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19 de octubre de 2011

PERSONAS DE GATOS O DE PERROS

Hace un tiempo escribí las razones por las que prefiero a los gatos como mascotas. Sin embargo, como también me gustan los perros, luego le permití a uno de ellos escribir una réplica.

Pero la entrada de hoy no va precisamente sobre las mascotas, sino sobre sus dueños.

Más de uno habrá escuchado hablar sobre las diferencias entre los amantes de los gatos y los amantes de los perros. Básicamente, los dueños de gatos apreciamos su independencia y sus aires de misterio, mientras que los dueños de perros admiran su fidelidad y obediencia. O sea: los dueños de gatos somos personas tolerantes y amantes de lo refinado, mientras que los dueños de perros prefieren mascotas simplonas que se sometan a su voluntad :-D

¿Creen que estoy exagerando? Pues miren esta lista de personas famosas que amaban u odiaban a los gatos:

PERSONAS FAMOSAS QUE AMABAN A LOS GATOS

Abraham Lincoln
Albert Schweitzer
Ana Frank
Confucio
Edgar Allan Poe
Ernest Hemingway
Franklin D. Roosevelt
Jorge Luis Borges
Luis Pasteur
Mark Twain

PERSONAS FAMOSAS QUE ODIABAN A LOS GATOS

Adolfo Hitler
Alejandro Magno
Benito Mussolini
Genghis Kahn
Isabel I
Julio César
Napoleón Bonaparte
Walt Disney

¿Se nota el patrón? :-D Curiosamente, parece que la mayoría de los escritores sabemos apreciar a los gatos, salvo notables excepciones como J. R. R. Tolkien y William Shakespeare. O sea, diría que, en general, cualquier escritor que se precie debería tener un gato, como mínimo.

Otras cualidades que distinguen a los amantes de los gatos: respetamos a nuestros mininos (por ejemplo: no les ponemos broches ni vestiditos ridículos como hacen algunas propietarias de perros), apreciamos el silencio, y también valoramos la ausencia de olor a perro y de huellas de patas en las alfombras.

Los dueños de perros, por otra parte, saben valorar la lealtad y la amistad, aprecian la rutina, y tienen la paciencia de lidiar con unos animales que no tienen escrúpulos a la hora de revolcarse sobre pescado muerto.

Puestos en ello, los amantes de gatos y de perros pueden llegar a ser bastante compatibles entre sí... siempre y cuando consigan que sus mascotas no se hagan trizas.


En cuanto a los propietarios de dragones... ¿qué puedo decir? Somos lo máximo (y mi Donald concuerda) :-D

G. E.

6 comentarios:

  1. Pues yo tengo un perro y me encantan los gatos. No estoy de acuerdo con esta entrada y me parece absurdo compararnos con personajes históricos. Claro, que eres libre de poner lo que te plazca aquí. jejeje dueña de dragón.
    ;D

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    1. Es que tú debes ser una de esas raras excepciones :-D Y sí, este blog es MÍO y yo pongo lo que quiero. ¡ÑAJAJAJAJAJAJAJA! ¡Besotes!

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  2. No considero a los perros animales simplones y no entiendo por qué a quien le guste un gato se considera refinado. Lo de que no les poneis vestidos a los gatos, mira perdona pero he visto vestido para gatos tanto como para perros.
    En tu entrada obviamente se nota que te gustan los gatos pero de ahí a parecer que preferir un gato a un perro es algo con refinado y que escritores deberían tener un gato no ed un poco despectivo hacia los perros, y otra cosa al igual que un perro sigue una serie de rutina el gato también lo hace aunque sea mas independiente.
    Un beso.

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    1. Querido Anónimo (y me gustaría saber por qué las personas que vienen a debatirme algo no se atreven a poner un nombre; ni que fuera a pegarles con mi cachiporra): Éste es un blog de humor. El componente de exageración se encuentra más o menos al 50%, mientras que el otro 50% se reparte en un 20% de verdad, un 10% de ganas de llevar la contra y un 20% de "es que me dio la gana escribir esto". Aunque básicamente escribí este artículo basándome en mi experiencia, y según mi experiencia, los perros son simplones (lo cual no es necesariamente malo), los dueños de perros aprecian su lealtad, y gran parte de mis amigos escritores tienen gatos. Nunca he visto a un gato con vestido, pero si algún idiota se atreviera a hacer eso, se merecería unos cuantos arañazos en la cara (ver artículo QUÉ NO HACER CON LOS GATOS). Besos para ti también :-)

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  3. Muy interesantes argumentos esto de las personas de perros o de gatos, pero y los que somos de perros y gatos como yo o sickofhell. Los dos animales tienen su personalidad que a mi me encanta, y pues yo creo que, chancanchanchan... me gustaría saber que clase de personalidad tienen todas y todos aquellos que les gustan los perros y los gatos. ¿Serán acaso unos tibios que no se deciden por uno u otro?

