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28 de abril de 2012

MALDITA HIPERHIDROSIS

Voy a contar un secreto incómodo sobre mí. ¡No, no es nada sexual, malpensados! ¡Que éste es un blog más o menos apto para todo público! En fin, aclarado ese punto, mi secreto es el siguiente: tengo hiperhidrosis.

"¿Y qué carajo es eso?", se preguntarán. Básicamente, en mi caso, se trata de que me transpiran demasiado las manos. A veces es por los nervios, a veces por el calor, y otras veces porque les da la maldita gana, al parecer :-P

¿Qué tan malo es? Bueno, bastante. A todo el mundo le transpiran un poco las manos, pero en el caso de la hiperhidrosis, más bien se ENSOPAN. Y tener las manos ensopadas puede llegar a ser muy inconveniente cuando uno está llevando a cabo ciertas actividades. Para empezar, la manipulación de cualquier objeto sensible al agua, como el papel. Traten de escribir sobre papel húmedo, y ya me dirán si no es complicado :-D

Encima, ¡yo dibujo! He tenido que improvisar soluciones para el problema de dibujar con las manos mojadas, ya sea ponerme guantes (en invierno), dibujar con el ventilador apuntando a mis manos (en verano), o interponiendo una lámina de acetato entre mi mano y el papel (esto también se vale para las manos secas, sin embargo: evita que el dorso de la mano emborrone un dibujo a lápiz). Para los dibujos en digital, con una tableta de dibujo, la solución también es ponerme guantes. En los días de calor uso algo más ligero: una especie de sobre fino de algodón que protege del agua a la tableta y su correspondiente lápiz, sin que mi pobre mano se cocine. ¿Es incómodo? Por supuesto. ¡De ahí el título de esta entrada!

También me he acostumbrado a teclear con guantes en la computadora. No es difícil. En invierno mantiene mis manos calentitas, de paso.

Cuando era chica y tomaba lecciones de piano, debía tener a mano una toallita para secarme las manos. ¡Es que se me resbalaban los dedos de las teclas! Por lo que he leído, la hiperhidrosis dificulta tocar la mayor parte de los instrumentos musicales, de ahí que, si en el futuro volviera a tocar un instrumento, elegiré alguno poco sensible a las manos mojadas, como la gaita (menos mal que me gusta la música de gaita, tal vez por mi ascendencia gallega).

Al final es buena cosa que nunca me haya interesado dedicarme a la gimnasia artística. Por culpa de mis manos mojadas, seguro que en algún momento habría salido volando de las barras asimétricas.

¿Recuerdan mi videojuego sobre el conejo matacuervos? Bien, resulta que la hiperhidrosis es muy sensible a la tensión nerviosa. Por lo tanto, en los niveles superiores de ese juego, cuando los cuervos caían en picado sobre el campo de maíz y mis dedos tenían que presionar los botones a la velocidad de la luz, mis manos chorreaban como un grifo mal cerrado, creando un pequeño charco a mis pies.

Desde el punto de vista social, la hiperhidrosis es un maldito incordio. A nadie le gusta estrechar una mano mojada. Tengo que aclarar que están limpias, y que el sudor es sólo agua con sal. Puestos en ello, la hiperhidrosis también hace que la mugre se pegue más fácilmente a mis manos, lo cual me obliga a lavármelas bastante a menudo. En fin, al menos no me olvido de cuidar la higiene, y eso disminuye mi exposición a los microbios patógenos.

Otro problema: el pelo. De cualquier tipo. Mi cabellera en la vida real es como la dibujo en las caricaturas sobre mí. Ahora, ¡imaginen lo que es trenzar todo ese pelo con las manos mojadas! ¡Los cabellos se pegan a mis dedos! De igual modo se pegan a mis dedos y palmas los pelos de las mascotas. Tengo la costumbre de acariciar a mis amigos gatunos y perrunos cuando salgo a caminar. Después de eso he de limpiarme las manos con un pañuelo, porque quedan como esos rodillos para quitar los pelos de la ropa :-D

Oh, oh, ¡y ni hablemos de las huellas digitales en los documentos! Menos mal que ahora sólo tengo que presionar mis dedos contra la pantalla de un dispositivo electrónico, porque las manos mojadas no se llevan bien con la tinta. Pero bueno, si alguna vez cometiera un crimen y justo no llevara guantes, a los técnicos policiales les resultará muy, muy difícil identificarme.

