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29 de mayo de 2013

UN PASEÍTO POR PITEÅ, SUECIA (1)

¿Han leído ya mi artículo sobre el paseo que hice a Casapueblo? Eso fue por Uruguay, pero la verdad es que a lo largo de mi vida he tenido la suerte de viajar a unos cuantos países extranjeros, ya sea en autobús o por avión. La última vez que salí de Uruguay fue para ir a Suecia. No fue un paseo turístico, sin embargo, sino que fui a visitar a alguien. Aun así resultó ser una experiencia turística estupenda, especialmente por mi mentalidad más afín al funcionamiento ordenado de los países de primer mundo; es decir, me siento más a gusto en ellos que sumergida en la mediocridad tercermundista de Uruguay (sí, es lo que pienso de mi país; desearía no pensarlo, pero las cosas están como están y no voy a andar por ahí diciendo que vamos bien si los hechos dicen lo contrario).

Tuve que tomar tres aviones distintos para llegar hasta ahí: de Uruguay a Madrid, de Madrid a Estocolmo y de Estocolmo a mi destino final, Piteå (se pronuncia Píteo). La agencia de viajes coordinó los dos primeros vuelos, mientras que el tercero lo agendé a través de Internet y por pago electrónico. Ventajas de la tecnología moderna :-) Debo decir que, por más emocionante que suene lo de viajar en avión, en realidad es un sistema que con el tiempo ha dejado de gustarme. ¡Es que resulta cansador e incomodísimo! (Lo de morir en un avión no me preocupa. Tengo más probabilidades de que me atropelle un auto en Uruguay, dado que nuestro tráfico es caótico.) Encima, el tercer avión que tomé en este viaje era DIMINUTO, tanto que incluso yo, con mi metro y medio de estatura, apenas cabía en el asiento. Sin embargo, el último vuelo también fue el más bonito en cuanto a la vista, porque la Península Escandinava se ve FENOMENAL desde arriba.


¿No les encanta todo ese verde? Era puro bosque, con lagos, más bosque, alguna ciudad pequeña, luego más lagos y más bosque. En la foto también se ven algunas turbinas eólicas, puesto que los suecos le apuestan mucho a las fuentes de energía renovables.

En fin, de esta manera llegué a Piteå, donde me recibieron las personas a las que había ido a visitar. Piteå es una ciudad bastante pequeña, como una de esas ciudades del interior de Uruguay, salvo que en Piteå están rodeados de bosques en lugar de praderas suavemente onduladas. Fui a mediados de año, o sea que era verano y por lo tanto no había nieve por ninguna parte. Era puro verde, verde, verde. Supongo que hay mucho verde para compensar por los meses en que los suecos sólo ven nieve, nieve, nieve :-D

Lo primero que me llamó la atención acerca la ciudad fue la LIMPIEZA, pero claro, la ciudad donde yo vivo está tan mugrienta últimamente que cualquier otro lugar del mundo me parece más limpio :-P Aquí van las primeras fotos de Piteå:




Las dos primeras son del centro de la ciudad, la tercera es de un parque que hay no muy lejos de allí. En ese parque se llevó a cabo una celebración tradicional veraniega, con bailes y canciones.


Por cierto, en esta última foto se encuentra la segunda cosa que me llamó la atención: personas en sillas de ruedas. En Uruguay hay muchas personas discapacitadas (en parte debido a la gran cantidad de accidentes de tráfico), pero raramente salen a la calle porque la ciudad no está adaptada para su libre circulación. Es decir, casi no hay rampas, muchas aceras están rotas, y hay tantas subidas y bajadas que resulta tremendamente difícil empujar una silla de ruedas. (Tomen nota, gobernantes de Uruguay: vamos muy mal parados en cuanto a la igualdad de derechos para los discapacitados.) En Piteå, sin embargo, sí hay rampas y senderos para la circulación de sillas de ruedas, peatones y bicicletas. Es sumamente cómodo desplazarse por cualquier lado.

