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16 de julio de 2016

¿QUÉ SERÍAS SI FUERAS...?

A veces es difícil empezar a conocer a las personas, sobre todo si se trata de una pareja potencial y a uno no se le ocurren temas de conversación. ¿Verdad que es una situación súper mega molesta?

En fin, cuando entré a la facultad e hice nuevas amigas, de pronto se me ocurrió un juego psicológico para pasar el rato. Años más tarde lo puse en práctica con un novio (ahora ex novio). La verdad, resultó ser más acertado y útil de lo que había imaginado, de modo que voy a recomendarlo por si quieren hacer el intento alguna vez.

El juego es así: se trata de preguntar a la otra persona qué sería si fuera... lo que sea que se les ocurra. Por ejemplo:

un objeto
un animal (se puede dividir en mamífero/ave/insecto)
un alimento (se puede dividir en almuerzo/postre)
una catástrofe natural
una casa o edificio
un elemento de la tabla periódica
una región geográfica
una obra de arte
un personaje de libro
un personaje animado
un juguete
un medio de transporte
una fuente de energía

Y así por el estilo, alternando papeles ("yo te pregunto, luego tú me preguntas"). Ojo: no se trata de que la persona diga lo que le gustaría ser, sino que ha de elegir una respuesta auténticamente representativa; o sea, TIENE QUE EXPLICAR EN QUÉ MANERAS APLICA A SU CARÁCTER. Si yo fuera un animal, clavado que sería una ardilla: esquiva, solitaria, aficionada a trepar árboles (bueno, cuando era chica), con mucho cabello y amante de los frutos secos.

Y si fuera un objeto, sería un lápiz, dado que no sólo me gusta crear dibujos e historias, sino también pinchar a quienes se atreven a molestarme por mucho rato.

¿Qué se consigue con este juego? Muchas cosas. Para empezar, es una buena manera de sondear la cultura general de la otra persona (la pregunta de la tabla periódica, por ejemplo). También da pistas sobre su capacidad imaginativa y, después de un tiempo, sobre su honestidad.

Lo último es importante. Hay dos clases de resultados sospechosos:

1) Si la persona está diciendo la verdad, yo desconfiaría de cualquiera que se identificara con un cuchillo como objeto o una araña como animal, por ejemplo (casos reales de conocidas mías que resultaron ser traicioneras). Y si se identificara con una bomba atómica... PEOR, DIRÍA YO :-D (todavía no me he topado con alguien que dijera eso, por suerte). Vamos, que de nada sirve la honestidad si la persona te está revelando honestamente (quizás inconscientemente) que no es de fiar.

2) Si la persona está mintiendo, en el sentido de que sus respuestas no coinciden con lo que demuestra después, uno se hace una idea de cuán falsa es. Por ejemplo, si se identificara con un animal valiente pero luego actuara en forma cobarde (otro caso real). En las relaciones de pareja es particularmente importante la sinceridad en cuanto a los defectos, para que no exploten más adelante en la relación. Mi consejo: desconfíen de aquellos que, al preguntarles qué serían si fueran cosas negativas (una maldición o una catástrofe natural, por ejemplo), torcieran todas las respuestas para volverlas positivas. NADIE ES 100% BUENO.

¿Qué les parece el juego? ¿Se animarían a intentarlo con alguien? Si lo hacen, vengan a contarme qué pasó, así podré reunir más datos estadísticos (para darle o restarle validez científica). ¡Gracias por adelantado! :-)

G. E.

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Fragmento de LOBO DE LUNA

El joven nanok siguió el sonido del agua, pero entonces olió algo más que lo distrajo. ¿Qué era eso? No lo reconoció en absoluto.

A pesar de su curiosidad, Urkin fue precavido: avanzó hacia la fuente del olor moviéndose de árbol en árbol, aprovechando que su pelaje era marrón como la corteza. De su cinturón extrajo un cuchillo de piedra, por las dudas; en Kum, cualquier novedad podía ser agradable... o mortal.

Poco a poco se aproximó a un árbol más grueso que los demás, donde oyó el tenue flujo de una respiración. El olor pertenecía a un ser viviente.

