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Las aventuras en el desierto de mi novela aún no acaban, porque ¡hay mucho para hacer ahí! :-) (El episodio anterior está aquí . Para verlos...

Las aventuras en el desierto de mi novela aún no acaban, porque ¡hay mucho para hacer ahí! :-) (El episodio anterior está aquí. Para verlos todos, hagan clic en la etiqueta "historias del desierto".)

El guerrero Senti, Donald y yo continuábamos nuestro viaje hacia algún sitio, pateando doradas arenas y discutiendo sobre la mejor forma de combatir a las langostas carnívoras de Huru (sí, en Huru suele haber plagas de langostas que se comen a la gente, y encima son algo venenosas; emocionante, ¿eh?). De pronto encontramos unas huellas enormes en la arena y nos detuvimos para contemplarlas.

—Qué raro —dijo Senti—. Nunca había visto algo así.

—¡Pero yo sí sé a quién pertenecen estas huellas! —respondí—. Vamos a seguirlas. Podría ser divertido.

Fue un tremendo error, aunque en ese momento no lo sabía, claro. Como sea, seguimos las huellas, que en verdad eran colosales, hasta que al fin hallamos lo que yo esperaba ver. Pero describiré nuestro hallazgo con las palabras que usé en la novela, cuando el comerciante Frobio y su esposa Eldina se toparon con ello.

Era una criatura humanoide hecha de bloques de piedra gris. Caminaba ligeramente encorvada, con pasos lentos y dificultosos. Daba la impresión de que se desarmaría en cualquier momento, dado que los bloques no parecían estar unidos entre sí, pero la criatura continuaba su marcha sin soltar más que unas piedritas. Debía de ser una cuestión de magia, pensó el mercader, y se encogió de hombros. Era la primera vez que Frobio veía un hombre de roca, pero la magia abundaba en Huru.

—¿Qué... es... eso? —preguntó Senti.

—Es un castillo —respondí—. Bueno, no ahora mismo, pero alguien vive ahí, en todo caso. Vamos a saludar a su propietario.

Senti y yo subimos a lomos de mi dragón y volamos en torno a la cabeza del gigante rocoso, agitando las manos en actitud amistosa. El gigante titubeó al principio y finalmente se detuvo.

—¿Quiénes sois? —dijo una voz desde dentro.

—¡Turistas! —repliqué—. Y... eh... nos gustaría charlar con vos, noble hechicero, y quizás compraros alguna pócima mágica. —Pensé que esto último podría halagar al habitante de aquel castillo ambulante, de tal modo que calmara su desconfianza.

—Bien, podéis pasar. Pero dejad a esa enorme bestia azul afuera. Me pone nervioso.

Donald se posó en la nariz del gigante y Senti y yo entramos a su cabeza a través de la boca, llena de enredaderas colgantes. Donald parecía algo ofendido, por cierto. No le gusta que lo excluyan como si fuera un perro pulguiento.

El propietario del castillo ambulante nos esperaba con cara de suspicacia y los brazos cruzados. Su nombre (cosa que yo ya sabía porque soy la autora de la novela) era Bardún, y en mi libro lo describo así:

El mercader hizo una reverencia puesto que su anfitrión imponía respeto. Era alto y muy viejo, con una larga barba blanca que le llegaba a la cintura y ropajes algo desgastados pero de excelente calidad.

Pues sí, el hechicero Bardún imponía mucho respeto (como el mago Saruman pero con una expresión un poquito más enloquecida), de modo que hice una reverencia y le di un codazo a Senti para que me imitara.

—¿Y qué clase de pócima estáis buscando? —dijo el hechicero.

—Bueno, quizás algo para evitar las quemaduras solares —respondí—. Ya me estoy quedando sin bloqueador.

El hechicero me miró con cara rara, pero luego se encogió de hombros y empezó a rebuscar entre sus cosas mágicas. El interior de la cabeza del castillo estaba bastante desordenado, y Senti me dirigió una mirada como diciendo "esto no pinta del todo bien". Le hice un gesto para que se tranquilizara.