Y hablando de dispositivos electrónicos, ¡ahora le meten pantallas táctiles a TODO! Las personas normales simplemente dejan huellas digitales grasientas (bueno, dependiendo del grado de higiene de cada uno), pero en mi caso ¡las pantallas táctiles no reaccionan a mis órdenes! ¡¡¡Aaaaaarrrrrrggghhh!!!

Las manos mojadas tampoco se llevan con la electricidad en general. Tengo que tener cuidado con mi horno eléctrico, porque si toco con las manos mojadas la llave de la lamparita, es muy probable que me dé una descarga (horno traicionero, ¡y eso que tiene conexión a tierra!).

La verdad, no sé si mi baja tensión arterial se debe a la pérdida de sodio por la transpiración, pero si no es así, perder sodio teniendo hipotensión es otro de los inconvenientes de mi hiperhidrosis. Ventaja: a diferencia de los hipertensos, no tengo que preocuparme por mi consumo de sal.

¿Hay soluciones para la hiperhidrosis? Ninguna que me guste, la verdad. Paso de tomar drogas, o de ponerme hidróxido de aluminio en las manos, o de inyectarme bótox, o peor: de hacer que me cercenen los nervios del sistema nervioso simpático. Esto último suena demasiado radical, y además podría terminar con hiperhidrosis en otras partes del cuerpo. Imagínense si empezaran a salirme chorros de agua por la frente, por ejemplo. Sería incomodísimo.

En fin, lo único que realmente me agrada de la hiperhidrosis es esto: a las mariposas les encanta la transpiración, y a mí me encantan las mariposas. Entonces, ¡las mariposas terminan posándose sobre mí para beber las sales en mi piel! ¡Qué lindooooo!

¡Uh, esta humana sabe delicioso!

Es posible que algunos de mis lectores tengan hiperhidrosis. Si es así, ¡sepan que cuentan con mis simpatías! ¿Se han sentido discriminados o humillados? ¿La hiperhidrosis les ha dificultado tareas comunes? ¡Pueden contarlo en los comentarios! (en forma anónima, si quieren).

Voy a lavar mis manos. Otra vez. Y luego le pasaré un algodoncito con alcohol a mi teclado, que ya se siente algo pegajoso :-P

G. E.

19 de abril de 2012

MI FIESTA DE CUMPLEAÑOS

Voy a contarles un secreto que en realidad no es secreto para la gente que me conoce en persona: en realidad no me entusiasma demasiado celebrar mis propios cumpleaños. Hay varios motivos. En primer lugar, la fecha del nacimiento no es un logro personal. Es decir, yo no tuve nada que ver con mi propio nacimiento excepto que estuve presente :-P Entonces, cuando la gente me dice "¡felicidades!", casi que me dan ganas de responder: "¿Por qué, si yo no hice nada en esa fecha más que atravesar el canal de parto y berrear?" Lo curioso es que cuando anuncio un logro personal de alguna clase, es muy probable que no reciba ni la mitad de esas felicitaciones. ¡Eso me confunde! ¿Es más importante un calendario que un logro personal? (Estúpidos calendarios que opacan mis logros personales.)

