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2 de julio de 2010

DÍAS TORPES

De acuerdo, lo confieso: no siempre tengo la gracia de una bailarina de ballet un pato más o menos coordinado. Como dice la expresión en inglés, a veces uno tiene un mal día de cabello. Sólo que en mi caso, además de tener malos días de cabello pelambrera, también tengo malos días de coordinación motriz. O sea, días torpes.

Detesto los días torpes. Trato de evitar los días torpes, pero van más allá de mi control igual que los políticos idiotas o los pelos de mi gato en la alfombra (no hay caso, la aspiradora no los chupa; tampoco a los pelos). Entonces, cualquier movimiento que yo haga se vuelve un peligro para mi propia seguridad o incluso la pública. Los días torpes son aún peores cuando no he dormido bien, lo cual ocurre a menudo (estúpido insomnio). Cuando no he dormido bien me cuesta coordinar el habla, por lo que mucho menos tengo control sobre todo mi sistema musculoesquelético. Menos mal que no tengo ocho brazos, como un pulpo, o se me enredarían. (Por cierto, hablando de pulpos: ¿no es asombroso el pulpo Paul? ¡Quiero uno! Pero lo llamaría Pablito o quizás Deuteronomio, para no incurrir en anglicismos.)

En fin. Tengo un largo historial de días torpes, aunque al principio no sabía que eran días torpes (bendita inocencia; tampoco conocía el acné ni el colesterol).

Cuando era pequeñita, mi madre estaba preparando masa para unos panqueques. Dejó el recipiente sobre la mesa, y yo, llevada por la curiosidad, le eché mano y volqué toda la masa sobre mi cabeza. Menos mal que no me acuerdo de eso, porque al parecer mi madre se rió como loca (gracias, mamá, qué comprensiva).

Unos años más tarde, me caí en la piscina de una amiga. Ese día el agua estaba muy sucia y llena de anfibios. O sea, de la piscina me fui directo a la ducha.


Poco después de eso cometí la torpeza de sentarme sobre un nido de hormigas. Menos mal que no eran hormigas rojas, de las que pican; pero vaya que me costó quitármelas de encima. Tenía hormigas hasta en la raya del culo trasero.


Por supuesto, nunca me fue bien en los deportes. Hoy en día aún me aterra la idea de participar en ellos, especialmente los que requieren una pelota de cualquier tamaño. Y ni que hablar de la gimnasia. Una vez tuve que saltar por encima de un potro, y al llegar al otro lado me desplomé como un saco de patatas. Creo que en algún momento supe pararme de manos, pero si lo intentara hoy en día seguro terminaría con una fractura de las cervicales, así que me limitaré a hacer yoga. Siempre y cuando no tenga que poner a prueba mi equilibrio, desde luego.

Me salvé de fracturarme un brazo o dos, porque me encantaba subir a los árboles y nunca me caí. Bendita casualidad de evitar los días torpes en esas ocasiones. No volveré a tentar a la suerte, a menos que tenga que escapar de un toro furioso o un caniche psicópata (nunca se fíen de los caniches; detrás de ese pelo suave y rizado se esconden unas bestias incontrolables).

Ahora soy bastante más coordinada, pero por más que intento caminar y moverme con cierta gracia, a veces todavía me ganan los días torpes, y entonces me golpeo contra los muebles y sufro accidentes bastante tontos (no sé si hay accidentes inteligentes). Mi última estupidez fue torcerme el mismo tobillo tres veces en un lapso de cuarenta y cinco días. Me extraña no haber quedado como los flamencos, con una pata en el aire.

Sin embargo, una de mis torpezas más grandes fue golpearme el ojo con el extremo de un bolígrafo. No me pregunten cómo lo hice. Estaba escribiendo y de pronto ¡zas!, el bolígrafo chocó contra mi ojo. No puedo reproducir con exactitud el incidente (repito: fue muy confuso), pero debió de ser algo como esto:


No me saqué el ojo, pero me quedó una mancha roja y redonda en la esclerótica, justo al lado del iris. Menos mal que con el tiempo se borró, porque me veía rarísima.

En fin, mis planes son llegar a vieja en un estado más o menos normal (o sea, con todas las partes de mi cuerpo en su sitio y funcionando), de modo que uno de mis objetivos es identificar los días torpes y minimizar su impacto. Por ejemplo, en los días torpes debo evitar una lista de cosas:

maquinaria pesada
objetos punzantes/cortantes
patines/patinetas (ruedas en general)
superficies resbalosas
bates de béisbol, palos de golf
instrumental quirúrgico
obstáculos en general
tijeras de podar, sierras eléctricas
lanzallamas
bebés (por el bien de ellos)
bolígrafos, piscinas y nidos de hormigas (ver antecedentes)

Si acaso me ven en un día torpe, por favor mantengan su distancia. Ninguna precaución estará de más.

G. E.

4 comentarios:

  1. jajajajajajaja Srita. Gissel le felicito por sus post son entretenidos y agradables ya tenia yo mucho tiempo sin reírme de mi misma, por todas las ocurrencias de mi vida pues me vi reflejada en sus escritos y le agradezco sinceramente que allá decidido compartirlo con nosotros sus lectores

    Un Saludo ameno y FeLiCiDaDeS nuevamente ^^

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  2. Me alegro haberla entretenido, y gracias por la visita :-)

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  3. Muy bueno el post! Muy gracioso :) y me encantó la manera en que está escrito. (Encontré el link dando vueltas por ahí en una publicación de facebook que había comentado). Y sí, todos tenemos días torpes. A mí una vez en la escuela me entró una regla en el ojo, una de esas reglas de 15 centímetros a lo sumo, pero ¡cómo dolió la HDP!

