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14 de agosto de 2012

MIS HISTORIAS DEL DESIERTO (4)

En el episodio anterior de mis aventuras por el desierto de mi propia novela, mi dragón y yo nos encontramos con Senti, un guerrero en busca de aventuras. O más bien él tuvo un encontronazo con mi dragón, pero eso fue un simple malentendido (a cualquiera le pasa).

Como sea, Senti se sumó a nuestro recorrido turístico por Huru... y no tardamos en toparnos con los primeros inconvenientes potencialmente letales.

Todo empezó mientras caminábamos por las cálidas arenas del desierto de camino al oasis más próximo. Yo le estaba contando a Senti la historia completa de cómo adopté a mi dragón Donald, y él, a su vez, me estaba contando una leyenda de Huru sobre la primera y única rebelión de los genios de agua (tomé notas para añadirla al segundo volumen de Historias del desierto). Como siempre, era un día despejado y bastante caluroso. Decidimos tomar un descanso. Mi dragón hizo un agujero en la arena con la intención de dormir una siesta, y Senti comenzó a armar una tienda para cobijarnos del sol... cuando de repente vi a Donald parar las orejas. Supe así que algo se avecinaba, a pesar de que no se veía nada por ninguna parte. Entonces descubrí a la figura que se aproximaba corriendo hacia nosotros, apenas distinguible en el entorno. Era... ¡un cazador de cabezas! De inmediato eché mano de mi cimitarra y...

Antes de seguir, debo explicar algo. Hay varias razones por las que mi novela no es apta para menores de 15 años, y los cazadores de cabezas son una de ellas. Quisiera dar una explicación más amplia aquí mismo, pero como éste es un blog más o menos apto para todo público, bueno, tendrán que leer la novela para saberlo.

En fin, siguiendo con la narración, saqué mi cimitarra, que lanzó un brillo deslumbrante bajo el sol. Senti también se puso en guardia y mi dragón levantó la cabeza, pero les hice un gesto a ambos para que no se molestaran.

—No se preocupen, chicos. De este engendro me encargo yo.

El cazador de cabezas estaba más cerca de nosotros. Ahora rugía como un león, al tiempo que enseñaba sus temibles dientes.


Mientras tanto, yo esgrimí mi bien afilada cimitarra...


La verdad, había querido hacer algo así desde que inventé a los cazadores de cabezas para mi novela. Lo divertido de crear villanos perversos es que también puedes darte el lujo de ajusticiarlos, de modo que le permití acercarse más al cazador de cabezas, di un salto, hice silbar el aire con mi cimitarra y...


¡Ja! Creo que ésa no se la esperaba. La cabeza voló por encima de Senti y de Donald, salpicando bastante sangre, y aterrizó en la arena. En ningún momento se le borró la expresión de "¿qué demonios acaba de pasar?", la cual, curiosamente, se parecía mucho a la de mi guerrero acompañante.

—Uh, eso no estuvo nada mal —dijo Senti, todavía con los ojos como platos. Limpié la cimitarra antes de envainarla.

—Gracias. Como dije antes, me preparé bien antes de venir. —Lo cual, en términos literarios, significa inventarse que una no sólo va por ahí cargando una cimitarra, sino que además es capaz de utilizarla como una experta. Y no me miren con esa cara. Este blog es de ficción.

En fin, Senti quedó bastante impresionado, pero como no es mi intención avergonzarlo, para mi próxima aventura lo dejaré enfrentarse a lo que sea que decida que nos haya de caer encima :-D

Estas aventuras continuarán.

G. E.

Artículo relacionado: MIS HISTORIAS DEL DESIERTO (5).

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Fragmento de LOBO DE LUNA

El joven nanok siguió el sonido del agua, pero entonces olió algo más que lo distrajo. ¿Qué era eso? No lo reconoció en absoluto.

A pesar de su curiosidad, Urkin fue precavido: avanzó hacia la fuente del olor moviéndose de árbol en árbol, aprovechando que su pelaje era marrón como la corteza. De su cinturón extrajo un cuchillo de piedra, por las dudas; en Kum, cualquier novedad podía ser agradable... o mortal.

Poco a poco se aproximó a un árbol más grueso que los demás, donde oyó el tenue flujo de una respiración. El olor pertenecía a un ser viviente.