Urkin rodeó el árbol, y en un hueco vio una mancha plateada y pequeña. Y asustada. El nanok lo supo por la forma en que la criatura estaba doblada sobre sí misma, como si tratara de contraerse hasta desaparecer.

Sin soltar el cuchillo, Urkin se acercó un poco más, y entonces la criatura levantó la cabeza. Urkin contuvo la respiración.

Era un cachorro de lobo. Pero no un lobo cualquiera sino un ekté, un lobo de luna. Urkin jamás había visto uno, pero sí algunos miembros de su clan, en noches de Aima llena. Así sabía que los ektén eran plateados y que tenían a Aima en los ojos.

¿Qué hacía el lobezno en el hueco del árbol? Los cachorros nunca andaban solos, ni siquiera los de esa especie.

—¿Te has perdido? —preguntó Urkin, y el animal se encogió sobre sí mismo, gimiendo. Era muy hermoso. Urkin guardó el cuchillo y extendió una mano en un gesto de amistad.

El lobezno se apretó contra el fondo del hueco. No parecía dispuesto a salir por las buenas, y Urkin no iba a forzarlo. El nanok se alejó del árbol y tomó asiento sobre una roca, decidido a esperar el tiempo que fuera necesario.

Había huellas más grandes que las del cachorro en el suelo, y también eran lobunas. ¿Su madre o padre? ¿Qué había pasado ahí exactamente? Si los ektén eran como los lobos de Kum, no abandonarían a un miembro de su jauría, mucho menos al otro lado de la luz azul.

—Me quedaré aquí hasta que alguien venga a buscarte —dijo Urkin al lobezno—. Y si nadie viene... tendré que llevarte conmigo. No puedo dejarte solo, morirías. ¿Entiendes algo de lo que estoy diciendo? Supongo que no. Espero que comprendas mi tono de voz, al menos.

El lobezno se limitó a mirarlo sin parpadear. Al cabo de un rato pareció estar un poco más calmado, y sus ojos se desviaron hacia el río. Urkin dedujo que debía de tener sed.

—Enseguida vuelvo.

El nanok fue hasta la orilla, arrancó una hoja grande y usó la misma como cuenco para recoger el agua. Urkin la olió primero, y sí, estaba buena. Regresó junto al árbol sosteniendo la hoja con ambas manos.

—Aquí tienes, lobo de luna —dijo el nanok, depositando la hoja frente al cachorro antes de volver a la roca.

El lobezno no bebió de inmediato, sino que palmo a palmo se deslizó hasta la hoja y una vez ahí tomó el agua con rápidos lengüetazos. Después retrocedió al hueco en el árbol.

—Puf. Ya veo que esto no será fácil. Pero créeme, no pienso hacerte daño.

Urkin empezó a cantar en voz baja, como hacía para sus primos a la hora de la siesta. El lobezno luchó por mantener los ojos abiertos, pero debía de estar cansado y se durmió al cabo de un rato. Urkin guardó silencio. Mientras esperaba le dio hambre, así que comió las bayas en su bolsita pensando que a la vuelta tendría que recoger más. Nadie apareció en todo ese lapso. Si el lobezno tenía familia, se hallaba fuera de su alcance.

El cachorro despertó hacia el atardecer. Quizás había pensado que su madre estaría ahí cuando abriera los ojos, porque miró en derredor y luego bajó la cabeza en un gesto de desilusión. Urkin sintió pena por él.

—Escucha, ya debo irme. ¿Quieres venir conmigo? Vamos, sígueme. —El cachorro no se movió—. Está bien, no me sigas. Pero yo volveré mañana, y si aún estás aquí, te traeré algo de comer. Adiós.

Al tiempo que decía todo esto, Urkin bajó de la roca y se alejó muy despacio del árbol. No quería dejar ahí al cachorro, pero el animalito tenía que decidir por sí mismo si aceptaba o no la invitación.

Urkin siguió caminando, le dio la espalda al árbol... y entonces escuchó pasos detrás de él. El nanok sonrió de alivio. Allí estaba el lobezno, con la cola entre sus patitas pero siguiéndolo por su propia voluntad.

—Bien hecho. Yo me encargaré de ti, pequeño.

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