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28 de mayo de 2012

MIS HISTORIAS DEL DESIERTO (1)

Escribí mi novela Historias del desierto inspirada en parte por Las mil y una noches y en parte por las clásicas novelas de fantasía ambientadas en entornos medievales. Más que nada deseaba crear un mundo con sus propias reglas extrañas y maravillosas; si lo conseguí o no, eso ya quedará a juicio de los lectores :-)

Como sea, el desierto de mi novela (Huru) tiene tantas cosas nuevas que me siento un poco en la obligación de hacer un recorrido turístico para dar cuenta de ellas y de paso picar el interés de los lectores. Es decir, me parece una mejor estrategia promocional que estar bombardeando a todo el mundo constantemente con la misma propaganda :-D (Qué le vamos a hacer, los escritores autopublicados no tenemos más apoyo que nuestra propia iniciativa... aunque últimamente ni publicando con editoriales se consigue mucha promoción.)

Por lo tanto, fui a comprar algunas provisiones, mucho protector solar y ropa adecuada, y ¡hala!, me subí a mi dragón para viajar a Huru y hacer de guía turística en persona :-D

Fue un vuelo bastante largo a través de mi imaginación :-P Unas horas más tarde, sin embargo, descendimos en Huru y nos sacamos la primera foto:


Por cierto, lo que llevo en mi cinturón es una cimitarra :-D He querido una cimitarra desde que vi un documental sobre las batallas de las Cruzadas y aprendí que ¡pueden cortar brazos de un solo tajo! Algunos me dirán que debí conseguir una katana como la de Uma Thurman en Kill Bill, pero esa película es técnicamente incorrecta, ya que las katanas no sirven para cortar brazos (otra cosa que aprendí en los documentales). Eso no las hace menos efectivas como armas, desde luego :-P

¿En qué estaba? Ah, sí, Donald y yo aterrizamos en el desierto. Había un sol radiante, por supuesto, y hacía bastante calor. Por suerte las alas de Donald me daban sombra, aunque de todas maneras me puse las gafas de sol y bastante protector solar (ya saben, chicos y chicas, hay que cuidarse de los rayos ultravioleta).

Nuestra primera parada fue en un oasis. Primer dato fantástico sobre Huru: existen genios de agua. No salen de lámparas ni se parecen a los genios de las películas ambientadas en Arabia, sino que están hechos de agua y sirven a todos los habitantes de Huru. Para llamarlos hay que escribir sus nombres en la arena. Si no te sabes sus nombres, ¡no hay problema!, puedes utilizar un símbolo universal que hará aparecer al genio de agua más cercano. Y más vale, porque en Huru no existe el equivalente de las guías telefónicas ni nada parecido.

Cada oasis suele tener su propio genio de agua, que le da mantenimiento como si fuera una especie de guardia forestal. Cuando Donald y yo llegamos al oasis, nos topamos con su correspondiente genio de agua, que al vernos saludó de esta manera:


Qué simpático, ¿verdad? :-) Los genios de agua son unas criaturas adorables y serviciales... salvo con la gente malvada. Por esas reglas de mi desierto están obligados igualmente a dar agua a la gente malvada, pero en tales ocasiones dejan de lado la cortesía (más o menos lo que pasa con los camareros de los restaurantes).

¿Y qué pintan esos pececitos en el genio de agua? Bueno, pues otra particularidad de los genios de agua es que ¡tienen mascotas! Adoran los pececitos de colores. Si quieren hacer feliz a un genio de agua, regálenle un pececito y el genio se volverá un amigo fiel. También pueden regalarle piedras preciosas, pero bueno, no todos tenemos presupuesto para propinas tan caras :-P

En fin, como hacía mucho calor decidí darme un baño en el oasis mientras Donald aprovechaba toda esa arena para... bueno, para hacer lo que los gatos suelen hacer en la arena. Ya saben (y si no lo saben, no lo voy a explicar). El agua estaba fresquita, y al rato me puse a jugar con el genio, que salpicaba agua sobre mi cabeza o me tiraba hacia arriba para darme un buen chapuzón. (Como dije arriba, los genios de agua son adorables.)

Después del baño me vestí, volví a ponerme protector solar... ¡y entonces me di cuenta de que Donald había desaparecido! ¡Yo estaba sola en medio del desierto!

Empecé a llamar a Donald a gritos y... bueno, tendrán que esperar hasta la próxima entrega para saber lo que pasó, porque esta historia ¡continuará! :-D

G. E.

Artículo relacionado: MIS HISTORIAS DEL DESIERTO (2).


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2 comentarios:

  1. Hola

    Yo ya me conozco Huru :). Una pregunta, ¿eres zurda? Lo digo por la posición de la cimitarra.

    Un saludo.

    Juan.

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    Respuestas
    1. Hola :-) ¡Pues claro que soy zurda! Y más me vale no agarrar esa cimitarra con la derecha, porque entonces podría fallar el blanco :-D Gracias por la visita y el comentario.