En segundo lugar, tampoco me gusta celebrar que soy un año más vieja. Quizás podría haberme entusiasmado mi cumpleaños número 18, ya que legalmente entraba en la edad en la que podría comprar bebidas alcohólicas, conducir y votar. Sin embargo... bueno, la verdad es que no me atrevo a conducir en esta ciudad porque el tránsito es caótico (razón por la que no tengo auto), y francamente nuestros políticos dejan mucho que desear, de modo que nunca voto con entusiasmo. Queda entonces lo de comprar bebidas alcohólicas. Algo es algo. Puedo comprar alcohol para hacer limoncello, aunque tampoco soy una gran bebedora. Ni modo. A la segunda copa me baja la tensión arterial y me desplomo como un saco de arena :-P (es decir, salvo en Año Nuevo, a la hora de hacer la lista de metas y resoluciones, pero ahí ya entramos en el terreno de la ficción). ¿Y qué tiene de bueno cumplir 18 años y acceder a la edad en la que a uno lo juzgan como adulto por asesinar a alguien? Con las ganas que me dan a veces de cargarme a algunas personas... (Maldición. Tendré que ser más discreta y eliminar las evidencias para que no me atrapen.)

En tercer lugar... uf, muy poca gente le acierta con los regalos. No sé si es que las demás personas son poco observadoras o les falta imaginación, pero en general se excusan diciendo "uy, es que eres muy complicada y no sé qué regalarte". ¿EN SERIO? ¡Soy una escritora y una cerebrito! ¡Me conformo con un paquete de bolígrafos Bic, papel en blanco y/o algún libro! (Y vaya que los bolígrafos son baratos.) La única que realmente da en el clavo con los regalos es mi prima Paula. ¡Gracias, prima Paula! :-)

Pero bueno, cuando digo que en realidad paso de celebrar mis cumpleaños, todos me miran como si fuera un bicho raro. Y como la gente ya suele mirarme como a un bicho raro por otras razones (por ejemplo, me gustan las arañas y escribo historias de terror donde la gente muere de formas espantosas), realmente no me conviene dar más motivos para alimentar esos molestos prejuicios. Por lo tanto, ¡este año decidí hacer una fiesta a lo grande e invitar a un montón de criaturas mágicas y/o mitológicas! (Que alguien se atreva ahora a decir que soy un bicho raro. ¡Ja!)


A decir verdad, me divertí bastante. ¿Ven al duendecillo irlandés? Se llama Paddy O'Malley (por supuesto) y trajo un montón de whisky. (Sí, WHISKY. Diga lo que diga la Real Academia Española, me rehúso a escribir "güisqui". Se ve horrible. Esa palabra parece la representación gráfica del escupitajo de una llama.) Todas las criaturas invitadas se emborracharon de lo lindo, incluso los zombis que pedí prestados a algunos amigos que escriben sobre ellos. Claro que a los zombis tuvimos que mandarlos afuera a la hora de cortar el pastel, porque la peste que largaban no estimulaba demasiado el apetito.

En fin, después de comer la torta rompimos una piñata llena de chucherías. O más bien fue mi dragón Donald quien la rompió de un coletazo, luego de derribarnos a todos los demás. No nos enfadamos por esto último, claro, pues no fue culpa de Donald. Está muy grande y en ese momento tenía los ojos vendados.

Valió la pena hacer la fiesta, después de todo :-) ¡Y Paddy O'Malley ha prometido que me enseñará a destilar whisky!

Ah, y casi todos acertaron con los regalos. Ahora tengo bolígrafos suficientes para los próximos cinco años :-P ¡Yipii! (¿Vieron que no soy tan complicada?)

G. E.

PD: Ni piensen que diré cuántos años cumplí :-PPPP

16 de abril de 2012

HISTORIAS DEL DESIERTO

¿Recuerdan la primera entrada de este blog? En ella dije que mi otro trabajo es escribir. También aclaré que todavía no me estaban pagando nada por ello, pero como mi idea sigue siendo lograr una remuneración razonable, desde hace un tiempo que estoy haciendo lo posible para cumplir ese objetivo. Tiene sus dificultades, por supuesto. Ganar dinero escribiendo es más o menos tan difícil como... no sé, levantar un elefante con las manos, encontrar un político honrado o convencer a un gato de que se deje afeitar (nota: jamás he intentado afeitar a un gato, pero me da que sería muy, muy peligroso).

