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4 de junio de 2013

UN PASEÍTO POR PITEÅ, SUECIA (2)

¿Dónde me quedé en el artículo anterior? Ah, sí, estaba hablando de la comida y el clima. Ahora falta decir qué hay para ver y hacer en Piteå. Como es una ciudad pequeña, no hay mucho más que un museo dedicado a la fabricación de ladrillos y una iglesia bastante antigua, pero eso quedó bastante compensado por un festival de espectáculos públicos (conciertos de diversos grupos de música locales y extranjeros). Además, son muchos los suecos que tienen casas de verano, y la familia con la que pasé esos dos meses no era la excepción. Ellos tenían esa segunda casa a unos minutos de viaje, y allí pasamos unos cuantos días.

Ah, se me olvidaba, en Suecia es costumbre quitarse los zapatos al entrar a cualquier casa. Es muy higiénico. En Uruguay no se hace, pero al menos en mi casa yo me quito los zapatos y me pongo unas pantuflas, así que no me supuso ningún inconveniente adaptarme a tal exigencia (donde fueres, haz lo que vieres).

Bien, la parte trasera de esa casa de verano daba a un lago muy bonito:


Se podía nadar ahí como si fuera una playa. La casa estaba ubicada en medio de una zona boscosa, y todas las casas tenían una separación bastante grande entre sí, de modo que en ningún momento hubo visitas de los vecinos (me dio la impresión de que los suecos son muy sociables, pero sólo con la familia; pero claro, no puedo sacar conclusiones sin un análisis estadístico, así que me limitaré a contar lo que yo viví). Pasé ratos muy buenos en las caminatas por la carretera, y todo estaba lleno de flores, pájaros, unas mariposas azules diminutas, alguna serpiente y una ardilla a la que cada tanto veía saltar de árbol en árbol cerca de la casa donde yo estaba (bueno, quizás no era la misma, ya que todas las ardillas se parecen bastante). La mayoría de las flores silvestres eran como éstas:


De todas maneras, se ve que los suecos se hartan tanto de la nieve en el invierno que apenas viene el calor tratan de llenar de flores cualquier rincón disponible. Había flores por todos lados, incluso en la ciudad; las plantan de cero todos los años. (Esto me pareció hermosamente primermundista. En Uruguay no se podría hacer porque la gente tiene la mala costumbre de robar plantas, incluso en propiedades privadas. A una de mis vecinas le robaron los pensamientos que había plantado la tarde anterior, con tierra y todo. Y ni les cuento todas las cosas que han robado de mi propio jardín.)

Hicimos excursiones a varios lugares de los alrededores. Aquí van más fotos...


Sí, es un cementerio. Le saqué una foto porque me llamó la atención lo bien cuidado que estaba todo. Hasta había palas y regaderas disponibles para que la gente atendiera las plantitas en las tumbas.


La mayor parte de las iglesias que vi eran en este estilo: muy pintorescas, de madera. (La mayor parte de las casas también son de madera. Es que en Suecia tienen árboles de sobra, como dije antes.)


Este arroyo se encuentra junto a un museo al aire libre con cabañas antiguas llenas de muebles también antiguos. Después de estar ahí e imaginar cómo vivían las personas, aprecié mucho más las comodidades de la vida moderna :-D


Estos músicos estaban tocando en ese museo al aire libre. Y el bebé en el cochecito siguió durmiendo felizmente durante todo el concierto :-D


La foto de arriba es de un parque que visitamos. Era muy bonito, ¡y hasta había unas ranitas no más grandes que la uña de un pulgar!


Un día hicimos un largo paseo hasta Noruega. El paisaje se volvió más montañoso hasta convertirse en lo que ven arriba. Era una vista impresionante. Vimos renos salvajes por la carretera, además. Hubiera querido ver alces, también, pero al parecer andaban en otros quehaceres :-P Otro dato: en Suecia el tráfico es ordenadísimo... pero como los animales salvajes no saben nada sobre las leyes de tránsito, cada tanto hay algún choque contra renos y alces en las carreteras. Malo para los animales... y malo para los ocupantes del auto. Un alce es más o menos tan grande como un caballo de carreras.



Al parecer, estas casitas con pasto en el techo son comunes en esa parte de Noruega. Si agrandan la segunda, verán que en el techo hay, además, un pedazo de madera pintado que parece una cigüeña creada por Tim Burton. Me hizo mucha gracia :-D


Y para terminar con las fotos, éste es un reno bebé que andaba con su madre por un camino de tierra. ¿No es bonito? (un poco desgarbado, eso sí). Por cierto, los renos no me parecieron animales particularmente inteligentes sino algo atolondrados, como las ovejas. Quizás los de Papá Noel sean la excepción.

¿Qué me falta por contar? A ver, yo no sabía sueco cuando hice este viaje, pero no fue ningún problema porque hasta los niños hablaban inglés. De hecho, los programas de televisión están subtitulados para que la gente los vea en su idioma original (así se aprende inglés muy fácilmente). El sueco no es un idioma muy difícil, sin embargo, sobre todo si uno ya tiene conocimientos de inglés. La gramática y muchas palabras son similares.

La gente en general me pareció muy sencilla, educada y respetuosa. Al menos la mitad tenían el pelo rubio, pero había personas de cabello castaño y también vi muchos extranjeros, incluso de países musulmanes (Suecia acepta refugiados). Me pregunto qué harán si alguna vez se pierde una niñita en un lugar público, porque ahí sí me dio la impresión de que todas eran rubias y que todas vestían de rosa. Y ya que estoy con lo del pelo rubio, me pregunto si Suecia es el único lugar del mundo donde las rubias se tiñen de negro (aunque no sé si las chicas góticas cuentan).

