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11 de marzo de 2012

LA CIUDAD DE LOS GIGANTES

Este sueño ya lo había puesto en otros lugares, pero me pareció que valía la pena repetirlo aquí porque es el sueño más extraño, épico y emocionante que he tenido en los últimos años. Y de paso, también puedo añadirle el dibujito correspondiente :-D

Al principio estaba de vuelta en secundaria, y en una clase de matemáticas, nada menos. ¡AAAAAAAAAAAAAARRRRGGGGHHHH! Odio soñar eso, pero por desgracia es uno de mis molestos sueños recurrentes, junto con lo de esperar un autobús que nunca llega o lo de matar con mis manos a algún animal que de pronto se ha vuelto un engendro del demonio (no me pregunten qué significa esto último; es probable que refleje alguna faceta macabra y retorcida de mí misma, y por lo tanto prefiero permanecer en una feliz ignorancia). Por suerte, esa parte acabó enseguida. Menos mal.

En la segunda parte de mi sueño estaba viajando con mi gato. Al principio íbamos en un avión, pero luego éste se convirtió en un autobús (es muy común en mis sueños que las cosas cambien de forma). Mi gato estaba asustado y yo no tenía ningún tranquilizante para darle, así que saltó de mi regazo y escapó del autobús. Tuve que bajar y perseguirlo por toda la ciudad. No sé por qué, pero en mis sueños nunca se me ocurre meter al bicho en una jaula. Quizás deba dejarme una nota bajo la almohada para recordarlo.

En fin, en algún momento me olvidé de mi gato (en el sueño, claro, pues no lo olvidaría en la vida real), y caminando llegué a un espacio abierto donde había unas construcciones bastante grandes. Hacia mi derecha, aislado de todo lo demás, había un árbol muy grande y hermoso. Me gustó que no hubiera nada a su alrededor, porque así podía apreciarse en todo su esplendor (tengo una especie de fetichismo artístico por los árboles).

Me dirigí a una de las construcciones, que era de color naranja cremoso. No tenía muchos detalles en su arquitectura, pero a pesar de que las paredes eran lisas, el diseño incluía líneas curvas y diagonales, así que resultaba muy agradable a la vista.

El edificio era un museo. Las habitaciones eran pequeñas y algo oscuras, y estaban llenas de objetos como si una o varias familias hubieran vivido ahí. Pero no me enteré de nada, porque no había ningún guía cerca para responder estas interrogantes. (A menudo visito casas antiguas en sueños, y la mitad de las veces están ocupadas por los fantasmas de sus dueños. Esto puede resultarme escalofriante o entretenido, dependiendo de la situación.)

Seguí a varios turistas, primero por un pasillo con balcones y luego por un puente hecho de troncos. A mi derecha había tres torres de troncos y piedras. Eran enormes y causaban impresión (no recuerdo si lo he mencionado antes, pero soy una arquitecta onírica espectacular; lástima que no pueda trasladar eso a la vida real). Una de ellas era negra, las otras dos eran grises.

Llegamos a una ciudad con edificios de estilo griego (ya saben, puro mármol y columnas). Pero los edificios también eran enormes, y los escalones no estaban hechos para pies humanos pues medían más de un metro de alto, y más que subirlos había que escalarlos. Supe entonces que en esa ciudad habían vivido gigantes o titanes, y de algún modo también supe que era una ciudad prohibida y que nos iban a castigar por haberla invadido.

Oh, oh.

No recuerdo cómo empezó el ataque. En algún momento apareció una manada de tiranosaurios, todos ellos de diferentes colores oscuros (rojo, azul, amarillo... eran bonitos, aunque aterradores). También nos atacaron unas sanguijuelas gigantes (¡qué asco!) y unos guardias con arcos y flechas. De repente yo también tenía un arco y flechas, pero ninguna de mis flechas dio en el blanco, y luego mi arco se rompió. (Cuando tuve este sueño estaba muy enganchada a una serie británica sobre Robin Hood, de ahí el arco y las flechas. Por cierto, mi puntería onírica ha mejorado mucho desde entonces por todas las veces que he practicado en sueños; si alguna vez se me apareciera Freddy Krueger, ya podría darle entre los ojos como si fuera Katniss. ¡Yay!) Usé algunas flechas rotas para pinchar a una sanguijuela, como si fueran palillos de dientes clavados en un gusano (de nuevo, ¡qué asco!).


Decidí esconderme en el único edificio que tenía las puertas abiertas. Por desgracia, el edificio tenía las puertas abiertas porque era una especie de trampa: en su interior había un pozo que daba al mismísimo infierno, y unos demonios con tétricos maquillajes de payaso estaban empujando a la gente al interior de dicho pozo. Escapé de ahí lo más rápido que pude. Unos portones de metal se cerraron frente a mí pero logré escurrirme entre los barrotes, agradeciendo no estar gorda :-)

En algún momento la batalla terminó. Una luna falsa se movió en el cielo y luego la ciudad giró sobre sí misma y pudimos seguir adelante. Los edificios seguían siendo griegos, pero ahora tenían anuncios y luces de neón, y había tiendas donde uno podía comprar recuerdos. Eso sí: todos los objetos a la venta eran carísimos, así que no compré nada. (Estúpido consumismo actual, que se cuela hasta en mis sueños.)

