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10 de enero de 2011

¡MI DRAGÓN TIENE TRABAJO!

Antes de que comience el Gran Hermano con monstruos, tengo que compartir la noticia del título: ¡mi dragoncito Donald ha conseguido un empleo! Ah, ¡estoy tan orgullosa de él!

Todo comenzó cuando le estaba enseñando a volar. No fue fácil, porque ¿cómo se le enseña a volar a una criatura cuando tú mismo no puedes volar? Conozco la base teórica del vuelo y todo eso (recuerden que soy una cerebrito), pero no tengo alas, y los animales aprenden el vuelo volando, no estudiando aerodinámica. Por eso, los primeros intentos de mi dragoncito terminaron en unos aterrizajes forzosos que no le hicieron nada bien al pobre.


Qué terrible. Uno de esos aterrizajes fue algo traumático, y Donald tuvo que usar un collarín por varios días. Bien, al menos no tuve problemas para darle la atención médica necesaria. Lo único complicado fueron las inyecciones de analgésicos, porque Donald tiene una piel escamosa muy dura.

Como sea, no dejaba de pensar en cómo resolver este problema. ¿Tendría que contratar a un instructor de ala delta? ¿O conseguir unos cohetes para mejorar la propulsión de Donald? ¿Y si compraba un trampolín o una cama elástica?

Sin embargo, la cosa se resolvió por sí sola. ¿Recuerdan que Donald estaba comiendo los caracoles de mi jardín? Veníamos bien con esa dieta, complementada con frutas y raíces, pero Donald pesa ahora unos 100 kilogramos y los caracoles ya no satisfacían su enorme apetito. Nosotros estábamos afuera, y yo ya estaba considerando la idea de que fuéramos al edificio más cercano para que él despegara desde ahí, cuando una paloma descendió a picotear los bichos de mi jardín.

Donald observó a la paloma. Luego empezó a babear. Hubo un momento de tensión entre ambos animales (seguramente la paloma jamás había visto un dragón), y después el ave pegó un chillido y escapó volando.

Ah, la naturaleza es sabia. Impulsado por el apetito, y haciéndole caso a su instinto, Donald agitó sus alas ¡y allá se fue por los aires detrás de la paloma!

* ¡¡Auxilio!!

¿No es maravilloso cuando todo cae en su lugar sin esfuerzo? (Bueno, no creo que la paloma opine lo mismo. Sólo quedaron de ella unas pocas plumas rostizadas.)

De ahí en adelante no he tenido que preocuparme más por la alimentación de Donald ni sus clases de vuelo. Ahora Donald caza su propia comida como cualquier depredador. Es decir, cualquier depredador menos mi gato, que es demasiado perezoso hasta para cazar las cucarachas que se meten en mi casa. Grunf. (De verdad, que últimamente el minino está hecho una marmota. Es como si estuviera hibernando en pleno verano. A veces lo sacudo con el pie para asegurarme de que no ha muerto.)

Unos días después del primer vuelo, sin embargo, unos hombres llamaron a mi puerta. Eran empleados del aeropuerto, y uno de ellos llevaba una magnífica águila en sus brazos. Uau. No todos los días se ve algo así. Los invité a pasar. El águila le chilló a mi gato y mi gato escapó corriendo (incluso él atina a comprender cuando la cadena alimenticia da un giro inesperado).

Resulta que, en uno de sus vuelos, Donald pasó por el aeropuerto. Al principio todos se llevaron un susto tremendo, porque era un enorme objeto volador sin autorización para circular por el espacio aéreo del aeropuerto. Luego vieron que era un dragón y quedaron estupefactos. Después pensaron que quizás era alguna especie de experimento genético chino (no los pienso contradecir; total, ni siquiera sé de dónde salió el huevo donde venía mi dragón). Por último, notaron que Donald era mucho más efectivo que las águilas y los halcones para espantar a las aves indeseadas.

Ése era el motivo por el que los empleados del aeropuerto estaban en mi casa: querían contratar a Donald para ahuyentar a las aves que pueden causar accidentes de aviación. A Donald y a mí nos pareció estupendo, y firmamos el contrato (yo con mi bolígrafo, él con su garra).

Así están las cosas ahora: Donald trabaja en el aeropuerto espantando a las aves y consiguiendo su propia comida, y yo administro sus ganancias sabiamente.

Y en su tiempo libre, Donald se va a surfear sobre los aviones.


Mi hijito adoptivo está creciendo. Qué emoción :'-)

G. E.

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Fragmento de LOBO DE LUNA

El joven nanok siguió el sonido del agua, pero entonces olió algo más que lo distrajo. ¿Qué era eso? No lo reconoció en absoluto.