En fin, la cosa es que estoy paseando una novela por diferentes editoriales y agencias literarias, pero como el mundo editorial es tan lento como un caracol moviéndose cuesta arriba y arrastrando además un carrito lleno de frijoles, la verdad es que ALGO MÁS tengo que hacer por mi cuenta mientras tanto.

El año pasado escribí otra novela titulada Historias del desierto, y desde ayer está disponible en Amazon. ¡Espero que no me juegue en contra que el lanzamiento de la novela coincidió con el centenario del hundimiento del Titanic! :-D (y no es que yo sea supersticiosa, pero... mmm, nunca se sabe).

Aquí les va la muestra gratis que proporciona Amazon. Hagan clic en PREVIEW para comenzar a leer.


Hagan clic aquí para comprar el libro en Amazon. Se puede leer en el dispositivo Kindle de Amazon o las aplicaciones de Amazon para PC, teléfono móvil o tabletas. También pueden usar un programa de conversión como Calibre para pasar el archivo a formato EPUB y leerlo en otros dispositivos. Como ven, he pensado en todo :-D

"¿Y de qué va la novela?", se preguntarán Bueno, pues aquí les va la sinopsis:

¡Bienvenidos a Huru, nobles viajeros! Se dice que no existe un lugar más mágico o repleto de maravillas, con genios de agua y de aire, hermosos caballos dorados que corren entre las dunas, y reinas y reyes poderosos. Es el hogar de la reina Mazina, cuyos brazaletes controlan el fuego; también es el hogar del rey Agalur, un hombre sabio y valiente. Las tribus nómadas viajan de un lado a otro y los mercaderes ofrecen objetos extraordinarios. Pero ¡cuidado! En Huru hay otras criaturas mucho menos amigables, como los bandidos en busca de tesoros, los monstruos cazadores de cabezas y un malvado rey cuyos planes podrían acabar con la paz del desierto. Además, según el hechicero del castillo errante, está escrito en un libro que una gran catástrofe se aproxima. ¿Podrá un joven esclavo fugitivo usar el libro para detener a tiempo dicha catástrofe? Y mientras tanto, ¿será capaz el rey Agalur de conquistar a la bella reina Mazina, la dama pelirroja de sus sueños? Estas aventuras y muchas más aguardan a quienes se atrevan a leer las HISTORIAS DEL DESIERTO.

Creo que nunca me había divertido tanto escribiendo una novela. Les aseguro que también se divertirán si la leen, especialmente los capítulos sobre los dos ladrones despistados que no dan pie con bola en nada de lo que hacen (en sentido figurado, claro, porque la cosa no tiene nada que ver con el fútbol). Pero de verdad que hay de todo en la historia, y aunque se puede leer individualmente, estoy planeando un segundo libro para divertirme (y divertir a los lectores) un poco más :-D

Esto es todo por ahora acerca de la novela, pero en futuras entradas les hablaré un poquito más. ¡Aunque sea para mostrarles dibujitos de todos los monstruos raros que puse en la historia!

G. E.

10 de abril de 2012

UNA ORQUESTA MONSTRUOSA

Una vez leí el comentario de un director de orquesta. Dijo algo así como que adoraba su empleo porque levantaba los brazos y empezaba la música. Considerando, además, que los directores de orquesta suelen tener una alta expectativa de vida, la verdad es que parece un trabajo estupendo. Estaba a punto de añadirlo a la lista de empleos que me gustaría tener, pero entonces lo pensé mejor y me dije: "¿Por qué no me pongo como directora de orquesta en mi blog, a ver qué tal?" Se lo mencioné a mi prima Paula y ella me sugirió llevar la cosa al siguiente nivel, o sea, ¡poniendo monstruos en lugar de músicos humanos! (Ella sabe que me gustan los monstruos.)

Así fue como decidí convertirme en directora de orquesta para este blog, con monstruos en lugar de músicos y sacudiendo mi gloriosa melena al ritmo de alguna sinfonía. (También me gustaría poder sacudir mis pechos en el carnaval de Rio de Janeiro, pero la verdad es que en cuestiones de busto no tengo mucho para sacudir.)

