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19 de febrero de 2016

CARNAVAL DE RIO DE JANEIRO

Adoro adoro adoro el carnaval brasileño. Es una profusión maravillosa de música, alegría, carros alegóricos y plumas de todos colores. Por desgracia, a diferencia del año pasado, esta vez no pasaron el desfile por la tele en mi país, privándome así del espectáculo. (Y antes de que lo pregunten, sí, en mi país también se celebra el carnaval... pero simplemente no es lo mismo.)

En fin, por suerte tengo un dragón que puede llevarme a todos lados, de modo que subí a él con mi adorable unicornio Cuernito y nos fuimos juntos directo al Sambódromo.

Primer inconveniente: habíamos llegado demasiado tarde para comprar fantasías (o sea, los trajes con los que uno desfila para tal o cual scola do samba). Sin embargo, alguien se ofreció amablemente a vendernos cuantas plumas quisiéramos, y como llevábamos encima varias piedras preciosas descartadas por nuestros pequeños amigos mineros, de pronto tuvimos suficientes plumas para tapar incluso a mi Donaldito, que es bastante grande.

Fue divertido ponerle plumas a Cuernito, debido a sus poderes camaleónicos. Mi unicornio no dejaba de mimetizarse con dichas plumas, pero como éstas eran de colores variados, Cuernito pasó las tres noches del desfile probando diferentes combinaciones en su propio pelaje.

Mi Donaldito chamuscó algunas plumas por accidente (y la verdad, qué feo huelen las plumas chamuscadas), pero como dije arriba, teníamos suficientes. No fue un gran problema.

Ahora sí, segundo inconveniente: teníamos TANTAS plumas que exageré un poco con mi propio traje. O sea, apenas podía ver por dónde iba (más o menos como cuando el viento me arroja el cabello por delante de la cara). Choqué contra varios carros y paredes antes de arreglar el problema con una ligera poda.

Finalmente nos colamos al desfile, y bailamos de un extremo a otro del Sambódromo sacudiendo plumas, trasero, cola, alas, crines y etc. (OK, el "etcétera" no incluye el busto, porque ninguno de los tres tiene un busto sacudible). Mi Donaldito se posó en un carro alegórico y fingió ser parte de él. No engañó a nadie, claro, pero quedaba tan genial que tampoco lo sacaron de ahí :-D


Mientras tanto, yo aproveché para coquetearle a un brasileño negro, guapísimo y musculoso. Qué hombre tan lindo, parecía una pantera. Estaba a punto de decirle algo, aprovechando mis moderados conocimientos de portugués... pero entonces surgió el tercer inconveniente.

Las plumas. El vendedor nunca nos dijo de dónde las había sacado, y apenas terminamos de desfilar, una horda entera de ñandúes pelados y furiosos se abalanzaron sobre Donald, Cuernito y una servidora. Donald rostizó a la mitad, Cuernito se sacudió las plumas y se mimetizó con una pared, y yo... yo salí corriendo como alma que lleva el Diablo, todavía con mis plumas a cuestas.

Pernas pra que te queroooo! Ajudem-meeee!

Menos mal que me había dejado las zapatillas de deporte en lugar de ponerme tacones. No evitó que me alcanzaran los ñandúes, claro, pero estaban mucho más cansados cuando al fin me alcanzaron, de modo que no me llevé tantos picotazos :-P

De todos modos, fue divertido. ¡Volveremos el año que vieneeeee!

G. E.

2 comentarios:

  1. ¡Divertidísimo! Y qué dibujos. Me encantas con esos zapatos y las plumas. ¡Menos mal que los zapatos te fueron útiles!

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    1. ¡Gracias por la visita y el comentario! Me alegra haberte divertido. Y sí, para bailar o correr, mejor unas buenas zapatillas de deporte que unos imprácticos tacones :-D ¡Abrazos!

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Fragmento de LOBO DE LUNA

El joven nanok siguió el sonido del agua, pero entonces olió algo más que lo distrajo. ¿Qué era eso? No lo reconoció en absoluto.

A pesar de su curiosidad, Urkin fue precavido: avanzó hacia la fuente del olor moviéndose de árbol en árbol, aprovechando que su pelaje era marrón como la corteza. De su cinturón extrajo un cuchillo de piedra, por las dudas; en Kum, cualquier novedad podía ser agradable... o mortal.

