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5 de marzo de 2012

SOY DEMASIADO NERD

Supongo que a estas alturas ya es bastante obvio, la verdad. Sí, soy una nerd. Siempre he sido una nerd. De pequeña ya hacía cosas bastante raras para una niña, como observar durante semanas la descomposición de un perro muerto en un terreno baldío, ver películas de horror como La mosca, alimentar a las arañas en mi jardín o leer libros ¡sin ilustraciones!

A medida que crecía, la cosa siguió... ¿empeorando? Me aficioné a la lectura de artículos científicos, dejando de lado las preocupaciones simples de las adolescentes (= ropa, novios, bailes y maquillaje). Por supuesto, esto no me volvió muy popular entre mis compañeros de clase. Como todos sabemos desde la peli La venganza de los nerds, la gente en general no siente una apreciación muy grande por las minorías estudiosas y de aspecto raro. Claro que el sentimiento era algo así como recíproco, ya que, por mi parte, yo tampoco sentía una apreciación muy grande por esa pandilla de memos intolerantes :-D No llegué a conocer a otros nerds durante los seis años de enseñanza secundaria, de modo que pasé la mayor parte de ese tiempo sola.

Tampoco conocí más nerds en la universidad, pero por una cuestión de supervivencia, al menos desarrollé las habilidades necesarias para convertirme en una nerd de incógnito. O sea, seguía siendo una nerd, pero la gente no se daba cuenta de buenas a primeras. (Tardaron un rato en notar mi tendencia a figurar arriba del todo en las listas de calificaciones de los exámenes.)

En la actualidad, por suerte, existen las redes sociales, lo cual me puso ¡al fin! en contacto con otros nerds. ¡Yipiiii! Ahora soy una nerd bastante más feliz. Sigo sin tener mucha vida social cara a cara, pero al menos puedo conversar con otros nerds en Facebook y Twitter.

A pesar de los inconvenientes, me gusta ser una nerd. Puedo ver La teoría del Big Bang y entender casi todo lo que dice Sheldon; me entretengo viendo documentales sobre cosas raras, y cada vez encuentro más fascinantes a los bichos (p. ej. arañas, serpientes, hormigas asesinas y ratas-topo); me entusiasma comprar diccionarios o aprender sobre las nuevas tecnologías; y por último, me parece divertido ir a ver películas basadas en historietas y usar camisetas con dragones o una cabeza de Terminator en llamas.

Ah, y también tengo a mi dragón, por supuesto. Donald es la mejor parte de ser una nerd :-) También aprecio al dinosaurio, por supuesto; es un bicho con muy buena onda.


Nerds del mundo, ¡no se sientan tristes! ¡Tenemos que estar orgullosos de lo que somos, con todas nuestras rarezas y excentricidades! Y a quien no le guste... ¡le pegaremos con nuestros libros o una buena dosis de ironía!

G. E.

5 comentarios:

  1. El problema no es ser nerd, sino de no ser aceptado tal cual por los demas. Los nerds tambien tienen que aprender a aceptar a los no-nerds. Una entrada graciosa. Un placer haberte conocido por la red y poder disfrutar de tu nerdismo"

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    1. Oh, yo acepto a los no-nerds. Lo malo es que a veces me aburren, porque no saben charlar de ciencias y no tienen dragones :-D Yo también me alegro de haberte conocido, majo.

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  2. Los no-nerds me aburren. Es como hablar con una pared... Perdón, la pared suele ser más interesante :O jajaja

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  3. Los no-nerds me aburren. No puedo hablar de libros con ellos, ni de adaptaciones cinematográficas mal hechas, o de hechos históricos, o de la importancia de la buena ortografía xD

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    1. Es cierto, los no-nerds no son buen material para conversar. Por eso es que los nerds tenemos que estar más unidos. ¡Así nos aburriremos menos al charlar entre nosotros! :-) Besos y gracias por los comentarios.

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Fragmento de LOBO DE LUNA

El joven nanok siguió el sonido del agua, pero entonces olió algo más que lo distrajo. ¿Qué era eso? No lo reconoció en absoluto.

A pesar de su curiosidad, Urkin fue precavido: avanzó hacia la fuente del olor moviéndose de árbol en árbol, aprovechando que su pelaje era marrón como la corteza. De su cinturón extrajo un cuchillo de piedra, por las dudas; en Kum, cualquier novedad podía ser agradable... o mortal.