Conseguir los monstruos fue fácil. Conseguir los instrumentos, también. Combinar ambas cosas... ¡no tanto! Enseguida saltó a la vista que los instrumentos estaban diseñados para el Homo sapiens, y por ende no eran 100% compatibles con las capacidades aéreas, número de manos/tentáculos/pinzas de los monstruos o incluso con sus rangos de audición. Ni siquiera los instrumentos raros que pedí a Les Luthiers casaban a la perfección con buena parte de los monstruos, de modo que perdimos varias horas haciendo pruebas hasta que cada monstruo encontró el instrumento más apropiado para su monstruosa anatomía. Cierto monstruo llegó al extremo de comerse algunos dedos que le sobraban para tocar el oboe. Fue asqueroso y preocupante, pero el monstruo en cuestión me tranquilizó diciendo que ya le crecerían de nuevo, como a las salamandras (ahí pensé que no me vendría mal esa habilidad, considerando mi propensión a los días torpes).

Por supuesto, debido a mi probable ascendencia celta y a mi afición por las gaitas, incorporé varias de ellas a la orquesta. (En serio, adoro las gaitas. Sobre todo en las canciones de Nightwish. Nada como una buena pieza de metal sinfónico con toques de gaita para levantarme el ánimo y darme ganas de saltar por toda la casa.)

Una vez armada la orquesta, levanté los brazos... y todos empezaron a desafinar. Ah, bueno, tampoco esperaba que resultara tan sencillo, de lo contrario cualquiera podría dirigir una orquesta o ser parte de ella. Y yo ni siquiera tenía frente a mí a un grupo homogéneo de músicos humanos, sino algo como esto:


Por cierto, además de la variedad de formas y colores, descubrí que mis monstruos tenían una sexualidad igualmente diversa. Por ejemplo, el monstruo con la gaita no era hembra sino travesti, y el enorme monstruo de los platillos que parece macho era en realidad una hembra. Otros eran bisexuales, hermafroditas o incluso monstruos asexuados con un método de reproducción similar a las bacterias, o sea, la fisión. En fin, lo menciono por simple curiosidad, porque en este blog no se discrimina a nadie por su orientación sexual (tampoco por el color de piel, número de ojos, brazos, piernas, tentáculos, dientes o branquias). A quien no le guste mi política, que no me lea, porque discrimino a la gente según el nivel de cerrazón mental. Y me refiero a pegarles con una cachiporra cuando largan algún comentario especialmente obtuso.

¿En qué estaba? Ah, sí, en que trataba de obtener algo similar a la música por parte de mi orquesta monstruosa. No me estaba saliendo nada bien.

—¡Eh, tú, no te comas la tuba! —exclamé—. ¡Y tú, no te comas al monstruo que tienes al lado! ¡Es de mala educación! —Bajé de mi plataforma para rociar con agua a algunos monstruos marinos que se me estaban deshidratando—. ¡Que no te comas la tuba, demonios! ¡Y tú, la de los platillos, tienes que golpear los platillos uno contra el otro, no contra las cabezas ajenas! Monstruo del violonchelo, el arco va más arriba... ¡pero cuidado con los ojos ajen...! —Tarde. El arco del chelo picó un ojo, y entonces tuve que aplacar la riña subsiguiente en medio de fuertes rugidos y arañazos. Conseguí frenarla justo a tiempo para notar que el monstruo de la tuba aún trataba de comérsela—. ¡Para ya con eso, monstruo testarudo!, ¿sabes cuánto cuesta una tuba? —La verdad, sigo sin tener idea de cuánto cuesta una tuba, pero me pareció que eso lo frenaría. No lo hizo. El monstruo me gruñó, y parecía a punto de intentar comerme a mí hasta que descubrí que podía aplacarlo con peces, como a los delfines.

Mientras tanto, descubrimos la enorme cantidad de instrumentos que no son compatibles con la baba de monstruo, aunque dicha baba sí resultó estupenda para pulir los violines, violas, violonchelos y el piano de cola. Sugerí que más tarde la envasáramos para venderla. Podría servir como cera para autos, o incluso como crema cosmética.

