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14 de octubre de 2016

AMO MI CUERPO

Los fabricantes de productos de belleza quieren que odie mi cuerpo. Quieren que odie mi pelo, mi cara, mi cutis, mi peso, mi forma. Quieren hacerme creer que tengo imperfecciones grandes y pequeñas, y que una vez que compre sus productos para arreglarlas o disimularlas, seré exitosa y feliz.

Personas que NO venden productos también han tratado de convencerme de que mi cuerpo no está bien. "Eres demasiado bajita." "Deberías cortarte el pelo." "Deberías plancharte el pelo." "Estás gorda." "Estás muy delgada." "Te verías mejor si te maquillaras y usaras otra ropa." "Tienes granitos en la cara." "No tienes tetas."

Pero ¿saben qué? NO LES ESTOY DANDO BOLA. Yo amo mi cuerpo. AMO MI CUERPO. Y voy a explicar aquí por qué lo amo, dado que lo que se pone en Internet queda aquí para siempre, y quizás ayude a otra gente a darse cuenta de que también tienen razones para amar sus respectivos cuerpos, más allá de lo que digan las propagandas y las personas tarúpidas :-)

Amo mi estatura. Sí, mido 1,50 m y no alcanzo los estantes altos en el supermercado, pero ¿qué más da? No me interesa ser modelo. No me gusta el baloncesto. En cambio, ¡las estadísticas dicen que las personas bajitas tenemos una mayor expectativa de vida! Y sí, me agobia estar en medio de una multitud de gente más alta que yo, pero al mismo tiempo puedo colarme y ponerme delante argumentando que no voy a bloquear el campo visual de nadie :-D

Amo mi peso (50 kg). Está dentro del rango normal para mi estatura, así que me siento cómoda y ligera, pero sin prescindir de esos colchoncitos de grasa en los lugares que corresponde.

Amo mis proporciones. No tengo piernas largas, pero tampoco tengo piernas demasiado cortas, por lo que a menudo la gente no percibe que soy bajita hasta que menciono mi estatura. ¿Y para qué necesito piernas súper largas? ¡Puedo compensar la diferencia caminando más rápido! Además, la franja de 10 cm que recorto de mis pantalones sirve para hacer remiendos.

Amo mi cabellera, aunque se encrespe con la humedad. Está brillante y sana, y me la envidian las niñitas cuando salgo a pasear. ¡Y mi puedo usar mi larga trenza como juguete para gatitos!

Amo mi cara. No porque sea una belleza (no lo es), sino porque es NORMAL. La gente subestima la normalidad. ¿Saben quiénes NO subestiman la normalidad? Las personas con trastornos congénitos, enfermedades desfigurantes o cicatrices. Ellas darían cualquier cosa no para ser hermosas, sino para salir a la calle sin tener que preocuparse de que las miren como bichos raros.

Amo mis ojos. No necesitan gafas, perciben todos los colores, ven bien en la oscuridad. Me permiten apreciar todas las cosas bonitas que hay en el mundo.

Amo mi cavidad nasal. Sí, esto suena raro, pero ¿se imaginan vivir sin olfato? ¡La comida perdería la mitad del sabor! ¡No podríamos oler las flores! ¿Saben que el olfato es también muy efectivo para detectar alimentos en mal estado? (por no hablar de la caca de perro que uno pisa accidentalmente en la vía pública; nada como el aviso del olfato para así limpiar los zapatos antes de entrar a cualquier sitio cerrado).

Amo mis labios. Con ellos puedo sonreír, besar y sentir la suavidad de las telas y los gatitos.

Amo mis palilas gustativas. ¡Me permiten saborear el chocolateeeeee! Y también amo mis dientes, a pesar de los dos tratamientos de ortodoncia por los que tuve que pasar. Están sanos, y con ellos puedo masticar mis alimentos. ¡Las palomitas de maíz, por ejemplo! Mmmm, qué delicia crujiente :-)

Amo mis orejas. Salieron tan bien que no llaman la atención :-D Sirven para ponerme pendientes y evitar que el pelo me caiga sobre la cara.

Amo mis oídos. ¡No podría escuchar música sin ellos! ¡Y yo no podría vivir sin música!

Amo mi voz. No la considero hermosa pero al menos sé que no es chillona, y puedo usarla para cantar y ponerme de buen humor, por no hablar de comunicarme.

Amo mis piernas y mis brazos completamente funcionales. Mis piernas me han llevado siempre de un lado a otro sin problemas, y la de horas felices que pasé patinando gracias a ellas.