—¿Y cómo van las cosas por el desierto? —le pregunté a Bardún—. ¿Hay novedades? ¿Alguna visión nueva sobre el futuro que presagie aventuras, catástrofes y/o guerras? —Es que estoy planeando la continuación de la novela, y pensé que no me vendría mal la información de primera mano :-D

—Novedades, novedades... —farfulló el hechicero—. Mmmm, hay rumores. Rumores de que algo maligno se esconde en las profundidades del desierto. ¡Una criatura que tiene planes de conquista y destrucción!

La barba del hechicero pareció erizarse mientras hablaba, y fuera del recinto sonaron unos truenos a pesar de que el cielo estaba despejado.

—Pero claro, nunca se sabe —continuó Bardún, y todo volvió a la normalidad—. Al igual que las tormentas de arena, el futuro siempre es incierto.

(Tomé notas sobre la criatura maligna con planes de conquista, para añadirlas al plan de mi novela. Así no tendré que esperar a que me llegue la inspiración, que también suele ser poco fiable.)

Mientras tanto, Donald había asomado la cabeza por una ventana. Se le notaban unas ganas tremendas de participar en la conversación, y a pesar de que le hice señas para que no entrara, se coló al castillo andante y empezó a olfatear los objetos extraños y cubiertos de polvo que había por todas partes. De pronto, mi dragón y Bardún se encontraron cara a cara y el hechicero pegó un grito.

—¡Aaaaaahhhh, ya dije que no quería esa cosa dentro de mi casaaaaaa! ¡Largo, largo, largo! ¡Vete, monstruo enorme y azul y cornudo!

Increíblemente, Bardún empujó a Donald hasta que consiguió expulsarlo del castillo, y Donald, enfadado por la descortesía, le sacó la lengua. Entonces el hechicero tomó aire, agitó sus brazos majestuosamente, proyectó unos rayos mágicos hacia mi dragón y... Donald se precipitó al suelo envuelto en una nube de chispas.

—¡Eh, no hacía falta recurrir a esos extremos, señor hechicero! —protesté, sacando medio cuerpo por la ventana para ver qué le había hecho bardún a mi pobre dragón. Veía una forma azul en la arena, pero bastante más pequeña de lo esperado. Iba a encarar de nuevo al hechicero para exigirle una explicación, pero algo me golpeó por detrás, como un choque de energía eléctrica, y yo también caí del castillo envuelta en chispas. Aterricé en la arena patas arriba.

Un momento. ¿Dije patas arriba?

Me puse de pie... y tras un momento de observación, descubrí que yo ya no era yo.


¡Cuicuí! ¡Cuicuí! —exclamé. Oh, demonios. ¡El hechicero loco me había convertido en una especie de bírbix!

(Aquí toca otra pausa para dar explicaciones. A ver, básicamente un bírbix es un ave que vive en el desierto de mi novela y corre muy rápido, algo así como el Correcaminos de las caricaturas. Es del color de la arena, con un copete y una cola de color blanco iridiscente. En mi novela hay toda una historia donde aparece el bírbix: es una apuesta donde un rey trata de conquistar a una bella reina, de tal modo que quien atrape al ave ganará dicha apuesta.)

Buscando a mi alrededor, averigüé también qué había pasado con mi dragón: Bardún lo había transformado en ¡un caballo! Bueno, o algo así...


Donald me miró y soltó algo que parecía una mezcla entre relincho y graznido (recuerden que mi dragón suele graznar como los patos). Obviamente estaba tan desconcertado como yo. Habría querido consolarlo de alguna manera, pero lo único que salía de mi garganta era un montón de cuicuís.

El castillo humanoide se inclinó y Senti saltó a la arena. Luego el gigante de roca se alejó caminando con su típico paso cuidadoso.