Pero seguíamos sin obtener música. Tuve que regañar a un monstruo por hacer cosas muy pervertidas con su clarinete, y después cambié mi batuta por un palo de escoba, para golpear a los monstruos que desafinaban peor que los demás. Tampoco funcionó. Poco antes de que se me cansara el brazo, el monstruo del tambor me arrebató el palo de escoba, pero no para tocar el tambor, sino para hacer acrobacias con el palo mientras seguía saltando sobre el instrumento (la verdad, se le daba bastante bien, deberían contratarlo en el Cirque du Soleil).

Menos mal que era una orquesta de música clásica. Si hubiera sido un grupo de rock, las cosas podrían haberse puesto realmente feas. Claro que, en lugar de una orquesta sinfónica, lo que teníamos era una orquesta disfónica que aún sonaba como si estuviéramos torturando a un montón de gatos. En algún momento estuve segura de que si Beethoven hubiera dirigido la orquesta en mi lugar, sin estar sordo y con un rifle a mano, no habría quedado ningún monstruo en pie.

Pero no fue Beethoven quien acudió en mi auxilio. Sentí que alguien me golpeaba en el hombro, di media vuelta y vi... ¡a John Williams!

—Veo que está en un aprieto musical, señorita. ¿Le importaría si tomara su lugar un momentito? Tengo algo de experiencia con la música monstruosa...

No conseguí responder. Me había quedado sin palabras al ver a uno de mis ídolos musicales. Le pasé la batuta, sin embargo, y John Williams ocupó mi sitio frente a la orquesta.

A los veinte minutos, mis monstruos estaban tocando a la perfección los temas principales de Parque Jurásico y ET, más el tema de Yoda en Star Wars V. Yo no salía de mi estupefacción, pero antes de que pudiera preguntarle a John Williams cómo había conseguido semejante hazaña, caí en cuenta de que, a su manera, John Williams también es un monstruo :-D

Si alguna vez decido crear una orquesta con personajes animados, empezaré por llamar a John Powell. Ya veo que estas cosas hay que dejarlas a los profesionales :-P

G. E.

4 de abril de 2012

YO, PITUFA

Hace un tiempo decidí imaginar que era una na'vi como en la película Avatar. Fue divertido :-) Sin embargo, me gusta tanto el color azul que decidí correr otra aventura: ¡la de ser un pitufo! O una pitufa, en mi caso. Puse a marchar mi cerebro, entonces, y ¡listo!, ya era una pitufa a mi propio estilo :-D


Trasladarme a la aldea de los pitufos sólo me tomó medio segundo más de esfuerzo imaginativo. De pronto estaba ahí, caminando entre casitas con forma de setas mientras los pitufos a mi alrededor me miraban estupefactos (seguro no esperaban ver a otra pitufa además de la Pitufina). Fue fácil acostumbrarme a ser tan pequeña, por cierto, ya que en la vida real tampoco soy muy alta que digamos :-P En fin, poco a poco los pitufos se acercaron para recibirme...

—¡Eh!, ¿quién pitufos eres tú? —me preguntó un pitufo (no pude adivinar cuál, ya que son casi todos iguales).

—Pues... digamos que soy la Pitufa Turista, y vengo a conocer vuestra aldea —respondí.

La explicación satisfizo a la mitad de los pitufos, pero los demás se pusieron a discutir al sospechar que podría haberme enviado el brujo Gargamel :-P Por suerte, el bullicio atrajo a Papá Pitufo, quien luego de un par de pruebas científicas y cuestionarios concluyó que yo era perfectamente inofensiva (menos mal que no me ha visto tratando de asesinar a Cupido con mi cachiporra, o podría haber decidido lo contrario).

