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20 de julio de 2010

ESCUCHANDO AL CEREBRITO

Bien, ahora que ya he explicado a los cerebritos, quisiera tratar una cuestión que a menudo es olímpicamente pasada por alto, y es la siguiente: HAY QUE ESCUCHAR A LOS CEREBRITOS.

Parece algo evidente, ¿no? Al fin y al cabo, se supone que los cerebritos son las personas que poseen el conocimiento y saben cómo utilizarlo, por lo que su opinión debería ser consultada y tomada en cuenta frente a cualquier duda. Es que los cerebritos sabemos de todo, dada nuestra afición a aprender cosas de gran importancia (y algunas entretenidas pero absolutamente irrelevantes, como la composión química de la pelusa en el ombligo).

Sin embargo, y esto lo he comprobado en los libros de historia y también por experiencia propia, a menudo los no-cerebritos deciden ignorar la sabiduría de los cerebritos, ya sea por soberbia, testarudez, o quizás un deseo inconsciente de sufrir una muerte más o menos espectacular.

¿Recuerdan la tragedia de Chernóbil? Pues bien, antes de que el reactor explotara, un cerebrito dijo que era mala idea hacer la prueba que llevó al desastre. También hubo un cerebrito que advirtió sobre una falla potencial en las junturas del Challenger. Nadie le hizo caso y ya sabemos lo que pasó: la nave explotó junto con sus pobres tripulantes.

Los cerebritos no hacemos advertencias sobre las cosas porque nos guste presumir de nuestros conocimientos (bueno, a veces sí, pero no lo admitiré en voz alta). En general hacemos advertencias porque sabemos algo que otros ignoran, y queremos evitar que alguien sufra o meta la pata por desconocimiento sobre un tema en particular. O sea, si un cerebrito les dice "no salgan sin paraguas porque hoy el amanecer fue rojo", mejor háganle caso o terminarán ensopados. Otras advertencias que podría hacerles un cerebrito:

Eso podría explotar.
Mejor apaga la llave general antes de meter la mano ahí.
No deberías mezclar esas dos sustancias.
Yo que tú me alejaría de ese animal.
Ponte el traje de plomo antes de abrir la puerta.
Ese hongo es venenoso.
Cuidado con los dedos.
No tomes esa pastilla con alcohol.
Esas conservas tienen aspecto sospechoso.
Abre una ventana o te intoxicarás.

Y así por el estilo. Ya sé, ya sé, sonamos como una mamá reprendiendo a sus hijos. Disculpen eso. Al igual que las madres, hablamos así debido a la experiencia, nada más. Después de haber visto a cuatro o cinco personas sufrir accidentes estúpidos por desoír nuestras advertencias, a los cerebritos se nos suele escapar ese fastidioso tonito de superioridad.

No soy la única que ha notado cuán a menudo los cerebritos son ignorados. ¿Han visto alguna película de cine catástrofe? En ellas SIEMPRE hay un pobre y sufrido cerebrito que no consigue convencer a los políticos de turno sobre algún desastre que se avecina.

En general los cerebritos lamentamos tener la razón sobre cosas malas, pero como también es algo molesto que nos ignoren todo el tiempo, a menudo terminamos diciendo...



Háganles caso a los cerebritos. ¡Para eso estamos, igual que las enciclopedias! De lo contrario, no se enojen si les decimos...


G. E.

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Fragmento de LOBO DE LUNA

El joven nanok siguió el sonido del agua, pero entonces olió algo más que lo distrajo. ¿Qué era eso? No lo reconoció en absoluto.

A pesar de su curiosidad, Urkin fue precavido: avanzó hacia la fuente del olor moviéndose de árbol en árbol, aprovechando que su pelaje era marrón como la corteza. De su cinturón extrajo un cuchillo de piedra, por las dudas; en Kum, cualquier novedad podía ser agradable... o mortal.

Poco a poco se aproximó a un árbol más grueso que los demás, donde oyó el tenue flujo de una respiración. El olor pertenecía a un ser viviente.

