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5 de enero de 2012

EL FIN DEL MUNDO SEGÚN YO

Dicen que este año se acabará el mundo, supuestamente porque lo anunciaron los mayas en su calendario. ¿Mi opinión? ¡Que es una tremenda estupidez! Si tan buenos eran los mayas para predecir cosas, ¿cómo fue que no anticiparon el fin de su propia civilización? Me da que no eran tan expertos después de todo en cuestiones proféticas.

Sin embargo, es casi seguro que el mundo acabará algún día, porque todo lo que empieza tiene que terminar. Bueno, salvo los impuestos y algunas franquicias de películas de las que no paran de hacer secuelas, precuelas y reboots (caray, si tan escasos andan de ideas podría darles alguna, ¿eh?). Por eso, hete aquí la forma (perfectamente lógica) en la que yo creo que todo se irá al carajo.

Bien, como quedó demostrado en la película Idiocracia (que expone la realidad actual de manera tan exacta que hasta da escalofríos), el cociente intelectual de la humanidad irá disminuyendo a medida que la gente inteligente se dedique a pensar y la gente tonta se dedique a reproducirse. Esto va a causar un impacto negativo en el manejo de los recursos terrestres: la gente consumirá más productos desechables y generará todavía más basura de la que tenemos ahora (que ya es mucha), lo cual producirá cambios radicales en el ecosistema.

Dicen los científicos que las especies más resistentes son las cucarachas y las ratas. Con el aumento de la basura, estas criaturas proliferarán a grados extremos y llegarán a combinarse en una única especie: las CUCARRATAS (no me pregunten qué clase de acto sexual aberrante llevará a dicha combinación, ya que éste es un blog más o menos apto para todo público). Por supuesto, llegado este punto habrá que cambiar la letra de la canción La cucaracha, pero eso no será un problema porque ambas palabras tienen la misma cantidad de sílabas.

La cucarrata / la cucarrata / ya no quiere caminar...

De igual manera, y también debido a la basura, las palomas y las gaviotas se combinarán en otra especie única: las PALOVIOTAS. Éstas prosperarán felizmente debido a la suma de dos factores: la adaptación de las palomas al entorno urbano y la capacidad de las gaviotas para desalinizar el agua de mar (tomemos en cuenta que, entre el aumento de la población humana y la contaminación, probablemente nos quedaremos sin reservas de agua dulce antes del año 2050).

Con el tiempo las cucarratas superarán a los humanos en una proporción de 100.000 a 1, y el siguiente paso lógico será que nos conviertan en su alimento. Así acabará la especie humana. (Un final bastante patético pero espectacular, con gritos y salpicaduras de sangre al estilo Kill Bill.)

Pero el mundo durará un poco más luego de nuestra lamentable extinción. (¿Qué, pensaban que todo acabaría con nosotros? Nah, ni que fuéramos tan importantes.) Los extraterrestres, que han venido estudiando el planeta desde hace años (como quedó perfectamente demostrado en la serie Los expedientes X), notarán estos cambios en el ecosistema de la Tierra y visitarán por fin el planeta en forma abierta. Dado que las cucarratas serán más inteligentes que los seres humanos (en el sentido de que no inventarán armas de destrucción masiva ni reality shows), ellas establecerán con los recién llegados una relación de amistad y prosperidad.

Cucarrata: Crrri-brrr-tic-blupblup.
Alienígena: Ñac-ñic-ñoc-ñic-ñic-plop-plop-patapuf.

Por desgracia, intrigados por una versión mexicana particularmente exitosa de La cucarrata (al estilo mariachi), los extraterrestres viajarán a dicho país y descubrirán las bodegas de tequila. Muy pronto se volverán alcohólicos y, debido al olor apetitoso que emanarán en la borrachera, serán comidos accidentalmente por las cucarratas (¡oh tragedia!)

¿Crrr-crrr-puap-toc? ¡ÑAM-ÑAM-ÑAM!

("¿Y qué será de las paloviotas mientras todo esto ocurre?", se preguntarán Pues bien, las paloviotas estarán ocupadas organizando juegos olímpicos con acrobacias aéreas y maratones de migración, ajenas al desastre que muy pronto les caerá encima. Pobres avecillas inocentes.)

A continuación, las cucarratas se apoderarán de las naves alienígenas desperdigadas por todo el planeta. De ahí en más sólo será una cuestión de tiempo para que estas criaturas (que en ningún momento verán la necesidad de aprender a leer, por ser una adaptación evolutiva irrelevante para ellas) opriman por error el botón de autodestrucción de alguna nave, ocasionando así una reacción en cadena que acabará con la Tierra, la Luna, Venus, Marte y algunos asteroides.

Adiós, planeta Tierra. Fue bonito mientras duró.

Y así acabará el mundo. ¡Tadááááááááá!

G. E.

5 comentarios:

  1. A mi mientras no sean arañas...De todas formas prefería la opción Zombie ya que las rubias somos inmunes,jajaja. Un beso

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    1. ¿Las rubias son inmunes a los zombis? ¡Eso no lo sabía! :-D Un abrazo, y gracias por el comentario.

