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11 de enero de 2012

EL ESTRÉS DE ESCRIBIR FICCIÓN

No me malinterpreten: ADORO escribir. Crear historias, personajes y mundos imaginarios es una de las actividades más estimulantes para el cerebro, por no decir que a menudo resulta divertidísimo (ya sea que uno esté creando una situación graciosa... o destripando a alguien en un relato para el Halloween; y no me miren con esas caras, que los escritores de horror no estamos demasiado chiflados).

Sin embargo... bueno, hay facetas de esta profesión que pueden resultar un poco agobiantes a veces. Y no se trata de las cosas que hacen enojar a un escritor, que son unas cuantas, sino cuestiones intrínsecas del oficio que en mi caso son inevitables, molestas y agradables a la vez (los escritores también podemos ser un tanto masoquistas; no pregunten).

El primer problema es... que uno se esfuerza por entrenar al cerebro para que cree y piense por su cuenta, lo cual es necesario para la labor (las mejores ideas suelen aparecer en los momentos más inesperados, cuando uno está haciendo cualquier otra cosa y le deja espacio al subconsciente para trabajar). Y luego... pues eso, que el cerebro piensa por su cuenta. A cualquier hora. Cuando le da la gana. Incluso cuando resulta inconveniente que piense por su cuenta; por ejemplo, en el horario laboral (me refiero al "trabajo diurno" obligado que tenemos los escritores no famosos, o sea, la mayoría). Y si uno ya está escribiendo una novela o un relato en particular... no se agradecen demasiado las distracciones. Por si fuera poco, todas esas ideas para historias se quedan en la cabeza hasta que uno por fin las escribe, dándose codazos unas a otras en busca de atención.

¡Ideas acumuladas, déjenme un poco en paz!
¡¡Que el día sólo tiene 24 horaaaaaas!!

En lo personal, no estoy exagerando al decir esto: tengo proyectos acumulados para los próximos DIEZ años. Imagínense cómo se siente mi cerebro a veces... (como un vaso de gaseosa, todo lleno de burbujas que hacen ruidito cuando suben a la superficie: ¡fzzzzzzzz!; lo digo por si no tienen ganas de imaginarlo).

Después está el hecho mismo de escribir. De encontrar el tiempo entre las obligaciones diarias. De sentarse a organizar el plan de la historia (para los que hacemos planes, claro). De investigar lo que haya que investigar (¡menos mal que ahora existe Google!). De elaborar la psicología de los personajes, los conflictos, los diálogos y demás. ¡De NO cometer errores garrafales! Y luego... ¡vienen las revisiones y correcciones! Bueno, de las revisiones me salvo porque hago planes detallados, pero aun así ¡¡NO ME ESCAPO DE ESOS MALDITOS ERRORES TIPOGRÁFICOS QUE SIGUEN APARECIENDO AUNQUE REVISE TODO CINCO VECES!! ¡¡¡AAAAAARRRRGGGGHHHH!!!

Por último vienen los nervios a la hora de presentar la obra al público. ¿Les gustará? ¿No les gustará? ¿Seremos el blanco de los elogios... o de unos cuantos tomatazos?

¡¡Es demasiada presión!!

¡¡SOCORROOOOOO!!

Menos mal que los escritores podemos hacer catarsis escribiendo :-P

G. E.

8 comentarios:

  1. La verdad, me he sentido así más de una vez. Cuando tenía el tuquito (celular viejo) lo llenaba de notas rápidas que transcribía en la casa. Ahora tengo más espacio. Suerte con esas ideas traidoras.

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    1. Yo también anoto todo, ¡pero igual siempre tengo ideas y más ideas pululando en mi cabeza! :-D Un abrazo, y gracias por comentar.

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  2. Tal cual. Pero lo peor es la falta de tiempo, tener esa idea maravillosa dando vueltas de neurona en neurona y no poder ponerte a ello. Todo lo demás, es bastante llevadero.

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    1. Claro, Nieves. Por eso puse arriba que puede ser un estrés AGRADABLE a veces. ¡Pero no deja de ser un tipo de estrés! ¡Quiero un reloj para parar el tiempo y ponerme unas 10 horas más al día! :-D Abrazos y gracias para ti también.

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  3. Es cierto lo que dices. Me siento identificado, pero me ya te dije que tú me inspiras porque no te quedas bloqueada al recibir tantas ideas. Sigues escribiendo y te concentras en alguna. Que estas te persigan a cualquier hora del día es una leche porque en ocasiones me ocurre que luego no me acuerdo del todo lo que había imaginado. Tengo que ponerme en un momento a escribirla para que no se me olvide para luego más tarde unirlas y darles un sentido. Creo que la organización me falla. La acumulación de ideas me distraen unas de otras. Llevo unos días poco conectado y es que entre el vicio de la serie "Juego de Tronos" y la presión que me estoy dando con el siguiente capítulo de "Replicante" me está mareando. No quiero quedarme estancado!
    Pd. Si ahora tienes proyectos para ocuparte unos diez años, conforme vaya pasando el tiempo se te irán acumulando más ideas aún.
    -¿Por qué lees?
    - Mírame y dime que ves. A un enano.Tengo que impresionar de alguna manera. Lo hago usando mi cerebro.Para que los demás hagan por mí lo que yo no puedo hacer. Por eso leo, John Nieve.
    (o algo así)

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    1. Tú es que tienes un "síndrome de Leonardo da Vinci", lo cual te impide enfocarte en una sola cosa :-D Pobrecillo. Y sí, seguro que de aquí a diez años acumularé ideas para los próximos 80 años. ¡Yay! :-P ¡Besotes y gracias por comentar!