Urkin rodeó el árbol, y en un hueco vio una mancha plateada y pequeña. Y asustada. El nanok lo supo por la forma en que la criatura estaba doblada sobre sí misma, como si tratara de contraerse hasta desaparecer.

Sin soltar el cuchillo, Urkin se acercó un poco más, y entonces la criatura levantó la cabeza. Urkin contuvo la respiración.

Era un cachorro de lobo. Pero no un lobo cualquiera sino un ekté, un lobo de luna. Urkin jamás había visto uno, pero sí algunos miembros de su clan, en noches de Aima llena. Así sabía que los ektén eran plateados y que tenían a Aima en los ojos.

¿Qué hacía el lobezno en el hueco del árbol? Los cachorros nunca andaban solos, ni siquiera los de esa especie.

—¿Te has perdido? —preguntó Urkin, y el animal se encogió sobre sí mismo, gimiendo. Era muy hermoso. Urkin guardó el cuchillo y extendió una mano en un gesto de amistad.

El lobezno se apretó contra el fondo del hueco. No parecía dispuesto a salir por las buenas, y Urkin no iba a forzarlo. El nanok se alejó del árbol y tomó asiento sobre una roca, decidido a esperar el tiempo que fuera necesario.

Había huellas más grandes que las del cachorro en el suelo, y también eran lobunas. ¿Su madre o padre? ¿Qué había pasado ahí exactamente? Si los ektén eran como los lobos de Kum, no abandonarían a un miembro de su jauría, mucho menos al otro lado de la luz azul.

—Me quedaré aquí hasta que alguien venga a buscarte —dijo Urkin al lobezno—. Y si nadie viene... tendré que llevarte conmigo. No puedo dejarte solo, morirías. ¿Entiendes algo de lo que estoy diciendo? Supongo que no. Espero que comprendas mi tono de voz, al menos.

El lobezno se limitó a mirarlo sin parpadear. Al cabo de un rato pareció estar un poco más calmado, y sus ojos se desviaron hacia el río. Urkin dedujo que debía de tener sed.

—Enseguida vuelvo.

El nanok fue hasta la orilla, arrancó una hoja grande y usó la misma como cuenco para recoger el agua. Urkin la olió primero, y sí, estaba buena. Regresó junto al árbol sosteniendo la hoja con ambas manos.

—Aquí tienes, lobo de luna —dijo el nanok, depositando la hoja frente al cachorro antes de volver a la roca.

El lobezno no bebió de inmediato, sino que palmo a palmo se deslizó hasta la hoja y una vez ahí tomó el agua con rápidos lengüetazos. Después retrocedió al hueco en el árbol.

—Puf. Ya veo que esto no será fácil. Pero créeme, no pienso hacerte daño.

Urkin empezó a cantar en voz baja, como hacía para sus primos a la hora de la siesta. El lobezno luchó por mantener los ojos abiertos, pero debía de estar cansado y se durmió al cabo de un rato. Urkin guardó silencio. Mientras esperaba le dio hambre, así que comió las bayas en su bolsita pensando que a la vuelta tendría que recoger más. Nadie apareció en todo ese lapso. Si el lobezno tenía familia, se hallaba fuera de su alcance.

El cachorro despertó hacia el atardecer. Quizás había pensado que su madre estaría ahí cuando abriera los ojos, porque miró en derredor y luego bajó la cabeza en un gesto de desilusión. Urkin sintió pena por él.

—Escucha, ya debo irme. ¿Quieres venir conmigo? Vamos, sígueme. —El cachorro no se movió—. Está bien, no me sigas. Pero yo volveré mañana, y si aún estás aquí, te traeré algo de comer. Adiós.

Al tiempo que decía todo esto, Urkin bajó de la roca y se alejó muy despacio del árbol. No quería dejar ahí al cachorro, pero el animalito tenía que decidir por sí mismo si aceptaba o no la invitación.

Urkin siguió caminando, le dio la espalda al árbol... y entonces escuchó pasos detrás de él. El nanok sonrió de alivio. Allí estaba el lobezno, con la cola entre sus patitas pero siguiéndolo por su propia voluntad.

—Bien hecho. Yo me encargaré de ti, pequeño.

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