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22 de enero de 2011

RAPUN-SSEL

Hace unos días fui a ver Enredados, ya saben, la nueva peli de Disney sobre Rapunzel. ¡Y me gustó mucho! No sé si habrán leído la historia original, pero es bastante tonta: Rapunzel vive encerrada en una torre y usa el pelo para que suban su madrastra y el príncipe, pero ella misma no sabe cómo bajarse. Como dicen los gringos, duh! En fin, la Rapunzel de la peli es bastante más inteligente, y si se queda en la torre es más bien por una especie de trauma psicológico causado por su malvada madrastra. Pero Rapunzel consigue superar el trauma y, armada con una sartén (que demuestra ser un arma sumamente útil), baja de la torre para encontrar su destino.

En fin, después de la peli me puse a imaginar cómo sería mi vida si yo tuviera la melena de Rapunzel. Bueno, mi cabellera tendría que ser más larga porque soy un poco mayor; si la de Rapunzel medía 21 metros a sus dieciocho años, la mía debería de medir... eh... más de 21 metros (puedo sacar la cuenta; lo que pasa es que no quiero dar pistas sobre mi edad :-P).

Gracias al poder de la imaginación, ¡plin!, de pronto ya tenía mi súper melena.


No está mal, ¿eh? Y con sartén y todo :-D Lo único que no añadí a la imagen mental fue el vestido rosa de Rapunzel, puesto que no me gusta vestir de rosa (es demasiado Barbie).

Una vez imaginada mi melena, empecé a convivir con ella. Al principio iba bien, pero luego descubrí que había olvidado un detalle importante: mi pelo no es lacio y sedoso, sino... mmm, digamos que es psicótico-rebelde, especialmente en días húmedos. Y como los días húmedos son la norma aquí en Montevideo, de pronto mi fabulosa cabellera se convirtió en una especie de monstruo fuera de control.


Uf. Qué lío. De pronto ya no podía ver por dónde iba, y mi cabellera se atascó en cuatro columnas y varios arbustos. Encima, los pajaritos comenzaron a anidar en ella, y el lavado de pelo se volvió una tarea hercúlea (como si no lo fuera antes del cambio). Tenía que hacer algo al respecto, así que tomé cuatro peines y cinco cepillos y me apliqué a la tarea de ordenar mi larguísima cabellera (algunos peines y cepillos desaparecieron en el proceso, seguramente devorados por la masa capilar).


Eh... bien, después de mirarme al espejo decidí que no me veía mucho mejor. Parecía una versión exagerada de María Antonieta :-P Además, aún no había enganchado a ningún príncipe ni simpático ladrón con mi cabellera, y dado que no vivo encerrada en una torre, tampoco me servía para bajar de ella.

Decidí cortar por lo sano. Literalmente. Tomé unas tijeras y ¡listo!, adiós cabellera. Vendí los pelos a una tienda de confección de pelucas y usé el dinero para comprarme un iPhone, una memoria USB, unas zapatillas de deporte Reebok y cinco litros de helado de chocolate (es que era mucho cabello, dio para hacer 329 pelucas; imagino que habrá muchos calvos felices después de esto).


Y si a algún príncipe se le ocurre venir a rescatarme de mi torre azotea... pues que vaya a la ferretería y compre una escalera.

G. E.

4 comentarios:

  1. Qué bonita! jeje me he partido el culo de risa. Lo tuyo si que es un cuento de hadas y lo demás es tontería.Tus dibujos son la caña, pero con el que más me he reído ha sido con el 2º que pareces la versión femenina del tío ESO de la Familia Adams. Una locura genialmente divertida, te lo digo en serio.

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    1. ¡Gracias, Luismi! Me divierto haciendo esos dibujitos, por cierto :-D De ESO ya me disfracé en Halloween, antes de decidirme por un atuendo de bruja :-)

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  2. Hola
    Yo tambien adore esa pelicula, pero creo que la razon por la que Rapunzel podia tener esa enorme cabellera es porque ella se pasaba las horas muertas cepillandolo (yo tambien pareceria ESO de la familia Adams, jajajaja) Besitos de chocolate

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    1. La verdad, en el lugar de Rapunzel yo habría llevado el cabello enrollado a la cintura, en lugar de arrastrarlo por ahí :-D No era muy higiénico que digamos... Besos para ti también y gracias por el comentario :-)

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Fragmento de LOBO DE LUNA

El joven nanok siguió el sonido del agua, pero entonces olió algo más que lo distrajo. ¿Qué era eso? No lo reconoció en absoluto.