Amo mis manos. Son pequeñas pero hábiles, y con ellas puedo escribir en mi teclado y hacer los dibujitos para este blog, entre tantas otras cosas :-D

Amo mis senos pequeños. ¡Son súper cómodos! De paso, los hombres no se distraen con ellos y por lo tanto me miran a la CARA :-D

Amo mi corazón. ESTÁ SANO. Mantiene mi cuerpo vivo sin esfuerzo, y no se cansa cuando tengo que correr para alcanzar el autobús.

Amo mi piel, aun a pesar de los ocasionales brotes de acné y los vellos molestos. De nuevo, la simple normalidad está subestimada. ¿Han oído hablar del hombre árbol? ¿O de una enfermedad genética que hace que la piel crezca incontrolablemente? ¿O incluso del albinismo? Mi piel cumple su función de barrera, sana rápido, tiene una alta tolerancia al dolor y me permite sentir el aire fresco, el calor del sol y la textura de las cosas. ¡Todo eso es maravilloso!

¡Amo mi sistema inmunitario! La última vez que pillé una gripe fue en 2007. No he pasado un solo día en cama por una enfermedad infecciosa desde entonces.

Amo mis órganos. Funcionan tan bien que ni siquiera me acuerdo de que tengo hígado y páncreas, y mis tripas casi nunca me molestan. No bromeo con lo de las tripas. Pregúntenle a alguien con la enfemedad de Crohn o colitis inflamatoria :-P ¡Yo no sufro nada de eso, yupiiii! Encima, parece que también tengo razones para amar a los microbios de mis tripas (que no son parte de mi cuerpo, pero sí unos inquilinos muy educados).

Amo mis pies. Son pequeñitos pero fuertes, y no se quejan aunque los use para caminar siete kilómetros sin parar a buena velocidad.

Y amo mi cerebro. Amo que funcione bien, que me sirva para leer, escribir, pensar, recordar, crear arte y soñar cosas raras y divertidas. La gente da el cerebro por sentado, como si el exterior fuera más importante, pero un sistema nervioso sano es INVALUABLE. Sin enfermedades de Alzheimer o Parkinson, sin esclerosis lateral amiotrófica, sin parálisis cerebral, sin epilepsia, sin desequilibrios químicos de los que causan depresión o psicopatías.

Por eso digo una vez más: AMO MI CUERPO. Y pobre del que intente convencerme de lo contrario.


G. E.

PD: Uh, qué bien me siento después de haber escrito esto. Animo a todo el mundo a hacer lo mismo :-) Y si lo escriben en algún blog, avísenme para que pueda compartir esas entradas. ¡Así contrarrestaremos entre todos las propagandas desmoralizantes!

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4 comentarios:

  1. Hola Gissel! Nuestro cuerpo es maravilloso, pero a veces hay mucha presión como dices, de los medios y las personas al rededor porque seamos "perfectas" cualquier detalle es criticable, aunque sea normal, como dices subestimamos la normalidad. En mi caso mis ojitos empiezan a fallar, uso lentes todo el tiempo, por eso los quiero más, jeje. Besos!

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    1. Gracias por el comentario, Ana :-) Y sí, haces bien en seguir amando tus ojitos, porque sigues viendo con ellos aunque necesiten un poco de ayuda. Es que estoy harta de tanta presión por la estética, cuando en realidad es más importante la FUNCIONALIDAD. Luego vemos casos de mujeres que arruinaron sus caras perfectamente normales (y hasta bonitas) con cirugías cosméticas mal hechas, o que incluso murieron en el quirófano por ponerse implantes en las tetas. ¡Y todo para nada, porque la felicidad NO pasa por ese lado! Es triste. O sea, tenemos que ignorar las críticas. ¿Estamos sanas? ¿Estamos vivas? ¿Podemos ser felices a pesar de algún quebranto de salud? ESO DEBERÍA SER SUFICIENTE :-) ¡Besos!

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  2. Me recuerdas la canción "Me amo" del Cuarteto de Nos 😆

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    1. No la he escuchado, pero me agrada que exista :-D

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Fragmento de LOBO DE LUNA

El joven nanok siguió el sonido del agua, pero entonces olió algo más que lo distrajo. ¿Qué era eso? No lo reconoció en absoluto.

A pesar de su curiosidad, Urkin fue precavido: avanzó hacia la fuente del olor moviéndose de árbol en árbol, aprovechando que su pelaje era marrón como la corteza. De su cinturón extrajo un cuchillo de piedra, por las dudas; en Kum, cualquier novedad podía ser agradable... o mortal.

