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28 de febrero de 2012

8 CM (2)

¡Continúa la historia del motociclista fantasma (MF) investigando el vídeo porno con el unicornio! Si se perdieron la primera parte, está aquí. ¿Ya la leyeron? ¡Bien! Pues ahora pueden pasar a la segunda y última parte de...

8 CM

Una vez dentro de la cueva, lo que el MF descubrió fue ¡un estudio de filmación de películas porno! Y allí estaba el unicornio del vídeo, en medio de otra escena muy, muy pervertida.

—¡Yo te salvaré, unicornio! —dijo el MF, agitando su cadena en llamas.

—¡Corten! ¡CORTEN! —exclamó alguien más dentro del estudio. Era el director de la película, un fauno con cara de malas pulgas.


—¿¿A QUÉ SE DEBE ESTA INTERRUPCIÓN?? —bramó el fauno, sacudiendo su megáfono como si tuviera ganas de pegarle a alguien con él.

—¡He venido a rescatar al unicornio del abuso sexual al que lo han estado sometiendo! —respondió el MF.

—¿Abuso sexual? ¿Qué abuso sexual? ¡El unicornio es un actor contratado! Ven aquí, unicornio, y dile a este idiota que trabajas en la industria desde hace años.

El unicornio se acercó agitando su... eh... melena, y le dijo al MF:

—Es cierto. Hasta pertenezco al Sindicato de Actores Porno del Bosque Mágico.

¿Han oído hablar de los atributos del burro?
¡Pues los atributos del unicornio son todavía mejores!

El MF quedó un poco desconcertado y se rascó su cráneo en llamas.

—Entonces... entonces... ¡los castigaré a todos por filmar pornografía ilegal!

—¿Ilegal? ¡Aquí no hay nada de ilegal, cabeza de vela! —vociferó el fauno—. Esto es pornografía L-E-G-A-L, tengo todos los permisos. Lo ilegal es cuando piratean mis películas y las ponen en Internet. Grrr.

Aquí el MF se mostró algo avergonzado, y tartamudeando un poco se disculpó por haber interrumpido la filmación. Esto hizo que el fauno recuperara su buen humor y dijera:

—Bueno, por esta vez no pasa nada. Mira, en realidad soy tu admirador. ¿Te importaría prestarnos esa fantástica moto tuya para algunas escenas?

—Mmm, bien, de acuerdo. ¿Puedo sentarme por aquí a mirar, señor director?

—Claro, claro, adelante.

El MF se quedó en el estudio, por lo tanto, a contemplar el resto de la filmación. Al final de la misma el fauno le obsequió, a cambio del préstamo de la moto, varias memorias USB con vídeos porno para que los disfrutara en su casa. Por último, una ninfa de fuego muy coqueta le aceptó una cita al MF, y allá se fueron los dos muy contentos de camino a la ciudad en la moto.


FIN

¿No les gustan los finales felices? :-)

G. E.

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Fragmento de LOBO DE LUNA

El joven nanok siguió el sonido del agua, pero entonces olió algo más que lo distrajo. ¿Qué era eso? No lo reconoció en absoluto.

A pesar de su curiosidad, Urkin fue precavido: avanzó hacia la fuente del olor moviéndose de árbol en árbol, aprovechando que su pelaje era marrón como la corteza. De su cinturón extrajo un cuchillo de piedra, por las dudas; en Kum, cualquier novedad podía ser agradable... o mortal.

Poco a poco se aproximó a un árbol más grueso que los demás, donde oyó el tenue flujo de una respiración. El olor pertenecía a un ser viviente.

Urkin rodeó el árbol, y en un hueco vio una mancha plateada y pequeña. Y asustada. El nanok lo supo por la forma en que la criatura estaba doblada sobre sí misma, como si tratara de contraerse hasta desaparecer.

Sin soltar el cuchillo, Urkin se acercó un poco más, y entonces la criatura levantó la cabeza. Urkin contuvo la respiración.