Poco a poco se aproximó a un árbol más grueso que los demás, donde oyó el tenue flujo de una respiración. El olor pertenecía a un ser viviente.

Urkin rodeó el árbol, y en un hueco vio una mancha plateada y pequeña. Y asustada. El nanok lo supo por la forma en que la criatura estaba doblada sobre sí misma, como si tratara de contraerse hasta desaparecer.

Sin soltar el cuchillo, Urkin se acercó un poco más, y entonces la criatura levantó la cabeza. Urkin contuvo la respiración.

Era un cachorro de lobo. Pero no un lobo cualquiera sino un ekté, un lobo de luna. Urkin jamás había visto uno, pero sí algunos miembros de su clan, en noches de Aima llena. Así sabía que los ektén eran plateados y que tenían a Aima en los ojos.

¿Qué hacía el lobezno en el hueco del árbol? Los cachorros nunca andaban solos, ni siquiera los de esa especie.

—¿Te has perdido? —preguntó Urkin, y el animal se encogió sobre sí mismo, gimiendo. Era muy hermoso. Urkin guardó el cuchillo y extendió una mano en un gesto de amistad.

El lobezno se apretó contra el fondo del hueco. No parecía dispuesto a salir por las buenas, y Urkin no iba a forzarlo. El nanok se alejó del árbol y tomó asiento sobre una roca, decidido a esperar el tiempo que fuera necesario.

Había huellas más grandes que las del cachorro en el suelo, y también eran lobunas. ¿Su madre o padre? ¿Qué había pasado ahí exactamente? Si los ektén eran como los lobos de Kum, no abandonarían a un miembro de su jauría, mucho menos al otro lado de la luz azul.

—Me quedaré aquí hasta que alguien venga a buscarte —dijo Urkin al lobezno—. Y si nadie viene... tendré que llevarte conmigo. No puedo dejarte solo, morirías. ¿Entiendes algo de lo que estoy diciendo? Supongo que no. Espero que comprendas mi tono de voz, al menos.

El lobezno se limitó a mirarlo sin parpadear. Al cabo de un rato pareció estar un poco más calmado, y sus ojos se desviaron hacia el río. Urkin dedujo que debía de tener sed.

—Enseguida vuelvo.

El nanok fue hasta la orilla, arrancó una hoja grande y usó la misma como cuenco para recoger el agua. Urkin la olió primero, y sí, estaba buena. Regresó junto al árbol sosteniendo la hoja con ambas manos.

—Aquí tienes, lobo de luna —dijo el nanok, depositando la hoja frente al cachorro antes de volver a la roca.

El lobezno no bebió de inmediato, sino que palmo a palmo se deslizó hasta la hoja y una vez ahí tomó el agua con rápidos lengüetazos. Después retrocedió al hueco en el árbol.

—Puf. Ya veo que esto no será fácil. Pero créeme, no pienso hacerte daño.

Urkin empezó a cantar en voz baja, como hacía para sus primos a la hora de la siesta. El lobezno luchó por mantener los ojos abiertos, pero debía de estar cansado y se durmió al cabo de un rato. Urkin guardó silencio. Mientras esperaba le dio hambre, así que comió las bayas en su bolsita pensando que a la vuelta tendría que recoger más. Nadie apareció en todo ese lapso. Si el lobezno tenía familia, se hallaba fuera de su alcance.

El cachorro despertó hacia el atardecer. Quizás había pensado que su madre estaría ahí cuando abriera los ojos, porque miró en derredor y luego bajó la cabeza en un gesto de desilusión. Urkin sintió pena por él.

—Escucha, ya debo irme. ¿Quieres venir conmigo? Vamos, sígueme. —El cachorro no se movió—. Está bien, no me sigas. Pero yo volveré mañana, y si aún estás aquí, te traeré algo de comer. Adiós.

Al tiempo que decía todo esto, Urkin bajó de la roca y se alejó muy despacio del árbol. No quería dejar ahí al cachorro, pero el animalito tenía que decidir por sí mismo si aceptaba o no la invitación.

Urkin siguió caminando, le dio la espalda al árbol... y entonces escuchó pasos detrás de él. El nanok sonrió de alivio. Allí estaba el lobezno, con la cola entre sus patitas pero siguiéndolo por su propia voluntad.

—Bien hecho. Yo me encargaré de ti, pequeño.

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