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16 de enero de 2011

¡UNA FIESTA DE MIEDO!

Tal como prometí en la entrega anterior del Gran Hermano con monstruos, ¡hete aquí lo que ocurrió en la inauguración! Fue una fiesta monstruosamente divertida, con exóticas comidas, música terrorífica y doce participantes que aprovecharon la ocasión para conocerse mejor entre sí.

Las decoraciones del castillo consistieron en telarañas de verdad tejidas por Aracne, murciélagos traídos por Drácula y una enorme, enorme piñata armada por Rodolfo, el hombre-lobo mexicano. 0010110 proporcionó la música, bajándose desde iTunes todas las canciones relacionadas a los monstruos (como Thriller y Monster Mash), y también algunas bandas sonoras de películas de horror para dar ambiente. En cuanto a la comida, hubo de todo: ratones vivos para Aracne, algas frescas para Bernarda (la científica mutante mitad caracol) y Bublob (el monstruo del pantano), ácaros marcianos para Atatrix (la extraterrestre), mosquitos llenos de sangre para Drácula, cerebros frescos para Matilda la zombi, y carne para Rodolfo y el monstruo bajo la cama. Medusa y Frankie Jr. se conformaron con comida normal, y 0010110 se había tendido al sol más temprano para recargar sus baterías.

De cualquier manera, todos brindaron por el inicio del espectáculo, incluso el monstruo bajo la cama, quien por supuesto no salió de debajo de la cama (por eso movimos la cama al salón de baile).


Después del brindis, Atatrix y Bernarda se enfrascaron en una agradable conversación sobre el cuidado del ambiente mientras que Bublob se dedicaba a comer algas, Matilda deambulaba por ahí con un cerebro en la mano y Rodolfo le aullaba un poco a la luna. 0010110, en su papel de DJ, cambió un poco la música a pedido de Drácula, y el elegante conde invitó a Aracne a bailar un sexy tango.


Uno de los fantasmas japoneses cometió la imprudencia de decir la frase "¡por la espada de sir Gandolfo!", y entonces se desató la persecución por parte de la armadura, que duró hasta el fin de la fiesta porque ya se sabe que no es posible decapitar a los fantasmas. La pobre armadura terminó medio descalabrada en un rincón, y casi se la podía oír jadear de cansancio.

Pero bueno, mientras Martín el gólem y Frankie Jr. daban vueltas al ritmo de la canción Ghostbusters, Bernarda y Bublob aprovecharon para refrescarse en la piscina. Pronto se creó una linda amistad entre ellos, y no descarto que vaya a ocurrir algo interesante con esos dos.


Medusa y Aracne, por otro lado, se sentaron a despotricar contra la diosa Atenea, causante de sus respectivas transformaciones. Un rato después, como estaban ya un poco borrachas, comenzaron a idear distintas maneras de vengarse de su enemiga al final del GHM. Uno de esos planes (según entendí, puesto que mezclaban frases en griego antiguo) consistirá en enfrentarla con su más grande rival, Ares, el dios de la guerra. Por lo que recuerdo de la mitología, Atenea siempre fue mejor que Ares, de modo que Medusa y Aracne piensan darle algo de whisky a Atenea antes del combate, para quitarle la ventaja. A ver qué pasa.

Hacia el final de la fiesta, todos se turnaron para tratar de romper la piñata, que estaba llena de arañas de chocolate. Luego Rodolfo le pidió a 0010110 que interrumpiera la música a fin de mostrarnos sus dotes de mariachi, cantando y bailando sobre una mesa.


¡Francamente, nunca había visto una fiesta tan animada!

Para la próxima entrega del GHM, empezaré a contar los primeros incidentes ocurridos en el castillo. ¡Quédense conmigo!

G. E.

Siguiente entrada: PRIMERA SEMANA DEL GHM.

2 comentarios:

  1. jajaja genial la fiesta!!me gustaría ver a aracne bailando tango..con tanta patita...esperaré nuevas entregas...me pica la curiosidad :)

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  2. Gracias, Tony :-) Avisaré cuando haya más entregas; mientras tanto te diré que van a pasar muchas cosas interesantes... :-D

    G.

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Fragmento de LOBO DE LUNA

El joven nanok siguió el sonido del agua, pero entonces olió algo más que lo distrajo. ¿Qué era eso? No lo reconoció en absoluto.

