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20 de octubre de 2016

FORMAS EN LAS QUE PREFERIRÍA MORIR

Siempre he pensado que morir por los típicos achaques de la vejez no es muy digno que digamos. ¿Falla cardíaca? ¿Insuficiencia renal? ¿Cáncer? Blegh. Sin embargo, considerando que mis abuelos fueron longevos y que yo cuido mucho mi salud, es posible que llegue a superar la expectativa promedio de vida para una mujer en un país desarrollado.

¿Qué hacer, entonces? ¿Sobrellevar una vejez de, posiblemente, cuarenta años de duración? ¿O buscar la manera de abandonar este mundo en la forma más espectacular posible antes de que dicha vejez acabe conmigo?

Creo que prefiero lo segundo, de modo que aquí les va mi lista de...

FORMAS EN LAS QUE PREFERIRÍA MORIR

Indigestión aguda y letal por consumo excesivo de chocolate.

Por un ataque de risa durante un maratón de cortometrajes con minions.

Por un feliz paroxismo auditivo causado por escuchar metal sinfónico o música instrumental épica a todo volumen.

Que me cayera encima una secuoya muy, muy antigua durante un viaje de retiro a California.

Que me cayera un piano encima al estilo de las caricaturas (habría mucha más sangre y tripas desparramadas, sin embargo, pero está bien porque no me tocaría limpiar el desastre).

Haciendo algo verdaderamente estúpido (a fin de ganar un premio Darwin).

Haciendo algo muy heroico para salvar a gente que merezca ser salvada.

Que me dispararan a la cabeza durante una carrera nudista a través de Afganistán (así me convertiría en una mártir por los derechos de las mujeres en ese país; además, sería chistoso que la gente me viera en mis últimos momentos como una viejecita desnuda, feminista, liberal y un tanto descocada).

En una explosión de nave espacial de camino a colonizar Marte. (No soy una gran fanática de la colonización de Marte, pero me mudaría allí si sólo dejaran entrar a las personas buenas y sensatas. Claro que, en realidad, lo más sensato sería enviar a Marte a las personas estúpidas y dañinas.)

Lanzándome en un auto por el Gran Cañón (al estilo Thelma y Louise) tras haber cometido un montón de barbaridades divertidas.

Intoxicada por una fruta exótica súper deliciosa que a su vez fuera inesperadamente venenosa.

Asesinada por fanático tras haber escrito un libro que cambiara a la humanidad para bien (onda John Lennon).

Sepultada por una avalancha tras haber pasado una tarde feliz aprendiendo a esquiar.

Por un traumatismo de cráneo causado por un libro pesado durante una feroz discusión académica literaria.

Caer al fondo de un precipicio por estar muy distraída mirando pájaros.

Decapitada con mi propia motosierra por estar haciendo una escultura de Henry Cavill, en hielo o madera, durante un día torpe.

Por una explosión en mi laboratorio después de haberme convertido en una genial científica geriátrica y loca.

Desintegrada por haberme metido equivocadamente (o sea, buscando el baño) en un colisionador de partículas.

Como bomba humana en una convención de terroristas (¡pa' que tengan!).

Electrocutada por un rayo durante un baile a la intemperie bajo una tormenta eléctrica.

Electrocutada por un rayo en la Torre Eiffel (después de haber recorrido todo París, claro).

Congelada repentinamente por una catástrofe ambiental de proporciones apocalípticas.

Petrificada al instante por una nube volcánica como pasó en Pompeya.

Por un meteorito que extinguiera a toda la especie humana (y dejara a los animales para que siguieran disfrutando de nuestro planeta sin más amenazas que la típica cadena alimenticia).

Provocando a tiburones blancos para que me devoraran (y de paso estaría alimentando generosamente a una especie en peligro de extinción).

Yo: ¡Tu mamá es un pececito de acuario sin dientes, ñañañañaña!
Tiburón: Disponte a morir, viejecita recalcitrante.

Devorada por un grupo de tigres dientes de sable que hubieran escapado de la extinción refugiándose en una selva remota. (O devorada por tigres de verdad que hubieran escapado de esos malditos chinos que utilizan sus testículos para hacer supuestos afrodisíacos.)

