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25 de mayo de 2013

EL CAPITÁN AHAB VS. GREENPEACE

Llámenme Gissel. Voy a contarles ahora una aventura que tuve con mi dragón, una aventura loca, mojada y con un fuerte olor a pescado :-P

Todo empezó cuando mi dragón y yo estábamos sobrevolando el océano de camino hacia ningún sitio en particular. De pronto el cielo se oscureció por unas nubes de tormenta, y poco después cayeron sobre nosotros litros y más litros de agua sumados a unas cuantas descargas eléctricas. Un rayo le pegó a mi Donaldito en los cuernos, y caímos en picado hacia las olas embravecidas.

Desperté a la mañana dando las gracias a mi dragón por haberme mantenido a flote, dado que, aunque yo hubiese sabido nadar, no habría podido hacerlo en medio de la tormenta. Donaldito, mientras tanto, estaba espantando a coletazos a unos cuantos tiburones y sirenas caníbales.

Mi pobre dragón se había torcido un ala al chocar con el océano, de modo que no podía volar. Empezó a nadar entonces como los cocodrilos, agitando la cola, hasta que vimos un barco en el horizonte. Unos cuantos marineros se acercaron en un bote, y yo pensé que venían a rescatarnos.

No obstante, los marineros traían arpones. Y caras de mala leche. Luego contemplaron a mi dragón de cerca y sus ceños fruncidos se convirtieron en expresiones de desconcierto.

—No es una ballena —dijo uno de ellos.

—Pero tal vez tenga aceite de todas maneras —replicó otro.

—De acuerdo, vamos a matarlo.

—¿Qué? ¡¡De ninguna manera!! —exclamé yo, y mi dragón lanzó unas cuantas llamaradas, amenazando con quemar el bote—. ¡Aquí nadie va a matar a nadie, o como mínimo, quien resulte muerto no será mi dragón, carajo! ¡Ahora rescátennos, que hemos naufragado!

Los marineros accedieron de mala gana a mi orden. Subí al bote y mi dragón nadó detrás. Poco a poco nos acercamos al barco... el cual ostentaba, en un costado, el nombre Pequod.

Ay, ay, ay. ¿En qué lío nos habíamos metido? ¿Acaso la tormenta había abierto un agujero a otra dimensión o qué? Oh, bueno, en ese momento la única alternativa era trepar al barco, sobre todo porque yo ya estaba más arrugada que una pasa de uva. Encima, el agua de mar es pésima para el cabello. Sin embargo, una vez en la cubierta me enfrenté a decenas de marineros de todas las razas y con cara de babosos.

—Oh, ¡una mujer! —dijeron al unísono, sacando la lengua y desabrochándose los cinturones. Buf. Hombres. Mi dragón lanzó unos cuantos gruñidos de advertencia.

—No se hagan ilusiones —respondí—. Nadie aquí me pondrá un dedo encima a menos que primero me inviten a unas cuantas citas y me regalen bombones de chocolate. Quien no acepte estas condiciones sufrirá una rápida mutilación por parte de mi Donaldito.

La verdad, no fue una gran amenaza, dado que todos esos cazadores de ballenas estaban cubiertos de cicatrices y a más de uno le faltaba alguna parte del cuerpo. Pero desistieron de sus depravadas intenciones, al menos por el momento.

Entonces apareció el capitán de la nave.

—¡¡¡LA BALLENA BLANCA!!! ¿¿HABÉIS VISTO YA A LA BALLENA BLANCA?? ¡¡¿¿DÓNDE ESTÁ ESA MALDITA BALLENA BLANCA??!! ¿¿Y QUÉ CARAJO HACE UN ENORME DRAGÓN AZUL EN MI BARCO??

Era el capitán Ahab, por supuesto, con su cicatriz en la cara y su famosa pata de palo hecha de hueso de ballena.

—Eh, buenas tardes, capitán —saludé—. Mire, mi dragón y yo acabamos de sufrir un percance. Nos iremos en cuanto él pueda volar de nuevo. Mientras tanto, podríamos colaborar con las tareas del barco, como limpiar o pescar. Y yo podría entretener a la tripulación —los marineros volvieron a poner cara de babosos— CANTANDO, que se me da bastante bien. —Hubo numerosos gruñidos de desilusión.

—Bien, ¡pero lo que realmente me interesa es MATAR A ESA CONDENADA BALLENA BLANCA! ¡¡UN DOBLÓN DE ORO A QUIEN VEA PRIMERO A LA BALLENA BLANCA!!