Era un cachorro de lobo. Pero no un lobo cualquiera sino un ekté, un lobo de luna. Urkin jamás había visto uno, pero sí algunos miembros de su clan, en noches de Aima llena. Así sabía que los ektén eran plateados y que tenían a Aima en los ojos.

¿Qué hacía el lobezno en el hueco del árbol? Los cachorros nunca andaban solos, ni siquiera los de esa especie.

—¿Te has perdido? —preguntó Urkin, y el animal se encogió sobre sí mismo, gimiendo. Era muy hermoso. Urkin guardó el cuchillo y extendió una mano en un gesto de amistad.

El lobezno se apretó contra el fondo del hueco. No parecía dispuesto a salir por las buenas, y Urkin no iba a forzarlo. El nanok se alejó del árbol y tomó asiento sobre una roca, decidido a esperar el tiempo que fuera necesario.

Había huellas más grandes que las del cachorro en el suelo, y también eran lobunas. ¿Su madre o padre? ¿Qué había pasado ahí exactamente? Si los ektén eran como los lobos de Kum, no abandonarían a un miembro de su jauría, mucho menos al otro lado de la luz azul.

—Me quedaré aquí hasta que alguien venga a buscarte —dijo Urkin al lobezno—. Y si nadie viene... tendré que llevarte conmigo. No puedo dejarte solo, morirías. ¿Entiendes algo de lo que estoy diciendo? Supongo que no. Espero que comprendas mi tono de voz, al menos.

El lobezno se limitó a mirarlo sin parpadear. Al cabo de un rato pareció estar un poco más calmado, y sus ojos se desviaron hacia el río. Urkin dedujo que debía de tener sed.

—Enseguida vuelvo.

El nanok fue hasta la orilla, arrancó una hoja grande y usó la misma como cuenco para recoger el agua. Urkin la olió primero, y sí, estaba buena. Regresó junto al árbol sosteniendo la hoja con ambas manos.

—Aquí tienes, lobo de luna —dijo el nanok, depositando la hoja frente al cachorro antes de volver a la roca.

El lobezno no bebió de inmediato, sino que palmo a palmo se deslizó hasta la hoja y una vez ahí tomó el agua con rápidos lengüetazos. Después retrocedió al hueco en el árbol.

—Puf. Ya veo que esto no será fácil. Pero créeme, no pienso hacerte daño.

Urkin empezó a cantar en voz baja, como hacía para sus primos a la hora de la siesta. El lobezno luchó por mantener los ojos abiertos, pero debía de estar cansado y se durmió al cabo de un rato. Urkin guardó silencio. Mientras esperaba le dio hambre, así que comió las bayas en su bolsita pensando que a la vuelta tendría que recoger más. Nadie apareció en todo ese lapso. Si el lobezno tenía familia, se hallaba fuera de su alcance.

El cachorro despertó hacia el atardecer. Quizás había pensado que su madre estaría ahí cuando abriera los ojos, porque miró en derredor y luego bajó la cabeza en un gesto de desilusión. Urkin sintió pena por él.

—Escucha, ya debo irme. ¿Quieres venir conmigo? Vamos, sígueme. —El cachorro no se movió—. Está bien, no me sigas. Pero yo volveré mañana, y si aún estás aquí, te traeré algo de comer. Adiós.

Al tiempo que decía todo esto, Urkin bajó de la roca y se alejó muy despacio del árbol. No quería dejar ahí al cachorro, pero el animalito tenía que decidir por sí mismo si aceptaba o no la invitación.

Urkin siguió caminando, le dio la espalda al árbol... y entonces escuchó pasos detrás de él. El nanok sonrió de alivio. Allí estaba el lobezno, con la cola entre sus patitas pero siguiéndolo por su propia voluntad.

—Bien hecho. Yo me encargaré de ti, pequeño.

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