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17 de marzo de 2012

¡SOY VESPERTINA, DEMONIOS!

Me he pasado media vida como una triste incomprendida en cuanto a este asunto. Y no lo digo en tono de queja, ¿eh? Más bien pretendo exponer una inconveniente realidad :-P

La cuestión es que soy vespertina. Hay personas que se levantan por sí solas muy temprano, que se sienten llenas de energía durante las primeras horas del día y que a la noche como que se "apagan" hasta que al fin les da sueño. La verdad, nunca me ha pasado.

Para empezar, nací a las 3 de la tarde. Se nota que no vi ninguna necesidad de llegar al mundo a una hora más temprana (lo cual resultó muy sensato, porque de todas formas los bebés no tienen nada interesante que hacer hasta que empiezan a caminar). Durante mi niñez fui al colegio de mañana, pero había que sacarme a tirones de entre las sábanas porque me costaba mucho despertar. Sin embargo, a la noche era bastante difícil llevarme a la cama, y no tenía ningún problema en quedarme despierta hasta tarde viendo la tele.

La cosa siguió así durante mi adolescencia. Por suerte, los últimos años elegí horarios intermedios o vespertinos en la enseñanza secundaria, de modo que ya no me costaba tanto sobrellevar mi desfasado ciclo circadiano. El único problema era que las clases de gimnasia sí eran de mañana... lo cual que resolví faltando lo más posible a ellas :-P (Todas las faltas que tenía eran en gimnasia. Total, para lo que hacíamos ahí...)

Durante mis años en la facultad, un par de veces estuve a punto de dormirme en clase, cuando teníamos alguna asignatura en un horario muy temprano. Claro que el ataque de sueño me venía después, así que eran otros profesores los que me veían cabecear, no los que me habían obligado a despertarme a un ridículo horario más apto para los gorriones :-P

Sigo siendo una persona vespertina. Si tengo que levantarme temprano, de acuerdo, me levanto temprano, pero en esos casos me veré más o menos así:

Brrrbñjbleh. Ugh. Luz de día. Uf.
¿De verdad tengo que levantarme?
Ni que tuviera vacas esperando el ordeñe...

Luego la gente dice que soy perezosa, pero lo que no ven (porque se van a dormir temprano), es que a partir de las 5 de la tarde mis niveles de energía están en su punto más alto, tal que puedo hacer un montón de cosas cuando ellos ya tienen ganas de tirarse frente a la tele y desconectar el cerebro hasta la hora de irse a la cama. Yo sigo de largo, y si no tengo que levantarme temprano al día siguiente, puedo trabajar en lo que sea, feliz y contenta, hasta las 2-3 de la madrugada.

¡Yipiiii! ¡Me siento llena de energía creativaaaa!
¡Quiero hacer cosas hasta tardeeee!
Gotta sing! Gotta dance!

De verdad, ¿no hay un mundo donde los vespertinos tengamos la preferencia? ¡Me mudaría ahí de inmediato! ¡A convivir con las lechuzas y los murciélagos! ¡En un sitio donde las alarmas de los relojes no puedan programarse antes del mediodía!

Eso de que "al que madruga Dios lo ayuda"... no es para mí. Sorry. (Eh... ¿algún experto en teología que pueda asesorarme en este asunto? ¿Existen dioses nocturnos que ayuden a los vespertinos? Gracias por adelantado.)

Me voy a dormir una siestita hasta que sea una hora decente para ponerme a trabajar.

G. E.

2 comentarios:

  1. Genial tu descripción! Es cierto que el "biorritmo" varía en las personas, tal cual me sucede, en la tarde comienza la energía! Maravilloso leer lo que escribes, relajante, divertido e interesante. Te sigo en twitter y no me los pierdo. Desde Venezuela!

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    1. Mil gracias por el comentario, y me alegra que estés de acuerdo. Definitivamente cada persona tiene su biorritmo. Ojalá los madrugadores lo tomaran más en cuenta :-D Gracias por seguirme, también. ¡Saludos!

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Fragmento de LOBO DE LUNA

El joven nanok siguió el sonido del agua, pero entonces olió algo más que lo distrajo. ¿Qué era eso? No lo reconoció en absoluto.

A pesar de su curiosidad, Urkin fue precavido: avanzó hacia la fuente del olor moviéndose de árbol en árbol, aprovechando que su pelaje era marrón como la corteza. De su cinturón extrajo un cuchillo de piedra, por las dudas; en Kum, cualquier novedad podía ser agradable... o mortal.