¡Cuicuicuí! —le dije yo a mi acompañante, quien trató de mantenerse serio. No le salió muy bien.

—Lo siento, pequeña viajera —me respondió—. Ese Bardún ciertamente tiene unos nervios delicados. Pero sí me vendió la pócima contra las quemaduras solares. Toma.

Puse los brazos en jarras, digo, las alas. ¿Para qué iba yo a querer ahora la pócima, teniendo plumas por todo el cuerpo? ¿Y cómo iba a sujetar el frasco si ya no tenía manos?

—Bueno... —continuó Senti, guardando la pócima en su bolsillo—. Eh... supongo que será mejor que sigamos adelante, ¿no? Debe de haber algún otro hechicero que consiga devolveros a ti y a tu dragón a vuestra forma original.

Solté un suspiro. Sí, era la mejor alternativa. Mientras tanto, Donald trató de volar, pero sus alas atrofiadas ya no podían levantarlo del suelo. Se dio por vencido tras un par de coscorrones contra la arena. Menos mal, porque yo no estaba en condiciones de decirle que su forma ya no era apropiada para actividad aérea alguna.

Senti montó su caballo, continuamos marchando y... bien, es todo por esta vez. Pronto podrán enterarse de lo que pasó en los días siguientes de mi desértica aventura :-D (Sí, voy a dejar la historia colgada por aquí. Es que soy muy mala, ñajajajaja.)

G. E.

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En el episodio anterior de mis aventuras por el desierto de mi propia novela, mi dragón y yo nos encontramos con Senti, un guerrero en busc...

En el episodio anterior de mis aventuras por el desierto de mi propia novela, mi dragón y yo nos encontramos con Senti, un guerrero en busca de aventuras. O más bien él tuvo un encontronazo con mi dragón, pero eso fue un simple malentendido (a cualquiera le pasa).

Como sea, Senti se sumó a nuestro recorrido turístico por Huru... y no tardamos en toparnos con los primeros inconvenientes potencialmente letales.

Todo empezó mientras caminábamos por las cálidas arenas del desierto de camino al oasis más próximo. Yo le estaba contando a Senti la historia completa de cómo adopté a mi dragón Donald, y él, a su vez, me estaba contando una leyenda de Huru sobre la primera y única rebelión de los genios de agua (tomé notas para añadirla al segundo volumen de Historias del desierto). Como siempre, era un día despejado y bastante caluroso. Decidimos tomar un descanso. Mi dragón hizo un agujero en la arena con la intención de dormir una siesta, y Senti comenzó a armar una tienda para cobijarnos del sol... cuando de repente vi a Donald parar las orejas. Supe así que algo se avecinaba, a pesar de que no se veía nada por ninguna parte. Entonces descubrí a la figura que se aproximaba corriendo hacia nosotros, apenas distinguible en el entorno. Era... ¡un cazador de cabezas! De inmediato eché mano de mi cimitarra y...

Antes de seguir, debo explicar algo. Hay varias razones por las que mi novela no es apta para menores de 15 años, y los cazadores de cabezas son una de ellas. Quisiera dar una explicación más amplia aquí mismo, pero como éste es un blog más o menos apto para todo público, bueno, tendrán que leer la novela para saberlo.

En fin, siguiendo con la narración, saqué mi cimitarra, que lanzó un brillo deslumbrante bajo el sol. Senti también se puso en guardia y mi dragón levantó la cabeza, pero les hice un gesto a ambos para que no se molestaran.

—No se preocupen, chicos. De este engendro me encargo yo.

El cazador de cabezas estaba más cerca de nosotros. Ahora rugía como un león, al tiempo que enseñaba sus temibles dientes.


Mientras tanto, yo esgrimí mi bien afilada cimitarra...


La verdad, había querido hacer algo así desde que inventé a los cazadores de cabezas para mi novela. Lo divertido de crear villanos perversos es que también puedes darte el lujo de ajusticiarlos, de modo que le permití acercarse más al cazador de cabezas, di un salto, hice silbar el aire con mi cimitarra y...


