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1 de noviembre de 2016

LA INFANTINA ENCANTADA

Aquí va otro de mis pocos poemas favoritos. Es medieval y encima anónimo, de modo que, al igual que el poema Un pleito, puedo reproducirlo sin pedir permiso (en serio, gente, es importante respetar las cuestiones del copyright; cuando se trata de un autor vivo, hay que pedir permiso y pagarle si así lo demandara, porque seguramente tendrá que pagar las cuentas como todos los demás).

LA INFANTINA ENCANTADA


A cazar va el caballero,
a cazar como solía,
los perros lleva cansados,
el halcón perdido había: (1)
andando, se le hizo noche
en una oscura montiña.
Sentárase al pie de un roble,
el más alto que allí había:
el troncón tenía de oro,
las ramas de plata fina; (2)
levantando más los ojos,
vio cosa de maravilla:
en la más altita rama
viera estar una infantina;
cabellos de su cabeza
con peine de oro partía,
y del lado que los parte,
toda la rama cubrían; (3)
la luz de sus claros ojos
todo el monte esclarecía. (4)
—No te espantes, caballero,
ni tengas tamaña grima;
hija soy yo del gran rey
y de la reina de Hungría;
hadáronme siete hadas
en brazos de mi madrina;
que quedase por siete años
hadada en esta montiña. (5)
Hoy hace los siete años,
mañana se cumple el día;
espéresme, caballero,
llévesme en tu compañía. (6)
—Esperéisme vos, señora,
hasta mañana, ese día;
madre vieja tengo en casa,
buen consejo me daría. (7)
La niña le despidiera
de enojo y malenconía: (8)
—¡Oh, mal haya el caballero
que al encanto no servía;
vase a tomar buen consejo,
y deja sola la niña! (9)
Ya volvía el caballero,
muy buen consejo traía; (10)
busca la montiña toda,
ni halló roble, ni halló niña; (11)
va corriendo, va llamando,
la niña no respondía. (12)
Tendió los ojos al lejos, (13)
vio tan gran caballería;
duques, condes y señores
por aquellos campos iban;
llevaban la linda infanta,
que era ya cumplido el día. (14)
El triste del caballero
por muerto en tierra caía, (15)
y desque en sí hubo tornado,
mano a la espada metía:
—Quien pierde lo que yo pierdo,
¿qué pena no merecía?
¡Yo haré justicia en mí mismo,
aquí acabará mi vida! (16)

1. O sea, era un pésimo cazador.
2. Considerando esta descripción del árbol, es posible que el cazador hubiera llegado a Lothlórien. Menos mal que no se topó con ningún orco por el camino.
3. La niña era pariente de Rapunzel.
4. La niña también era un ancestro del X-Men Cyclops. Un momento, ¿no era que la montiña estaba oscura? Oh, bueno, quizás la niña estaba durmiendo, abrió los ojos y la iluminó justo en ese momento. Ciertamente no hay mucho que hacer en la cima de un roble después de los primeros cinco minutos.
5. Qué hadas repodridas. Seguro eran parientes de la que convirtió en bestia al príncipe de La bella y la bestia.
6. Obviamente la niña se había aburrido tanto durante esos siete años hadada en la dichosa montiña (¡sin wi-fi!) que estaba dispuesta a irse con el primero que pasara.
7. Cazador hijito de mamá. Una niña guapa y sola pidiendo ayuda desde un árbol, ¿qué tanto consejo hacía falta? Los bomberos no van a pedir consejos a sus madres antes de bajar a un pobre gatito; lo hacen y ya.
8. Tuve que buscar "malenconía" en el diccionario. (No, no les voy a poner la definición. Búsquenla ustedes también, haraganes.)
9. Deja sola la niña en la estúpida montiña sin wi-fi y a merced de cualquier posible pederasta (o quizás hasta de un orco). Pobrecilla.
10. "¡Vete a buscar a la niña, pedazo de estúpido!"
11. Perdió al halcón, perdió a la niña, seguro que también perdió a su caballo (se lo habrá comido un orco). Y las llaves del auto, si hubiera habido autos en la época medieval.
12. ¡Claro que no respondía, tarado, si la dejaste sola en la estúpida montiña sin wi-fi!
13. ¡Ojos voladores! :-D
14. Quien fue a Sevilla perdió su silla. Eso pasa por no decidir rápido.
15. O sea, se desmayó. ¡Qué flojo!
16. Bueno, un poco exagerado, aunque haya sido estúpido. Podría haber golpeado su cabeza contra algún otro árbol y ya. Pero me da que no se perdió nada de todas maneras.

G. E.

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Fragmento de LOBO DE LUNA

El joven nanok siguió el sonido del agua, pero entonces olió algo más que lo distrajo. ¿Qué era eso? No lo reconoció en absoluto.

