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17 de enero de 2012

¡YO ZOMBI CON UN AK-47!

De verdad, que a veces mis sueños no podrían ser más raros. ¡Y les juro que todos los sueños que he contado aquí son totalmente ciertos! (por si alguien lo dudaba).

Hace un tiempo soñé que iba de excursión en autobús con un grupo de gente desconocida. ¡Entonces unos terroristas nos tomaron de rehenes! Los muy malditos nos hicieron bajar a todos del autobús y nos condujeron a un edificio, mientras nosotros pedíamos que no nos masacraran. Una mujer pidió para ir al baño. Pensé que sería buena idea ir al baño yo también, porque nunca se sabe cuánto lo tendrán a uno de rehén esos fastidiosos terroristas.

En fin, estaba haciendo pipí cuando al parecer los terroristas cambiaron de idea y decidieron matarnos a todos. ¡Incluso a mí, que todavía estaba sentada en el inodoro! (Qué mala leche, dispararle a alguien con los pantalones abajo. Es muy poco digno.) Me di cuenta de que tenía una herida en el cuello que sangraba profusamente. En la forma más disimulada posible, presioné la herida con mis dedos pensando que quizás podría aguantar hasta que los terroristas se fueran, después de lo cual llamaría a una ambulancia. Sin embargo, uno de los terroristas notó que yo estaba viva... y se me acercó para rematarme con un tiro a la cabeza. Luego me siguió disparando, en un inútil gasto de balas (en general, un tiro a la cabeza es suficiente para matar a alguien, a menos que ese alguien sea un vampiro, Wolverine o un Terminator de metal líquido). Morí pensando que no había tenido tiempo de despedirme de mi querida madre :-( (Sí, me morí en sueños. No es la gran cosa. He muerto en sueños varias veces, incluso en una forma tan espectacular como caer dentro de lava volcánica.)

Sin embargo... ¡ahí no terminó la cosa! El terrorista se marchó... ¡y yo me convertí en una zombi con ánimos de venganza! ¡Uuuuaaaaaaaa! Lo primero que hice fue obtener un AK-47 de otro terrorista, y entonces emprendí la lucha por obtener mi venganza contra esos desconsiderados que me habían asesinado mientras estaba meando.

Curiosamente, y quizás por el origen del AK-47, de pronto empecé a hablar con acento ruso, y a los terroristas que iba encontrando por ahí les preguntaba: "¿Fuerron ustedes quienes me matarron?" En realidad ni siquiera me detenía a esperar la respuesta, porque ya se les veía en la cara que eran culpables (se ve que en sueños yo había desarrollado la capacidad de leer los gestos faciales como el protagonista de la serie Miénteme).

Seguí acribillando terroristas con mi AK-47, aunque ellos trataron de defenderse. Claro que, como yo era una zombi, los disparos subsiguientes sólo consiguieron enfadarme más porque los zombis no se curan, y entonces tendría que pasar el resto de mi existencia zombi con el aspecto de un colador.

¡¡¡Grrrrrrr, dejen de hacerme agujerros
que ya estoy muerta, malditos desgrraciados!!!

Por fin encontré al último terrorista, en un edificio. Y detrás de una puerta... ¡también estaba Bin Laden! (Esto fue antes de que los gringos se cargaran a Bin Laden.) Supongo que habría matado a Bin Laden también, pero entonces me desperté. (¡Demonios!)

Para mi próximo sueño de zombi vengativa, quiero un lanzacohetes.

G. E.

6 comentarios:

  1. Jajaaj qué sueños más extraños! Qué bien lo paso leyéndolos! Yo quiero leer eso de que lleves un lanzacohetes. Tiene que ser espectacular y definitivo...jaja. Un beso

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    1. ¡Gracias! Todavía no he podido tener un lanzacohetes en sueños, pero en otro sueño era capaz de decapitar a unos murciélagos monstruosos con el poder de mi mente. Debería escribirlo también :-D

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  2. Muy bueno yo he soñado con zombies pero siempre acabó de víctima, muriendo o con un continuará, un puntazo de tú subsconciente y el acento ruso jeje

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    1. ¡Ja ja! Se ve que a mí no me va lo de ser víctima de los zombis :-D Gracias por el comentario :-)

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Fragmento de LOBO DE LUNA

El joven nanok siguió el sonido del agua, pero entonces olió algo más que lo distrajo. ¿Qué era eso? No lo reconoció en absoluto.