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    Respuestas
    1. ¡Gracias, Rocío! :-) ¡Auch! Sí que debió doler lo de la regla. Mmm, las añadiré a mi lista de objetos a evitar, por las dudas... :-P

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Fragmento de LOBO DE LUNA

El joven nanok siguió el sonido del agua, pero entonces olió algo más que lo distrajo. ¿Qué era eso? No lo reconoció en absoluto.

A pesar de su curiosidad, Urkin fue precavido: avanzó hacia la fuente del olor moviéndose de árbol en árbol, aprovechando que su pelaje era marrón como la corteza. De su cinturón extrajo un cuchillo de piedra, por las dudas; en Kum, cualquier novedad podía ser agradable... o mortal.

Poco a poco se aproximó a un árbol más grueso que los demás, donde oyó el tenue flujo de una respiración. El olor pertenecía a un ser viviente.

Urkin rodeó el árbol, y en un hueco vio una mancha plateada y pequeña. Y asustada. El nanok lo supo por la forma en que la criatura estaba doblada sobre sí misma, como si tratara de contraerse hasta desaparecer.

Sin soltar el cuchillo, Urkin se acercó un poco más, y entonces la criatura levantó la cabeza. Urkin contuvo la respiración.

Era un cachorro de lobo. Pero no un lobo cualquiera sino un ekté, un lobo de luna. Urkin jamás había visto uno, pero sí algunos miembros de su clan, en noches de Aima llena. Así sabía que los ektén eran plateados y que tenían a Aima en los ojos.

¿Qué hacía el lobezno en el hueco del árbol? Los cachorros nunca andaban solos, ni siquiera los de esa especie.

—¿Te has perdido? —preguntó Urkin, y el animal se encogió sobre sí mismo, gimiendo. Era muy hermoso. Urkin guardó el cuchillo y extendió una mano en un gesto de amistad.

El lobezno se apretó contra el fondo del hueco. No parecía dispuesto a salir por las buenas, y Urkin no iba a forzarlo. El nanok se alejó del árbol y tomó asiento sobre una roca, decidido a esperar el tiempo que fuera necesario.

Había huellas más grandes que las del cachorro en el suelo, y también eran lobunas. ¿Su madre o padre? ¿Qué había pasado ahí exactamente? Si los ektén eran como los lobos de Kum, no abandonarían a un miembro de su jauría, mucho menos al otro lado de la luz azul.

—Me quedaré aquí hasta que alguien venga a buscarte —dijo Urkin al lobezno—. Y si nadie viene... tendré que llevarte conmigo. No puedo dejarte solo, morirías. ¿Entiendes algo de lo que estoy diciendo? Supongo que no. Espero que comprendas mi tono de voz, al menos.

El lobezno se limitó a mirarlo sin parpadear. Al cabo de un rato pareció estar un poco más calmado, y sus ojos se desviaron hacia el río. Urkin dedujo que debía de tener sed.

—Enseguida vuelvo.

El nanok fue hasta la orilla, arrancó una hoja grande y usó la misma como cuenco para recoger el agua. Urkin la olió primero, y sí, estaba buena. Regresó junto al árbol sosteniendo la hoja con ambas manos.

—Aquí tienes, lobo de luna —dijo el nanok, depositando la hoja frente al cachorro antes de volver a la roca.

El lobezno no bebió de inmediato, sino que palmo a palmo se deslizó hasta la hoja y una vez ahí tomó el agua con rápidos lengüetazos. Después retrocedió al hueco en el árbol.

—Puf. Ya veo que esto no será fácil. Pero créeme, no pienso hacerte daño.

Urkin empezó a cantar en voz baja, como hacía para sus primos a la hora de la siesta. El lobezno luchó por mantener los ojos abiertos, pero debía de estar cansado y se durmió al cabo de un rato. Urkin guardó silencio. Mientras esperaba le dio hambre, así que comió las bayas en su bolsita pensando que a la vuelta tendría que recoger más. Nadie apareció en todo ese lapso. Si el lobezno tenía familia, se hallaba fuera de su alcance.

El cachorro despertó hacia el atardecer. Quizás había pensado que su madre estaría ahí cuando abriera los ojos, porque miró en derredor y luego bajó la cabeza en un gesto de desilusión. Urkin sintió pena por él.

—Escucha, ya debo irme. ¿Quieres venir conmigo? Vamos, sígueme. —El cachorro no se movió—. Está bien, no me sigas. Pero yo volveré mañana, y si aún estás aquí, te traeré algo de comer. Adiós.

Al tiempo que decía todo esto, Urkin bajó de la roca y se alejó muy despacio del árbol. No quería dejar ahí al cachorro, pero el animalito tenía que decidir por sí mismo si aceptaba o no la invitación.

Urkin siguió caminando, le dio la espalda al árbol... y entonces escuchó pasos detrás de él. El nanok sonrió de alivio. Allí estaba el lobezno, con la cola entre sus patitas pero siguiéndolo por su propia voluntad.

—Bien hecho. Yo me encargaré de ti, pequeño.

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