¡Ja! Creo que ésa no se la esperaba. La cabeza voló por encima de Senti y de Donald, salpicando bastante sangre, y aterrizó en la arena. En ningún momento se le borró la expresión de "¿qué demonios acaba de pasar?", la cual, curiosamente, se parecía mucho a la de mi guerrero acompañante.

—Uh, eso no estuvo nada mal —dijo Senti, todavía con los ojos como platos. Limpié la cimitarra antes de envainarla.

—Gracias. Como dije antes, me preparé bien antes de venir. —Lo cual, en términos literarios, significa inventarse que una no sólo va por ahí cargando una cimitarra, sino que además es capaz de utilizarla como una experta. Y no me miren con esa cara. Este blog es de ficción.

En fin, Senti quedó bastante impresionado, pero como no es mi intención avergonzarlo, para mi próxima aventura lo dejaré enfrentarse a lo que sea que decida que nos haya de caer encima :-D

Estas aventuras continuarán.

G. E.

Artículo relacionado: MIS HISTORIAS DEL DESIERTO (5).

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¡Más aventuras por el desierto de mi novela! En el episodio anterior era de noche, Donald y yo estábamos cenando, ¡y de repente apareció un...

¡Más aventuras por el desierto de mi novela! En el episodio anterior era de noche, Donald y yo estábamos cenando, ¡y de repente apareció un jinete cabalgando hacia nosotros con una espada en alto! ¡Y encima iba gritando terribles amenazas!

No me molesté en desenvainar mi cimitarra. Le hice un gesto a Donald y él se plantó frente al jinete, lo derribó y lo sujetó cabeza abajo por una pierna. (El caballo escapó corriendo, muerto de miedo. Pobrecito.)


Aquí el jinete quedó totalmente desconcertado. Quizás no esperaba que mi dragón fuera tan hábil en el combate cuerpo a cuerpo. Como sea, le hice señas de que se calmara y le pregunté:

—Eh... disculpe, pero ¿cuál es su problema, señor?

El jinete se tranquilizó un poco. Luego respondió con una voz poco firme:

—Yo... vi una frágil doncella en peligro y vine a rescatarla.

Miré hacia todas partes buscando a la frágil doncella, pero no la vi por ninguna parte. Luego me di cuenta de que se refería A MÍ. Bue. Tal vez la confusión se debió a que el despistado jinete nunca me ha visto serruchando ramas en mi jardín o martillando clavos.

—Muchas gracias —respondí—, pero la verdad es que no estaba en peligro.

—¿No? ¿Y qué hay de esa bestia espantosa y temible?

Esta vez mi dragón se dio vuelta buscando a la bestia espantosa y temible. Cuando se dio cuenta de que el jinete se refería A ÉL, frunció el ceño y gruñó por lo bajo. No sé si estaba ofendido o pretendía ajustarse al estereotipo.

—Esa "bestia espantosa y temible" es mi dragón —aclaré—. Mi hijo adoptivo. Se llama Donald, y es totalmente inofensivo a menos que alguien lo ataque o tire basura al piso.

—Ah. Oh. Pues... perdonadme entonces, diminuta y pálida doncella. —Lo de "diminuta y pálida" no se lo discutí. Es verdad—. Eh... ¿podríais decirle a vuestro dragón, entonces, que me baje al suelo? Se me está acumulando la sangre en la cabeza...

—Claro. No hay problema. Donaldito, baja al señor. Y ve a buscar a su caballo antes de que se pierda por ahí.

Donald hizo lo que yo le pedí. El jinete se sacudió la arena, hizo una cortés reverencia y dijo:

—Aclarado el malentendido, debo presentarme: me llamo Senti y soy un guerrero de Huru en busca de aventuras.

—Encantada. Mi nombre es Gissel y vengo en plan de turista extranjera. Podemos tutearnos, ¿eh?

