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11 de mayo de 2013

UN PASEÍTO POR CASAPUEBLO

Una de las pocas cosas que me enorgullecen de Uruguay en este momento es que tengamos al artista Carlos Páez Vilaró, creador de numerosas y maravillosas obras de arte pictóricas e incluso arquitectónicas. Con esto último me refiero a Casapueblo, que se ha convertido en un punto de visita obligado para cualquier turista que pase por Uruguay.

Hacía mucho tiempo que yo quería ver Casapueblo en persona. Por lo tanto, me apunté a una excursión a la primera oportunidad.

Llegamos ahí después de un viaje en autobús no demasiado largo pero sí algo fastidioso, porque mi compañera de asiento era una señora que no paraba de hablarme tonterías como si me conociera de toda la vida (es lo malo de viajar en autobús o en avión; puede tocarte un compañero pasable, pero si te toca uno malo, tienes que aguantarlo durante HORAS sin poner mala cara).

Ésta es una foto de la entrada de Casapueblo:


Sí, hay que pagar para entrar, pero no cuesta mucho :-)

A medida que recorría el lugar (la compañera de asiento del autobús se me había pegado como una lapa, menudo incordio), me dediqué a sacar fotos en un estado de fascinación arquitectónica como no había sentido desde mi visita al Museo del Prado o al Palacio Real de Madrid. Aquí van algunas...






Precioso, ¿eh? Si algún día me vuelvo millonaria (por algún golpe de suerte cósmico, quizás), me haré una casa igualita a ésta.

En fin, había más muestras de arte por los rincones del edificio, como esto:



(Por cierto, menudas tetas la sirena ¿no? Si no fuera una sirena, pensaría que son implantes de silicona.)

En las paredes había unos cuantos cuadros del artista, algunos relacionados a la cultura africana y el candombe (Carlos Páez Vilaró viajó a África), otros similares a éstos:



¡Ahí me di cuenta de que a Carlos Páez Vilaró le gustan los gatos, igual que a mí! ¡¡Otro motivo para sentir aprecio por él!! (Y si me fío de los otros cuadros, quizás también le guste Madonna, aunque en realidad yo paso de Madonna.)

Por supuesto, también había una tienda de recuerdos...


No veo las firmas, pero imagino que los mandalas son obra de la hija del artista, cuyo nombre es Agó Páez Vilaró. Es una mujer tan talentosa como su padre, y a quien también admiro muchísimo.

En fin, después de esta inolvidable visita a Casapueblo nos fuimos a hacer un recorrido por Punta del Este, una zona de la costa uruguaya mundialmente reconocida por sus hermosas playas y los dedos que salen de la arena. A los argentinos les encanta, y a nosotros nos encanta que vengan los argentinos porque gastan un montón de dinero :-)

El hotel más famoso de Punta del Este es el Conrad, que además tiene un casino.


Dentro del hotel encontré una obra más de Carlos Páez Vilaró: un precioso mural que ocupaba toda una pared.



Si algún día estoy aburrida, tal vez me ponga a pintar algo así en mi casa. Queda genial :-D

Por cierto, una vez dentro del Conrad me metí a una tienda de joyas Tiffany para averiguar por qué es tan famosa. Ahí una de las empleadas tuvo la cortesía de mostrarme una hermosa pulsera de diamantes y platino que brillaba como las estrellas y costaba... 23.000 dólares. (Casi me desmayo. Aunque debo admitir que la pulsera era divina.)

Para terminar este artículo turístico, aquí les va una foto de algo que vimos en la costa: unos lobos marinos descansando en un área de pesca.


Al parecer, cuando los lobos marinos están muy viejos, van a descansar cerca de la gente en lugar de quedarse en su isla, y ahí aprovechan los residuos de la pesca. A los pescadores no los hace muy felices que digamos, pero bueno, a los pescadores no les agrada nada que compita con su área de trabajo. (Sorry, pescadores, las demás especies también tienen derecho a vivir.)

Es lindo haber cumplido con uno más de mis objetivos turísticos :-) Y ustedes, ya saben a dónde ir si alguna vez vienen a Uruguay.

G. E.

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Fragmento de LOBO DE LUNA

El joven nanok siguió el sonido del agua, pero entonces olió algo más que lo distrajo. ¿Qué era eso? No lo reconoció en absoluto.

A pesar de su curiosidad, Urkin fue precavido: avanzó hacia la fuente del olor moviéndose de árbol en árbol, aprovechando que su pelaje era marrón como la corteza. De su cinturón extrajo un cuchillo de piedra, por las dudas; en Kum, cualquier novedad podía ser agradable... o mortal.