Aquí van algunas fotos más de la ciudad:






Pintoresco, ¿verdad? Y tranquilo. La tercera cosa que me llamó la atención fue esa tranquilidad. Sí, la ciudad donde yo vivo es una capital y las capitales tienden a ser más ruidosas que las ciudades periféricas, pero algunas personas tienen la mala costumbre de hacer ruidos innecesarios, por ejemplo poniendo la música a todo volumen en plena calle o recortando los caños de escape de las motocicletas para dejar sordos a todos los vecinos. La polución sonora es un verdadero problema por estos lares. O sea, en Piteå mis oídos disfrutaron de un merecido descanso :-D

Animales que vi en la ciudad: gatos, perros, muchas aves y... erizos. Sí, en dos ocasiones vi unos simpáticos erizos caminando de un lado a otro sin ninguna preocupación aparente. Claro que si yo estuviera cubierta de púas tampoco me preocuparía por casi nada :-P

Bien, para los que se estén preguntando qué se come en Suecia, les diré que el menú fue bastante variado en la casa donde yo estuve :-D Comí muchas patatas hervidas o al horno, tacos, carne de alce y reno, salmón al horno, pescado a la plancha, hamburguesas, frutas varias (incluyendo naranjas, manzanas y piñas), ensaladas, fresas recolectadas del jardín, unas bolas hechas de masa de patata y harina (hervidas y rellenas de jamón; es el platillo local), diversos tipos de pan, queso, pasta con carne picada, panqueques, helado, arroz, quinoa, y seguramente unas cuantas cosas más que no recuerdo en este momento. Y para beber había té, café, leche, cada tanto vino, y también era una costumbre de fines de semana hacer brindis con licor :-P (De paso les cuento el siguiente dato: en Brasil y España también se come de maravilla, mientras que los Estados Unidos son el peor lugar que he conocido en cuestiones culinarias, al menos para los turistas de clase media.) Por cierto, no vi mucha gente gorda en Suecia. Se ve que comen bien en el verano y luego adelgazan todas esas calorías cuando viene el clima frío. Y para que tengan una idea sobre el frío, les diré que los termómetros estaban regulados para marcar hasta 30 grados sobre cero... y 30 grados bajo cero. ¡Brrrrr! Las temperaturas veraniegas eran de moderadas a cálidas, como una primavera en mi ciudad (o sea, no tuve que comprarme más ropa que la que uso en mi propio país).

Bien, corto por aquí y les contaré el resto en la siguiente entrada :-)

G. E.

2 comentarios:

  1. Hola Gissel! Me ha encantado este viajecito que nos detallas tan bien. No sabía nada de esta ciudad y los paisajes son fantásticos. Madre mía, no he estado jamás tantas horas subido en un avión, ¡qué estrés! Confieso que ya me he leído la siguiente entrada, pero algo tendré que decirte allí jejeje Gracias por compartir esta experiencia. Es muuuuy triste lo que comentas de Uruguay con su contaminación acústica, robos verdes y urbanismo anti-discapacitado...

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    1. ¡Hola! :-) Me alegra que te haya gustado el artículo. Buf, ni me recuerdes lo de las tropecientas horas en el avión, creí que no acabarían nunca. Deben haber sido unas 17 en total (sin contar el tiempo extra en los aeropuertos). Y sí, lo de mi ciudad es triste, y lo peor es que la gente se ha acostumbrado a lo mal que están las cosas, sin darse cuenta de que es posible tener una mejor calidad de vida, como en esta ciudad de Suecia. A ver si los montevideanos se avivan un poco a la hora de votar en las próximas elecciones... ¡Besos!

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Fragmento de LOBO DE LUNA

El joven nanok siguió el sonido del agua, pero entonces olió algo más que lo distrajo. ¿Qué era eso? No lo reconoció en absoluto.

A pesar de su curiosidad, Urkin fue precavido: avanzó hacia la fuente del olor moviéndose de árbol en árbol, aprovechando que su pelaje era marrón como la corteza. De su cinturón extrajo un cuchillo de piedra, por las dudas; en Kum, cualquier novedad podía ser agradable... o mortal.

Poco a poco se aproximó a un árbol más grueso que los demás, donde oyó el tenue flujo de una respiración. El olor pertenecía a un ser viviente.

