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26 de agosto de 2012

MIS HISTORIAS DEL DESIERTO (5)

Las aventuras en el desierto de mi novela aún no acaban, porque ¡hay mucho para hacer ahí! :-) (El episodio anterior está aquí. Para verlos todos, hagan clic en la etiqueta "historias del desierto".)

El guerrero Senti, Donald y yo continuábamos nuestro viaje hacia algún sitio, pateando doradas arenas y discutiendo sobre la mejor forma de combatir a las langostas carnívoras de Huru (sí, en Huru suele haber plagas de langostas que se comen a la gente, y encima son algo venenosas; emocionante, ¿eh?). De pronto encontramos unas huellas enormes en la arena y nos detuvimos para contemplarlas.

—Qué raro —dijo Senti—. Nunca había visto algo así.

—¡Pero yo sí sé a quién pertenecen estas huellas! —respondí—. Vamos a seguirlas. Podría ser divertido.

Fue un tremendo error, aunque en ese momento no lo sabía, claro. Como sea, seguimos las huellas, que en verdad eran colosales, hasta que al fin hallamos lo que yo esperaba ver. Pero describiré nuestro hallazgo con las palabras que usé en la novela, cuando el comerciante Frobio y su esposa Eldina se toparon con ello.

Era una criatura humanoide hecha de bloques de piedra gris. Caminaba ligeramente encorvada, con pasos lentos y dificultosos. Daba la impresión de que se desarmaría en cualquier momento, dado que los bloques no parecían estar unidos entre sí, pero la criatura continuaba su marcha sin soltar más que unas piedritas. Debía de ser una cuestión de magia, pensó el mercader, y se encogió de hombros. Era la primera vez que Frobio veía un hombre de roca, pero la magia abundaba en Huru.

—¿Qué... es... eso? —preguntó Senti.

—Es un castillo —respondí—. Bueno, no ahora mismo, pero alguien vive ahí, en todo caso. Vamos a saludar a su propietario.

Senti y yo subimos a lomos de mi dragón y volamos en torno a la cabeza del gigante rocoso, agitando las manos en actitud amistosa. El gigante titubeó al principio y finalmente se detuvo.

—¿Quiénes sois? —dijo una voz desde dentro.

—¡Turistas! —repliqué—. Y... eh... nos gustaría charlar con vos, noble hechicero, y quizás compraros alguna pócima mágica. —Pensé que esto último podría halagar al habitante de aquel castillo ambulante, de tal modo que calmara su desconfianza.

—Bien, podéis pasar. Pero dejad a esa enorme bestia azul afuera. Me pone nervioso.

Donald se posó en la nariz del gigante y Senti y yo entramos a su cabeza a través de la boca, llena de enredaderas colgantes. Donald parecía algo ofendido, por cierto. No le gusta que lo excluyan como si fuera un perro pulguiento.

El propietario del castillo ambulante nos esperaba con cara de suspicacia y los brazos cruzados. Su nombre (cosa que yo ya sabía porque soy la autora de la novela) era Bardún, y en mi libro lo describo así:

El mercader hizo una reverencia puesto que su anfitrión imponía respeto. Era alto y muy viejo, con una larga barba blanca que le llegaba a la cintura y ropajes algo desgastados pero de excelente calidad.

Pues sí, el hechicero Bardún imponía mucho respeto (como el mago Saruman pero con una expresión un poquito más enloquecida), de modo que hice una reverencia y le di un codazo a Senti para que me imitara.

—¿Y qué clase de pócima estáis buscando? —dijo el hechicero.

—Bueno, quizás algo para evitar las quemaduras solares —respondí—. Ya me estoy quedando sin bloqueador.

El hechicero me miró con cara rara, pero luego se encogió de hombros y empezó a rebuscar entre sus cosas mágicas. El interior de la cabeza del castillo estaba bastante desordenado, y Senti me dirigió una mirada como diciendo "esto no pinta del todo bien". Le hice un gesto para que se tranquilizara.

—¿Y cómo van las cosas por el desierto? —le pregunté a Bardún—. ¿Hay novedades? ¿Alguna visión nueva sobre el futuro que presagie aventuras, catástrofes y/o guerras? —Es que estoy planeando la continuación de la novela, y pensé que no me vendría mal la información de primera mano :-D

—Novedades, novedades... —farfulló el hechicero—. Mmmm, hay rumores. Rumores de que algo maligno se esconde en las profundidades del desierto. ¡Una criatura que tiene planes de conquista y destrucción!

La barba del hechicero pareció erizarse mientras hablaba, y fuera del recinto sonaron unos truenos a pesar de que el cielo estaba despejado.

—Pero claro, nunca se sabe —continuó Bardún, y todo volvió a la normalidad—. Al igual que las tormentas de arena, el futuro siempre es incierto.

