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28 de julio de 2016

FRACTALES FLAME

Más de una vez he puesto arte fractal en este blog: espirales, fractales para interpretar como si fueran pruebas Rorschach e imágenes de mi mundo imaginario fractal (aquí, aquí y aquí).

Hoy quiero hablar específicamente de los fractales flame. La verdad, no sé por qué los llamaron así; la traducción sería "fractales flama" o "flamas fractales", pero jamás he visto que ninguno se prendiera fuego ni nada por el estilo. Tampoco entiendo las cuestiones matemáticas detrás de los fractales flame, ni cómo hacen los cálculos los programas que generan este tipo de imágenes. Peeeeeeero... ¡eso no me impide apreciar las imágenes ni crearlas yo misma con dichos programas! ¡Yujuuu!

Algo que entiendo de estos fractales es que son más estructurales que los creados con programas como Ultra Fractal. En Ultra Fractal, uno selecciona una fórmula cualquiera y luego un algoritmo para colorearla. Se puede transformar la imagen (por ejemplo, para volverla una esfera) y añadir capas con diferentes tipos de mezcla al estilo Photoshop. En cambio, con los fractales flame uno más bien selecciona formas, que interaccionan entre sí, para acomodarlas en una suerte de espacio tridimensional. La imagen resultante puede ser plana o dar una impresión de perspectiva, como si fuera un objeto.

En fin, para que se hagan una idea, aquí van algunas imágenes que he creado con Apophysis 2.08. Apophysis es un programa gratuito. Ahora existe la versión 7X (o sea, para Windows 7 en adelante), pero ésa aún no la he probado. Lleva un tiempo cogerle el tranquillo al asunto, pero luego proporciona horas y más horas de entretenimiento ¡en el que además se crea un poco de arte matemático!


Esta imagen me hace pensar en un mecanismo de reloj :-P







Con Apophysis también se pueden crear bonitas espirales. ¡Y ya he dicho que amo las espirales! :-D



Esta otra imagen me hace pensar en átomos o en la estructura del universo. Cosas de nerds.


¡Quiero un mantel bordado igual a este fractal! Quedaría estupendo en la mesa redonda de mi sala de estar.











La última espiral me hace pensar en wafles. Waaaaafles. ¡Y ahora tengo hambre! Adiós, me voy a merendar :-P

G. E.

PD: Si deciden bajarse cualquier versión de Apophysis, tengan cuidado, puesto que resulta muy fácil perder la noción del tiempo cuando uno está "fractaleando". Bueno, quizás resulte útil para liberar a la mente de otras adicciones, como pensar demasiado en los problemas propios, hacerse selfies a cada rato o jugar a Pokémon GO.

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Fragmento de LOBO DE LUNA

El joven nanok siguió el sonido del agua, pero entonces olió algo más que lo distrajo. ¿Qué era eso? No lo reconoció en absoluto.

A pesar de su curiosidad, Urkin fue precavido: avanzó hacia la fuente del olor moviéndose de árbol en árbol, aprovechando que su pelaje era marrón como la corteza. De su cinturón extrajo un cuchillo de piedra, por las dudas; en Kum, cualquier novedad podía ser agradable... o mortal.

Poco a poco se aproximó a un árbol más grueso que los demás, donde oyó el tenue flujo de una respiración. El olor pertenecía a un ser viviente.

Urkin rodeó el árbol, y en un hueco vio una mancha plateada y pequeña. Y asustada. El nanok lo supo por la forma en que la criatura estaba doblada sobre sí misma, como si tratara de contraerse hasta desaparecer.

Sin soltar el cuchillo, Urkin se acercó un poco más, y entonces la criatura levantó la cabeza. Urkin contuvo la respiración.

Era un cachorro de lobo. Pero no un lobo cualquiera sino un ekté, un lobo de luna. Urkin jamás había visto uno, pero sí algunos miembros de su clan, en noches de Aima llena. Así sabía que los ektén eran plateados y que tenían a Aima en los ojos.

¿Qué hacía el lobezno en el hueco del árbol? Los cachorros nunca andaban solos, ni siquiera los de esa especie.

—¿Te has perdido? —preguntó Urkin, y el animal se encogió sobre sí mismo, gimiendo. Era muy hermoso. Urkin guardó el cuchillo y extendió una mano en un gesto de amistad.

El lobezno se apretó contra el fondo del hueco. No parecía dispuesto a salir por las buenas, y Urkin no iba a forzarlo. El nanok se alejó del árbol y tomó asiento sobre una roca, decidido a esperar el tiempo que fuera necesario.

Había huellas más grandes que las del cachorro en el suelo, y también eran lobunas. ¿Su madre o padre? ¿Qué había pasado ahí exactamente? Si los ektén eran como los lobos de Kum, no abandonarían a un miembro de su jauría, mucho menos al otro lado de la luz azul.

—Me quedaré aquí hasta que alguien venga a buscarte —dijo Urkin al lobezno—. Y si nadie viene... tendré que llevarte conmigo. No puedo dejarte solo, morirías. ¿Entiendes algo de lo que estoy diciendo? Supongo que no. Espero que comprendas mi tono de voz, al menos.

El lobezno se limitó a mirarlo sin parpadear. Al cabo de un rato pareció estar un poco más calmado, y sus ojos se desviaron hacia el río. Urkin dedujo que debía de tener sed.

—Enseguida vuelvo.

El nanok fue hasta la orilla, arrancó una hoja grande y usó la misma como cuenco para recoger el agua. Urkin la olió primero, y sí, estaba buena. Regresó junto al árbol sosteniendo la hoja con ambas manos.

—Aquí tienes, lobo de luna —dijo el nanok, depositando la hoja frente al cachorro antes de volver a la roca.

El lobezno no bebió de inmediato, sino que palmo a palmo se deslizó hasta la hoja y una vez ahí tomó el agua con rápidos lengüetazos. Después retrocedió al hueco en el árbol.

—Puf. Ya veo que esto no será fácil. Pero créeme, no pienso hacerte daño.

Urkin empezó a cantar en voz baja, como hacía para sus primos a la hora de la siesta. El lobezno luchó por mantener los ojos abiertos, pero debía de estar cansado y se durmió al cabo de un rato. Urkin guardó silencio. Mientras esperaba le dio hambre, así que comió las bayas en su bolsita pensando que a la vuelta tendría que recoger más. Nadie apareció en todo ese lapso. Si el lobezno tenía familia, se hallaba fuera de su alcance.

El cachorro despertó hacia el atardecer. Quizás había pensado que su madre estaría ahí cuando abriera los ojos, porque miró en derredor y luego bajó la cabeza en un gesto de desilusión. Urkin sintió pena por él.

—Escucha, ya debo irme. ¿Quieres venir conmigo? Vamos, sígueme. —El cachorro no se movió—. Está bien, no me sigas. Pero yo volveré mañana, y si aún estás aquí, te traeré algo de comer. Adiós.

Al tiempo que decía todo esto, Urkin bajó de la roca y se alejó muy despacio del árbol. No quería dejar ahí al cachorro, pero el animalito tenía que decidir por sí mismo si aceptaba o no la invitación.

Urkin siguió caminando, le dio la espalda al árbol... y entonces escuchó pasos detrás de él. El nanok sonrió de alivio. Allí estaba el lobezno, con la cola entre sus patitas pero siguiéndolo por su propia voluntad.

—Bien hecho. Yo me encargaré de ti, pequeño.

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