Urkin rodeó el árbol, y en un hueco vio una mancha plateada y pequeña. Y asustada. El nanok lo supo por la forma en que la criatura estaba doblada sobre sí misma, como si tratara de contraerse hasta desaparecer.

Sin soltar el cuchillo, Urkin se acercó un poco más, y entonces la criatura levantó la cabeza. Urkin contuvo la respiración.

Era un cachorro de lobo. Pero no un lobo cualquiera sino un ekté, un lobo de luna. Urkin jamás había visto uno, pero sí algunos miembros de su clan, en noches de Aima llena. Así sabía que los ektén eran plateados y que tenían a Aima en los ojos.

¿Qué hacía el lobezno en el hueco del árbol? Los cachorros nunca andaban solos, ni siquiera los de esa especie.

—¿Te has perdido? —preguntó Urkin, y el animal se encogió sobre sí mismo, gimiendo. Era muy hermoso. Urkin guardó el cuchillo y extendió una mano en un gesto de amistad.

El lobezno se apretó contra el fondo del hueco. No parecía dispuesto a salir por las buenas, y Urkin no iba a forzarlo. El nanok se alejó del árbol y tomó asiento sobre una roca, decidido a esperar el tiempo que fuera necesario.

Había huellas más grandes que las del cachorro en el suelo, y también eran lobunas. ¿Su madre o padre? ¿Qué había pasado ahí exactamente? Si los ektén eran como los lobos de Kum, no abandonarían a un miembro de su jauría, mucho menos al otro lado de la luz azul.

—Me quedaré aquí hasta que alguien venga a buscarte —dijo Urkin al lobezno—. Y si nadie viene... tendré que llevarte conmigo. No puedo dejarte solo, morirías. ¿Entiendes algo de lo que estoy diciendo? Supongo que no. Espero que comprendas mi tono de voz, al menos.

El lobezno se limitó a mirarlo sin parpadear. Al cabo de un rato pareció estar un poco más calmado, y sus ojos se desviaron hacia el río. Urkin dedujo que debía de tener sed.

—Enseguida vuelvo.

El nanok fue hasta la orilla, arrancó una hoja grande y usó la misma como cuenco para recoger el agua. Urkin la olió primero, y sí, estaba buena. Regresó junto al árbol sosteniendo la hoja con ambas manos.

—Aquí tienes, lobo de luna —dijo el nanok, depositando la hoja frente al cachorro antes de volver a la roca.

El lobezno no bebió de inmediato, sino que palmo a palmo se deslizó hasta la hoja y una vez ahí tomó el agua con rápidos lengüetazos. Después retrocedió al hueco en el árbol.

—Puf. Ya veo que esto no será fácil. Pero créeme, no pienso hacerte daño.

Urkin empezó a cantar en voz baja, como hacía para sus primos a la hora de la siesta. El lobezno luchó por mantener los ojos abiertos, pero debía de estar cansado y se durmió al cabo de un rato. Urkin guardó silencio. Mientras esperaba le dio hambre, así que comió las bayas en su bolsita pensando que a la vuelta tendría que recoger más. Nadie apareció en todo ese lapso. Si el lobezno tenía familia, se hallaba fuera de su alcance.

El cachorro despertó hacia el atardecer. Quizás había pensado que su madre estaría ahí cuando abriera los ojos, porque miró en derredor y luego bajó la cabeza en un gesto de desilusión. Urkin sintió pena por él.

—Escucha, ya debo irme. ¿Quieres venir conmigo? Vamos, sígueme. —El cachorro no se movió—. Está bien, no me sigas. Pero yo volveré mañana, y si aún estás aquí, te traeré algo de comer. Adiós.

Al tiempo que decía todo esto, Urkin bajó de la roca y se alejó muy despacio del árbol. No quería dejar ahí al cachorro, pero el animalito tenía que decidir por sí mismo si aceptaba o no la invitación.

Urkin siguió caminando, le dio la espalda al árbol... y entonces escuchó pasos detrás de él. El nanok sonrió de alivio. Allí estaba el lobezno, con la cola entre sus patitas pero siguiéndolo por su propia voluntad.

—Bien hecho. Yo me encargaré de ti, pequeño.

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