(Tomé notas sobre la criatura maligna con planes de conquista, para añadirlas al plan de mi novela. Así no tendré que esperar a que me llegue la inspiración, que también suele ser poco fiable.)

Mientras tanto, Donald había asomado la cabeza por una ventana. Se le notaban unas ganas tremendas de participar en la conversación, y a pesar de que le hice señas para que no entrara, se coló al castillo andante y empezó a olfatear los objetos extraños y cubiertos de polvo que había por todas partes. De pronto, mi dragón y Bardún se encontraron cara a cara y el hechicero pegó un grito.

—¡Aaaaaahhhh, ya dije que no quería esa cosa dentro de mi casaaaaaa! ¡Largo, largo, largo! ¡Vete, monstruo enorme y azul y cornudo!

Increíblemente, Bardún empujó a Donald hasta que consiguió expulsarlo del castillo, y Donald, enfadado por la descortesía, le sacó la lengua. Entonces el hechicero tomó aire, agitó sus brazos majestuosamente, proyectó unos rayos mágicos hacia mi dragón y... Donald se precipitó al suelo envuelto en una nube de chispas.

—¡Eh, no hacía falta recurrir a esos extremos, señor hechicero! —protesté, sacando medio cuerpo por la ventana para ver qué le había hecho bardún a mi pobre dragón. Veía una forma azul en la arena, pero bastante más pequeña de lo esperado. Iba a encarar de nuevo al hechicero para exigirle una explicación, pero algo me golpeó por detrás, como un choque de energía eléctrica, y yo también caí del castillo envuelta en chispas. Aterricé en la arena patas arriba.

Un momento. ¿Dije patas arriba?

Me puse de pie... y tras un momento de observación, descubrí que yo ya no era yo.


¡Cuicuí! ¡Cuicuí! —exclamé. Oh, demonios. ¡El hechicero loco me había convertido en una especie de bírbix!

(Aquí toca otra pausa para dar explicaciones. A ver, básicamente un bírbix es un ave que vive en el desierto de mi novela y corre muy rápido, algo así como el Correcaminos de las caricaturas. Es del color de la arena, con un copete y una cola de color blanco iridiscente. En mi novela hay toda una historia donde aparece el bírbix: es una apuesta donde un rey trata de conquistar a una bella reina, de tal modo que quien atrape al ave ganará dicha apuesta.)

Buscando a mi alrededor, averigüé también qué había pasado con mi dragón: Bardún lo había transformado en ¡un caballo! Bueno, o algo así...


Donald me miró y soltó algo que parecía una mezcla entre relincho y graznido (recuerden que mi dragón suele graznar como los patos). Obviamente estaba tan desconcertado como yo. Habría querido consolarlo de alguna manera, pero lo único que salía de mi garganta era un montón de cuicuís.

El castillo humanoide se inclinó y Senti saltó a la arena. Luego el gigante de roca se alejó caminando con su típico paso cuidadoso.

¡Cuicuicuí! —le dije yo a mi acompañante, quien trató de mantenerse serio. No le salió muy bien.

—Lo siento, pequeña viajera —me respondió—. Ese Bardún ciertamente tiene unos nervios delicados. Pero sí me vendió la pócima contra las quemaduras solares. Toma.

Puse los brazos en jarras, digo, las alas. ¿Para qué iba yo a querer ahora la pócima, teniendo plumas por todo el cuerpo? ¿Y cómo iba a sujetar el frasco si ya no tenía manos?

—Bueno... —continuó Senti, guardando la pócima en su bolsillo—. Eh... supongo que será mejor que sigamos adelante, ¿no? Debe de haber algún otro hechicero que consiga devolveros a ti y a tu dragón a vuestra forma original.

Solté un suspiro. Sí, era la mejor alternativa. Mientras tanto, Donald trató de volar, pero sus alas atrofiadas ya no podían levantarlo del suelo. Se dio por vencido tras un par de coscorrones contra la arena. Menos mal, porque yo no estaba en condiciones de decirle que su forma ya no era apropiada para actividad aérea alguna.

Senti montó su caballo, continuamos marchando y... bien, es todo por esta vez. Pronto podrán enterarse de lo que pasó en los días siguientes de mi desértica aventura :-D (Sí, voy a dejar la historia colgada por aquí. Es que soy muy mala, ñajajajaja.)

G. E.

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2 comentarios:

  1. Jo que risa me ha dado con vuestras transformaciones. Me ha intrigado aún mas por saber de tus historias del desierto.

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    1. ¡Gracias! Pero ¿cómo es que todavía no tienes el libro? Te lo tengo que mandar, entonces... ¡Besos!