Poco a poco se aproximó a un árbol más grueso que los demás, donde oyó el tenue flujo de una respiración. El olor pertenecía a un ser viviente.

Urkin rodeó el árbol, y en un hueco vio una mancha plateada y pequeña. Y asustada. El nanok lo supo por la forma en que la criatura estaba doblada sobre sí misma, como si tratara de contraerse hasta desaparecer.

Sin soltar el cuchillo, Urkin se acercó un poco más, y entonces la criatura levantó la cabeza. Urkin contuvo la respiración.

Era un cachorro de lobo. Pero no un lobo cualquiera sino un ekté, un lobo de luna. Urkin jamás había visto uno, pero sí algunos miembros de su clan, en noches de Aima llena. Así sabía que los ektén eran plateados y que tenían a Aima en los ojos.

¿Qué hacía el lobezno en el hueco del árbol? Los cachorros nunca andaban solos, ni siquiera los de esa especie.

—¿Te has perdido? —preguntó Urkin, y el animal se encogió sobre sí mismo, gimiendo. Era muy hermoso. Urkin guardó el cuchillo y extendió una mano en un gesto de amistad.

El lobezno se apretó contra el fondo del hueco. No parecía dispuesto a salir por las buenas, y Urkin no iba a forzarlo. El nanok se alejó del árbol y tomó asiento sobre una roca, decidido a esperar el tiempo que fuera necesario.

Había huellas más grandes que las del cachorro en el suelo, y también eran lobunas. ¿Su madre o padre? ¿Qué había pasado ahí exactamente? Si los ektén eran como los lobos de Kum, no abandonarían a un miembro de su jauría, mucho menos al otro lado de la luz azul.

—Me quedaré aquí hasta que alguien venga a buscarte —dijo Urkin al lobezno—. Y si nadie viene... tendré que llevarte conmigo. No puedo dejarte solo, morirías. ¿Entiendes algo de lo que estoy diciendo? Supongo que no. Espero que comprendas mi tono de voz, al menos.

El lobezno se limitó a mirarlo sin parpadear. Al cabo de un rato pareció estar un poco más calmado, y sus ojos se desviaron hacia el río. Urkin dedujo que debía de tener sed.

—Enseguida vuelvo.

El nanok fue hasta la orilla, arrancó una hoja grande y usó la misma como cuenco para recoger el agua. Urkin la olió primero, y sí, estaba buena. Regresó junto al árbol sosteniendo la hoja con ambas manos.

—Aquí tienes, lobo de luna —dijo el nanok, depositando la hoja frente al cachorro antes de volver a la roca.

El lobezno no bebió de inmediato, sino que palmo a palmo se deslizó hasta la hoja y una vez ahí tomó el agua con rápidos lengüetazos. Después retrocedió al hueco en el árbol.

—Puf. Ya veo que esto no será fácil. Pero créeme, no pienso hacerte daño.

Urkin empezó a cantar en voz baja, como hacía para sus primos a la hora de la siesta. El lobezno luchó por mantener los ojos abiertos, pero debía de estar cansado y se durmió al cabo de un rato. Urkin guardó silencio. Mientras esperaba le dio hambre, así que comió las bayas en su bolsita pensando que a la vuelta tendría que recoger más. Nadie apareció en todo ese lapso. Si el lobezno tenía familia, se hallaba fuera de su alcance.

El cachorro despertó hacia el atardecer. Quizás había pensado que su madre estaría ahí cuando abriera los ojos, porque miró en derredor y luego bajó la cabeza en un gesto de desilusión. Urkin sintió pena por él.

—Escucha, ya debo irme. ¿Quieres venir conmigo? Vamos, sígueme. —El cachorro no se movió—. Está bien, no me sigas. Pero yo volveré mañana, y si aún estás aquí, te traeré algo de comer. Adiós.

Al tiempo que decía todo esto, Urkin bajó de la roca y se alejó muy despacio del árbol. No quería dejar ahí al cachorro, pero el animalito tenía que decidir por sí mismo si aceptaba o no la invitación.

Urkin siguió caminando, le dio la espalda al árbol... y entonces escuchó pasos detrás de él. El nanok sonrió de alivio. Allí estaba el lobezno, con la cola entre sus patitas pero siguiéndolo por su propia voluntad.

—Bien hecho. Yo me encargaré de ti, pequeño.

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