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15 de junio de 2012

MIS HISTORIAS DEL DESIERTO (2)

¡Continúan mis aventuras por el desierto de mi novela! Si no han leído el episodio anterior, está aquí. ¿Listo? ¡Bien, entonces ya puedo contarles lo que sucedió después de que perdí a Donald de vista!

Fue muy desconcertante encontrarme sola en medio de la arena, porque en Huru no hay demasiados puntos de referencia. Sus habitantes se orientan por el sol, las estrellas... y las luces guía. "¿Qué son las luces guía?", se preguntarán. Bueno, en cierto modo son como los genios de agua: criaturas del desierto que sirven a los humanos y que también se convocan escribiendo símbolos en la arena (ya ven, escribir en la arena de Huru no es muy diferente a hacer una llamada telefónica). Una vez que uno llama a una luz guía, basta con dibujar el sitio a donde uno quiere ir o tocar a la luz guía pensando en dicho lugar, y la luz guía... pues te guiará. Duh! :-P

Por desgracia, ¡no podía utilizar una luz guía para encontrar a mi dragón! Las luces guía tienen una limitación, y es que sólo pueden llevarte a lugares fijos; no sirven para encontrar personas ni dragones perdidos. ¡Grunf! (Si hubiera sabido que perdería a mi dragón en mi propio desierto imaginario, habría modificado esa regla.)

Tuve que recurrir, entonces, a medios más tradicionales para buscar a Donald: seguir sus huellas, esperando que mi dragón no se hubiera echado a volar en algún momento del recorrido. Más valía ahora que no apareciera un genio de aire y las borrara de un soplido, porque de lo contrario...

¿Qué? ¿Quieren que les explique qué es un genio de aire? No problem! Los genios de aire también son criaturas mágicas del desierto... excepto que, salvo uno de ellos (a ése lo conocerán quienes lean la novela), en realidad no sirven para nada. Y lo que es peor: los genios de aire pueden llegar a ser muy tontos y malhumorados, de modo que provocan tormentas de arena cada dos por tres, casi siempre en los momentos más inoportunos :-D (Me pareció una manera interesante de fastidiar a mis personajes en la novela; es que una es un poco sádica a la hora de escribir.)

En fin, seguí las huellas de Donald tratando de no caer en la trampa de un tiburón de arena. (Un tiburón de arena es... bueno, algo así como un tiburón que vive en la arena. Simple. Eso sí: hay que tener cuidado de no caer en sus fauces llenas de dientes.) Así, caminando y llamando a mi dragón a los gritos, llegué a unos montículos en la arena que parecían gigantescos nidos de termitas. Claro que no eran nidos de termitas, sino el hogar de una tribu de hombres-serpiente. Uno de ellos salió a recibirme.


Lindo, ¿eh? (Bueno, es lindo para aquellos a quienes nos gustan las serpientes.) Que no los engañe la espada: los hombres-serpiente son criaturas pacíficas y se alimentan de pequeños animales del desierto. Se puede contar con ellos, sin embargo, como guerreros en defensa de alguna causa noble (algo de eso hay en mi novela). Como los hombres-serpiente no hablan por no tener órganos vocales, me comuniqué con ese individuo por medio de señas y dibujé a mi dragón en la arena para averiguar si lo había visto por ahí. ¡Y el hombre-serpiente hizo un gesto afirmativo! Nos desplazamos algunas dunas más allá y, efectivamente, ahí estaba Donald jugando con más miembros de la tribu, machos y hembras. El interés era mutuo, al parecer, quizás por algún parentesco lejano.

Después de reprender a Donald por dejarme plantada, la tribu serpiente nos invitó a cenar. Sabiendo lo que se venía, traté de inventar alguna excusa, pero nada se me ocurrió. El problema es que... bueno, los hombres-serpiente son un poco como los japoneses: les gusta la comida cruda... y viva. De pronto me vi con un asustado ratón en la mano.


No soy vegetariana, pero la verdad es que no me va lo de comer roedores crudos, de modo que hice lo que haría cualquier niño que tuviera en su plato algún alimento repulsivo: sin que los hombres-serpiente se dieran cuenta, le pasé ése y los demás ratones a mi perro dragón. A Donald le vino bien, ya que su dieta consiste principalmente en aves capturadas alrededor del aeropuerto (él aún tiene ese empleo).

Una vez terminada la cena, nos despedimos de la tribu serpiente y seguimos el recorrido turístico por Huru. Pronto se hizo de noche, de modo que llamé a un genio de agua para que trajera leña y algunas frutas (¡los genios de agua también hacen eso!). Donald encendió la leña para la fogata, yo me comí las frutas y... ¡de pronto vimos a un jinete que se abalanzaba hacia nosotros blandiendo una espada!

Una vez más, esto ¡continuará! :-D

G. E.

Artículo relacionado: MIS HISTORIAS DEL DESIERTO (3).

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