En fin, una vez despejadas las sospechas, los pitufos se mostraron muy amables y me llevaron a recorrer la aldea y los campos de zarzaparrilla. Por supuesto, los pitufos insistieron en que "pitufara" las hojas de zarzaparrilla, y la verdad es que hice caso por cortesía, porque no tengo mucha vocación de vegetariana. El Pitufo Cocinero debió de notar mi expresión al masticar las hojas, porque me pasó a escondidas un pastelito de frambuesa (que estaba delicioso, por cierto, así que le pedí la receta; naturalmente, tendré que multiplicar las cantidades de los ingredientes).

Después de tropezarme con el Pitufo Perezoso, que estaba durmiendo la siesta en medio del camino (igual que mi gato, qué coincidencia), los pitufos me guiaron de vuelta a la aldea para una fiesta de bienvenida. Es que a los pitufos les encanta hacer fiestas, como sabemos todos los que hemos leído las historietas :-D Me pasaron las letras de varias canciones para que las aprendiera, pero la verdad es que no entendí ni la mitad de lo que decían, por eso de tanto "pitufeo". A ver, ¿qué cuernos puede significar "el pitufo de mi patio es violeta y pitufa toda la mañana"? ¿O "vamos a la pitufa que el pitufo ha crecido"? Eso ya era peor que descifrar los tuits de los adolescentes. Como sea, al menos el Pitufo Músico tocaba muy bien todos los instrumentos, y fue divertido bailar en sincronía con los pitufos.

¡¡Entonces apareció el gigante!! Quizás lo hubiera enviado Gargamel, o tal vez lo atrajeron la música y el olor a comida recién horneada. En todo caso, iba a ser una catástrofe que se aproximara más a la aldea, porque tenía pies muy grandes.

—¡Corred al pitufo! —gritaron los pitufos, y aquí no supe si se referían a un refugio, al bosque, o quizás a un depósito de armamento diseñado para estas ocasiones (ya, lo sé, los pitufos son más como hippies viviendo en un kibutz, pero las cosas podrían haber cambiado desde la época en que aparecieron las historietas).

Yo conservé la calma (el Pitufo Fortachón también, pero se mantuvo un paso detrás de mí). Esperé a que el gigante estuviera a tres metros de la aldea... y llamé a mi dragón. De pronto el gigante (que era bulboso, apestoso y peludo) se encontró con la cabeza en llamas, y salió corriendo en otra dirección.

Una vez que regresó la calma, los pitufos vitorearon. Papá Pitufo le entregó a mi dragón una "pitufa" (medalla) de honor y seguimos con la fiesta. No sé a qué hora terminamos de celebrar, pero ya había varios pitufos acompañando al Pitufo Perezoso en su serie interminable de siestas :-D (Bueno, algunos quizás estaban borrachos; Papá Pitufo tiene una destilería en su laboratorio, y ya antes los pitufos la habían vaciado por accidente.)

Mi dragón y yo regresamos a casa muy tarde de la aventura imaginaria. A mi Donaldito, por cierto, le gustó que los pitufos fueran tan azules como él :-)

En cuanto a mí, recomiendo la aldea de los pitufos para cualquiera que necesite unas largas vacaciones. Es que... ¡no usan dinero! Eso sí: quizás convenga editar una especie de diccionario Pitufeo-español / Español-pitufeo...

G. E.


Fragmento de LOBO DE LUNA

El joven nanok siguió el sonido del agua, pero entonces olió algo más que lo distrajo. ¿Qué era eso? No lo reconoció en absoluto.

A pesar de su curiosidad, Urkin fue precavido: avanzó hacia la fuente del olor moviéndose de árbol en árbol, aprovechando que su pelaje era marrón como la corteza. De su cinturón extrajo un cuchillo de piedra, por las dudas; en Kum, cualquier novedad podía ser agradable... o mortal.

Poco a poco se aproximó a un árbol más grueso que los demás, donde oyó el tenue flujo de una respiración. El olor pertenecía a un ser viviente.

Urkin rodeó el árbol, y en un hueco vio una mancha plateada y pequeña. Y asustada. El nanok lo supo por la forma en que la criatura estaba doblada sobre sí misma, como si tratara de contraerse hasta desaparecer.