Poco a poco se aproximó a un árbol más grueso que los demás, donde oyó el tenue flujo de una respiración. El olor pertenecía a un ser viviente.

Urkin rodeó el árbol, y en un hueco vio una mancha plateada y pequeña. Y asustada. El nanok lo supo por la forma en que la criatura estaba doblada sobre sí misma, como si tratara de contraerse hasta desaparecer.

Sin soltar el cuchillo, Urkin se acercó un poco más, y entonces la criatura levantó la cabeza. Urkin contuvo la respiración.

Era un cachorro de lobo. Pero no un lobo cualquiera sino un ekté, un lobo de luna. Urkin jamás había visto uno, pero sí algunos miembros de su clan, en noches de Aima llena. Así sabía que los ektén eran plateados y que tenían a Aima en los ojos.

¿Qué hacía el lobezno en el hueco del árbol? Los cachorros nunca andaban solos, ni siquiera los de esa especie.

—¿Te has perdido? —preguntó Urkin, y el animal se encogió sobre sí mismo, gimiendo. Era muy hermoso. Urkin guardó el cuchillo y extendió una mano en un gesto de amistad.

El lobezno se apretó contra el fondo del hueco. No parecía dispuesto a salir por las buenas, y Urkin no iba a forzarlo. El nanok se alejó del árbol y tomó asiento sobre una roca, decidido a esperar el tiempo que fuera necesario.

Había huellas más grandes que las del cachorro en el suelo, y también eran lobunas. ¿Su madre o padre? ¿Qué había pasado ahí exactamente? Si los ektén eran como los lobos de Kum, no abandonarían a un miembro de su jauría, mucho menos al otro lado de la luz azul.

—Me quedaré aquí hasta que alguien venga a buscarte —dijo Urkin al lobezno—. Y si nadie viene... tendré que llevarte conmigo. No puedo dejarte solo, morirías. ¿Entiendes algo de lo que estoy diciendo? Supongo que no. Espero que comprendas mi tono de voz, al menos.

El lobezno se limitó a mirarlo sin parpadear. Al cabo de un rato pareció estar un poco más calmado, y sus ojos se desviaron hacia el río. Urkin dedujo que debía de tener sed.

—Enseguida vuelvo.

El nanok fue hasta la orilla, arrancó una hoja grande y usó la misma como cuenco para recoger el agua. Urkin la olió primero, y sí, estaba buena. Regresó junto al árbol sosteniendo la hoja con ambas manos.

—Aquí tienes, lobo de luna —dijo el nanok, depositando la hoja frente al cachorro antes de volver a la roca.

El lobezno no bebió de inmediato, sino que palmo a palmo se deslizó hasta la hoja y una vez ahí tomó el agua con rápidos lengüetazos. Después retrocedió al hueco en el árbol.

—Puf. Ya veo que esto no será fácil. Pero créeme, no pienso hacerte daño.

Urkin empezó a cantar en voz baja, como hacía para sus primos a la hora de la siesta. El lobezno luchó por mantener los ojos abiertos, pero debía de estar cansado y se durmió al cabo de un rato. Urkin guardó silencio. Mientras esperaba le dio hambre, así que comió las bayas en su bolsita pensando que a la vuelta tendría que recoger más. Nadie apareció en todo ese lapso. Si el lobezno tenía familia, se hallaba fuera de su alcance.

El cachorro despertó hacia el atardecer. Quizás había pensado que su madre estaría ahí cuando abriera los ojos, porque miró en derredor y luego bajó la cabeza en un gesto de desilusión. Urkin sintió pena por él.

—Escucha, ya debo irme. ¿Quieres venir conmigo? Vamos, sígueme. —El cachorro no se movió—. Está bien, no me sigas. Pero yo volveré mañana, y si aún estás aquí, te traeré algo de comer. Adiós.

Al tiempo que decía todo esto, Urkin bajó de la roca y se alejó muy despacio del árbol. No quería dejar ahí al cachorro, pero el animalito tenía que decidir por sí mismo si aceptaba o no la invitación.

Urkin siguió caminando, le dio la espalda al árbol... y entonces escuchó pasos detrás de él. El nanok sonrió de alivio. Allí estaba el lobezno, con la cola entre sus patitas pero siguiéndolo por su propia voluntad.

—Bien hecho. Yo me encargaré de ti, pequeño.

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