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6 de diciembre de 2012

¡CONDENADAS HORMONAS!

En la revista argentina Muy interesante del mes pasado salió un artículo sobre las hormonas. ¡Y me dejó muy descorazonada! Al parecer, resulta que esas molestas sustancias, que apenas aparecen en picogramos en la sangre, ¡son las responsables de casi todas mis decisiones y de un montón de cosas que hace mi cuerpo sin mi permiso!

¡Y yo que me consideraba una persona racional! Pero no, ahora resulta que si me pongo a mirar a un tipo guapo, es porque los estrógenos están interfiriendo con mis funciones cerebrales. Cuando estoy escribiendo, el disfrute está a cargo de la dopamina, y las hormonas de la digestión deciden por su cuenta que los nutrientes vayan a mi trasero y no a mis músculos o mis neuronas, donde yo los necesito. ¡Grrrr!


¿Pues saben qué? ¡Me rehúso a seguirles la corriente a las hormonas, excepto en lo que sea absolutamente inevitable! (Ya quisiera haber regulado mi hormona del crecimiento y medir unos 10 cm más, para no tener que recortar todos mis pantalones.) Entérense, hormonas: mis hábitos reproductivos los controlaré YO; comeré lo que YO crea saludable y dejaré de comer cuando YO lo decida, y no dejaré que tú, estúpida dopamina, me vuelvas adicta a lo que te dé la gana. Capisce?

¡Y si alguna vez asesino a alguien, será porque se lo merece, no por un arranque de ira ocasionado por la adrenalina! Ah, no, espérense. Creo que ahí sí me convendría culpar a las hormonas :-P (Suele ser muy útil en los tribunales.)

Me voy a jugar a Angry Birds, digooooo... a hacer ejercicio.

G. E.

Artículo relacionado: ¡MI CUERPO NO ES MÍO!

8 comentarios:

  1. Escribí un pedazo de comentario y se me borró. Así que he vuelto para decirte que aserejé ja de je de jebe tu de jebere sibinouva majabi an de bugui an de buididipí, me gusta el verde y me tomaré un té para luego multifusionarme con el cosmos, la tierra y Snoopy. Un gran abrazo!

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    1. ¿¿Qué tiene que ver el aserejé con las hormonas?? :-D Un abrazo para ti también. (Nota: para la próxima vez, escribe el comentario en el bloc de notas, luego lo cortas y pegas. Así no se pierde.)

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    2. Ok, te haré caso! Viene a resumir lo anterior a que me gustó tu entrada y que las hormonas son unas porculeras entrometidas que ni avisan ni piden permiso para hacer acto de presencia.Es un asco, ya lo sé.C´est la vie! Me estresé tanto con que se me borrara el comentario que me dio por cantarte esa canción tan soporífera y malditamente pegadiza. Un gran Óle!

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    3. Vale, gracias :-) Te pasé el consejo... porque no eres el único al que se le ha perdido un comentario.

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  2. Hola

    Tranquila. Es cierto que las hormonas son importantes en el organismo, y que pueden provocar determinados cambios de humor y modificar tu forma de ver las cosas, pero no somos esclavos de las hormonas. A la creencia de que los niveles hormonales explican diferencias y determinan, de manera inevitable, cómo se tiene que comportar cada persona, se le denomina "determinismo hormonal" y es una forma más de determinismo biológico, esto es, la corriente científica que afirma que, en particular, hombres y mujeres, somos innata e inevitablemente distintos en capacidades.

    El determinismo hormonal afirma que los niveles de testosterona son lo único que determina cuan "masculina" o "femenina" es una persona. Altos niveles de testosterona crean seres violentos, competitivos, sin empatía y que fingen sus emociones (un hombre no ama, finge hacerlo), mientras que vajos niveles crean seres pacíficos, solidarios, empáticos y con gran capacidad de amar.

    Ah, en 48 horas dice Amazón que saldrá una opinión sobre Historias del Desierto de un tal JCuquejo. :D

    Un saludo.

    Juan.

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    1. ¡Gracias por el comentario! Se agradece la aclaración, también... pero ahora yo debo aclarar que éste es un blog de humor, y que a veces exagero las cosas ;-) ¡Y gracias por la opinión en Amazon! ¡Besotes!

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  3. Buenisisisisiismo! Me haces reir muchooooooo! Graciasssss Qué ingenio! te felicito!!!!!!

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    1. ¡Gracias! Me alegra saber que hago reír a la gente :-) ¡Besos!

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Fragmento de LOBO DE LUNA

El joven nanok siguió el sonido del agua, pero entonces olió algo más que lo distrajo. ¿Qué era eso? No lo reconoció en absoluto.