¡¡ACABARÉ CONTIGO, MALDITA BALLENA BLANCA DE PORQUERÍAAAAA!!

"Válgame, qué plomazo monotemático y gritón", pensé. Pero bueno, al menos podríamos quedarnos en el barco hasta que mi dragón se recuperara de la torcedura.

Mi Donaldito y yo encontramos unas cuantas tareas adicionales a las cuales dedicarnos, aparte de la limpieza y la pesca. Mi dragón ayudó en la cocina, proporcionando llamaradas y ahorrándole así combustible al cocinero, y yo apliqué mis conocimientos de veterinaria para curar a los marineros de dolencias varias (total, todos ellos calificaban como bestias). Eso sí: debí mantener un garrote a mano todo el tiempo, para pegarles en la cabeza en caso de que intentaran propasarse. También traté de explicarles por qué está mal cazar ballenas, pero no entendieron los conceptos de "crueldad animal" ni "explotación no sustentable". Bue. Igualito que los japoneses.

Unos días más tarde hubo otra tormenta eléctrica. Cuando al fin se despejó el cielo, vimos otra nave en el horizonte: ¡un barco pirata con velas negras!

A pesar de los arponazos, los piratas abordaron el Pequod esgrimiendo sus espadas y dirigiéndonos unas sonrisas temibles (en parte por la expresión, en parte por la urgente necesidad de un buen tratamiento odontológico).

—¡Entregadnos el oro! —bramó el capitán, quien era el mismísimo Jack Sparrow.

Como respuesta, mi dragón le soltó un gruñido cargado de humo y llamas.

—Eh... ¿parley? —dijo Jack Sparrow.

—¿QUÉ ES ESTO? —exclamó Ahab, saliendo de su camarote—. ¿POR QUÉ NOS HEMOS DETENIDO? ¿¿HABÉIS VISTO A LA BALLENA BLANCA?? ¡¡¿¿DÓNDE ESTÁ LA BALLENA BLANCA??!! ¿¿Y POR QUÉ MI BARCO ESTÁ LLENO DE PIRATAS?? ¡¡LARGO DE AQUÍ, BRIBONES, TENEMOS QUE CAZAR UNA BALLENA BLANCA!!

Le expliqué brevemente a Jack Sparrow la cuestión de la ballena mientras Ahab seguía gritando y empujando a los piratas fuera del Pequod.

—¿Seguro que la ballena no le comió al capitán otra parte del cuerpo además de la pierna? —me susurró Jack Sparrow—. Snip, snip, ¿savvy? —Sparrow se dirigió al capitán Ahab—: ¡Eh, capitán! ¡Uno de mis piratas sí ha visto a una ballena blanca!

—Esa ballena se comió mi brazo —dijo el aludido, agitando una prótesis que terminaba en un cuchillo—. Creo que se fue por allá.

—¡¡EXCELENTE!! ¡¡AHORA LARGO DE AQUÍ TODO EL MUNDO, TENEMOS UNA BALLENA BLANCA QUE CAZAR!! ¡¡FUERA, FUERA, FUERAAAAAAAAAAA!!

A fuerza de más empujones y puntapiés con su pata de hueso, Ahab terminó de echar a los piratas. Cambiamos el rumbo, entonces, a fin de perseguir a la dichosa ballena... y nos topamos con el Holandés Errante, capitaneado por Davy Jones. Esta vez Ahab bramó:

—¿¿POR QUÉ SIGUEN INTERRUMPIENDO MI CACERÍA DE LA BALLENA BLANCA?? ¿¿Y QUÉ HACEN EN MI BARCO UN MONTÓN DE MARINOS CON ASPECTO DE MARISCOS??

A esto siguió una batalla más o menos épica que terminó con una paella al estilo español. El arroz lo había comprado Ahab en China. Adivinen de dónde sacamos los mariscos :-D (No es canibalismo si tus difuntos contrincantes tienen forma de criaturas marinas, ¿verdad?)

Hubo una tormenta eléctrica más, y entonces encontramos un barco más moderno. Se trataba de un crucero fantasma con un montón de gente cortada a la mitad por toda la cubierta. Antonia Graza, decía en un costado del casco.

—¡¡ESTO TIENE QUE HABERLO HECHO MOBY DICK!! —gritó el capitán Ahab—. ¡¡ESA BALLENA ES EL MISMÍSIMO DEMONIO!! ¡¡DOS DOBLONES A QUIEN LA VEA PRIMERO!!

