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5 de febrero de 2016

LA TERCERA ES LA VENCIDA... PARA MANDAR AL CUERNO

Para evitar alarmas, aclaro desde el principio: no estoy hablando de este blog. Las aventuras con mi dragón Donald y mi unicornio Cuernito se prolongarán por tiempo indefinido. O sea, es posible que siga hablando de ellos hasta mis 98 años, si llevo en mi interior los genes de longevidad de mis abuelos y no me fallan las articulaciones de las manos ni la vista. (Lo que sí espero es que siga habiendo gente interesada en mis aventuras fantásticas. Pero bueno, eso no depende de mí, así que no voy a preocuparme por ahora.)

Tampoco voy a mandar al cuerno la escritura de libros, porque si me dieran a elegir entre seguir escribiendo libros o perder una pierna, es muy probable que eligiera perder una pierna (total, hay buenas prótesis hoy en día, y podría fingir que soy una cyborg como Terminator).

Lo que sí voy a mandar al cuerno es todo el proceso de buscar editoriales y agentes literarios.

No me voy a poner a despotricar en contra de las editoriales. Son negocios que dependen de las ganancias, y yo respeto eso. Simplemente voy a explicar por qué ya no me interesa trabajar con ellas. Lo resumiré en una sola palabra: OBSTÁCULO. Y no en el sentido de un listón que hay que saltar después de mucho entrenamiento. Ése sería un obstáculo de excelencia. En mi caso, más bien lo veo como... un hipopótamo muy gordo desparramado en medio de un puente. Tengo que cruzar un puente, el hipopótamo me lo impide... y la única manera de pasar es que el hipopótamo decida moverse.


Francamente, no me apetece que mi contacto con los lectores dependa de un hipopótamo caprichoso. Sobre todo porque ya tengo unos cuantos muy fieles a los que no me gusta hacer esperar.

¿Por qué puse en el título que "la tercera es la vencida"? Pues porque es la tercera vez que una editorial me cancela una obra por razones ajenas a la calidad de la misma. Primer caso: un relato en una serie de librillos escritos por varios autores; lo cancelaron antes de su publicación porque los primeros números de la serie no vendieron bien. Segundo caso: una novela de 50.000 palabras que me cancelaron, en teoría, porque se trataba de una pequeña editorial extranjera y yo no estaba disponible en carne y hueso para hacer la promoción (esa editorial quebró un tiempo después). Tercer caso: una novela de 80.000 palabras que cancelaron junto con las de otros autores por una decisión ejecutiva (luego de una espera de TRES AÑOS desde que les envié el manuscrito).

Podría añadir un cuarto caso, ligeramente distinto: un relato publicado por otra editorial a la que tuve que mandar numerosos mensajes para que al fin me pagaran, varios meses después de la fecha que marcaba el contrato.

Voy a ponerme en la onda de L'Oréal: porque mi obra lo vale... y mis lectores también. (Añadiría que yo también lo valgo, pero en realidad no me considero importante en la ecuación, más allá del hecho de que necesito que me paguen para poder alimentar mi cerebro.)

¿Qué significa todo esto? Primero: que sin las editoriales he llegado a mucha más gente que sin ellas. ¡Gracias, Amazon! Segundo: que seguirán sin ver mis libros en las librerías. Pero esto es relativo, porque hoy en día, si no eres muy famoso, los libreros pondrán tus libros en estantes poco visibles, de modo que no se venderán y a las pocas semanas serán devueltos a las editoriales para su destrucción (sí, esto es lo que pasa con los libros nuevos que no se venden; muy antiecológico, por cierto). Y tercero: que si me siguen apoyando como hasta ahora (o sea, comprando mis libros electrónicos y recomendándolos a otros), yo seguiré escribiendo para ustedes. Escribiré mucho, escucharé peticiones y trataré de darles las mejores historias posibles, a precios muy accesibles.

En cuanto a mi novela más recientemente cancelada: ahora que ya no está en espera de ser evaluada o publicada por una editorial, voy a publicarla muy pronto. Le haré una nueva revisión, más una linda portada, más unos lindos dibujitos interiores, y saldrá a la venta por Amazon o algún sitio de crowdfunding (el dinero no sería para mí, por cierto; ando con ganas de juntar fondos para algún refugio de animales). Si quieren saber de qué va, bien, es sobre una criatura de los bosques, algo así como un lémur inteligente, que adopta a un lobezno perdido de otra dimensión. Lo sé, suena loco, pero a las pocas personas que han leído la novela hasta ahora les ha encantado :-D

Al diablo con el hipopótamo metafórico. Desde ahora sólo tendré un listón metafórico: el de complacer a mis lectores :-)

¡Aquí voy con otro libro, lectores míos!
¡¡Yujuuuuuuuuu!!