A pesar de su curiosidad, Urkin fue precavido: avanzó hacia la fuente del olor moviéndose de árbol en árbol, aprovechando que su pelaje era marrón como la corteza. De su cinturón extrajo un cuchillo de piedra, por las dudas; en Kum, cualquier novedad podía ser agradable... o mortal.

Poco a poco se aproximó a un árbol más grueso que los demás, donde oyó el tenue flujo de una respiración. El olor pertenecía a un ser viviente.

Urkin rodeó el árbol, y en un hueco vio una mancha plateada y pequeña. Y asustada. El nanok lo supo por la forma en que la criatura estaba doblada sobre sí misma, como si tratara de contraerse hasta desaparecer.

Sin soltar el cuchillo, Urkin se acercó un poco más, y entonces la criatura levantó la cabeza. Urkin contuvo la respiración.

Era un cachorro de lobo. Pero no un lobo cualquiera sino un ekté, un lobo de luna. Urkin jamás había visto uno, pero sí algunos miembros de su clan, en noches de Aima llena. Así sabía que los ektén eran plateados y que tenían a Aima en los ojos.

¿Qué hacía el lobezno en el hueco del árbol? Los cachorros nunca andaban solos, ni siquiera los de esa especie.

—¿Te has perdido? —preguntó Urkin, y el animal se encogió sobre sí mismo, gimiendo. Era muy hermoso. Urkin guardó el cuchillo y extendió una mano en un gesto de amistad.

El lobezno se apretó contra el fondo del hueco. No parecía dispuesto a salir por las buenas, y Urkin no iba a forzarlo. El nanok se alejó del árbol y tomó asiento sobre una roca, decidido a esperar el tiempo que fuera necesario.

Había huellas más grandes que las del cachorro en el suelo, y también eran lobunas. ¿Su madre o padre? ¿Qué había pasado ahí exactamente? Si los ektén eran como los lobos de Kum, no abandonarían a un miembro de su jauría, mucho menos al otro lado de la luz azul.

—Me quedaré aquí hasta que alguien venga a buscarte —dijo Urkin al lobezno—. Y si nadie viene... tendré que llevarte conmigo. No puedo dejarte solo, morirías. ¿Entiendes algo de lo que estoy diciendo? Supongo que no. Espero que comprendas mi tono de voz, al menos.

El lobezno se limitó a mirarlo sin parpadear. Al cabo de un rato pareció estar un poco más calmado, y sus ojos se desviaron hacia el río. Urkin dedujo que debía de tener sed.

—Enseguida vuelvo.

El nanok fue hasta la orilla, arrancó una hoja grande y usó la misma como cuenco para recoger el agua. Urkin la olió primero, y sí, estaba buena. Regresó junto al árbol sosteniendo la hoja con ambas manos.

—Aquí tienes, lobo de luna —dijo el nanok, depositando la hoja frente al cachorro antes de volver a la roca.

El lobezno no bebió de inmediato, sino que palmo a palmo se deslizó hasta la hoja y una vez ahí tomó el agua con rápidos lengüetazos. Después retrocedió al hueco en el árbol.

—Puf. Ya veo que esto no será fácil. Pero créeme, no pienso hacerte daño.

Urkin empezó a cantar en voz baja, como hacía para sus primos a la hora de la siesta. El lobezno luchó por mantener los ojos abiertos, pero debía de estar cansado y se durmió al cabo de un rato. Urkin guardó silencio. Mientras esperaba le dio hambre, así que comió las bayas en su bolsita pensando que a la vuelta tendría que recoger más. Nadie apareció en todo ese lapso. Si el lobezno tenía familia, se hallaba fuera de su alcance.

El cachorro despertó hacia el atardecer. Quizás había pensado que su madre estaría ahí cuando abriera los ojos, porque miró en derredor y luego bajó la cabeza en un gesto de desilusión. Urkin sintió pena por él.

—Escucha, ya debo irme. ¿Quieres venir conmigo? Vamos, sígueme. —El cachorro no se movió—. Está bien, no me sigas. Pero yo volveré mañana, y si aún estás aquí, te traeré algo de comer. Adiós.

Al tiempo que decía todo esto, Urkin bajó de la roca y se alejó muy despacio del árbol. No quería dejar ahí al cachorro, pero el animalito tenía que decidir por sí mismo si aceptaba o no la invitación.

Urkin siguió caminando, le dio la espalda al árbol... y entonces escuchó pasos detrás de él. El nanok sonrió de alivio. Allí estaba el lobezno, con la cola entre sus patitas pero siguiéndolo por su propia voluntad.

—Bien hecho. Yo me encargaré de ti, pequeño.

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