—Excelente. ¿Una visitante extranjera? Con gusto te enseñaré todo acerca de las luces guía, los genios de agua y los sitios más interesantes de Huru.

—Oh, lo de las luces y los genios ya lo sé, gracias. —No tuve corazón para decirle al confundido guerrero que yo inventé todas esas cosas—. Pero sí planeaba visitar Immadil —el reino más importante de Huru, donde vive el rey Agalur— y quizás el reino de Mazina, si consigo encontrarlo. Incluso yo sé que la reina lo ha ocultado por medio de la magia para que nadie lo encuentre.

Mientras tanto, Donald regresó con el caballo, sosteniéndolo como a un gato asustado. El pobre seguía relinchando de vez en cuando, pero poco a poco se tranquilizó.

—Pues veo que estás bien informada, joven extranjera. Puedo acompañarte a donde quieras y protegerte de... —Senti miró de nuevo a Donald— no sé, ¿otros peligros que tu extraño hijo adoptivo no sepa cómo enfrentar? ¿Hechiceros malvados, por ejemplo?

Bueno. La verdad es que este guerrero, despistado o no, empezaba a caerme bien, y además parecía muy servicial. Y una vez que su rostro recuperó el color normal, hasta lo encontré bastante guapo. Por si fuera poco, tenía razón: no sólo hay monstruos con dientes en el desierto, sino magia peligrosa y hechiceros locos que convierten a las personas en dromedarios (hay bastante de eso en mi novela).

—Me parece bien, noble aventurero —respondí—. Podríamos hacer juntos el recorrido por Huru; si nos ataca un mago chiflado, tú nos defenderás, y si nos ataca algo enorme y con dientes y garras, le dejaremos la pelea a mi dragón.

—De acuerdo. Buen plan.

Nos estrechamos las manos, entonces, y descansamos el resto de la noche junto a la fogata para recuperar fuerzas. Al llegar la mañana... ¡nos preparamos para la aventura!

Estén pendientes de la continuación :-)

G. E.

PD: ¿Qué dicen, lectoras? ¿Creen que sea hora de empezar a ponerle algo de romance a esta aventura? :-D

Artículo relacionado: MIS HISTORIAS DEL DESIERTO (4).

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¡Continúan mis aventuras por el desierto de mi novela! Si no han leído el episodio anterior, está aquí . ¿Listo? ¡Bien, entonces ya puedo co...

¡Continúan mis aventuras por el desierto de mi novela! Si no han leído el episodio anterior, está aquí. ¿Listo? ¡Bien, entonces ya puedo contarles lo que sucedió después de que perdí a Donald de vista!

Fue muy desconcertante encontrarme sola en medio de la arena, porque en Huru no hay demasiados puntos de referencia. Sus habitantes se orientan por el sol, las estrellas... y las luces guía. "¿Qué son las luces guía?", se preguntarán. Bueno, en cierto modo son como los genios de agua: criaturas del desierto que sirven a los humanos y que también se convocan escribiendo símbolos en la arena (ya ven, escribir en la arena de Huru no es muy diferente a hacer una llamada telefónica). Una vez que uno llama a una luz guía, basta con dibujar el sitio a donde uno quiere ir o tocar a la luz guía pensando en dicho lugar, y la luz guía... pues te guiará. Duh! :-P

Por desgracia, ¡no podía utilizar una luz guía para encontrar a mi dragón! Las luces guía tienen una limitación, y es que sólo pueden llevarte a lugares fijos; no sirven para encontrar personas ni dragones perdidos. ¡Grunf! (Si hubiera sabido que perdería a mi dragón en mi propio desierto imaginario, habría modificado esa regla.)

Tuve que recurrir, entonces, a medios más tradicionales para buscar a Donald: seguir sus huellas, esperando que mi dragón no se hubiera echado a volar en algún momento del recorrido. Más valía ahora que no apareciera un genio de aire y las borrara de un soplido, porque de lo contrario...