La verdad, aquellos doblones tenían aspecto de valer mucho dinero en el siglo XXI, pero no me iba a dejar tentar debido a mi molesta conciencia ecológica.

Días después nos cruzamos con tres calaveras, digo, carabelas. Ahab le gritó al capitán de la más cercana:

—¡¡¿¿HABÉIS VISTO UNA PERVERSA BALLENA BLANCA CON ARPONES CLAVADOS POR TODO EL CUERPO??!!

—¡No, buen señor! —respondió el otro capitán—. ¿Habéis visto vos las Indias?

—¡Améric... digo, las Indias quedan por allá, señor Colón! —grité yo. Lo sé, lo sé, podría haberlo despistado, evitando así una masacre de indígenas americanos, pero qué diablos, ¿quién soy yo para cambiar la historia? Y pensándolo bien, tarde o temprano habría llegado algún otro conquistador.

Hubo un período de calma después de eso. Los marineros trataron de cazar ballenas normales, pero los arpones habían desaparecido "misteriosamente" (o sea, Donald y yo los arrojamos por la borda una noche en que todo el mundo se había emborrachado y nadie estaba prestando atención). Aproveché entonces para hablarles de alternativas al aceite de ballena, y de paso les expliqué que el pescado crudo y las algas también crudas previenen el escorbuto. Pasamos los siguientes días aprendiendo juntos a hacer sushi :-) (A estas alturas los marineros ya no estaban tan babosos, sobre todo porque, tras varios días sin ducharme ni poner acondicionador en mi larga cabellera, la verdad es que me veía bastante impresentable. Encima, me había acostumbrado rápidamente a decir palabrotas igual que ellos.)

Otra tormenta eléctrica, otro encuentro raro con un barco moderno. Éste se hallaba patas arriba (bueno, metafóricamente hablando), y en su interior se escuchaban los gritos de cientos de pasajeros.

—¡¡TIENE QUE HABER SIDO MOBY DICK!! —bramó el capitán Ahab—. ¡¡TRES DOBLONES A QUIEN VEA PRIMERO A ESE MONSTRUO!!

—Ah, bobadas, seguro que fue una ola gigante —respondí—. A ver, Donaldito, ve a hacer un agujero en el casco de ese barco para que todos puedan salir.

Mi dragón obedeció al instante. Luego tuvimos el grave inconveniente de que Ahab NO quería ayudar a los náufragos a menos que ellos aceptaran acompañarlo en su cacería de la ballena blanca, pero por suerte vino otra nave al rescate: un crucero muy bonito en el que sonaba la canción The Love Boat.

Pensé en irme al crucero junto con los náufragos, pero luego decidí que prefería quedarme en un ballenero lleno de marineros babosos y malolientes antes que abordar una nave tan asquerosamente rebosante de cursi romance. En serio, PUAJ. Me habría arrojado por la borda en menos de quince minutos.

Tras una nueva tormenta, uno de los tripulantes del Pequod avistó algo que parecía ser un monstruo marino. Pero no era blanco, y tampoco era un monstruo sino un submarino. Un hombre de piel cobriza asomó por la escotilla, pero antes de que pudiera decir palabra, Ahab se le adelantó:

—¡¡ESTOY EN BUSCA DE UNA MALIGNA BALLENA BLANCA!! ¿¿LA HABÉIS VISTO??

—¡¡Y YO PRETENDO ANIQUILAR A LOS INGLESES QUE MATARON A MI FAMILIA!! ¡¡VOS SOIS INGLÉS, PREPARAOS PARA MORIR!!

—¡¡NO SOY INGLÉS, IDIOTA, VENGO DE NANTUCKET!! ¡¡Y ANDO EN BUSCA DE UNA BALLENA BLANCA!!

—¡¡INGLÉS O NO, SÍ SOIS OTRO HOMBRE BLANCO QUE PRETENDE DESTRUIR LAS MARAVILLAS DEL OCÉANO!! ¡¡PAGARÉIS POR ELLO!!