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Fragmento de LOBO DE LUNA

El joven nanok siguió el sonido del agua, pero entonces olió algo más que lo distrajo. ¿Qué era eso? No lo reconoció en absoluto.

A pesar de su curiosidad, Urkin fue precavido: avanzó hacia la fuente del olor moviéndose de árbol en árbol, aprovechando que su pelaje era marrón como la corteza. De su cinturón extrajo un cuchillo de piedra, por las dudas; en Kum, cualquier novedad podía ser agradable... o mortal.

Poco a poco se aproximó a un árbol más grueso que los demás, donde oyó el tenue flujo de una respiración. El olor pertenecía a un ser viviente.

Urkin rodeó el árbol, y en un hueco vio una mancha plateada y pequeña. Y asustada. El nanok lo supo por la forma en que la criatura estaba doblada sobre sí misma, como si tratara de contraerse hasta desaparecer.

Sin soltar el cuchillo, Urkin se acercó un poco más, y entonces la criatura levantó la cabeza. Urkin contuvo la respiración.

Era un cachorro de lobo. Pero no un lobo cualquiera sino un ekté, un lobo de luna. Urkin jamás había visto uno, pero sí algunos miembros de su clan, en noches de Aima llena. Así sabía que los ektén eran plateados y que tenían a Aima en los ojos.

¿Qué hacía el lobezno en el hueco del árbol? Los cachorros nunca andaban solos, ni siquiera los de esa especie.

—¿Te has perdido? —preguntó Urkin, y el animal se encogió sobre sí mismo, gimiendo. Era muy hermoso. Urkin guardó el cuchillo y extendió una mano en un gesto de amistad.

El lobezno se apretó contra el fondo del hueco. No parecía dispuesto a salir por las buenas, y Urkin no iba a forzarlo. El nanok se alejó del árbol y tomó asiento sobre una roca, decidido a esperar el tiempo que fuera necesario.

Había huellas más grandes que las del cachorro en el suelo, y también eran lobunas. ¿Su madre o padre? ¿Qué había pasado ahí exactamente? Si los ektén eran como los lobos de Kum, no abandonarían a un miembro de su jauría, mucho menos al otro lado de la luz azul.

—Me quedaré aquí hasta que alguien venga a buscarte —dijo Urkin al lobezno—. Y si nadie viene... tendré que llevarte conmigo. No puedo dejarte solo, morirías. ¿Entiendes algo de lo que estoy diciendo? Supongo que no. Espero que comprendas mi tono de voz, al menos.

El lobezno se limitó a mirarlo sin parpadear. Al cabo de un rato pareció estar un poco más calmado, y sus ojos se desviaron hacia el río. Urkin dedujo que debía de tener sed.

—Enseguida vuelvo.

El nanok fue hasta la orilla, arrancó una hoja grande y usó la misma como cuenco para recoger el agua. Urkin la olió primero, y sí, estaba buena. Regresó junto al árbol sosteniendo la hoja con ambas manos.

—Aquí tienes, lobo de luna —dijo el nanok, depositando la hoja frente al cachorro antes de volver a la roca.

El lobezno no bebió de inmediato, sino que palmo a palmo se deslizó hasta la hoja y una vez ahí tomó el agua con rápidos lengüetazos. Después retrocedió al hueco en el árbol.

—Puf. Ya veo que esto no será fácil. Pero créeme, no pienso hacerte daño.

Urkin empezó a cantar en voz baja, como hacía para sus primos a la hora de la siesta. El lobezno luchó por mantener los ojos abiertos, pero debía de estar cansado y se durmió al cabo de un rato. Urkin guardó silencio. Mientras esperaba le dio hambre, así que comió las bayas en su bolsita pensando que a la vuelta tendría que recoger más. Nadie apareció en todo ese lapso. Si el lobezno tenía familia, se hallaba fuera de su alcance.

El cachorro despertó hacia el atardecer. Quizás había pensado que su madre estaría ahí cuando abriera los ojos, porque miró en derredor y luego bajó la cabeza en un gesto de desilusión. Urkin sintió pena por él.

—Escucha, ya debo irme. ¿Quieres venir conmigo? Vamos, sígueme. —El cachorro no se movió—. Está bien, no me sigas. Pero yo volveré mañana, y si aún estás aquí, te traeré algo de comer. Adiós.

Al tiempo que decía todo esto, Urkin bajó de la roca y se alejó muy despacio del árbol. No quería dejar ahí al cachorro, pero el animalito tenía que decidir por sí mismo si aceptaba o no la invitación.

Urkin siguió caminando, le dio la espalda al árbol... y entonces escuchó pasos detrás de él. El nanok sonrió de alivio. Allí estaba el lobezno, con la cola entre sus patitas pero siguiéndolo por su propia voluntad.

—Bien hecho. Yo me encargaré de ti, pequeño.

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