Urkin rodeó el árbol, y en un hueco vio una mancha plateada y pequeña. Y asustada. El nanok lo supo por la forma en que la criatura estaba doblada sobre sí misma, como si tratara de contraerse hasta desaparecer.

Sin soltar el cuchillo, Urkin se acercó un poco más, y entonces la criatura levantó la cabeza. Urkin contuvo la respiración.

Era un cachorro de lobo. Pero no un lobo cualquiera sino un ekté, un lobo de luna. Urkin jamás había visto uno, pero sí algunos miembros de su clan, en noches de Aima llena. Así sabía que los ektén eran plateados y que tenían a Aima en los ojos.

¿Qué hacía el lobezno en el hueco del árbol? Los cachorros nunca andaban solos, ni siquiera los de esa especie.

—¿Te has perdido? —preguntó Urkin, y el animal se encogió sobre sí mismo, gimiendo. Era muy hermoso. Urkin guardó el cuchillo y extendió una mano en un gesto de amistad.

El lobezno se apretó contra el fondo del hueco. No parecía dispuesto a salir por las buenas, y Urkin no iba a forzarlo. El nanok se alejó del árbol y tomó asiento sobre una roca, decidido a esperar el tiempo que fuera necesario.

Había huellas más grandes que las del cachorro en el suelo, y también eran lobunas. ¿Su madre o padre? ¿Qué había pasado ahí exactamente? Si los ektén eran como los lobos de Kum, no abandonarían a un miembro de su jauría, mucho menos al otro lado de la luz azul.

—Me quedaré aquí hasta que alguien venga a buscarte —dijo Urkin al lobezno—. Y si nadie viene... tendré que llevarte conmigo. No puedo dejarte solo, morirías. ¿Entiendes algo de lo que estoy diciendo? Supongo que no. Espero que comprendas mi tono de voz, al menos.

El lobezno se limitó a mirarlo sin parpadear. Al cabo de un rato pareció estar un poco más calmado, y sus ojos se desviaron hacia el río. Urkin dedujo que debía de tener sed.

—Enseguida vuelvo.

El nanok fue hasta la orilla, arrancó una hoja grande y usó la misma como cuenco para recoger el agua. Urkin la olió primero, y sí, estaba buena. Regresó junto al árbol sosteniendo la hoja con ambas manos.

—Aquí tienes, lobo de luna —dijo el nanok, depositando la hoja frente al cachorro antes de volver a la roca.

El lobezno no bebió de inmediato, sino que palmo a palmo se deslizó hasta la hoja y una vez ahí tomó el agua con rápidos lengüetazos. Después retrocedió al hueco en el árbol.

—Puf. Ya veo que esto no será fácil. Pero créeme, no pienso hacerte daño.

Urkin empezó a cantar en voz baja, como hacía para sus primos a la hora de la siesta. El lobezno luchó por mantener los ojos abiertos, pero debía de estar cansado y se durmió al cabo de un rato. Urkin guardó silencio. Mientras esperaba le dio hambre, así que comió las bayas en su bolsita pensando que a la vuelta tendría que recoger más. Nadie apareció en todo ese lapso. Si el lobezno tenía familia, se hallaba fuera de su alcance.

El cachorro despertó hacia el atardecer. Quizás había pensado que su madre estaría ahí cuando abriera los ojos, porque miró en derredor y luego bajó la cabeza en un gesto de desilusión. Urkin sintió pena por él.

—Escucha, ya debo irme. ¿Quieres venir conmigo? Vamos, sígueme. —El cachorro no se movió—. Está bien, no me sigas. Pero yo volveré mañana, y si aún estás aquí, te traeré algo de comer. Adiós.

Al tiempo que decía todo esto, Urkin bajó de la roca y se alejó muy despacio del árbol. No quería dejar ahí al cachorro, pero el animalito tenía que decidir por sí mismo si aceptaba o no la invitación.

Urkin siguió caminando, le dio la espalda al árbol... y entonces escuchó pasos detrás de él. El nanok sonrió de alivio. Allí estaba el lobezno, con la cola entre sus patitas pero siguiéndolo por su propia voluntad.

—Bien hecho. Yo me encargaré de ti, pequeño.

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