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18 de enero de 2016

PASEANDO A CUERNITO

A medida que pasan los días, más feliz me siento con el unicornio que me regaló mi dragón por el Día de Reyes :-) Es cariñoso y adorable, no ensucia las alfombras ni estropea los muebles, y tampoco hace ruidos molestos como los perros o las cotorras.

Y no son las únicas ventajas. He descubierto muchas cosas durante los días pasados, cuando lo he sacado a pasear.

Antes que nada, he de aclarar que nunca había paseado a un animal, ni siquiera a un perro. Y me refiero a pasearlo con correa, porque técnicamente sí he paseado CON perros. Cuando era chica e iba a visitar a mis sobrinos a la casa de su abuela, uno de los perros (Luciano) solía acompañarme a la parada del autobús. Años más tarde conocí a otro perro en una casa. No hice amistad con los dueños pero sí con el perro (Johnny), y una vez el chucho en cuestión me vio pasar y decidió venir conmigo. Caminamos juntos por casi una hora y lo devolví a su casa cuando pasé por ahí a la vuelta. Finalmente, en la facultad, me hice amiga de un perro residente (Sarnita) que usábamos para las prácticas de semiología. En una ocasión el perro trató de acompañarme a casa. No era mío, así que di la vuelta y lo regresé a la facultad (Sarnita obedeció). En otra ocasión me lo encontré por ahí y también lo devolví a la facultad. Más de una vez el perro me acompañó a algún salón de clases, donde permanecía durante largo rato echado a mis pies.

En fin, volviendo a lo de mi unicornio Cuernito: es la primera criatura peluda a la que saco a pasear oficialmente con una correa. Y la verdad es que le estoy tomando el gusto a la actividad.

Es un poco raro, sin embargo, sacar a pasear a un animal camaleónico. Se mimetiza con el entorno, y la gente cree que estoy usando una de esas correas rígidas "para perros invisibles" como las que vi a la venta en Orlando.


(Antes de que lo pregunten: 3010 NO es el número de mi casa, mucho menos el PIN de cualquiera de mis tarjetas. Lo escogí al azar, así que no se molesten, hackers.)

Quizás la gente no pueda ver a Cuernito, pero los animales son un poco más perceptivos, y yo tengo unos cuantos amigos gatunos y perrunos en el vecindario. Ellos sí detectaron a Cuernito, de modo que los presenté para que pudieran olfatearse y conocerse a gusto. Creo que se van a llevar de perlas.

¿Recuerdan que dije que Cuernito puede convertir las piedras en bombones de chocolate con menta? ¡Pues no es lo único que hace con su magia! Cada vez que pasamos bajo un árbol, los pájaros se ponen a cantar sinfonías. A lo largo de todo el paseo nos rodean las mariposas, y si él toca con su cuerno las plantas en los jardines ajenos, éstas producen fresas independientemente del tipo de planta (espero que esto funcione en invierno; siempre se me hace muy corta la temporada de fresas). Ah, y también hace desaparecer la basura del camino (el Municipio de Montevideo va a tener que descontarme impuestos por eso; digo, es que su sistema de recolección es pésimo).

Todo esto suena muy bonito, incluso algo cursi, pero Cuernito tiene su veta traviesa. Cuando guiña un ojo, quien sea que esté arrojando basura en la vía pública tropieza y se da de narices contra el suelo, y cada vez que Cuernito patea el suelo, la caca de los perros en las aceras les rebota en la cara a los propietarios irresponsables de los animales. El primer día que lo vi hacer estas cosas, Cuernito giró la cabeza hacia mí con falsa cara de niño inocente.

—Ah, ya veo que eres de los míos —dije yo, sonriendo y palmeándole la cabeza—. Bien hecho.

Hace poco fuimos a la playa. Cuernito le dio un lengüetazo al mar, y poco después salió una sirena que me trajo calamares frescos y un bonito collar de conchas de ostra. (Yo le regalé un reproductor de MP3 resistente al agua.) Donald y yo asamos los calamares, y a Cuernito le servimos algas frescas y racimos de uvas.

Ya veo que Donald, Cuernito y yo vamos de camino a tener una amistad realmente estupenda :-)

G. E.

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Fragmento de LOBO DE LUNA

El joven nanok siguió el sonido del agua, pero entonces olió algo más que lo distrajo. ¿Qué era eso? No lo reconoció en absoluto.