Poco a poco se aproximó a un árbol más grueso que los demás, donde oyó el tenue flujo de una respiración. El olor pertenecía a un ser viviente.

Urkin rodeó el árbol, y en un hueco vio una mancha plateada y pequeña. Y asustada. El nanok lo supo por la forma en que la criatura estaba doblada sobre sí misma, como si tratara de contraerse hasta desaparecer.

Sin soltar el cuchillo, Urkin se acercó un poco más, y entonces la criatura levantó la cabeza. Urkin contuvo la respiración.

Era un cachorro de lobo. Pero no un lobo cualquiera sino un ekté, un lobo de luna. Urkin jamás había visto uno, pero sí algunos miembros de su clan, en noches de Aima llena. Así sabía que los ektén eran plateados y que tenían a Aima en los ojos.

¿Qué hacía el lobezno en el hueco del árbol? Los cachorros nunca andaban solos, ni siquiera los de esa especie.

—¿Te has perdido? —preguntó Urkin, y el animal se encogió sobre sí mismo, gimiendo. Era muy hermoso. Urkin guardó el cuchillo y extendió una mano en un gesto de amistad.

El lobezno se apretó contra el fondo del hueco. No parecía dispuesto a salir por las buenas, y Urkin no iba a forzarlo. El nanok se alejó del árbol y tomó asiento sobre una roca, decidido a esperar el tiempo que fuera necesario.

Había huellas más grandes que las del cachorro en el suelo, y también eran lobunas. ¿Su madre o padre? ¿Qué había pasado ahí exactamente? Si los ektén eran como los lobos de Kum, no abandonarían a un miembro de su jauría, mucho menos al otro lado de la luz azul.

—Me quedaré aquí hasta que alguien venga a buscarte —dijo Urkin al lobezno—. Y si nadie viene... tendré que llevarte conmigo. No puedo dejarte solo, morirías. ¿Entiendes algo de lo que estoy diciendo? Supongo que no. Espero que comprendas mi tono de voz, al menos.

El lobezno se limitó a mirarlo sin parpadear. Al cabo de un rato pareció estar un poco más calmado, y sus ojos se desviaron hacia el río. Urkin dedujo que debía de tener sed.

—Enseguida vuelvo.

El nanok fue hasta la orilla, arrancó una hoja grande y usó la misma como cuenco para recoger el agua. Urkin la olió primero, y sí, estaba buena. Regresó junto al árbol sosteniendo la hoja con ambas manos.

—Aquí tienes, lobo de luna —dijo el nanok, depositando la hoja frente al cachorro antes de volver a la roca.

El lobezno no bebió de inmediato, sino que palmo a palmo se deslizó hasta la hoja y una vez ahí tomó el agua con rápidos lengüetazos. Después retrocedió al hueco en el árbol.

—Puf. Ya veo que esto no será fácil. Pero créeme, no pienso hacerte daño.

Urkin empezó a cantar en voz baja, como hacía para sus primos a la hora de la siesta. El lobezno luchó por mantener los ojos abiertos, pero debía de estar cansado y se durmió al cabo de un rato. Urkin guardó silencio. Mientras esperaba le dio hambre, así que comió las bayas en su bolsita pensando que a la vuelta tendría que recoger más. Nadie apareció en todo ese lapso. Si el lobezno tenía familia, se hallaba fuera de su alcance.

El cachorro despertó hacia el atardecer. Quizás había pensado que su madre estaría ahí cuando abriera los ojos, porque miró en derredor y luego bajó la cabeza en un gesto de desilusión. Urkin sintió pena por él.

—Escucha, ya debo irme. ¿Quieres venir conmigo? Vamos, sígueme. —El cachorro no se movió—. Está bien, no me sigas. Pero yo volveré mañana, y si aún estás aquí, te traeré algo de comer. Adiós.

Al tiempo que decía todo esto, Urkin bajó de la roca y se alejó muy despacio del árbol. No quería dejar ahí al cachorro, pero el animalito tenía que decidir por sí mismo si aceptaba o no la invitación.

Urkin siguió caminando, le dio la espalda al árbol... y entonces escuchó pasos detrás de él. El nanok sonrió de alivio. Allí estaba el lobezno, con la cola entre sus patitas pero siguiéndolo por su propia voluntad.

—Bien hecho. Yo me encargaré de ti, pequeño.

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