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14 de julio de 2010

EXPLICANDO A LOS CEREBRITOS

Los cerebritos somos personas bastante particulares, incomprensibles y a menudo simplemente estrafalarias. Y no me refiero al aspecto, aunque en general a los cerebritos nos importa poco la moda. (Eso no quiere decir que los cerebritos no sepamos vestirnos con un mínimo de elegancia; habrá algunos que metan la pata, pero cualquier cerebrito debería ser capaz de una tarea tan simple. Al fin y al cabo, hacemos cosas más complicadas, como inventar robots o escribir libros.)

Para empezar, un cerebrito no es un ser humano normal. ¿Recuerdan a los futbohólicos? Bueno, un cerebrito es bastante parecido, sólo que es una cruza entre un zombi, una esponja y un disco duro. Los cerebritos, en lugar de pensar en fútbol, estamos en una búsqueda constante e insaciable de información.


Asusta un poco, ¿verdad? :-D

En fin, ¿por qué nos interesa tanto la información? Ni idea. Pero si alguna vez han visto a un perro desesperarse por una salchicha, o un imán atraído hacia el hierro, o a un vampiro chupándole la sangre a su inocente víctima, más o menos podrán comprender cuál es la fuerza cósmica que impulsa a los cerebritos a llenar sus neuronas con datos y más datos. Es que no lo podemos evitar. Algunas personas se obsesionan con los deportes, otras con el sexo, otras con las cebras a cuadros; los cerebritos nos obsesionamos con el conocimiento, y nada nos produce más placer.

La mayor felicidad de un cerebrito es tener un libro nuevo. Sin importar cuáles sean las otras opciones, el cerebrito gravitará inevitablemente hacia el libro nuevo. Bueno, tal vez la decisión sea un poco más difícil si una de las opciones es una barra de chocolate, porque, ejem, a algunos cerebritos del sexo femenino también nos apasiona el chocolate. Somos cerebritos... ¿cacaofílicos?... ¿chocohólicos? (cacaohólicos no porque suena feo).

En fin, denle un libro nuevo a un cerebrito y de inmediato verán su reacción de suprema felicidad:


Eso sí: asegúrense de que sea un libro que valga la pena, porque a los cerebritos nos molesta mucho perder nuestro tiempo con malos libros. ¡Es tiempo que habríamos usado para adquirir información útil! Bueno, o quizás no tan útil pero interesante. Como cuáles son los hábitos reproductivos de las anémonas, o por qué los guisantes son esféricos en lugar de dodecaédricos (¿no les encanta la palabra "dodecaedro"?; a mí me fascina, y también los dodecaedros).

Los cerebritos han sido importantes a lo largo de la historia, de modo que hay unos cuantos cerebritos famosos:

Albert Einstein
Marie Curie
Stephen Hawking
Emmett Brown
Lisa Simpson
Ciro Peraloca (también conocido como Giro Sintornillos)
Hermione Granger
Cerebro (el que trata de conquistar el mundo)
Thomas Edison
Doctor Frankenstein (aunque ése metió la pata)
Charles Xavier
Isaac Asimov
Spock (sí, el de las orejas puntiagudas)
R2D2
J. R. R. Tolkien (inventó varios idiomas, menudo cerebrito)
Gil Grissom
Sheldon Cooper y Amy Farrah Fowler

Y no me digan que R2D2 no es un cerebrito, ¡porque es más inteligente que la mitad de los personajes de La guerra de las galaxias! Especialmente Chewbacca. Vamos, que Chewbacca no hace más que quejarse durante toda la serie.

Cosas que no nos gustan a los cerebritos:

reality shows (disminuyen nuestro coeficiente intelectual)
personas menos interesantes que un libro
libros menos interesantes que un caracol (desperdicio de papel)
actividades monótonas
canciones idiotas y pegadizas (ocupan recursos mentales)
largas filas para hacer un trámite público
contradicciones evidentes (exasperan nuestra lógica)
estupidez general de la humanidad

Otra característica de los cerebritos: nuestra capacidad de concentración. Cuando un cerebrito está adquiriendo o poniendo en práctica sus conocimientos, casi nada podrá distraerlo de dicha actividad. Edison, por ejemplo, se encerraba a inventar cosas y se olvidaba de comer. Menos mal que estaba casado y su mujer le llevaba la comida, o habría muerto antes de inventar las lamparitas. Imagínense, todo este tiempo habríamos tenido que usar velas. Menudo inconveniente.

Un cerebrito concentrado es un cerebrito "en la zona". O sea, inmensamente feliz e inconsciente del paso del tiempo. Si averiguan que el mundo va a acabar mañana, denle un libro a su cerebrito más cercano y se irá al más allá sin enterarse de lo que pasó.


En cuanto a mí, esta cerebrito se va a leer un libro mientras come un pedazo de chocolate :-)

G. E.

2 comentarios:

  1. Me encantaría pertenecer a la comunidad de cerebritos. Aunque me inquietan algunos interrogantes. Por ejemplo:
    ¿Ser chocofóbico es un impedimento? O ¿Aserejé y Gangamstyle son canciones idiotas y pegadizas?
    Solicito contestación para interesarme (o no) en pertencer.
    Saludos.
    Gerardo Campani

    ResponderEliminar
  2. Bueno, te perdonaremos esos defectos minúsculos si puedes mantener una conversación culta durante más de media hora :-D ¡Saludos!