Devorada por un dinosaurio durante la exploración de una isla perdida.

Convertida en estatua de cera para un museo siniestro (como en la película House of Wax pero con mejor guion).

De un susto por causa una película de horror muy, muy buena.

De un susto durante la visita a una mansión antigua u hospital psiquiátrico abandonados y con fama de estar habitados por fantasmas horrorosos.

Asesinada por una momia durante una visita turística o una exploración arqueológica a una pirámide.

Desintegrada en un teletransporte fallido.

Desintegrada por marcianos al ataque.

Pisoteada por Godzilla.

Borrada de la existencia por una paradoja temporal.

Petrificada por el Motociclista Fantasma después de haber torturado y masacrado a algunos políticos tarúpidos de mi país (aunque es muy posible que el Motociclista Fantasma me perdonara por eso).

Exterminada por un Terminator del año 2050 por haberme convertido en el futuro en una amenaza a nivel global.

Asesinada por adorables gatitos poseídos por demonios caníbales.

Asesinada por gaviotas con aspiraciones vengativas y de dominación mundial (onda peli de Hitchcock).

Hechizada y ahogada por un guapo hombre con cola de pez que cantara como Andrea Bocelli.

Fulminada por haber hecho trato con el Diablo para que alguno de mis libros consiguiera fama mundial.

Peleando en un Jaeger para defender al mundo de los kaiju.

Triturada por un ventilador de techo usado como arma por un fenómeno poltergeist.

Devorada por un crocosaurio, un pterosaurio-barracuda o cualquier otro monstruo raro de las películas del canal Space.

En una espectacular batalla virtual para liberar a la humanidad de la Matrix. (Me vestiría como Trinity y usaría una elegante katana además de las armas de fuego.)

En alguna aventura loca en el Mundodisco, para que me llevara la Muerte creada por Terry Pratchett.

Combatiendo Caminantes Blancos a lomos de mi dragón Donald.

En un ataque kamikaze a extraterrestres invasores como en la película Día de la Independencia.

En una guerra contra Drácula y sus novias vampiro.

En una súper orgía seguida por suicidio colectivo antes de la destrucción de la Tierra por algún dios griego enfadado.

Devorada en Halloween por calabazas mutantes enormes y carnívoras.

Como guerrera peleando junto a Conan contra alguna horda o monstruo fantástico. (Vale, sería una guerrera muy vieja, pero bueno, hay antecedentes de gloriosos guerreros geriátricos en el Mundodisco.)

Derretida por un chubasco inesperado tras haberme convertido en una bruja mala de Oz.

Devorada por una araña gigante tras haberme enlistado en un ejército de Starship Troopers. (De nuevo, sería una soldado vieja, pero para algo están los exoesqueletos, como en la película Al filo del mañana. La cual me encanta, por cierto, dado que asesinan repetidamente a Tom Cruise.)

Congelada dentro de una pintura por un pintor hechicero malévolo.

Dormida para siempre por el hechizo de una bruja celosa de mi belleza talento para el dibujo.

Por un traumatismo de cráneo causado por una botella durante una pelea en un saloon en el parque Westworld.

Si se les ocurre alguna otra manera divertida y/o espectacular de abandonar la existencia, siéntanse libres de mencionarla en los comentarios :-)

G. E.

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Fragmento de LOBO DE LUNA

El joven nanok siguió el sonido del agua, pero entonces olió algo más que lo distrajo. ¿Qué era eso? No lo reconoció en absoluto.

A pesar de su curiosidad, Urkin fue precavido: avanzó hacia la fuente del olor moviéndose de árbol en árbol, aprovechando que su pelaje era marrón como la corteza. De su cinturón extrajo un cuchillo de piedra, por las dudas; en Kum, cualquier novedad podía ser agradable... o mortal.

Poco a poco se aproximó a un árbol más grueso que los demás, donde oyó el tenue flujo de una respiración. El olor pertenecía a un ser viviente.