"Por el amor del cielo, cuánto griterío", pensé, tapándome los oídos. Lo que nos faltaba: dos fanáticos con intereses opuestos. El capitán Nemo regresó al interior del submarino, y éste retrocedió para tomar velocidad. Oh, oh. Aquello no pintaba bien. El submarino se abalanzó sobre el Pequod con toda la intención de hacerlo trizas, pero entonces surgieron del mar unos enormes tentáculos que abrazaron al Nautilus. Al principio dio la impresión de que el calamar gigante pretendía comerse al submarino, pero después de un rato nos dimos cuenta de que... ejem... el bicho tenía intenciones amorosas. Nos retiramos, por lo tanto, a fin de darles privacidad :-D

Seguimos viajando. Como dije antes, no sólo al capitán Ahab le faltaban pedazos del cuerpo, de modo que conseguí un cuchillo y, en los ratos libres, me dediqué a tallar las diferentes prótesis de los marineros para dejarlas más bonitas. Algunos otros me pagaron para que les hiciera tatuajes de mujeres desnudas, y cierto tripulante me pidió... ejem de nuevo... que le tallara un miembro viril muy grande y ornamentado. Complací su pedido pero sin atreverme a preguntarle para qué lo quería, así que nos quedaremos todos con la duda :-P

Tras una última tormenta eléctrica, apareció un nuevo barco... ¡de Greenpeace! Dicha nave se aproximó al Pequod, y ambos capitanes dijeron al unísono:

—¡¿¿HABÉIS VISTO UNA BALLENA BLANCA DEL DEMONIO??!

—¡Hola, señor! ¿Han visto ustedes una hermosa y rara ballena blanca?

Hubo un silencio confundido después de eso. Recién entonces los tripulantes de la nave de Greenpeace se dieron cuenta de que estaban frente a un barco BALLENERO, y ya sabemos que los activistas de Greenpeace no se llevan nada bien con los balleneros (benditos sean, poniéndose en peligro para salvar a las pobres ballenas en peligro). Como mi Donaldito ya podía volar a medias, rápidamente nos cambiamos a la otra nave. Los marineros del Pequod, salvo Ahab, claro, me saludaron con la mano y yo devolví el saludo. Pensé que los echaría de menos; casi nos habíamos convertido en grandes amigos, salvo por esos comentarios de tipo pervertido-baboso que aún se les escapaban a ellos de vez en cuando :-P

—¡Allá está la ballena blanca! —dijo alguien, y de pronto reinó el caos en ambas naves.

Efectivamente, a lo lejos se veía una forma blanca que saltaba del agua y volvía a sumergirse en una nube de espuma.

—¡¡QUE NADIE LA TOQUE, ES MÍAAAAAAA!! —gritó Ahab.

—¡Ni se le ocurra lastimarla, pedazo de antiecologista! —gritaron los activistas de Greenpeace—. ¡Demonios, este tipo es peor que los japoneses!

Los dos barcos se dirigieron hacia Moby Dick a toda velocidad. Como era de esperarse, la nave de Greenpeace, propulsada por biodiésel, se adelantó rápidamente al Pequod, interponiéndose entre Ahab y la ballena. Ahab se puso rojo de furia.

—¡¡¡NOOOOOO, NADIE ME PRIVARÁ DE MI VENGANZAAAAAA!!! ¡¡MATARÉ A ESA MALDITA BALLENA BLANCA AUNQUE TENGA QUE DESTRUIROS PRIMERO A TODOS VOSOTROS!!

Menos mal que los activistas de Greenpeace no se andan con chiquitas. Ni tampoco mi Donaldito, puestos en ello. Tras una batalla megaépica, el Pequod quedó hecho trizas, sus tripulantes subieron a los botes salvavidas, y Ahab... bueno, a Ahab lo atamos a una boya para que ya no molestara a nadie nunca más.

En cuanto a Moby Dick, nos tomamos el trabajo de quitarle todos los arpones, y tras darnos las gracias, la ballena se marchó muy contenta a reunirse con sus congéneres.

Adoro los finales felices :-)

¿¿CUÁL FINAL FELIZ?? ¡¡MALDITOS ACTIVISTAS DE PORQUERÍAAAAA!! ¡¡ME VENGARÉÉÉÉÉ!!

¡Buen provecho, tiburones!

G. E.

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Fragmento de LOBO DE LUNA

El joven nanok siguió el sonido del agua, pero entonces olió algo más que lo distrajo. ¿Qué era eso? No lo reconoció en absoluto.

A pesar de su curiosidad, Urkin fue precavido: avanzó hacia la fuente del olor moviéndose de árbol en árbol, aprovechando que su pelaje era marrón como la corteza. De su cinturón extrajo un cuchillo de piedra, por las dudas; en Kum, cualquier novedad podía ser agradable... o mortal.