A pesar de su curiosidad, Urkin fue precavido: avanzó hacia la fuente del olor moviéndose de árbol en árbol, aprovechando que su pelaje era marrón como la corteza. De su cinturón extrajo un cuchillo de piedra, por las dudas; en Kum, cualquier novedad podía ser agradable... o mortal.

Poco a poco se aproximó a un árbol más grueso que los demás, donde oyó el tenue flujo de una respiración. El olor pertenecía a un ser viviente.

Urkin rodeó el árbol, y en un hueco vio una mancha plateada y pequeña. Y asustada. El nanok lo supo por la forma en que la criatura estaba doblada sobre sí misma, como si tratara de contraerse hasta desaparecer.

Sin soltar el cuchillo, Urkin se acercó un poco más, y entonces la criatura levantó la cabeza. Urkin contuvo la respiración.

Era un cachorro de lobo. Pero no un lobo cualquiera sino un ekté, un lobo de luna. Urkin jamás había visto uno, pero sí algunos miembros de su clan, en noches de Aima llena. Así sabía que los ektén eran plateados y que tenían a Aima en los ojos.

¿Qué hacía el lobezno en el hueco del árbol? Los cachorros nunca andaban solos, ni siquiera los de esa especie.

—¿Te has perdido? —preguntó Urkin, y el animal se encogió sobre sí mismo, gimiendo. Era muy hermoso. Urkin guardó el cuchillo y extendió una mano en un gesto de amistad.

El lobezno se apretó contra el fondo del hueco. No parecía dispuesto a salir por las buenas, y Urkin no iba a forzarlo. El nanok se alejó del árbol y tomó asiento sobre una roca, decidido a esperar el tiempo que fuera necesario.

Había huellas más grandes que las del cachorro en el suelo, y también eran lobunas. ¿Su madre o padre? ¿Qué había pasado ahí exactamente? Si los ektén eran como los lobos de Kum, no abandonarían a un miembro de su jauría, mucho menos al otro lado de la luz azul.

—Me quedaré aquí hasta que alguien venga a buscarte —dijo Urkin al lobezno—. Y si nadie viene... tendré que llevarte conmigo. No puedo dejarte solo, morirías. ¿Entiendes algo de lo que estoy diciendo? Supongo que no. Espero que comprendas mi tono de voz, al menos.

El lobezno se limitó a mirarlo sin parpadear. Al cabo de un rato pareció estar un poco más calmado, y sus ojos se desviaron hacia el río. Urkin dedujo que debía de tener sed.

—Enseguida vuelvo.

El nanok fue hasta la orilla, arrancó una hoja grande y usó la misma como cuenco para recoger el agua. Urkin la olió primero, y sí, estaba buena. Regresó junto al árbol sosteniendo la hoja con ambas manos.

—Aquí tienes, lobo de luna —dijo el nanok, depositando la hoja frente al cachorro antes de volver a la roca.

El lobezno no bebió de inmediato, sino que palmo a palmo se deslizó hasta la hoja y una vez ahí tomó el agua con rápidos lengüetazos. Después retrocedió al hueco en el árbol.

—Puf. Ya veo que esto no será fácil. Pero créeme, no pienso hacerte daño.

Urkin empezó a cantar en voz baja, como hacía para sus primos a la hora de la siesta. El lobezno luchó por mantener los ojos abiertos, pero debía de estar cansado y se durmió al cabo de un rato. Urkin guardó silencio. Mientras esperaba le dio hambre, así que comió las bayas en su bolsita pensando que a la vuelta tendría que recoger más. Nadie apareció en todo ese lapso. Si el lobezno tenía familia, se hallaba fuera de su alcance.

El cachorro despertó hacia el atardecer. Quizás había pensado que su madre estaría ahí cuando abriera los ojos, porque miró en derredor y luego bajó la cabeza en un gesto de desilusión. Urkin sintió pena por él.

—Escucha, ya debo irme. ¿Quieres venir conmigo? Vamos, sígueme. —El cachorro no se movió—. Está bien, no me sigas. Pero yo volveré mañana, y si aún estás aquí, te traeré algo de comer. Adiós.

Al tiempo que decía todo esto, Urkin bajó de la roca y se alejó muy despacio del árbol. No quería dejar ahí al cachorro, pero el animalito tenía que decidir por sí mismo si aceptaba o no la invitación.

Urkin siguió caminando, le dio la espalda al árbol... y entonces escuchó pasos detrás de él. El nanok sonrió de alivio. Allí estaba el lobezno, con la cola entre sus patitas pero siguiéndolo por su propia voluntad.

—Bien hecho. Yo me encargaré de ti, pequeño.

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