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14 de febrero de 2016

UNA BATALLA GRIEGAMENTE ÉPICA

Otro Día de San Valentín, otro intento para asesinar al mega-cursi-ñoño-ridículo de Cupido con sus asquerosos pañales y sus flechitas inductoras de romance acaramelado. (En serio, díganme si no da asco la imagen.)

¿Recuerdan la película Kill Bill? Uf, ¿qué estoy diciendo?; seguro que la recuerdan, es una peli fenomenal :-D En fin, que en lugar de ponerme en onda Kill Bill me puse en onda Kill Cupid, con una linda katana pero cambiando el traje amarillo de Uma Thurman (o más bien de Bruce Lee) por un atuendo más discreto de ninja. Vamos, es que con una combinación de amarillo y negro te ven llegar a medio kilómetro, y encima la gente en mi país comenzaría a preguntarme si soy de Peñarol (no, no soy de peñarol porque detesto el fútbol y a los futbohólicos).

Estuve muy, muy cerca de lograr mi objetivo esta vez. O como mínimo, de averiguar si los dioses griegos inmortales son susceptibles a las decapitaciones como Christopher Lambert en Highlander.

Casi estuve a punto de averiguarlo. Y me refiero a un "casi" tan "CASI" que varios cabellos de su rubia cabecita flotaron en todas direcciones como pelusilla de dientes de león. Así de afilada estaba mi katana. Por desgracia, el muy maldito de Cupido es rápido como un picaflor, y se apartó de mí a toda velocidad dirigiéndome, de paso, una mirada furibunda. Aquello no podía significar nada bueno...

Me había olvidado de que estaba lidiando con un dios griego, y de que los dioses griegos son muchos y suelen comunicarse entre sí. Cupido se ausentó un momento y regresó con Hades, el dios del inframundo. Hades chasqueó los dedos... y así de la nada apareció un guerrero espartano, quien al parecer se había quedado con más ganas de pelea tras la gloriosa batalla de las Termópilas. Cupido le susurró algo al oído y después me señaló. El espartano frunció el ceño y desenvainó su espada.

Ay, ay, ay. ¡Patitas, para qué las quiero!

¡¡ESTO ES ESPARTAAAAAAAAAAAA!!

Fue una larga carrera por las calles y las plazas de mi ciudad. Mientras tanto, el espartano fue cercenando varios árboles y postes del alumbrado público con su fuerte espada. No tardaría en darme alcance...

—Eh, un momento —dije, frenando de golpe—. ¡Pero si tengo un dragón! ¡Eh, Donaldito, quítame a este plomazo musculoso de encima, por favor!

Entonces mi Donaldito, quien siempre está pendiente en caso de que su mamá adoptiva se meta en problemas, acudió en mi ayuda y le arrojó unas cuantas llamaradas al furibundo espartano, quien dio media vuelta y corrió a refugiarse con Hades.

La cosa no terminó ahí. Como ese duelo entre Merlín y madam Mim en la película de Disney, Cupido contraatacó largándole a mi Donaldito un rival digno de su fuerza y tamaño: ¡una hidra!

La hidra y mi dragón se enzarzaron en una lucha épica digna de una peli de Godzilla. Destruyeron unas cuantas fachadas en el centro de Montevideo, pero bueno, esa parte de la ciudad ya se encontraba en un estado calamitoso, de modo que nadie notará la diferencia :-P El monstruo lanzó dentelladas, mi dragón largó zarpazos, rodaron unas cuantas cabezas de hidra. Pero ya sabemos cómo son las hidras, así que al rato teníamos un enemigo con veinte o treinta cabezas más que al principio.

—¿Qué haces, Donaldito? —exclamé—. ¡Ya viste la película de Hércules en el canal Disney, sabes que así no se puede matar a una hidra!

No obstante, yo había subestimado a mi dragón. Sí, él sabía perfectamente cómo matar a una hidra, y hasta el momento sólo había estado jugando un poco con ella. De pronto le lanzó una llamarada al corazón, y la hidra cayó muerta en medio de una nube de humo con olor a carne chamuscada. Donald y yo nos miramos.

—Oye, ¡huele delicioso! —dije, y algunos observadores opinaron lo mismo—. ¡¡PARILLADAAAAA!! —exclamé entonces, y llamamos a los cocineros de varios restaurantes para que nos ayudaran a rebanar y asar el voluminoso cuerpo de la hidra. Mi Donaldito, de paso, comenzó a vender las cabezas cortadas como trofeos. (Es un dragón con buen olfato para los negocios.)

Lástima que Cupido aprovechó para escapar mientras ocurría todo esto. En fin, otra vez será. Asamos a la hidra, la acompañamos con verduras, patatas, chorizos y vino, e hicimos algo así como una fiesta tradicional uruguaya para contrarrestar la cursilería romántica del Día de San Valentín.

Ah, por cierto: la carne de hidra no sabe a pollo sino a puerco, para variar :-D Reservamos algunas porciones para ver si nos sale algo parecido al jamón serrano, porque el que se vende en los supermercados de Uruguay viene de España y sale carísimo. También limpiaré un cráneo de hidra para decorar la mesa de mi sala de estar.