De pronto una de las calles empedradas se cubrió de hielo y yo tenía patines, así que aproveché para patinar (otro sueño recurrente, lo de patinar sobre hielo o con ruedas). Había una muchacha junto a mí que supuestamente era mi amiga, pero ella no sabía frenar con los patines y chocó varias veces contra una pared al final de la calle. Menos mal que tenía la cabeza dura :-D

Luego el hielo desapareció y ya no pude seguir patinando. Para ese entonces el sueño ya estaba terminando, y de repente todo era una historia que alguien me estaba contando. Mi interlocutor y yo éramos dos duendes dentro de una farola (¿?) y la historia tenía una moraleja, pero nunca supe cuál era. Entonces desperté.

No sé si este sueño significará algo... ¡pero les juro que me dejó agotada!

G. E.

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Fragmento de LOBO DE LUNA

El joven nanok siguió el sonido del agua, pero entonces olió algo más que lo distrajo. ¿Qué era eso? No lo reconoció en absoluto.

A pesar de su curiosidad, Urkin fue precavido: avanzó hacia la fuente del olor moviéndose de árbol en árbol, aprovechando que su pelaje era marrón como la corteza. De su cinturón extrajo un cuchillo de piedra, por las dudas; en Kum, cualquier novedad podía ser agradable... o mortal.

Poco a poco se aproximó a un árbol más grueso que los demás, donde oyó el tenue flujo de una respiración. El olor pertenecía a un ser viviente.

Urkin rodeó el árbol, y en un hueco vio una mancha plateada y pequeña. Y asustada. El nanok lo supo por la forma en que la criatura estaba doblada sobre sí misma, como si tratara de contraerse hasta desaparecer.

Sin soltar el cuchillo, Urkin se acercó un poco más, y entonces la criatura levantó la cabeza. Urkin contuvo la respiración.

Era un cachorro de lobo. Pero no un lobo cualquiera sino un ekté, un lobo de luna. Urkin jamás había visto uno, pero sí algunos miembros de su clan, en noches de Aima llena. Así sabía que los ektén eran plateados y que tenían a Aima en los ojos.

¿Qué hacía el lobezno en el hueco del árbol? Los cachorros nunca andaban solos, ni siquiera los de esa especie.

—¿Te has perdido? —preguntó Urkin, y el animal se encogió sobre sí mismo, gimiendo. Era muy hermoso. Urkin guardó el cuchillo y extendió una mano en un gesto de amistad.

El lobezno se apretó contra el fondo del hueco. No parecía dispuesto a salir por las buenas, y Urkin no iba a forzarlo. El nanok se alejó del árbol y tomó asiento sobre una roca, decidido a esperar el tiempo que fuera necesario.

Había huellas más grandes que las del cachorro en el suelo, y también eran lobunas. ¿Su madre o padre? ¿Qué había pasado ahí exactamente? Si los ektén eran como los lobos de Kum, no abandonarían a un miembro de su jauría, mucho menos al otro lado de la luz azul.

—Me quedaré aquí hasta que alguien venga a buscarte —dijo Urkin al lobezno—. Y si nadie viene... tendré que llevarte conmigo. No puedo dejarte solo, morirías. ¿Entiendes algo de lo que estoy diciendo? Supongo que no. Espero que comprendas mi tono de voz, al menos.

El lobezno se limitó a mirarlo sin parpadear. Al cabo de un rato pareció estar un poco más calmado, y sus ojos se desviaron hacia el río. Urkin dedujo que debía de tener sed.

—Enseguida vuelvo.

El nanok fue hasta la orilla, arrancó una hoja grande y usó la misma como cuenco para recoger el agua. Urkin la olió primero, y sí, estaba buena. Regresó junto al árbol sosteniendo la hoja con ambas manos.

—Aquí tienes, lobo de luna —dijo el nanok, depositando la hoja frente al cachorro antes de volver a la roca.

El lobezno no bebió de inmediato, sino que palmo a palmo se deslizó hasta la hoja y una vez ahí tomó el agua con rápidos lengüetazos. Después retrocedió al hueco en el árbol.

—Puf. Ya veo que esto no será fácil. Pero créeme, no pienso hacerte daño.

Urkin empezó a cantar en voz baja, como hacía para sus primos a la hora de la siesta. El lobezno luchó por mantener los ojos abiertos, pero debía de estar cansado y se durmió al cabo de un rato. Urkin guardó silencio. Mientras esperaba le dio hambre, así que comió las bayas en su bolsita pensando que a la vuelta tendría que recoger más. Nadie apareció en todo ese lapso. Si el lobezno tenía familia, se hallaba fuera de su alcance.

El cachorro despertó hacia el atardecer. Quizás había pensado que su madre estaría ahí cuando abriera los ojos, porque miró en derredor y luego bajó la cabeza en un gesto de desilusión. Urkin sintió pena por él.

—Escucha, ya debo irme. ¿Quieres venir conmigo? Vamos, sígueme. —El cachorro no se movió—. Está bien, no me sigas. Pero yo volveré mañana, y si aún estás aquí, te traeré algo de comer. Adiós.

Al tiempo que decía todo esto, Urkin bajó de la roca y se alejó muy despacio del árbol. No quería dejar ahí al cachorro, pero el animalito tenía que decidir por sí mismo si aceptaba o no la invitación.

Urkin siguió caminando, le dio la espalda al árbol... y entonces escuchó pasos detrás de él. El nanok sonrió de alivio. Allí estaba el lobezno, con la cola entre sus patitas pero siguiéndolo por su propia voluntad.

—Bien hecho. Yo me encargaré de ti, pequeño.

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