¿Qué? ¿Quieren que les explique qué es un genio de aire? No problem! Los genios de aire también son criaturas mágicas del desierto... excepto que, salvo uno de ellos (a ése lo conocerán quienes lean la novela), en realidad no sirven para nada. Y lo que es peor: los genios de aire pueden llegar a ser muy tontos y malhumorados, de modo que provocan tormentas de arena cada dos por tres, casi siempre en los momentos más inoportunos :-D (Me pareció una manera interesante de fastidiar a mis personajes en la novela; es que una es un poco sádica a la hora de escribir.)

En fin, seguí las huellas de Donald tratando de no caer en la trampa de un tiburón de arena. (Un tiburón de arena es... bueno, algo así como un tiburón que vive en la arena. Simple. Eso sí: hay que tener cuidado de no caer en sus fauces llenas de dientes.) Así, caminando y llamando a mi dragón a los gritos, llegué a unos montículos en la arena que parecían gigantescos nidos de termitas. Claro que no eran nidos de termitas, sino el hogar de una tribu de hombres-serpiente. Uno de ellos salió a recibirme.


Lindo, ¿eh? (Bueno, es lindo para aquellos a quienes nos gustan las serpientes.) Que no los engañe la espada: los hombres-serpiente son criaturas pacíficas y se alimentan de pequeños animales del desierto. Se puede contar con ellos, sin embargo, como guerreros en defensa de alguna causa noble (algo de eso hay en mi novela). Como los hombres-serpiente no hablan por no tener órganos vocales, me comuniqué con ese individuo por medio de señas y dibujé a mi dragón en la arena para averiguar si lo había visto por ahí. ¡Y el hombre-serpiente hizo un gesto afirmativo! Nos desplazamos algunas dunas más allá y, efectivamente, ahí estaba Donald jugando con más miembros de la tribu, machos y hembras. El interés era mutuo, al parecer, quizás por algún parentesco lejano.

Después de reprender a Donald por dejarme plantada, la tribu serpiente nos invitó a cenar. Sabiendo lo que se venía, traté de inventar alguna excusa, pero nada se me ocurrió. El problema es que... bueno, los hombres-serpiente son un poco como los japoneses: les gusta la comida cruda... y viva. De pronto me vi con un asustado ratón en la mano.


No soy vegetariana, pero la verdad es que no me va lo de comer roedores crudos, de modo que hice lo que haría cualquier niño que tuviera en su plato algún alimento repulsivo: sin que los hombres-serpiente se dieran cuenta, le pasé ése y los demás ratones a mi perro dragón. A Donald le vino bien, ya que su dieta consiste principalmente en aves capturadas alrededor del aeropuerto (él aún tiene ese empleo).

Una vez terminada la cena, nos despedimos de la tribu serpiente y seguimos el recorrido turístico por Huru. Pronto se hizo de noche, de modo que llamé a un genio de agua para que trajera leña y algunas frutas (¡los genios de agua también hacen eso!). Donald encendió la leña para la fogata, yo me comí las frutas y... ¡de pronto vimos a un jinete que se abalanzaba hacia nosotros blandiendo una espada!

Una vez más, esto ¡continuará! :-D

G. E.

Artículo relacionado: MIS HISTORIAS DEL DESIERTO (3).

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Escribí mi novela Historias del desierto inspirada en parte por Las mil y una noches y en parte por las clásicas novelas de fantasía ambie...

Escribí mi novela Historias del desierto inspirada en parte por Las mil y una noches y en parte por las clásicas novelas de fantasía ambientadas en entornos medievales. Más que nada deseaba crear un mundo con sus propias reglas extrañas y maravillosas; si lo conseguí o no, eso ya quedará a juicio de los lectores :-)

Como sea, el desierto de mi novela (Huru) tiene tantas cosas nuevas que me siento un poco en la obligación de hacer un recorrido turístico para dar cuenta de ellas y de paso picar el interés de los lectores. Es decir, me parece una mejor estrategia promocional que estar bombardeando a todo el mundo constantemente con la misma propaganda :-D (Qué le vamos a hacer, los escritores autopublicados no tenemos más apoyo que nuestra propia iniciativa... aunque últimamente ni publicando con editoriales se consigue mucha promoción.)