Poco a poco se aproximó a un árbol más grueso que los demás, donde oyó el tenue flujo de una respiración. El olor pertenecía a un ser viviente.

Urkin rodeó el árbol, y en un hueco vio una mancha plateada y pequeña. Y asustada. El nanok lo supo por la forma en que la criatura estaba doblada sobre sí misma, como si tratara de contraerse hasta desaparecer.

Sin soltar el cuchillo, Urkin se acercó un poco más, y entonces la criatura levantó la cabeza. Urkin contuvo la respiración.

Era un cachorro de lobo. Pero no un lobo cualquiera sino un ekté, un lobo de luna. Urkin jamás había visto uno, pero sí algunos miembros de su clan, en noches de Aima llena. Así sabía que los ektén eran plateados y que tenían a Aima en los ojos.

¿Qué hacía el lobezno en el hueco del árbol? Los cachorros nunca andaban solos, ni siquiera los de esa especie.

—¿Te has perdido? —preguntó Urkin, y el animal se encogió sobre sí mismo, gimiendo. Era muy hermoso. Urkin guardó el cuchillo y extendió una mano en un gesto de amistad.

El lobezno se apretó contra el fondo del hueco. No parecía dispuesto a salir por las buenas, y Urkin no iba a forzarlo. El nanok se alejó del árbol y tomó asiento sobre una roca, decidido a esperar el tiempo que fuera necesario.

Había huellas más grandes que las del cachorro en el suelo, y también eran lobunas. ¿Su madre o padre? ¿Qué había pasado ahí exactamente? Si los ektén eran como los lobos de Kum, no abandonarían a un miembro de su jauría, mucho menos al otro lado de la luz azul.

—Me quedaré aquí hasta que alguien venga a buscarte —dijo Urkin al lobezno—. Y si nadie viene... tendré que llevarte conmigo. No puedo dejarte solo, morirías. ¿Entiendes algo de lo que estoy diciendo? Supongo que no. Espero que comprendas mi tono de voz, al menos.

El lobezno se limitó a mirarlo sin parpadear. Al cabo de un rato pareció estar un poco más calmado, y sus ojos se desviaron hacia el río. Urkin dedujo que debía de tener sed.

—Enseguida vuelvo.

El nanok fue hasta la orilla, arrancó una hoja grande y usó la misma como cuenco para recoger el agua. Urkin la olió primero, y sí, estaba buena. Regresó junto al árbol sosteniendo la hoja con ambas manos.

—Aquí tienes, lobo de luna —dijo el nanok, depositando la hoja frente al cachorro antes de volver a la roca.

El lobezno no bebió de inmediato, sino que palmo a palmo se deslizó hasta la hoja y una vez ahí tomó el agua con rápidos lengüetazos. Después retrocedió al hueco en el árbol.

—Puf. Ya veo que esto no será fácil. Pero créeme, no pienso hacerte daño.

Urkin empezó a cantar en voz baja, como hacía para sus primos a la hora de la siesta. El lobezno luchó por mantener los ojos abiertos, pero debía de estar cansado y se durmió al cabo de un rato. Urkin guardó silencio. Mientras esperaba le dio hambre, así que comió las bayas en su bolsita pensando que a la vuelta tendría que recoger más. Nadie apareció en todo ese lapso. Si el lobezno tenía familia, se hallaba fuera de su alcance.

El cachorro despertó hacia el atardecer. Quizás había pensado que su madre estaría ahí cuando abriera los ojos, porque miró en derredor y luego bajó la cabeza en un gesto de desilusión. Urkin sintió pena por él.

—Escucha, ya debo irme. ¿Quieres venir conmigo? Vamos, sígueme. —El cachorro no se movió—. Está bien, no me sigas. Pero yo volveré mañana, y si aún estás aquí, te traeré algo de comer. Adiós.

Al tiempo que decía todo esto, Urkin bajó de la roca y se alejó muy despacio del árbol. No quería dejar ahí al cachorro, pero el animalito tenía que decidir por sí mismo si aceptaba o no la invitación.

Urkin siguió caminando, le dio la espalda al árbol... y entonces escuchó pasos detrás de él. El nanok sonrió de alivio. Allí estaba el lobezno, con la cola entre sus patitas pero siguiéndolo por su propia voluntad.

—Bien hecho. Yo me encargaré de ti, pequeño.

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