Poco a poco se aproximó a un árbol más grueso que los demás, donde oyó el tenue flujo de una respiración. El olor pertenecía a un ser viviente.

Urkin rodeó el árbol, y en un hueco vio una mancha plateada y pequeña. Y asustada. El nanok lo supo por la forma en que la criatura estaba doblada sobre sí misma, como si tratara de contraerse hasta desaparecer.

Sin soltar el cuchillo, Urkin se acercó un poco más, y entonces la criatura levantó la cabeza. Urkin contuvo la respiración.

Era un cachorro de lobo. Pero no un lobo cualquiera sino un ekté, un lobo de luna. Urkin jamás había visto uno, pero sí algunos miembros de su clan, en noches de Aima llena. Así sabía que los ektén eran plateados y que tenían a Aima en los ojos.

¿Qué hacía el lobezno en el hueco del árbol? Los cachorros nunca andaban solos, ni siquiera los de esa especie.

—¿Te has perdido? —preguntó Urkin, y el animal se encogió sobre sí mismo, gimiendo. Era muy hermoso. Urkin guardó el cuchillo y extendió una mano en un gesto de amistad.

El lobezno se apretó contra el fondo del hueco. No parecía dispuesto a salir por las buenas, y Urkin no iba a forzarlo. El nanok se alejó del árbol y tomó asiento sobre una roca, decidido a esperar el tiempo que fuera necesario.

Había huellas más grandes que las del cachorro en el suelo, y también eran lobunas. ¿Su madre o padre? ¿Qué había pasado ahí exactamente? Si los ektén eran como los lobos de Kum, no abandonarían a un miembro de su jauría, mucho menos al otro lado de la luz azul.

—Me quedaré aquí hasta que alguien venga a buscarte —dijo Urkin al lobezno—. Y si nadie viene... tendré que llevarte conmigo. No puedo dejarte solo, morirías. ¿Entiendes algo de lo que estoy diciendo? Supongo que no. Espero que comprendas mi tono de voz, al menos.

El lobezno se limitó a mirarlo sin parpadear. Al cabo de un rato pareció estar un poco más calmado, y sus ojos se desviaron hacia el río. Urkin dedujo que debía de tener sed.

—Enseguida vuelvo.

El nanok fue hasta la orilla, arrancó una hoja grande y usó la misma como cuenco para recoger el agua. Urkin la olió primero, y sí, estaba buena. Regresó junto al árbol sosteniendo la hoja con ambas manos.

—Aquí tienes, lobo de luna —dijo el nanok, depositando la hoja frente al cachorro antes de volver a la roca.

El lobezno no bebió de inmediato, sino que palmo a palmo se deslizó hasta la hoja y una vez ahí tomó el agua con rápidos lengüetazos. Después retrocedió al hueco en el árbol.

—Puf. Ya veo que esto no será fácil. Pero créeme, no pienso hacerte daño.

Urkin empezó a cantar en voz baja, como hacía para sus primos a la hora de la siesta. El lobezno luchó por mantener los ojos abiertos, pero debía de estar cansado y se durmió al cabo de un rato. Urkin guardó silencio. Mientras esperaba le dio hambre, así que comió las bayas en su bolsita pensando que a la vuelta tendría que recoger más. Nadie apareció en todo ese lapso. Si el lobezno tenía familia, se hallaba fuera de su alcance.

El cachorro despertó hacia el atardecer. Quizás había pensado que su madre estaría ahí cuando abriera los ojos, porque miró en derredor y luego bajó la cabeza en un gesto de desilusión. Urkin sintió pena por él.

—Escucha, ya debo irme. ¿Quieres venir conmigo? Vamos, sígueme. —El cachorro no se movió—. Está bien, no me sigas. Pero yo volveré mañana, y si aún estás aquí, te traeré algo de comer. Adiós.

Al tiempo que decía todo esto, Urkin bajó de la roca y se alejó muy despacio del árbol. No quería dejar ahí al cachorro, pero el animalito tenía que decidir por sí mismo si aceptaba o no la invitación.

Urkin siguió caminando, le dio la espalda al árbol... y entonces escuchó pasos detrás de él. El nanok sonrió de alivio. Allí estaba el lobezno, con la cola entre sus patitas pero siguiéndolo por su propia voluntad.

—Bien hecho. Yo me encargaré de ti, pequeño.

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