A pesar de su curiosidad, Urkin fue precavido: avanzó hacia la fuente del olor moviéndose de árbol en árbol, aprovechando que su pelaje era marrón como la corteza. De su cinturón extrajo un cuchillo de piedra, por las dudas; en Kum, cualquier novedad podía ser agradable... o mortal.

Poco a poco se aproximó a un árbol más grueso que los demás, donde oyó el tenue flujo de una respiración. El olor pertenecía a un ser viviente.

Urkin rodeó el árbol, y en un hueco vio una mancha plateada y pequeña. Y asustada. El nanok lo supo por la forma en que la criatura estaba doblada sobre sí misma, como si tratara de contraerse hasta desaparecer.

Sin soltar el cuchillo, Urkin se acercó un poco más, y entonces la criatura levantó la cabeza. Urkin contuvo la respiración.

Era un cachorro de lobo. Pero no un lobo cualquiera sino un ekté, un lobo de luna. Urkin jamás había visto uno, pero sí algunos miembros de su clan, en noches de Aima llena. Así sabía que los ektén eran plateados y que tenían a Aima en los ojos.

¿Qué hacía el lobezno en el hueco del árbol? Los cachorros nunca andaban solos, ni siquiera los de esa especie.

—¿Te has perdido? —preguntó Urkin, y el animal se encogió sobre sí mismo, gimiendo. Era muy hermoso. Urkin guardó el cuchillo y extendió una mano en un gesto de amistad.

El lobezno se apretó contra el fondo del hueco. No parecía dispuesto a salir por las buenas, y Urkin no iba a forzarlo. El nanok se alejó del árbol y tomó asiento sobre una roca, decidido a esperar el tiempo que fuera necesario.

Había huellas más grandes que las del cachorro en el suelo, y también eran lobunas. ¿Su madre o padre? ¿Qué había pasado ahí exactamente? Si los ektén eran como los lobos de Kum, no abandonarían a un miembro de su jauría, mucho menos al otro lado de la luz azul.

—Me quedaré aquí hasta que alguien venga a buscarte —dijo Urkin al lobezno—. Y si nadie viene... tendré que llevarte conmigo. No puedo dejarte solo, morirías. ¿Entiendes algo de lo que estoy diciendo? Supongo que no. Espero que comprendas mi tono de voz, al menos.

El lobezno se limitó a mirarlo sin parpadear. Al cabo de un rato pareció estar un poco más calmado, y sus ojos se desviaron hacia el río. Urkin dedujo que debía de tener sed.

—Enseguida vuelvo.

El nanok fue hasta la orilla, arrancó una hoja grande y usó la misma como cuenco para recoger el agua. Urkin la olió primero, y sí, estaba buena. Regresó junto al árbol sosteniendo la hoja con ambas manos.

—Aquí tienes, lobo de luna —dijo el nanok, depositando la hoja frente al cachorro antes de volver a la roca.

El lobezno no bebió de inmediato, sino que palmo a palmo se deslizó hasta la hoja y una vez ahí tomó el agua con rápidos lengüetazos. Después retrocedió al hueco en el árbol.

—Puf. Ya veo que esto no será fácil. Pero créeme, no pienso hacerte daño.

Urkin empezó a cantar en voz baja, como hacía para sus primos a la hora de la siesta. El lobezno luchó por mantener los ojos abiertos, pero debía de estar cansado y se durmió al cabo de un rato. Urkin guardó silencio. Mientras esperaba le dio hambre, así que comió las bayas en su bolsita pensando que a la vuelta tendría que recoger más. Nadie apareció en todo ese lapso. Si el lobezno tenía familia, se hallaba fuera de su alcance.

El cachorro despertó hacia el atardecer. Quizás había pensado que su madre estaría ahí cuando abriera los ojos, porque miró en derredor y luego bajó la cabeza en un gesto de desilusión. Urkin sintió pena por él.

—Escucha, ya debo irme. ¿Quieres venir conmigo? Vamos, sígueme. —El cachorro no se movió—. Está bien, no me sigas. Pero yo volveré mañana, y si aún estás aquí, te traeré algo de comer. Adiós.

Al tiempo que decía todo esto, Urkin bajó de la roca y se alejó muy despacio del árbol. No quería dejar ahí al cachorro, pero el animalito tenía que decidir por sí mismo si aceptaba o no la invitación.

Urkin siguió caminando, le dio la espalda al árbol... y entonces escuchó pasos detrás de él. El nanok sonrió de alivio. Allí estaba el lobezno, con la cola entre sus patitas pero siguiéndolo por su propia voluntad.

—Bien hecho. Yo me encargaré de ti, pequeño.

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