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25 de diciembre de 2016

UNA NAVIDAD ¡HALLOWEENESCA!

Estoy segura de que, a estas alturas, Papá Noel ha de encontrarme tan irritante como ese profesor de matemáticas al que yo le preguntaba, casi en cada clase, "¿para qué cuernos estamos aprendiendo a resolver ecuaciones a mano si ya hemos elegido especializarnos en biología?" (y la verdad es que yo tenía razón, porque tal habilidad jamás me sirvió para nada; encima, el profesor nunca consiguió responder mi pregunta).

Es que la cosa fue así: pocos minutos antes de la medianoche del 24 de diciembre, Papá Noel aterrizó en mi azotea y se topó con una tremenda fiestota... de tipo macabro-antinavideño.

—Pero m'hijita, ¿qué es esto? —me preguntó. El viejete ya sabía que cada año me gusta menos la Navidad, pero se veía más escandalizado que de costumbre. Incluso sus renos se echaron para atrás.

—¿Qué, no es obvio? —respondí—. Es una celebración para todos los que detestamos la Navidad.

—¡Pero si la Navidad es una fiesta de paz, amor familiar, generosidad y...!

—¡Ay, sí, cómo no! —lo interrumpí, empleando un tono tan sarcástico que habría servido para limpiar clavos oxidados—. ¿Paz? ¿En serio? ¿Aquí en Montevideo, donde es costumbre quemar fuegos artificiales a medianoche, vaya usté a saber por qué? —Justo en ese momento explotaron unos cuantos petardos—. Tampoco veo generosidad sino consumismo desenfrenado, y no me venga con lo del amor familiar, señor, porque muchos tenemos unos familiares horrendos a los que preferimos no ver ni en pintura.

—Pero...

—¡Y uno prácticamente está obligado a poner cara de felicidad aunque las circunstancias no colaboren! ¿Ha visto lo que le han hecho a la canción Have Yourself a Merry Little Christmas? ¡Era la única canción para reconfortar a las personas que están pasando un mal momento en Navidad, pero nooooooooo, tuvieron que convertirla en una canción feliz! ¡Y quienes estén mal, pues a la porra! ¡¿Cómo se atreven a estar mal en Navidad?! ¡Arruinan el desenfreno consumista de los demás con sus tristes realidades! ¡Pfffffff!

—No creo que sea para t...

—¡Por no hablar de que en el hemisferio sur estamos en verano! ¿Se da cuenta de lo molesto que es que a uno lo bombardeen con imágenes de nieve fresquita cuando uno no sólo está pasando calor sino que además tiene que pelear contra los malditos mosquitos y las asquerosas cucarachas?

—Tal vez pueda consolarte con un lindo reg...

—¡Ah, sí, la cuestión de los regalos! ¿Qué quieren los niños hoy en día, y qué les compran sus padres? ¡Dispositivos tecnológicos de todo tipo! ¡Da igual que eso genere basura electrónica y guerras por el coltán!

A estas alturas Papá Noel estaba al borde de las lágrimas. Podría haber comenzado a darme un poco de pena... pero no.

—La cosa es, Papá Noel, que acabo de ver la película Krampus en HBO. Es la película más maravillosamente macabra y antinavideña que he visto en mi vida, ¡y me hizo feliz! O sea, ¡encontré algo capaz de hacerme feliz en la maldita Navidad! Es por eso que mi dragón está disfrazado de Krampus, y mi unicornio de reno zombi carnívoro, y yo de galleta de jengibre psicópata homicida. Y es por eso que ahora mismo estamos haciendo esta fiesta al estilo Halloween donde cualquiera que lo desee será libre de odiar felizmente a la Navidad. Y no me diga que no es una celebración familiar, dado que mi dragón y mi unicornio SON mi familia. Y ellos están de acuerdo en detestar conmigo la podrida Navidad.


Secándose los ojos con un pañuelo, Papá Noel dijo:

—¿Podrías, al menos, retirar a ese muñeco ahorcado de mí del árbol? ¿O al elfo empalado con un bastón de caramelo?

—NO.

En fin, Papá Noel se marchó de mi azotea, todo triste y cabizbajo, a repartir sus regalos a los niños consumistas, y poco a poco llegó a mi fiesta más gente con una espléndida onda antinavideña. Y los demás vecinos del vecindario nos escucharon gritar a todo pulmón:

—¡Feliz anti-Navidad! ¡JojojoMUAJAJAJAJAJAJAJA!

G. E.

PD: Si no les gusta la Navidad, en serio, vean la película Krampus. Los va a poner de muy buen humor.

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Fragmento de LOBO DE LUNA

El joven nanok siguió el sonido del agua, pero entonces olió algo más que lo distrajo. ¿Qué era eso? No lo reconoció en absoluto.