G. E.

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Fragmento de LOBO DE LUNA

El joven nanok siguió el sonido del agua, pero entonces olió algo más que lo distrajo. ¿Qué era eso? No lo reconoció en absoluto.

A pesar de su curiosidad, Urkin fue precavido: avanzó hacia la fuente del olor moviéndose de árbol en árbol, aprovechando que su pelaje era marrón como la corteza. De su cinturón extrajo un cuchillo de piedra, por las dudas; en Kum, cualquier novedad podía ser agradable... o mortal.

Poco a poco se aproximó a un árbol más grueso que los demás, donde oyó el tenue flujo de una respiración. El olor pertenecía a un ser viviente.

Urkin rodeó el árbol, y en un hueco vio una mancha plateada y pequeña. Y asustada. El nanok lo supo por la forma en que la criatura estaba doblada sobre sí misma, como si tratara de contraerse hasta desaparecer.

Sin soltar el cuchillo, Urkin se acercó un poco más, y entonces la criatura levantó la cabeza. Urkin contuvo la respiración.

Era un cachorro de lobo. Pero no un lobo cualquiera sino un ekté, un lobo de luna. Urkin jamás había visto uno, pero sí algunos miembros de su clan, en noches de Aima llena. Así sabía que los ektén eran plateados y que tenían a Aima en los ojos.

¿Qué hacía el lobezno en el hueco del árbol? Los cachorros nunca andaban solos, ni siquiera los de esa especie.

—¿Te has perdido? —preguntó Urkin, y el animal se encogió sobre sí mismo, gimiendo. Era muy hermoso. Urkin guardó el cuchillo y extendió una mano en un gesto de amistad.

El lobezno se apretó contra el fondo del hueco. No parecía dispuesto a salir por las buenas, y Urkin no iba a forzarlo. El nanok se alejó del árbol y tomó asiento sobre una roca, decidido a esperar el tiempo que fuera necesario.

Había huellas más grandes que las del cachorro en el suelo, y también eran lobunas. ¿Su madre o padre? ¿Qué había pasado ahí exactamente? Si los ektén eran como los lobos de Kum, no abandonarían a un miembro de su jauría, mucho menos al otro lado de la luz azul.

—Me quedaré aquí hasta que alguien venga a buscarte —dijo Urkin al lobezno—. Y si nadie viene... tendré que llevarte conmigo. No puedo dejarte solo, morirías. ¿Entiendes algo de lo que estoy diciendo? Supongo que no. Espero que comprendas mi tono de voz, al menos.

El lobezno se limitó a mirarlo sin parpadear. Al cabo de un rato pareció estar un poco más calmado, y sus ojos se desviaron hacia el río. Urkin dedujo que debía de tener sed.

—Enseguida vuelvo.

El nanok fue hasta la orilla, arrancó una hoja grande y usó la misma como cuenco para recoger el agua. Urkin la olió primero, y sí, estaba buena. Regresó junto al árbol sosteniendo la hoja con ambas manos.

—Aquí tienes, lobo de luna —dijo el nanok, depositando la hoja frente al cachorro antes de volver a la roca.

El lobezno no bebió de inmediato, sino que palmo a palmo se deslizó hasta la hoja y una vez ahí tomó el agua con rápidos lengüetazos. Después retrocedió al hueco en el árbol.

—Puf. Ya veo que esto no será fácil. Pero créeme, no pienso hacerte daño.

Urkin empezó a cantar en voz baja, como hacía para sus primos a la hora de la siesta. El lobezno luchó por mantener los ojos abiertos, pero debía de estar cansado y se durmió al cabo de un rato. Urkin guardó silencio. Mientras esperaba le dio hambre, así que comió las bayas en su bolsita pensando que a la vuelta tendría que recoger más. Nadie apareció en todo ese lapso. Si el lobezno tenía familia, se hallaba fuera de su alcance.

El cachorro despertó hacia el atardecer. Quizás había pensado que su madre estaría ahí cuando abriera los ojos, porque miró en derredor y luego bajó la cabeza en un gesto de desilusión. Urkin sintió pena por él.

—Escucha, ya debo irme. ¿Quieres venir conmigo? Vamos, sígueme. —El cachorro no se movió—. Está bien, no me sigas. Pero yo volveré mañana, y si aún estás aquí, te traeré algo de comer. Adiós.

Al tiempo que decía todo esto, Urkin bajó de la roca y se alejó muy despacio del árbol. No quería dejar ahí al cachorro, pero el animalito tenía que decidir por sí mismo si aceptaba o no la invitación.

Urkin siguió caminando, le dio la espalda al árbol... y entonces escuchó pasos detrás de él. El nanok sonrió de alivio. Allí estaba el lobezno, con la cola entre sus patitas pero siguiéndolo por su propia voluntad.

—Bien hecho. Yo me encargaré de ti, pequeño.

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