Pero esto no termina aquí, Cupido. ¡No escaparás de mi furia homicida contra el romanticismo ñoño! ¡Hasta el año que viene!

G. E.

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Fragmento de LOBO DE LUNA

El joven nanok siguió el sonido del agua, pero entonces olió algo más que lo distrajo. ¿Qué era eso? No lo reconoció en absoluto.

A pesar de su curiosidad, Urkin fue precavido: avanzó hacia la fuente del olor moviéndose de árbol en árbol, aprovechando que su pelaje era marrón como la corteza. De su cinturón extrajo un cuchillo de piedra, por las dudas; en Kum, cualquier novedad podía ser agradable... o mortal.

Poco a poco se aproximó a un árbol más grueso que los demás, donde oyó el tenue flujo de una respiración. El olor pertenecía a un ser viviente.

Urkin rodeó el árbol, y en un hueco vio una mancha plateada y pequeña. Y asustada. El nanok lo supo por la forma en que la criatura estaba doblada sobre sí misma, como si tratara de contraerse hasta desaparecer.

Sin soltar el cuchillo, Urkin se acercó un poco más, y entonces la criatura levantó la cabeza. Urkin contuvo la respiración.

Era un cachorro de lobo. Pero no un lobo cualquiera sino un ekté, un lobo de luna. Urkin jamás había visto uno, pero sí algunos miembros de su clan, en noches de Aima llena. Así sabía que los ektén eran plateados y que tenían a Aima en los ojos.

¿Qué hacía el lobezno en el hueco del árbol? Los cachorros nunca andaban solos, ni siquiera los de esa especie.

—¿Te has perdido? —preguntó Urkin, y el animal se encogió sobre sí mismo, gimiendo. Era muy hermoso. Urkin guardó el cuchillo y extendió una mano en un gesto de amistad.

El lobezno se apretó contra el fondo del hueco. No parecía dispuesto a salir por las buenas, y Urkin no iba a forzarlo. El nanok se alejó del árbol y tomó asiento sobre una roca, decidido a esperar el tiempo que fuera necesario.

Había huellas más grandes que las del cachorro en el suelo, y también eran lobunas. ¿Su madre o padre? ¿Qué había pasado ahí exactamente? Si los ektén eran como los lobos de Kum, no abandonarían a un miembro de su jauría, mucho menos al otro lado de la luz azul.

—Me quedaré aquí hasta que alguien venga a buscarte —dijo Urkin al lobezno—. Y si nadie viene... tendré que llevarte conmigo. No puedo dejarte solo, morirías. ¿Entiendes algo de lo que estoy diciendo? Supongo que no. Espero que comprendas mi tono de voz, al menos.

El lobezno se limitó a mirarlo sin parpadear. Al cabo de un rato pareció estar un poco más calmado, y sus ojos se desviaron hacia el río. Urkin dedujo que debía de tener sed.

—Enseguida vuelvo.

El nanok fue hasta la orilla, arrancó una hoja grande y usó la misma como cuenco para recoger el agua. Urkin la olió primero, y sí, estaba buena. Regresó junto al árbol sosteniendo la hoja con ambas manos.

—Aquí tienes, lobo de luna —dijo el nanok, depositando la hoja frente al cachorro antes de volver a la roca.

El lobezno no bebió de inmediato, sino que palmo a palmo se deslizó hasta la hoja y una vez ahí tomó el agua con rápidos lengüetazos. Después retrocedió al hueco en el árbol.

—Puf. Ya veo que esto no será fácil. Pero créeme, no pienso hacerte daño.

Urkin empezó a cantar en voz baja, como hacía para sus primos a la hora de la siesta. El lobezno luchó por mantener los ojos abiertos, pero debía de estar cansado y se durmió al cabo de un rato. Urkin guardó silencio. Mientras esperaba le dio hambre, así que comió las bayas en su bolsita pensando que a la vuelta tendría que recoger más. Nadie apareció en todo ese lapso. Si el lobezno tenía familia, se hallaba fuera de su alcance.

El cachorro despertó hacia el atardecer. Quizás había pensado que su madre estaría ahí cuando abriera los ojos, porque miró en derredor y luego bajó la cabeza en un gesto de desilusión. Urkin sintió pena por él.

—Escucha, ya debo irme. ¿Quieres venir conmigo? Vamos, sígueme. —El cachorro no se movió—. Está bien, no me sigas. Pero yo volveré mañana, y si aún estás aquí, te traeré algo de comer. Adiós.

Al tiempo que decía todo esto, Urkin bajó de la roca y se alejó muy despacio del árbol. No quería dejar ahí al cachorro, pero el animalito tenía que decidir por sí mismo si aceptaba o no la invitación.

Urkin siguió caminando, le dio la espalda al árbol... y entonces escuchó pasos detrás de él. El nanok sonrió de alivio. Allí estaba el lobezno, con la cola entre sus patitas pero siguiéndolo por su propia voluntad.

—Bien hecho. Yo me encargaré de ti, pequeño.

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