Kum, no abandonarían a un miembro de su jauría, mucho menos al otro lado de la luz azul.

—Me quedaré aquí hasta que alguien venga a buscarte —dijo Urkin al lobezno—. Y si nadie viene... tendré que llevarte conmigo. No puedo dejarte solo, morirías. ¿Entiendes algo de lo que estoy diciendo? Supongo que no. Espero que comprendas mi tono de voz, al menos.

El lobezno se limitó a mirarlo sin parpadear. Al cabo de un rato pareció estar un poco más calmado, y sus ojos se desviaron hacia el río. Urkin dedujo que debía de tener sed.

—Enseguida vuelvo.

El nanok fue hasta la orilla, arrancó una hoja grande y usó la misma como cuenco para recoger el agua. Urkin la olió primero, y sí, estaba buena. Regresó junto al árbol sosteniendo la hoja con ambas manos.

—Aquí tienes, lobo de luna —dijo el nanok, depositando la hoja frente al cachorro antes de volver a la roca.

El lobezno no bebió de inmediato, sino que palmo a palmo se deslizó hasta la hoja y una vez ahí tomó el agua con rápidos lengüetazos. Después retrocedió al hueco en el árbol.

—Puf. Ya veo que esto no será fácil. Pero créeme, no pienso hacerte daño.

Urkin empezó a cantar en voz baja, como hacía para sus primos a la hora de la siesta. El lobezno luchó por mantener los ojos abiertos, pero debía de estar cansado y se durmió al cabo de un rato. Urkin guardó silencio. Mientras esperaba le dio hambre, así que comió las bayas en su bolsita pensando que a la vuelta tendría que recoger más. Nadie apareció en todo ese lapso. Si el lobezno tenía familia, se hallaba fuera de su alcance.

El cachorro despertó hacia el atardecer. Quizás había pensado que su madre estaría ahí cuando abriera los ojos, porque miró en derredor y luego bajó la cabeza en un gesto de desilusión. Urkin sintió pena por él.

—Escucha, ya debo irme. ¿Quieres venir conmigo? Vamos, sígueme. —El cachorro no se movió—. Está bien, no me sigas. Pero yo volveré mañana, y si aún estás aquí, te traeré algo de comer. Adiós.

Al tiempo que decía todo esto, Urkin bajó de la roca y se alejó muy despacio del árbol. No quería dejar ahí al cachorro, pero el animalito tenía que decidir por sí mismo si aceptaba o no la invitación.

Urkin siguió caminando, le dio la espalda al árbol... y entonces escuchó pasos detrás de él. El nanok sonrió de alivio. Allí estaba el lobezno, con la cola entre sus patitas pero siguiéndolo por su propia voluntad.

—Bien hecho. Yo me encargaré de ti, pequeño.

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