A pesar de su curiosidad, Urkin fue precavido: avanzó hacia la fuente del olor moviéndose de árbol en árbol, aprovechando que su pelaje era marrón como la corteza. De su cinturón extrajo un cuchillo de piedra, por las dudas; en Kum, cualquier novedad podía ser agradable... o mortal.

Poco a poco se aproximó a un árbol más grueso que los demás, donde oyó el tenue flujo de una respiración. El olor pertenecía a un ser viviente.

Urkin rodeó el árbol, y en un hueco vio una mancha plateada y pequeña. Y asustada. El nanok lo supo por la forma en que la criatura estaba doblada sobre sí misma, como si tratara de contraerse hasta desaparecer.

Sin soltar el cuchillo, Urkin se acercó un poco más, y entonces la criatura levantó la cabeza. Urkin contuvo la respiración.

Era un cachorro de lobo. Pero no un lobo cualquiera sino un ekté, un lobo de luna. Urkin jamás había visto uno, pero sí algunos miembros de su clan, en noches de Aima llena. Así sabía que los ektén eran plateados y que tenían a Aima en los ojos.

¿Qué hacía el lobezno en el hueco del árbol? Los cachorros nunca andaban solos, ni siquiera los de esa especie.

—¿Te has perdido? —preguntó Urkin, y el animal se encogió sobre sí mismo, gimiendo. Era muy hermoso. Urkin guardó el cuchillo y extendió una mano en un gesto de amistad.

El lobezno se apretó contra el fondo del hueco. No parecía dispuesto a salir por las buenas, y Urkin no iba a forzarlo. El nanok se alejó del árbol y tomó asiento sobre una roca, decidido a esperar el tiempo que fuera necesario.

Había huellas más grandes que las del cachorro en el suelo, y también eran lobunas. ¿Su madre o padre? ¿Qué había pasado ahí exactamente? Si los ektén eran como los lobos de Kum, no abandonarían a un miembro de su jauría, mucho menos al otro lado de la luz azul.

—Me quedaré aquí hasta que alguien venga a buscarte —dijo Urkin al lobezno—. Y si nadie viene... tendré que llevarte conmigo. No puedo dejarte solo, morirías. ¿Entiendes algo de lo que estoy diciendo? Supongo que no. Espero que comprendas mi tono de voz, al menos.

El lobezno se limitó a mirarlo sin parpadear. Al cabo de un rato pareció estar un poco más calmado, y sus ojos se desviaron hacia el río. Urkin dedujo que debía de tener sed.

—Enseguida vuelvo.

El nanok fue hasta la orilla, arrancó una hoja grande y usó la misma como cuenco para recoger el agua. Urkin la olió primero, y sí, estaba buena. Regresó junto al árbol sosteniendo la hoja con ambas manos.

—Aquí tienes, lobo de luna —dijo el nanok, depositando la hoja frente al cachorro antes de volver a la roca.

El lobezno no bebió de inmediato, sino que palmo a palmo se deslizó hasta la hoja y una vez ahí tomó el agua con rápidos lengüetazos. Después retrocedió al hueco en el árbol.

—Puf. Ya veo que esto no será fácil. Pero créeme, no pienso hacerte daño.

Urkin empezó a cantar en voz baja, como hacía para sus primos a la hora de la siesta. El lobezno luchó por mantener los ojos abiertos, pero debía de estar cansado y se durmió al cabo de un rato. Urkin guardó silencio. Mientras esperaba le dio hambre, así que comió las bayas en su bolsita pensando que a la vuelta tendría que recoger más. Nadie apareció en todo ese lapso. Si el lobezno tenía familia, se hallaba fuera de su alcance.

El cachorro despertó hacia el atardecer. Quizás había pensado que su madre estaría ahí cuando abriera los ojos, porque miró en derredor y luego bajó la cabeza en un gesto de desilusión. Urkin sintió pena por él.

—Escucha, ya debo irme. ¿Quieres venir conmigo? Vamos, sígueme. —El cachorro no se movió—. Está bien, no me sigas. Pero yo volveré mañana, y si aún estás aquí, te traeré algo de comer. Adiós.

Al tiempo que decía todo esto, Urkin bajó de la roca y se alejó muy despacio del árbol. No quería dejar ahí al cachorro, pero el animalito tenía que decidir por sí mismo si aceptaba o no la invitación.

Urkin siguió caminando, le dio la espalda al árbol... y entonces escuchó pasos detrás de él. El nanok sonrió de alivio. Allí estaba el lobezno, con la cola entre sus patitas pero siguiéndolo por su propia voluntad.

—Bien hecho. Yo me encargaré de ti, pequeño.

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