A pesar de su curiosidad, Urkin fue precavido: avanzó hacia la fuente del olor moviéndose de árbol en árbol, aprovechando que su pelaje era marrón como la corteza. De su cinturón extrajo un cuchillo de piedra, por las dudas; en Kum, cualquier novedad podía ser agradable... o mortal.

Poco a poco se aproximó a un árbol más grueso que los demás, donde oyó el tenue flujo de una respiración. El olor pertenecía a un ser viviente.

Urkin rodeó el árbol, y en un hueco vio una mancha plateada y pequeña. Y asustada. El nanok lo supo por la forma en que la criatura estaba doblada sobre sí misma, como si tratara de contraerse hasta desaparecer.

Sin soltar el cuchillo, Urkin se acercó un poco más, y entonces la criatura levantó la cabeza. Urkin contuvo la respiración.

Era un cachorro de lobo. Pero no un lobo cualquiera sino un ekté, un lobo de luna. Urkin jamás había visto uno, pero sí algunos miembros de su clan, en noches de Aima llena. Así sabía que los ektén eran plateados y que tenían a Aima en los ojos.

¿Qué hacía el lobezno en el hueco del árbol? Los cachorros nunca andaban solos, ni siquiera los de esa especie.

—¿Te has perdido? —preguntó Urkin, y el animal se encogió sobre sí mismo, gimiendo. Era muy hermoso. Urkin guardó el cuchillo y extendió una mano en un gesto de amistad.

El lobezno se apretó contra el fondo del hueco. No parecía dispuesto a salir por las buenas, y Urkin no iba a forzarlo. El nanok se alejó del árbol y tomó asiento sobre una roca, decidido a esperar el tiempo que fuera necesario.

Había huellas más grandes que las del cachorro en el suelo, y también eran lobunas. ¿Su madre o padre? ¿Qué había pasado ahí exactamente? Si los ektén eran como los lobos de Kum, no abandonarían a un miembro de su jauría, mucho menos al otro lado de la luz azul.

—Me quedaré aquí hasta que alguien venga a buscarte —dijo Urkin al lobezno—. Y si nadie viene... tendré que llevarte conmigo. No puedo dejarte solo, morirías. ¿Entiendes algo de lo que estoy diciendo? Supongo que no. Espero que comprendas mi tono de voz, al menos.

El lobezno se limitó a mirarlo sin parpadear. Al cabo de un rato pareció estar un poco más calmado, y sus ojos se desviaron hacia el río. Urkin dedujo que debía de tener sed.

—Enseguida vuelvo.

El nanok fue hasta la orilla, arrancó una hoja grande y usó la misma como cuenco para recoger el agua. Urkin la olió primero, y sí, estaba buena. Regresó junto al árbol sosteniendo la hoja con ambas manos.

—Aquí tienes, lobo de luna —dijo el nanok, depositando la hoja frente al cachorro antes de volver a la roca.

El lobezno no bebió de inmediato, sino que palmo a palmo se deslizó hasta la hoja y una vez ahí tomó el agua con rápidos lengüetazos. Después retrocedió al hueco en el árbol.

—Puf. Ya veo que esto no será fácil. Pero créeme, no pienso hacerte daño.

Urkin empezó a cantar en voz baja, como hacía para sus primos a la hora de la siesta. El lobezno luchó por mantener los ojos abiertos, pero debía de estar cansado y se durmió al cabo de un rato. Urkin guardó silencio. Mientras esperaba le dio hambre, así que comió las bayas en su bolsita pensando que a la vuelta tendría que recoger más. Nadie apareció en todo ese lapso. Si el lobezno tenía familia, se hallaba fuera de su alcance.

El cachorro despertó hacia el atardecer. Quizás había pensado que su madre estaría ahí cuando abriera los ojos, porque miró en derredor y luego bajó la cabeza en un gesto de desilusión. Urkin sintió pena por él.

—Escucha, ya debo irme. ¿Quieres venir conmigo? Vamos, sígueme. —El cachorro no se movió—. Está bien, no me sigas. Pero yo volveré mañana, y si aún estás aquí, te traeré algo de comer. Adiós.

Al tiempo que decía todo esto, Urkin bajó de la roca y se alejó muy despacio del árbol. No quería dejar ahí al cachorro, pero el animalito tenía que decidir por sí mismo si aceptaba o no la invitación.

Urkin siguió caminando, le dio la espalda al árbol... y entonces escuchó pasos detrás de él. El nanok sonrió de alivio. Allí estaba el lobezno, con la cola entre sus patitas pero siguiéndolo por su propia voluntad.

—Bien hecho. Yo me encargaré de ti, pequeño.

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