A pesar de su curiosidad, Urkin fue precavido: avanzó hacia la fuente del olor moviéndose de árbol en árbol, aprovechando que su pelaje era marrón como la corteza. De su cinturón extrajo un cuchillo de piedra, por las dudas; en Kum, cualquier novedad podía ser agradable... o mortal.

Poco a poco se aproximó a un árbol más grueso que los demás, donde oyó el tenue flujo de una respiración. El olor pertenecía a un ser viviente.

Urkin rodeó el árbol, y en un hueco vio una mancha plateada y pequeña. Y asustada. El nanok lo supo por la forma en que la criatura estaba doblada sobre sí misma, como si tratara de contraerse hasta desaparecer.

Sin soltar el cuchillo, Urkin se acercó un poco más, y entonces la criatura levantó la cabeza. Urkin contuvo la respiración.

Era un cachorro de lobo. Pero no un lobo cualquiera sino un ekté, un lobo de luna. Urkin jamás había visto uno, pero sí algunos miembros de su clan, en noches de Aima llena. Así sabía que los ektén eran plateados y que tenían a Aima en los ojos.

¿Qué hacía el lobezno en el hueco del árbol? Los cachorros nunca andaban solos, ni siquiera los de esa especie.

—¿Te has perdido? —preguntó Urkin, y el animal se encogió sobre sí mismo, gimiendo. Era muy hermoso. Urkin guardó el cuchillo y extendió una mano en un gesto de amistad.

El lobezno se apretó contra el fondo del hueco. No parecía dispuesto a salir por las buenas, y Urkin no iba a forzarlo. El nanok se alejó del árbol y tomó asiento sobre una roca, decidido a esperar el tiempo que fuera necesario.

Había huellas más grandes que las del cachorro en el suelo, y también eran lobunas. ¿Su madre o padre? ¿Qué había pasado ahí exactamente? Si los ektén eran como los lobos de Kum, no abandonarían a un miembro de su jauría, mucho menos al otro lado de la luz azul.

—Me quedaré aquí hasta que alguien venga a buscarte —dijo Urkin al lobezno—. Y si nadie viene... tendré que llevarte conmigo. No puedo dejarte solo, morirías. ¿Entiendes algo de lo que estoy diciendo? Supongo que no. Espero que comprendas mi tono de voz, al menos.

El lobezno se limitó a mirarlo sin parpadear. Al cabo de un rato pareció estar un poco más calmado, y sus ojos se desviaron hacia el río. Urkin dedujo que debía de tener sed.

—Enseguida vuelvo.

El nanok fue hasta la orilla, arrancó una hoja grande y usó la misma como cuenco para recoger el agua. Urkin la olió primero, y sí, estaba buena. Regresó junto al árbol sosteniendo la hoja con ambas manos.

—Aquí tienes, lobo de luna —dijo el nanok, depositando la hoja frente al cachorro antes de volver a la roca.

El lobezno no bebió de inmediato, sino que palmo a palmo se deslizó hasta la hoja y una vez ahí tomó el agua con rápidos lengüetazos. Después retrocedió al hueco en el árbol.

—Puf. Ya veo que esto no será fácil. Pero créeme, no pienso hacerte daño.

Urkin empezó a cantar en voz baja, como hacía para sus primos a la hora de la siesta. El lobezno luchó por mantener los ojos abiertos, pero debía de estar cansado y se durmió al cabo de un rato. Urkin guardó silencio. Mientras esperaba le dio hambre, así que comió las bayas en su bolsita pensando que a la vuelta tendría que recoger más. Nadie apareció en todo ese lapso. Si el lobezno tenía familia, se hallaba fuera de su alcance.

El cachorro despertó hacia el atardecer. Quizás había pensado que su madre estaría ahí cuando abriera los ojos, porque miró en derredor y luego bajó la cabeza en un gesto de desilusión. Urkin sintió pena por él.

—Escucha, ya debo irme. ¿Quieres venir conmigo? Vamos, sígueme. —El cachorro no se movió—. Está bien, no me sigas. Pero yo volveré mañana, y si aún estás aquí, te traeré algo de comer. Adiós.

Al tiempo que decía todo esto, Urkin bajó de la roca y se alejó muy despacio del árbol. No quería dejar ahí al cachorro, pero el animalito tenía que decidir por sí mismo si aceptaba o no la invitación.

Urkin siguió caminando, le dio la espalda al árbol... y entonces escuchó pasos detrás de él. El nanok sonrió de alivio. Allí estaba el lobezno, con la cola entre sus patitas pero siguiéndolo por su propia voluntad.

—Bien hecho. Yo me encargaré de ti, pequeño.

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