Sin soltar el cuchillo, Urkin se acercó un poco más, y entonces la criatura levantó la cabeza. Urkin contuvo la respiración.

Era un cachorro de lobo. Pero no un lobo cualquiera sino un ekté, un lobo de luna. Urkin jamás había visto uno, pero sí algunos miembros de su clan, en noches de Aima llena. Así sabía que los ektén eran plateados y que tenían a Aima en los ojos.

¿Qué hacía el lobezno en el hueco del árbol? Los cachorros nunca andaban solos, ni siquiera los de esa especie.

—¿Te has perdido? —preguntó Urkin, y el animal se encogió sobre sí mismo, gimiendo. Era muy hermoso. Urkin guardó el cuchillo y extendió una mano en un gesto de amistad.

El lobezno se apretó contra el fondo del hueco. No parecía dispuesto a salir por las buenas, y Urkin no iba a forzarlo. El nanok se alejó del árbol y tomó asiento sobre una roca, decidido a esperar el tiempo que fuera necesario.

Había huellas más grandes que las del cachorro en el suelo, y también eran lobunas. ¿Su madre o padre? ¿Qué había pasado ahí exactamente? Si los ektén eran como los lobos de Kum, no abandonarían a un miembro de su jauría, mucho menos al otro lado de la luz azul.

—Me quedaré aquí hasta que alguien venga a buscarte —dijo Urkin al lobezno—. Y si nadie viene... tendré que llevarte conmigo. No puedo dejarte solo, morirías. ¿Entiendes algo de lo que estoy diciendo? Supongo que no. Espero que comprendas mi tono de voz, al menos.

El lobezno se limitó a mirarlo sin parpadear. Al cabo de un rato pareció estar un poco más calmado, y sus ojos se desviaron hacia el río. Urkin dedujo que debía de tener sed.

—Enseguida vuelvo.

El nanok fue hasta la orilla, arrancó una hoja grande y usó la misma como cuenco para recoger el agua. Urkin la olió primero, y sí, estaba buena. Regresó junto al árbol sosteniendo la hoja con ambas manos.

—Aquí tienes, lobo de luna —dijo el nanok, depositando la hoja frente al cachorro antes de volver a la roca.

El lobezno no bebió de inmediato, sino que palmo a palmo se deslizó hasta la hoja y una vez ahí tomó el agua con rápidos lengüetazos. Después retrocedió al hueco en el árbol.

—Puf. Ya veo que esto no será fácil. Pero créeme, no pienso hacerte daño.

Urkin empezó a cantar en voz baja, como hacía para sus primos a la hora de la siesta. El lobezno luchó por mantener los ojos abiertos, pero debía de estar cansado y se durmió al cabo de un rato. Urkin guardó silencio. Mientras esperaba le dio hambre, así que comió las bayas en su bolsita pensando que a la vuelta tendría que recoger más. Nadie apareció en todo ese lapso. Si el lobezno tenía familia, se hallaba fuera de su alcance.

El cachorro despertó hacia el atardecer. Quizás había pensado que su madre estaría ahí cuando abriera los ojos, porque miró en derredor y luego bajó la cabeza en un gesto de desilusión. Urkin sintió pena por él.

—Escucha, ya debo irme. ¿Quieres venir conmigo? Vamos, sígueme. —El cachorro no se movió—. Está bien, no me sigas. Pero yo volveré mañana, y si aún estás aquí, te traeré algo de comer. Adiós.

Al tiempo que decía todo esto, Urkin bajó de la roca y se alejó muy despacio del árbol. No quería dejar ahí al cachorro, pero el animalito tenía que decidir por sí mismo si aceptaba o no la invitación.

Urkin siguió caminando, le dio la espalda al árbol... y entonces escuchó pasos detrás de él. El nanok sonrió de alivio. Allí estaba el lobezno, con la cola entre sus patitas pero siguiéndolo por su propia voluntad.

—Bien hecho. Yo me encargaré de ti, pequeño.

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