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Fragmento de LOBO DE LUNA

El joven nanok siguió el sonido del agua, pero entonces olió algo más que lo distrajo. ¿Qué era eso? No lo reconoció en absoluto.

A pesar de su curiosidad, Urkin fue precavido: avanzó hacia la fuente del olor moviéndose de árbol en árbol, aprovechando que su pelaje era marrón como la corteza. De su cinturón extrajo un cuchillo de piedra, por las dudas; en Kum, cualquier novedad podía ser agradable... o mortal.

Poco a poco se aproximó a un árbol más grueso que los demás, donde oyó el tenue flujo de una respiración. El olor pertenecía a un ser viviente.

Urkin rodeó el árbol, y en un hueco vio una mancha plateada y pequeña. Y asustada. El nanok lo supo por la forma en que la criatura estaba doblada sobre sí misma, como si tratara de contraerse hasta desaparecer.

Sin soltar el cuchillo, Urkin se acercó un poco más, y entonces la criatura levantó la cabeza. Urkin contuvo la respiración.

Era un cachorro de lobo. Pero no un lobo cualquiera sino un ekté, un lobo de luna. Urkin jamás había visto uno, pero sí algunos miembros de su clan, en noches de Aima llena. Así sabía que los ektén eran plateados y que tenían a Aima en los ojos.

¿Qué hacía el lobezno en el hueco del árbol? Los cachorros nunca andaban solos, ni siquiera los de esa especie.

—¿Te has perdido? —preguntó Urkin, y el animal se encogió sobre sí mismo, gimiendo. Era muy hermoso. Urkin guardó el cuchillo y extendió una mano en un gesto de amistad.

El lobezno se apretó contra el fondo del hueco. No parecía dispuesto a salir por las buenas, y Urkin no iba a forzarlo. El nanok se alejó del árbol y tomó asiento sobre una roca, decidido a esperar el tiempo que fuera necesario.

Había huellas más grandes que las del cachorro en el suelo, y también eran lobunas. ¿Su madre o padre? ¿Qué había pasado ahí exactamente? Si los ektén eran como los lobos de Kum, no abandonarían a un miembro de su jauría, mucho menos al otro lado de la luz azul.

—Me quedaré aquí hasta que alguien venga a buscarte —dijo Urkin al lobezno—. Y si nadie viene... tendré que llevarte conmigo. No puedo dejarte solo, morirías. ¿Entiendes algo de lo que estoy diciendo? Supongo que no. Espero que comprendas mi tono de voz, al menos.

El lobezno se limitó a mirarlo sin parpadear. Al cabo de un rato pareció estar un poco más calmado, y sus ojos se desviaron hacia el río. Urkin dedujo que debía de tener sed.

—Enseguida vuelvo.

El nanok fue hasta la orilla, arrancó una hoja grande y usó la misma como cuenco para recoger el agua. Urkin la olió primero, y sí, estaba buena. Regresó junto al árbol sosteniendo la hoja con ambas manos.

—Aquí tienes, lobo de luna —dijo el nanok, depositando la hoja frente al cachorro antes de volver a la roca.

El lobezno no bebió de inmediato, sino que palmo a palmo se deslizó hasta la hoja y una vez ahí tomó el agua con rápidos lengüetazos. Después retrocedió al hueco en el árbol.

—Puf. Ya veo que esto no será fácil. Pero créeme, no pienso hacerte daño.

Urkin empezó a cantar en voz baja, como hacía para sus primos a la hora de la siesta. El lobezno luchó por mantener los ojos abiertos, pero debía de estar cansado y se durmió al cabo de un rato. Urkin guardó silencio. Mientras esperaba le dio hambre, así que comió las bayas en su bolsita pensando que a la vuelta tendría que recoger más. Nadie apareció en todo ese lapso. Si el lobezno tenía familia, se hallaba fuera de su alcance.

El cachorro despertó hacia el atardecer. Quizás había pensado que su madre estaría ahí cuando abriera los ojos, porque miró en derredor y luego bajó la cabeza en un gesto de desilusión. Urkin sintió pena por él.

—Escucha, ya debo irme. ¿Quieres venir conmigo? Vamos, sígueme. —El cachorro no se movió—. Está bien, no me sigas. Pero yo volveré mañana, y si aún estás aquí, te traeré algo de comer. Adiós.

Al tiempo que decía todo esto, Urkin bajó de la roca y se alejó muy despacio del árbol. No quería dejar ahí al cachorro, pero el animalito tenía que decidir por sí mismo si aceptaba o no la invitación.

Urkin siguió caminando, le dio la espalda al árbol... y entonces escuchó pasos detrás de él. El nanok sonrió de alivio. Allí estaba el lobezno, con la cola entre sus patitas pero siguiéndolo por su propia voluntad.

—Bien hecho. Yo me encargaré de ti, pequeño.

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