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  2. Muy bueno, Gissel! Me he tronchado con tu versión apocalíptica. Sorprendentemente, he seguido riéndome con el comentario sobre las rubias.

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    1. ¡Gracias, me alegra que te haya gustado! :-) Pero ¿qué dije sobre las rubias?

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    2. Ah, espera, es lo que puse en el comentario arriba. Lo había olvidado :-P

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Fragmento de LOBO DE LUNA

El joven nanok siguió el sonido del agua, pero entonces olió algo más que lo distrajo. ¿Qué era eso? No lo reconoció en absoluto.

A pesar de su curiosidad, Urkin fue precavido: avanzó hacia la fuente del olor moviéndose de árbol en árbol, aprovechando que su pelaje era marrón como la corteza. De su cinturón extrajo un cuchillo de piedra, por las dudas; en Kum, cualquier novedad podía ser agradable... o mortal.

Poco a poco se aproximó a un árbol más grueso que los demás, donde oyó el tenue flujo de una respiración. El olor pertenecía a un ser viviente.

Urkin rodeó el árbol, y en un hueco vio una mancha plateada y pequeña. Y asustada. El nanok lo supo por la forma en que la criatura estaba doblada sobre sí misma, como si tratara de contraerse hasta desaparecer.

Sin soltar el cuchillo, Urkin se acercó un poco más, y entonces la criatura levantó la cabeza. Urkin contuvo la respiración.

Era un cachorro de lobo. Pero no un lobo cualquiera sino un ekté, un lobo de luna. Urkin jamás había visto uno, pero sí algunos miembros de su clan, en noches de Aima llena. Así sabía que los ektén eran plateados y que tenían a Aima en los ojos.

¿Qué hacía el lobezno en el hueco del árbol? Los cachorros nunca andaban solos, ni siquiera los de esa especie.

—¿Te has perdido? —preguntó Urkin, y el animal se encogió sobre sí mismo, gimiendo. Era muy hermoso. Urkin guardó el cuchillo y extendió una mano en un gesto de amistad.

El lobezno se apretó contra el fondo del hueco. No parecía dispuesto a salir por las buenas, y Urkin no iba a forzarlo. El nanok se alejó del árbol y tomó asiento sobre una roca, decidido a esperar el tiempo que fuera necesario.

Había huellas más grandes que las del cachorro en el suelo, y también eran lobunas. ¿Su madre o padre? ¿Qué había pasado ahí exactamente? Si los ektén eran como los lobos de Kum, no abandonarían a un miembro de su jauría, mucho menos al otro lado de la luz azul.

—Me quedaré aquí hasta que alguien venga a buscarte —dijo Urkin al lobezno—. Y si nadie viene... tendré que llevarte conmigo. No puedo dejarte solo, morirías. ¿Entiendes algo de lo que estoy diciendo? Supongo que no. Espero que comprendas mi tono de voz, al menos.

El lobezno se limitó a mirarlo sin parpadear. Al cabo de un rato pareció estar un poco más calmado, y sus ojos se desviaron hacia el río. Urkin dedujo que debía de tener sed.

—Enseguida vuelvo.

El nanok fue hasta la orilla, arrancó una hoja grande y usó la misma como cuenco para recoger el agua. Urkin la olió primero, y sí, estaba buena. Regresó junto al árbol sosteniendo la hoja con ambas manos.

—Aquí tienes, lobo de luna —dijo el nanok, depositando la hoja frente al cachorro antes de volver a la roca.

El lobezno no bebió de inmediato, sino que palmo a palmo se deslizó hasta la hoja y una vez ahí tomó el agua con rápidos lengüetazos. Después retrocedió al hueco en el árbol.

—Puf. Ya veo que esto no será fácil. Pero créeme, no pienso hacerte daño.

Urkin empezó a cantar en voz baja, como hacía para sus primos a la hora de la siesta. El lobezno luchó por mantener los ojos abiertos, pero debía de estar cansado y se durmió al cabo de un rato. Urkin guardó silencio. Mientras esperaba le dio hambre, así que comió las bayas en su bolsita pensando que a la vuelta tendría que recoger más. Nadie apareció en todo ese lapso. Si el lobezno tenía familia, se hallaba fuera de su alcance.

El cachorro despertó hacia el atardecer. Quizás había pensado que su madre estaría ahí cuando abriera los ojos, porque miró en derredor y luego bajó la cabeza en un gesto de desilusión. Urkin sintió pena por él.

—Escucha, ya debo irme. ¿Quieres venir conmigo? Vamos, sígueme. —El cachorro no se movió—. Está bien, no me sigas. Pero yo volveré mañana, y si aún estás aquí, te traeré algo de comer. Adiós.

Al tiempo que decía todo esto, Urkin bajó de la roca y se alejó muy despacio del árbol. No quería dejar ahí al cachorro, pero el animalito tenía que decidir por sí mismo si aceptaba o no la invitación.

Urkin siguió caminando, le dio la espalda al árbol... y entonces escuchó pasos detrás de él. El nanok sonrió de alivio. Allí estaba el lobezno, con la cola entre sus patitas pero siguiéndolo por su propia voluntad.

—Bien hecho. Yo me encargaré de ti, pequeño.

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