    ResponderEliminar



Fragmento de LOBO DE LUNA

El joven nanok siguió el sonido del agua, pero entonces olió algo más que lo distrajo. ¿Qué era eso? No lo reconoció en absoluto.

A pesar de su curiosidad, Urkin fue precavido: avanzó hacia la fuente del olor moviéndose de árbol en árbol, aprovechando que su pelaje era marrón como la corteza. De su cinturón extrajo un cuchillo de piedra, por las dudas; en Kum, cualquier novedad podía ser agradable... o mortal.

Poco a poco se aproximó a un árbol más grueso que los demás, donde oyó el tenue flujo de una respiración. El olor pertenecía a un ser viviente.

Urkin rodeó el árbol, y en un hueco vio una mancha plateada y pequeña. Y asustada. El nanok lo supo por la forma en que la criatura estaba doblada sobre sí misma, como si tratara de contraerse hasta desaparecer.

Sin soltar el cuchillo, Urkin se acercó un poco más, y entonces la criatura levantó la cabeza. Urkin contuvo la respiración.

Era un cachorro de lobo. Pero no un lobo cualquiera sino un ekté, un lobo de luna. Urkin jamás había visto uno, pero sí algunos miembros de su clan, en noches de Aima llena. Así sabía que los ektén eran plateados y que tenían a Aima en los ojos.

¿Qué hacía el lobezno en el hueco del árbol? Los cachorros nunca andaban solos, ni siquiera los de esa especie.

—¿Te has perdido? —preguntó Urkin, y el animal se encogió sobre sí mismo, gimiendo. Era muy hermoso. Urkin guardó el cuchillo y extendió una mano en un gesto de amistad.

El lobezno se apretó contra el fondo del hueco. No parecía dispuesto a salir por las buenas, y Urkin no iba a forzarlo. El nanok se alejó del árbol y tomó asiento sobre una roca, decidido a esperar el tiempo que fuera necesario.

Había huellas más grandes que las del cachorro en el suelo, y también eran lobunas. ¿Su madre o padre? ¿Qué había pasado ahí exactamente? Si los ektén eran como los lobos de Kum, no abandonarían a un miembro de su jauría, mucho menos al otro lado de la luz azul.

—Me quedaré aquí hasta que alguien venga a buscarte —dijo Urkin al lobezno—. Y si nadie viene... tendré que llevarte conmigo. No puedo dejarte solo, morirías. ¿Entiendes algo de lo que estoy diciendo? Supongo que no. Espero que comprendas mi tono de voz, al menos.

El lobezno se limitó a mirarlo sin parpadear. Al cabo de un rato pareció estar un poco más calmado, y sus ojos se desviaron hacia el río. Urkin dedujo que debía de tener sed.

—Enseguida vuelvo.

El nanok fue hasta la orilla, arrancó una hoja grande y usó la misma como cuenco para recoger el agua. Urkin la olió primero, y sí, estaba buena. Regresó junto al árbol sosteniendo la hoja con ambas manos.

—Aquí tienes, lobo de luna —dijo el nanok, depositando la hoja frente al cachorro antes de volver a la roca.

El lobezno no bebió de inmediato, sino que palmo a palmo se deslizó hasta la hoja y una vez ahí tomó el agua con rápidos lengüetazos. Después retrocedió al hueco en el árbol.

—Puf. Ya veo que esto no será fácil. Pero créeme, no pienso hacerte daño.

Urkin empezó a cantar en voz baja, como hacía para sus primos a la hora de la siesta. El lobezno luchó por mantener los ojos abiertos, pero debía de estar cansado y se durmió al cabo de un rato. Urkin guardó silencio. Mientras esperaba le dio hambre, así que comió las bayas en su bolsita pensando que a la vuelta tendría que recoger más. Nadie apareció en todo ese lapso. Si el lobezno tenía familia, se hallaba fuera de su alcance.

El cachorro despertó hacia el atardecer. Quizás había pensado que su madre estaría ahí cuando abriera los ojos, porque miró en derredor y luego bajó la cabeza en un gesto de desilusión. Urkin sintió pena por él.

—Escucha, ya debo irme. ¿Quieres venir conmigo? Vamos, sígueme. —El cachorro no se movió—. Está bien, no me sigas. Pero yo volveré mañana, y si aún estás aquí, te traeré algo de comer. Adiós.

Al tiempo que decía todo esto, Urkin bajó de la roca y se alejó muy despacio del árbol. No quería dejar ahí al cachorro, pero el animalito tenía que decidir por sí mismo si aceptaba o no la invitación.

Urkin siguió caminando, le dio la espalda al árbol... y entonces escuchó pasos detrás de él. El nanok sonrió de alivio. Allí estaba el lobezno, con la cola entre sus patitas pero siguiéndolo por su propia voluntad.

—Bien hecho. Yo me encargaré de ti, pequeño.

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