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    1. Más bien diría que las personas que aman a ambos bichos por igual tienen una mentalidad singularmente abierta y por lo tanto resultan fenomenales :-)

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Fragmento de LOBO DE LUNA

El joven nanok siguió el sonido del agua, pero entonces olió algo más que lo distrajo. ¿Qué era eso? No lo reconoció en absoluto.

A pesar de su curiosidad, Urkin fue precavido: avanzó hacia la fuente del olor moviéndose de árbol en árbol, aprovechando que su pelaje era marrón como la corteza. De su cinturón extrajo un cuchillo de piedra, por las dudas; en Kum, cualquier novedad podía ser agradable... o mortal.

Poco a poco se aproximó a un árbol más grueso que los demás, donde oyó el tenue flujo de una respiración. El olor pertenecía a un ser viviente.

Urkin rodeó el árbol, y en un hueco vio una mancha plateada y pequeña. Y asustada. El nanok lo supo por la forma en que la criatura estaba doblada sobre sí misma, como si tratara de contraerse hasta desaparecer.

Sin soltar el cuchillo, Urkin se acercó un poco más, y entonces la criatura levantó la cabeza. Urkin contuvo la respiración.

Era un cachorro de lobo. Pero no un lobo cualquiera sino un ekté, un lobo de luna. Urkin jamás había visto uno, pero sí algunos miembros de su clan, en noches de Aima llena. Así sabía que los ektén eran plateados y que tenían a Aima en los ojos.

¿Qué hacía el lobezno en el hueco del árbol? Los cachorros nunca andaban solos, ni siquiera los de esa especie.

—¿Te has perdido? —preguntó Urkin, y el animal se encogió sobre sí mismo, gimiendo. Era muy hermoso. Urkin guardó el cuchillo y extendió una mano en un gesto de amistad.

El lobezno se apretó contra el fondo del hueco. No parecía dispuesto a salir por las buenas, y Urkin no iba a forzarlo. El nanok se alejó del árbol y tomó asiento sobre una roca, decidido a esperar el tiempo que fuera necesario.

Había huellas más grandes que las del cachorro en el suelo, y también eran lobunas. ¿Su madre o padre? ¿Qué había pasado ahí exactamente? Si los ektén eran como los lobos de Kum, no abandonarían a un miembro de su jauría, mucho menos al otro lado de la luz azul.

—Me quedaré aquí hasta que alguien venga a buscarte —dijo Urkin al lobezno—. Y si nadie viene... tendré que llevarte conmigo. No puedo dejarte solo, morirías. ¿Entiendes algo de lo que estoy diciendo? Supongo que no. Espero que comprendas mi tono de voz, al menos.

El lobezno se limitó a mirarlo sin parpadear. Al cabo de un rato pareció estar un poco más calmado, y sus ojos se desviaron hacia el río. Urkin dedujo que debía de tener sed.

—Enseguida vuelvo.

El nanok fue hasta la orilla, arrancó una hoja grande y usó la misma como cuenco para recoger el agua. Urkin la olió primero, y sí, estaba buena. Regresó junto al árbol sosteniendo la hoja con ambas manos.

—Aquí tienes, lobo de luna —dijo el nanok, depositando la hoja frente al cachorro antes de volver a la roca.

El lobezno no bebió de inmediato, sino que palmo a palmo se deslizó hasta la hoja y una vez ahí tomó el agua con rápidos lengüetazos. Después retrocedió al hueco en el árbol.

—Puf. Ya veo que esto no será fácil. Pero créeme, no pienso hacerte daño.

Urkin empezó a cantar en voz baja, como hacía para sus primos a la hora de la siesta. El lobezno luchó por mantener los ojos abiertos, pero debía de estar cansado y se durmió al cabo de un rato. Urkin guardó silencio. Mientras esperaba le dio hambre, así que comió las bayas en su bolsita pensando que a la vuelta tendría que recoger más. Nadie apareció en todo ese lapso. Si el lobezno tenía familia, se hallaba fuera de su alcance.

El cachorro despertó hacia el atardecer. Quizás había pensado que su madre estaría ahí cuando abriera los ojos, porque miró en derredor y luego bajó la cabeza en un gesto de desilusión. Urkin sintió pena por él.

—Escucha, ya debo irme. ¿Quieres venir conmigo? Vamos, sígueme. —El cachorro no se movió—. Está bien, no me sigas. Pero yo volveré mañana, y si aún estás aquí, te traeré algo de comer. Adiós.

Al tiempo que decía todo esto, Urkin bajó de la roca y se alejó muy despacio del árbol. No quería dejar ahí al cachorro, pero el animalito tenía que decidir por sí mismo si aceptaba o no la invitación.

Urkin siguió caminando, le dio la espalda al árbol... y entonces escuchó pasos detrás de él. El nanok sonrió de alivio. Allí estaba el lobezno, con la cola entre sus patitas pero siguiéndolo por su propia voluntad.

—Bien hecho. Yo me encargaré de ti, pequeño.

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