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28 de enero de 2011

PRIMERA SEMANA DEL GHM

Antes de contar lo que pasó en la primera semana del Gran Hermano con monstruos, voy a enumerar las reglas del juego:

1) Gana el último participante que quede en el castillo. El premio para el ganador será el castillo mismo, porque ¿qué monstruo no querría un castillo medieval con cocodrilos, fantasmas, maldiciones y bestias misteriosas en el sótano? Es un premio de lujo, sin duda.

2) Los participantes comenzarán a marcharse a partir de la cuarta semana, uno por semana. A menos, por supuesto, que alguno de ellos sufra algún percance fatal, ya sea desmembramiento, incineración, aplastamiento o etc. En la columna de la izquierda se encuentra la lista de los participantes para que empiecen a votar por su favorito; si un participante recibe muchos votos, se salvará de la expulsión semanal aunque los demás participantes quieran arrojarlo al foso de los cocodrilos.

3) Los participantes son monstruos, muchos de ellos con tendencias homicidas, pero aun así tienen prohibido matarse entre sí intencionalmente. Se admiten, sin embargo, las muertes accidentales.

Ahora sí viene el resumen de lo que pasó en la primera semana del GHM.

Bien, los participantes no tardaron en adaptarse a la vida en el castillo, y la verdad es que se creó entre ellos un clima bastante familiar. Como en el hemisferio sur llegará el otoño en dos meses, Aracne está tejiendo abrigos y bufandas para todos, y de paso se ha comido unos cuantos mosquitos, cucarachas y ratas. ¡Es una experta en el control biológico de plagas!

Medusa trabó amistad con los cocodrilos del foso y algunas serpientes que suelen rondar el patio. Frankie se ha dedicado a barrer los pisos (recuerden que el pobre no es muy hablador), y el monstruo bajo la cama... bueno, se ha quedado bajo la cama. A veces gruñe y rasca el suelo.

Bernarda, en su papel de investigadora ecologista, comenzó a plantar un jardín. Bublob y Martín el gólem le han echado una mano, y por ahora el suministro de verduras para los participantes, y de pasto para la vaca Florinda, está bien asegurado.


Rodolfo, el hombre-lobo, se ha encargado de cocinar comida mexicana para los participantes que llevan una dieta normal. Tengo entendido que es muy buen cocinero, así que le he pedido su receta de enchiladas. Paquito, su loro, ayuda en la cocina, y también se pone a cantar para entretener a los fantasmas japoneses. Eso sí: hemos tenido que proteger al loro de las cámaras fotográficas, porque como dije anteriormente, estos fantasmas japoneses son algo peligrosos cuando tienen cámaras a su disposición, y Paquito es muy sensible a la luz de los flashes.

Atatrix ha continuado su campaña en contra de la conquista de Marte, tratando de convencer a los demás monstruos de firmar la petición. Todos accedieron, pero luego el robot 0010110 dijo que estaba en contra de la conquista humana de Marte pero a favor de la conquista robótica de dicho planeta, argumentando que los robots son seres superiores y merecen colonizar otros planetas. Ahí empezó una discusión que se volvió más y más acalorada, hasta que Atatrix perdió la paciencia y...


Atatrix no fue expulsada del GHM porque puso su pistola de rayos en modo aturdidor. O sea, 0010110 sobrevivió al ataque, pero hubo que actualizar su sistema operativo porque se quedó atascado, y el robot no paraba de decir palabrotas en lenguaje binario (algunas bastante ofensivas, por cierto). De paso lo actualizamos a Linux, ya que todos los expertos dicen que es mejor que Windows.

En cuanto a Drácula, ya sabemos cómo es el conde: le gusta andar de noche, y ha pasado buena parte de la semana deambulando por el castillo, cazando mosquitos o sanguijuelas llenos de sangre. Para complementar su dieta de bichos hematófagos le suministramos sangre humana de donadores voluntarios, ya que ninguno de los monstruos del castillo tiene sangre fresca o humana. Hubo un pequeño percance cuando se sentó en la biblioteca a leer: por accidente dejó caer un libro y dijo la frase "¡por la espada de sir Gandolfo!", lo cual le costó una decapitación inmediata. Afortunadamente el conde es inmortal a menos que le atraviesen el corazón con una estaca, de modo que pudo recoger del suelo su cabeza para ponerla en su sitio. Lo malo es que no pudimos limpiar la sangre de las alfombras. Habrá que llevarlas a la tintorería.

Al final de la semana ocurrió un incidente que nos ha dejado algo preocupados: Matilda la zombi apareció de pronto con un brazo menos. Revisando las grabaciones pudimos determinar que los demás participantes no tuvieron nada que ver con la mutilación, pero aún no hemos conseguido averiguar quién es el responsable. Seguiremos investigando. La pobre Matilda se entristeció bastante, pero como es un cadáver, pudimos reponer su brazo faltante (los cadáveres no tienen problemas de rechazo de órganos transplantados). El doctor Roderic Frankenheimer se encargó de la reparación quirúrgica.