Por lo tanto, fui a comprar algunas provisiones, mucho protector solar y ropa adecuada, y ¡hala!, me subí a mi dragón para viajar a Huru y hacer de guía turística en persona :-D

Fue un vuelo bastante largo a través de mi imaginación :-P Unas horas más tarde, sin embargo, descendimos en Huru y nos sacamos la primera foto:


Por cierto, lo que llevo en mi cinturón es una cimitarra :-D He querido una cimitarra desde que vi un documental sobre las batallas de las Cruzadas y aprendí que ¡pueden cortar brazos de un solo tajo! Algunos me dirán que debí conseguir una katana como la de Uma Thurman en Kill Bill, pero esa película es técnicamente incorrecta, ya que las katanas no sirven para cortar brazos (otra cosa que aprendí en los documentales). Eso no las hace menos efectivas como armas, desde luego :-P

¿En qué estaba? Ah, sí, Donald y yo aterrizamos en el desierto. Había un sol radiante, por supuesto, y hacía bastante calor. Por suerte las alas de Donald me daban sombra, aunque de todas maneras me puse las gafas de sol y bastante protector solar (ya saben, chicos y chicas, hay que cuidarse de los rayos ultravioleta).

Nuestra primera parada fue en un oasis. Primer dato fantástico sobre Huru: existen genios de agua. No salen de lámparas ni se parecen a los genios de las películas ambientadas en Arabia, sino que están hechos de agua y sirven a todos los habitantes de Huru. Para llamarlos hay que escribir sus nombres en la arena. Si no te sabes sus nombres, ¡no hay problema!, puedes utilizar un símbolo universal que hará aparecer al genio de agua más cercano. Y más vale, porque en Huru no existe el equivalente de las guías telefónicas ni nada parecido.

Cada oasis suele tener su propio genio de agua, que le da mantenimiento como si fuera una especie de guardia forestal. Cuando Donald y yo llegamos al oasis, nos topamos con su correspondiente genio de agua, que al vernos saludó de esta manera:


Qué simpático, ¿verdad? :-) Los genios de agua son unas criaturas adorables y serviciales... salvo con la gente malvada. Por esas reglas de mi desierto están obligados igualmente a dar agua a la gente malvada, pero en tales ocasiones dejan de lado la cortesía (más o menos lo que pasa con los camareros de los restaurantes).

¿Y qué pintan esos pececitos en el genio de agua? Bueno, pues otra particularidad de los genios de agua es que ¡tienen mascotas! Adoran los pececitos de colores. Si quieren hacer feliz a un genio de agua, regálenle un pececito y el genio se volverá un amigo fiel. También pueden regalarle piedras preciosas, pero bueno, no todos tenemos presupuesto para propinas tan caras :-P

En fin, como hacía mucho calor decidí darme un baño en el oasis mientras Donald aprovechaba toda esa arena para... bueno, para hacer lo que los gatos suelen hacer en la arena. Ya saben (y si no lo saben, no lo voy a explicar). El agua estaba fresquita, y al rato me puse a jugar con el genio, que salpicaba agua sobre mi cabeza o me tiraba hacia arriba para darme un buen chapuzón. (Como dije arriba, los genios de agua son adorables.)

Después del baño me vestí, volví a ponerme protector solar... ¡y entonces me di cuenta de que Donald había desaparecido! ¡Yo estaba sola en medio del desierto!

Empecé a llamar a Donald a gritos y... bueno, tendrán que esperar hasta la próxima entrega para saber lo que pasó, porque esta historia ¡continuará! :-D

G. E.

Artículo relacionado: MIS HISTORIAS DEL DESIERTO (2).