A pesar de su curiosidad, Urkin fue precavido: avanzó hacia la fuente del olor moviéndose de árbol en árbol, aprovechando que su pelaje era marrón como la corteza. De su cinturón extrajo un cuchillo de piedra, por las dudas; en Kum, cualquier novedad podía ser agradable... o mortal.

Poco a poco se aproximó a un árbol más grueso que los demás, donde oyó el tenue flujo de una respiración. El olor pertenecía a un ser viviente.

Urkin rodeó el árbol, y en un hueco vio una mancha plateada y pequeña. Y asustada. El nanok lo supo por la forma en que la criatura estaba doblada sobre sí misma, como si tratara de contraerse hasta desaparecer.

Sin soltar el cuchillo, Urkin se acercó un poco más, y entonces la criatura levantó la cabeza. Urkin contuvo la respiración.

Era un cachorro de lobo. Pero no un lobo cualquiera sino un ekté, un lobo de luna. Urkin jamás había visto uno, pero sí algunos miembros de su clan, en noches de Aima llena. Así sabía que los ektén eran plateados y que tenían a Aima en los ojos.

¿Qué hacía el lobezno en el hueco del árbol? Los cachorros nunca andaban solos, ni siquiera los de esa especie.

—¿Te has perdido? —preguntó Urkin, y el animal se encogió sobre sí mismo, gimiendo. Era muy hermoso. Urkin guardó el cuchillo y extendió una mano en un gesto de amistad.

El lobezno se apretó contra el fondo del hueco. No parecía dispuesto a salir por las buenas, y Urkin no iba a forzarlo. El nanok se alejó del árbol y tomó asiento sobre una roca, decidido a esperar el tiempo que fuera necesario.

Había huellas más grandes que las del cachorro en el suelo, y también eran lobunas. ¿Su madre o padre? ¿Qué había pasado ahí exactamente? Si los ektén eran como los lobos de Kum, no abandonarían a un miembro de su jauría, mucho menos al otro lado de la luz azul.

—Me quedaré aquí hasta que alguien venga a buscarte —dijo Urkin al lobezno—. Y si nadie viene... tendré que llevarte conmigo. No puedo dejarte solo, morirías. ¿Entiendes algo de lo que estoy diciendo? Supongo que no. Espero que comprendas mi tono de voz, al menos.

El lobezno se limitó a mirarlo sin parpadear. Al cabo de un rato pareció estar un poco más calmado, y sus ojos se desviaron hacia el río. Urkin dedujo que debía de tener sed.

—Enseguida vuelvo.

El nanok fue hasta la orilla, arrancó una hoja grande y usó la misma como cuenco para recoger el agua. Urkin la olió primero, y sí, estaba buena. Regresó junto al árbol sosteniendo la hoja con ambas manos.

—Aquí tienes, lobo de luna —dijo el nanok, depositando la hoja frente al cachorro antes de volver a la roca.

El lobezno no bebió de inmediato, sino que palmo a palmo se deslizó hasta la hoja y una vez ahí tomó el agua con rápidos lengüetazos. Después retrocedió al hueco en el árbol.

—Puf. Ya veo que esto no será fácil. Pero créeme, no pienso hacerte daño.

Urkin empezó a cantar en voz baja, como hacía para sus primos a la hora de la siesta. El lobezno luchó por mantener los ojos abiertos, pero debía de estar cansado y se durmió al cabo de un rato. Urkin guardó silencio. Mientras esperaba le dio hambre, así que comió las bayas en su bolsita pensando que a la vuelta tendría que recoger más. Nadie apareció en todo ese lapso. Si el lobezno tenía familia, se hallaba fuera de su alcance.

El cachorro despertó hacia el atardecer. Quizás había pensado que su madre estaría ahí cuando abriera los ojos, porque miró en derredor y luego bajó la cabeza en un gesto de desilusión. Urkin sintió pena por él.

—Escucha, ya debo irme. ¿Quieres venir conmigo? Vamos, sígueme. —El cachorro no se movió—. Está bien, no me sigas. Pero yo volveré mañana, y si aún estás aquí, te traeré algo de comer. Adiós.

Al tiempo que decía todo esto, Urkin bajó de la roca y se alejó muy despacio del árbol. No quería dejar ahí al cachorro, pero el animalito tenía que decidir por sí mismo si aceptaba o no la invitación.

Urkin siguió caminando, le dio la espalda al árbol... y entonces escuchó pasos detrás de él. El nanok sonrió de alivio. Allí estaba el lobezno, con la cola entre sus patitas pero siguiéndolo por su propia voluntad.

—Bien hecho. Yo me encargaré de ti, pequeño.

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