Y esto es todo por ahora. ¡No olviden votar por su monstruo favorito!

G. E.

Siguiente entrada: SEGUNDA SEMANA DEL GHM.

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Fragmento de LOBO DE LUNA

El joven nanok siguió el sonido del agua, pero entonces olió algo más que lo distrajo. ¿Qué era eso? No lo reconoció en absoluto.

A pesar de su curiosidad, Urkin fue precavido: avanzó hacia la fuente del olor moviéndose de árbol en árbol, aprovechando que su pelaje era marrón como la corteza. De su cinturón extrajo un cuchillo de piedra, por las dudas; en Kum, cualquier novedad podía ser agradable... o mortal.

Poco a poco se aproximó a un árbol más grueso que los demás, donde oyó el tenue flujo de una respiración. El olor pertenecía a un ser viviente.

Urkin rodeó el árbol, y en un hueco vio una mancha plateada y pequeña. Y asustada. El nanok lo supo por la forma en que la criatura estaba doblada sobre sí misma, como si tratara de contraerse hasta desaparecer.

Sin soltar el cuchillo, Urkin se acercó un poco más, y entonces la criatura levantó la cabeza. Urkin contuvo la respiración.

Era un cachorro de lobo. Pero no un lobo cualquiera sino un ekté, un lobo de luna. Urkin jamás había visto uno, pero sí algunos miembros de su clan, en noches de Aima llena. Así sabía que los ektén eran plateados y que tenían a Aima en los ojos.

¿Qué hacía el lobezno en el hueco del árbol? Los cachorros nunca andaban solos, ni siquiera los de esa especie.

—¿Te has perdido? —preguntó Urkin, y el animal se encogió sobre sí mismo, gimiendo. Era muy hermoso. Urkin guardó el cuchillo y extendió una mano en un gesto de amistad.

El lobezno se apretó contra el fondo del hueco. No parecía dispuesto a salir por las buenas, y Urkin no iba a forzarlo. El nanok se alejó del árbol y tomó asiento sobre una roca, decidido a esperar el tiempo que fuera necesario.

Había huellas más grandes que las del cachorro en el suelo, y también eran lobunas. ¿Su madre o padre? ¿Qué había pasado ahí exactamente? Si los ektén eran como los lobos de Kum, no abandonarían a un miembro de su jauría, mucho menos al otro lado de la luz azul.

—Me quedaré aquí hasta que alguien venga a buscarte —dijo Urkin al lobezno—. Y si nadie viene... tendré que llevarte conmigo. No puedo dejarte solo, morirías. ¿Entiendes algo de lo que estoy diciendo? Supongo que no. Espero que comprendas mi tono de voz, al menos.

El lobezno se limitó a mirarlo sin parpadear. Al cabo de un rato pareció estar un poco más calmado, y sus ojos se desviaron hacia el río. Urkin dedujo que debía de tener sed.

—Enseguida vuelvo.

El nanok fue hasta la orilla, arrancó una hoja grande y usó la misma como cuenco para recoger el agua. Urkin la olió primero, y sí, estaba buena. Regresó junto al árbol sosteniendo la hoja con ambas manos.

—Aquí tienes, lobo de luna —dijo el nanok, depositando la hoja frente al cachorro antes de volver a la roca.

El lobezno no bebió de inmediato, sino que palmo a palmo se deslizó hasta la hoja y una vez ahí tomó el agua con rápidos lengüetazos. Después retrocedió al hueco en el árbol.

—Puf. Ya veo que esto no será fácil. Pero créeme, no pienso hacerte daño.

Urkin empezó a cantar en voz baja, como hacía para sus primos a la hora de la siesta. El lobezno luchó por mantener los ojos abiertos, pero debía de estar cansado y se durmió al cabo de un rato. Urkin guardó silencio. Mientras esperaba le dio hambre, así que comió las bayas en su bolsita pensando que a la vuelta tendría que recoger más. Nadie apareció en todo ese lapso. Si el lobezno tenía familia, se hallaba fuera de su alcance.

El cachorro despertó hacia el atardecer. Quizás había pensado que su madre estaría ahí cuando abriera los ojos, porque miró en derredor y luego bajó la cabeza en un gesto de desilusión. Urkin sintió pena por él.

—Escucha, ya debo irme. ¿Quieres venir conmigo? Vamos, sígueme. —El cachorro no se movió—. Está bien, no me sigas. Pero yo volveré mañana, y si aún estás aquí, te traeré algo de comer. Adiós.

Al tiempo que decía todo esto, Urkin bajó de la roca y se alejó muy despacio del árbol. No quería dejar ahí al cachorro, pero el animalito tenía que decidir por sí mismo si aceptaba o no la invitación.

Urkin siguió caminando, le dio la espalda al árbol... y entonces escuchó pasos detrás de él. El nanok sonrió de alivio. Allí estaba el lobezno, con la cola entre sus patitas pero siguiéndolo por su propia voluntad.

—Bien hecho. Yo me encargaré de ti, pequeño.

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