Urkin rodeó el árbol, y en un hueco vio una mancha plateada y pequeña. Y asustada. El nanok lo supo por la forma en que la criatura estaba doblada sobre sí misma, como si tratara de contraerse hasta desaparecer.

Sin soltar el cuchillo, Urkin se acercó un poco más, y entonces la criatura levantó la cabeza. Urkin contuvo la respiración.

Era un cachorro de lobo. Pero no un lobo cualquiera sino un ekté, un lobo de luna. Urkin jamás había visto uno, pero sí algunos miembros de su clan, en noches de Aima llena. Así sabía que los ektén eran plateados y que tenían a Aima en los ojos.

¿Qué hacía el lobezno en el hueco del árbol? Los cachorros nunca andaban solos, ni siquiera los de esa especie.

—¿Te has perdido? —preguntó Urkin, y el animal se encogió sobre sí mismo, gimiendo. Era muy hermoso. Urkin guardó el cuchillo y extendió una mano en un gesto de amistad.

El lobezno se apretó contra el fondo del hueco. No parecía dispuesto a salir por las buenas, y Urkin no iba a forzarlo. El nanok se alejó del árbol y tomó asiento sobre una roca, decidido a esperar el tiempo que fuera necesario.

Había huellas más grandes que las del cachorro en el suelo, y también eran lobunas. ¿Su madre o padre? ¿Qué había pasado ahí exactamente? Si los ektén eran como los lobos de Kum, no abandonarían a un miembro de su jauría, mucho menos al otro lado de la luz azul.

—Me quedaré aquí hasta que alguien venga a buscarte —dijo Urkin al lobezno—. Y si nadie viene... tendré que llevarte conmigo. No puedo dejarte solo, morirías. ¿Entiendes algo de lo que estoy diciendo? Supongo que no. Espero que comprendas mi tono de voz, al menos.

El lobezno se limitó a mirarlo sin parpadear. Al cabo de un rato pareció estar un poco más calmado, y sus ojos se desviaron hacia el río. Urkin dedujo que debía de tener sed.

—Enseguida vuelvo.

El nanok fue hasta la orilla, arrancó una hoja grande y usó la misma como cuenco para recoger el agua. Urkin la olió primero, y sí, estaba buena. Regresó junto al árbol sosteniendo la hoja con ambas manos.

—Aquí tienes, lobo de luna —dijo el nanok, depositando la hoja frente al cachorro antes de volver a la roca.

El lobezno no bebió de inmediato, sino que palmo a palmo se deslizó hasta la hoja y una vez ahí tomó el agua con rápidos lengüetazos. Después retrocedió al hueco en el árbol.

—Puf. Ya veo que esto no será fácil. Pero créeme, no pienso hacerte daño.

Urkin empezó a cantar en voz baja, como hacía para sus primos a la hora de la siesta. El lobezno luchó por mantener los ojos abiertos, pero debía de estar cansado y se durmió al cabo de un rato. Urkin guardó silencio. Mientras esperaba le dio hambre, así que comió las bayas en su bolsita pensando que a la vuelta tendría que recoger más. Nadie apareció en todo ese lapso. Si el lobezno tenía familia, se hallaba fuera de su alcance.

El cachorro despertó hacia el atardecer. Quizás había pensado que su madre estaría ahí cuando abriera los ojos, porque miró en derredor y luego bajó la cabeza en un gesto de desilusión. Urkin sintió pena por él.

—Escucha, ya debo irme. ¿Quieres venir conmigo? Vamos, sígueme. —El cachorro no se movió—. Está bien, no me sigas. Pero yo volveré mañana, y si aún estás aquí, te traeré algo de comer. Adiós.

Al tiempo que decía todo esto, Urkin bajó de la roca y se alejó muy despacio del árbol. No quería dejar ahí al cachorro, pero el animalito tenía que decidir por sí mismo si aceptaba o no la invitación.

Urkin siguió caminando, le dio la espalda al árbol... y entonces escuchó pasos detrás de él. El nanok sonrió de alivio. Allí estaba el lobezno, con la cola entre sus patitas pero siguiéndolo por su propia voluntad.

—Bien hecho. Yo me encargaré de ti, pequeño.

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