      Eliminar



Fragmento de LOBO DE LUNA

El joven nanok siguió el sonido del agua, pero entonces olió algo más que lo distrajo. ¿Qué era eso? No lo reconoció en absoluto.

A pesar de su curiosidad, Urkin fue precavido: avanzó hacia la fuente del olor moviéndose de árbol en árbol, aprovechando que su pelaje era marrón como la corteza. De su cinturón extrajo un cuchillo de piedra, por las dudas; en Kum, cualquier novedad podía ser agradable... o mortal.

Poco a poco se aproximó a un árbol más grueso que los demás, donde oyó el tenue flujo de una respiración. El olor pertenecía a un ser viviente.

Urkin rodeó el árbol, y en un hueco vio una mancha plateada y pequeña. Y asustada. El nanok lo supo por la forma en que la criatura estaba doblada sobre sí misma, como si tratara de contraerse hasta desaparecer.

Sin soltar el cuchillo, Urkin se acercó un poco más, y entonces la criatura levantó la cabeza. Urkin contuvo la respiración.

Era un cachorro de lobo. Pero no un lobo cualquiera sino un ekté, un lobo de luna. Urkin jamás había visto uno, pero sí algunos miembros de su clan, en noches de Aima llena. Así sabía que los ektén eran plateados y que tenían a Aima en los ojos.

¿Qué hacía el lobezno en el hueco del árbol? Los cachorros nunca andaban solos, ni siquiera los de esa especie.

—¿Te has perdido? —preguntó Urkin, y el animal se encogió sobre sí mismo, gimiendo. Era muy hermoso. Urkin guardó el cuchillo y extendió una mano en un gesto de amistad.

El lobezno se apretó contra el fondo del hueco. No parecía dispuesto a salir por las buenas, y Urkin no iba a forzarlo. El nanok se alejó del árbol y tomó asiento sobre una roca, decidido a esperar el tiempo que fuera necesario.

Había huellas más grandes que las del cachorro en el suelo, y también eran lobunas. ¿Su madre o padre? ¿Qué había pasado ahí exactamente? Si los ektén eran como los lobos de Kum, no abandonarían a un miembro de su jauría, mucho menos al otro lado de la luz azul.

—Me quedaré aquí hasta que alguien venga a buscarte —dijo Urkin al lobezno—. Y si nadie viene... tendré que llevarte conmigo. No puedo dejarte solo, morirías. ¿Entiendes algo de lo que estoy diciendo? Supongo que no. Espero que comprendas mi tono de voz, al menos.

El lobezno se limitó a mirarlo sin parpadear. Al cabo de un rato pareció estar un poco más calmado, y sus ojos se desviaron hacia el río. Urkin dedujo que debía de tener sed.

—Enseguida vuelvo.

El nanok fue hasta la orilla, arrancó una hoja grande y usó la misma como cuenco para recoger el agua. Urkin la olió primero, y sí, estaba buena. Regresó junto al árbol sosteniendo la hoja con ambas manos.

—Aquí tienes, lobo de luna —dijo el nanok, depositando la hoja frente al cachorro antes de volver a la roca.

El lobezno no bebió de inmediato, sino que palmo a palmo se deslizó hasta la hoja y una vez ahí tomó el agua con rápidos lengüetazos. Después retrocedió al hueco en el árbol.

—Puf. Ya veo que esto no será fácil. Pero créeme, no pienso hacerte daño.

Urkin empezó a cantar en voz baja, como hacía para sus primos a la hora de la siesta. El lobezno luchó por mantener los ojos abiertos, pero debía de estar cansado y se durmió al cabo de un rato. Urkin guardó silencio. Mientras esperaba le dio hambre, así que comió las bayas en su bolsita pensando que a la vuelta tendría que recoger más. Nadie apareció en todo ese lapso. Si el lobezno tenía familia, se hallaba fuera de su alcance.

El cachorro despertó hacia el atardecer. Quizás había pensado que su madre estaría ahí cuando abriera los ojos, porque miró en derredor y luego bajó la cabeza en un gesto de desilusión. Urkin sintió pena por él.

—Escucha, ya debo irme. ¿Quieres venir conmigo? Vamos, sígueme. —El cachorro no se movió—. Está bien, no me sigas. Pero yo volveré mañana, y si aún estás aquí, te traeré algo de comer. Adiós.

Al tiempo que decía todo esto, Urkin bajó de la roca y se alejó muy despacio del árbol. No quería dejar ahí al cachorro, pero el animalito tenía que decidir por sí mismo si aceptaba o no la invitación.

Urkin siguió caminando, le dio la espalda al árbol... y entonces escuchó pasos detrás de él. El nanok sonrió de alivio. Allí estaba el lobezno, con la cola entre sus patitas pero siguiéndolo por su propia voluntad.

—Bien hecho. Yo me encargaré de ti, pequeño.

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