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¿Recuerdan la primera entrada de este blog ? En ella dije que mi otro trabajo es escribir. También aclaré que todavía no me estaban pagando ...

¿Recuerdan la primera entrada de este blog? En ella dije que mi otro trabajo es escribir. También aclaré que todavía no me estaban pagando nada por ello, pero como mi idea sigue siendo lograr una remuneración razonable, desde hace un tiempo que estoy haciendo lo posible para cumplir ese objetivo. Tiene sus dificultades, por supuesto. Ganar dinero escribiendo es más o menos tan difícil como... no sé, levantar un elefante con las manos, encontrar un político honrado o convencer a un gato de que se deje afeitar (nota: jamás he intentado afeitar a un gato, pero me da que sería muy, muy peligroso).

En fin, la cosa es que estoy paseando una novela por diferentes editoriales y agencias literarias, pero como el mundo editorial es tan lento como un caracol moviéndose cuesta arriba y arrastrando además un carrito lleno de frijoles, la verdad es que ALGO MÁS tengo que hacer por mi cuenta mientras tanto.

El año pasado escribí otra novela titulada Historias del desierto, y desde ayer está disponible en Amazon. ¡Espero que no me juegue en contra que el lanzamiento de la novela coincidió con el centenario del hundimiento del Titanic! :-D (y no es que yo sea supersticiosa, pero... mmm, nunca se sabe).

Aquí les va la muestra gratis que proporciona Amazon. Hagan clic en PREVIEW para comenzar a leer.


Hagan clic aquí para comprar el libro en Amazon. Se puede leer en el dispositivo Kindle de Amazon o las aplicaciones de Amazon para PC, teléfono móvil o tabletas. También pueden usar un programa de conversión como Calibre para pasar el archivo a formato EPUB y leerlo en otros dispositivos. Como ven, he pensado en todo :-D

"¿Y de qué va la novela?", se preguntarán Bueno, pues aquí les va la sinopsis:

¡Bienvenidos a Huru, nobles viajeros! Se dice que no existe un lugar más mágico o repleto de maravillas, con genios de agua y de aire, hermosos caballos dorados que corren entre las dunas, y reinas y reyes poderosos. Es el hogar de la reina Mazina, cuyos brazaletes controlan el fuego; también es el hogar del rey Agalur, un hombre sabio y valiente. Las tribus nómadas viajan de un lado a otro y los mercaderes ofrecen objetos extraordinarios. Pero ¡cuidado! En Huru hay otras criaturas mucho menos amigables, como los bandidos en busca de tesoros, los monstruos cazadores de cabezas y un malvado rey cuyos planes podrían acabar con la paz del desierto. Además, según el hechicero del castillo errante, está escrito en un libro que una gran catástrofe se aproxima. ¿Podrá un joven esclavo fugitivo usar el libro para detener a tiempo dicha catástrofe? Y mientras tanto, ¿será capaz el rey Agalur de conquistar a la bella reina Mazina, la dama pelirroja de sus sueños? Estas aventuras y muchas más aguardan a quienes se atrevan a leer las HISTORIAS DEL DESIERTO.

Creo que nunca me había divertido tanto escribiendo una novela. Les aseguro que también se divertirán si la leen, especialmente los capítulos sobre los dos ladrones despistados que no dan pie con bola en nada de lo que hacen (en sentido figurado, claro, porque la cosa no tiene nada que ver con el fútbol). Pero de verdad que hay de todo en la historia, y aunque se puede leer individualmente, estoy planeando un segundo libro para divertirme (y divertir a los lectores) un poco más :-D

Esto es todo por ahora acerca de la novela, pero en futuras entradas les hablaré un poquito más. ¡Aunque sea para mostrarles dibujitos de todos los monstruos raros que puse en la historia!

G. E.
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