A pesar de su curiosidad, Urkin fue precavido: avanzó hacia la fuente del olor moviéndose de árbol en árbol, aprovechando que su pelaje era marrón como la corteza. De su cinturón extrajo un cuchillo de piedra, por las dudas; en Kum, cualquier novedad podía ser agradable... o mortal.

Poco a poco se aproximó a un árbol más grueso que los demás, donde oyó el tenue flujo de una respiración. El olor pertenecía a un ser viviente.

Urkin rodeó el árbol, y en un hueco vio una mancha plateada y pequeña. Y asustada. El nanok lo supo por la forma en que la criatura estaba doblada sobre sí misma, como si tratara de contraerse hasta desaparecer.

Sin soltar el cuchillo, Urkin se acercó un poco más, y entonces la criatura levantó la cabeza. Urkin contuvo la respiración.

Era un cachorro de lobo. Pero no un lobo cualquiera sino un ekté, un lobo de luna. Urkin jamás había visto uno, pero sí algunos miembros de su clan, en noches de Aima llena. Así sabía que los ektén eran plateados y que tenían a Aima en los ojos.

¿Qué hacía el lobezno en el hueco del árbol? Los cachorros nunca andaban solos, ni siquiera los de esa especie.

—¿Te has perdido? —preguntó Urkin, y el animal se encogió sobre sí mismo, gimiendo. Era muy hermoso. Urkin guardó el cuchillo y extendió una mano en un gesto de amistad.

El lobezno se apretó contra el fondo del hueco. No parecía dispuesto a salir por las buenas, y Urkin no iba a forzarlo. El nanok se alejó del árbol y tomó asiento sobre una roca, decidido a esperar el tiempo que fuera necesario.

Había huellas más grandes que las del cachorro en el suelo, y también eran lobunas. ¿Su madre o padre? ¿Qué había pasado ahí exactamente? Si los ektén eran como los lobos de Kum, no abandonarían a un miembro de su jauría, mucho menos al otro lado de la luz azul.

—Me quedaré aquí hasta que alguien venga a buscarte —dijo Urkin al lobezno—. Y si nadie viene... tendré que llevarte conmigo. No puedo dejarte solo, morirías. ¿Entiendes algo de lo que estoy diciendo? Supongo que no. Espero que comprendas mi tono de voz, al menos.

El lobezno se limitó a mirarlo sin parpadear. Al cabo de un rato pareció estar un poco más calmado, y sus ojos se desviaron hacia el río. Urkin dedujo que debía de tener sed.

—Enseguida vuelvo.

El nanok fue hasta la orilla, arrancó una hoja grande y usó la misma como cuenco para recoger el agua. Urkin la olió primero, y sí, estaba buena. Regresó junto al árbol sosteniendo la hoja con ambas manos.

—Aquí tienes, lobo de luna —dijo el nanok, depositando la hoja frente al cachorro antes de volver a la roca.

El lobezno no bebió de inmediato, sino que palmo a palmo se deslizó hasta la hoja y una vez ahí tomó el agua con rápidos lengüetazos. Después retrocedió al hueco en el árbol.

—Puf. Ya veo que esto no será fácil. Pero créeme, no pienso hacerte daño.

Urkin empezó a cantar en voz baja, como hacía para sus primos a la hora de la siesta. El lobezno luchó por mantener los ojos abiertos, pero debía de estar cansado y se durmió al cabo de un rato. Urkin guardó silencio. Mientras esperaba le dio hambre, así que comió las bayas en su bolsita pensando que a la vuelta tendría que recoger más. Nadie apareció en todo ese lapso. Si el lobezno tenía familia, se hallaba fuera de su alcance.

El cachorro despertó hacia el atardecer. Quizás había pensado que su madre estaría ahí cuando abriera los ojos, porque miró en derredor y luego bajó la cabeza en un gesto de desilusión. Urkin sintió pena por él.

—Escucha, ya debo irme. ¿Quieres venir conmigo? Vamos, sígueme. —El cachorro no se movió—. Está bien, no me sigas. Pero yo volveré mañana, y si aún estás aquí, te traeré algo de comer. Adiós.

Al tiempo que decía todo esto, Urkin bajó de la roca y se alejó muy despacio del árbol. No quería dejar ahí al cachorro, pero el animalito tenía que decidir por sí mismo si aceptaba o no la invitación.

Urkin siguió caminando, le dio la espalda al árbol... y entonces escuchó pasos detrás de él. El nanok sonrió de alivio. Allí estaba el lobezno, con la cola entre sus patitas pero siguiéndolo por su propia voluntad.

—Bien hecho. Yo me encargaré de ti, pequeño.

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