Y hay reglas. Reglas por todos lados, para mantener el orden. Me pareció... liberador. Incluso en los conciertos, donde cada tanto se veía gente bastante borracha, no presencié ningún incidente digno de mención. Como máximo, un hombre se puso a bailar encima de una mesa, pero enseguida le ordenaron que se bajara. (Contrasta mucho con la realidad de Uruguay, donde cada vez que hay más de tres borrachos juntos, jóvenes o adultos, se arma una riña callejera.) Los suecos pagan impuestos altísimos, pero se nota la devolución en servicios.

Lo único que no me gustó de Suecia, y esto ya lo había mencionado aquí... ¡fueron los malditos mosquitos!

En fin, si piensan que los suecos son unos aburridos porque nunca oímos hablar de ellos... es porque están demasiado ocupados viviendo bien :-P Como debería ser en el resto del mundo, puestos en ello...

G. E.

2 comentarios:

  1. Aquí estoy de vuelta para darte el coñazo nuevamente. Son unos paisajes bellísimos y seguro que me habría encantado estar a tu lado paseando por el bosque y observando la flora y fauna del lugar. Sobre la comida; nunca he probado reno ni alce...¿como saben? El mini reno es adorable y las casas con el pasto en el tejado llaman muchísimo la atención. Qué bien viven! Un abrazo Gissel!!!!!

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    1. ¡Hola de nuevo! :-D (Hombre, no seas así, que no das la lata para nada.) Pues si alguna vez tenemos la oportunidad, me encantaría tenerte como compañero de viaje. Y te invitaré a comer jamón de reno y albóndigas de alce, para que sepas a qué saben (de postre, fresas silvestres). Los escandinavos viven bien, sin duda, a pesar del frío en invierno. ¡Más besos!

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Fragmento de LOBO DE LUNA

El joven nanok siguió el sonido del agua, pero entonces olió algo más que lo distrajo. ¿Qué era eso? No lo reconoció en absoluto.

A pesar de su curiosidad, Urkin fue precavido: avanzó hacia la fuente del olor moviéndose de árbol en árbol, aprovechando que su pelaje era marrón como la corteza. De su cinturón extrajo un cuchillo de piedra, por las dudas; en Kum, cualquier novedad podía ser agradable... o mortal.

Poco a poco se aproximó a un árbol más grueso que los demás, donde oyó el tenue flujo de una respiración. El olor pertenecía a un ser viviente.

Urkin rodeó el árbol, y en un hueco vio una mancha plateada y pequeña. Y asustada. El nanok lo supo por la forma en que la criatura estaba doblada sobre sí misma, como si tratara de contraerse hasta desaparecer.

Sin soltar el cuchillo, Urkin se acercó un poco más, y entonces la criatura levantó la cabeza. Urkin contuvo la respiración.

Era un cachorro de lobo. Pero no un lobo cualquiera sino un ekté, un lobo de luna. Urkin jamás había visto uno, pero sí algunos miembros de su clan, en noches de Aima llena. Así sabía que los ektén eran plateados y que tenían a Aima en los ojos.

¿Qué hacía el lobezno en el hueco del árbol? Los cachorros nunca andaban solos, ni siquiera los de esa especie.

—¿Te has perdido? —preguntó Urkin, y el animal se encogió sobre sí mismo, gimiendo. Era muy hermoso. Urkin guardó el cuchillo y extendió una mano en un gesto de amistad.

El lobezno se apretó contra el fondo del hueco. No parecía dispuesto a salir por las buenas, y Urkin no iba a forzarlo. El nanok se alejó del árbol y tomó asiento sobre una roca, decidido a esperar el tiempo que fuera necesario.

Había huellas más grandes que las del cachorro en el suelo, y también eran lobunas. ¿Su madre o padre? ¿Qué había pasado ahí exactamente? Si los ektén eran como los lobos de Kum, no abandonarían a un miembro de su jauría, mucho menos al otro lado de la luz azul.

—Me quedaré aquí hasta que alguien venga a buscarte —dijo Urkin al lobezno—. Y si nadie viene... tendré que llevarte conmigo. No puedo dejarte solo, morirías. ¿Entiendes algo de lo que estoy diciendo? Supongo que no. Espero que comprendas mi tono de voz, al menos.

El lobezno se limitó a mirarlo sin parpadear. Al cabo de un rato pareció estar un poco más calmado, y sus ojos se desviaron hacia el río. Urkin dedujo que debía de tener sed.

—Enseguida vuelvo.

El nanok fue hasta la orilla, arrancó una hoja grande y usó la misma como cuenco para recoger el agua. Urkin la olió primero, y sí, estaba buena. Regresó junto al árbol sosteniendo la hoja con ambas manos.

—Aquí tienes, lobo de luna —dijo el nanok, depositando la hoja frente al cachorro antes de volver a la roca.

El lobezno no bebió de inmediato, sino que palmo a palmo se deslizó hasta la hoja y una vez ahí tomó el agua con rápidos lengüetazos. Después retrocedió al hueco en el árbol.

—Puf. Ya veo que esto no será fácil. Pero créeme, no pienso hacerte daño.

Urkin empezó a cantar en voz baja, como hacía para sus primos a la hora de la siesta. El lobezno luchó por mantener los ojos abiertos, pero debía de estar cansado y se durmió al cabo de un rato. Urkin guardó silencio. Mientras esperaba le dio hambre, así que comió las bayas en su bolsita pensando que a la vuelta tendría que recoger más. Nadie apareció en todo ese lapso. Si el lobezno tenía familia, se hallaba fuera de su alcance.

El cachorro despertó hacia el atardecer. Quizás había pensado que su madre estaría ahí cuando abriera los ojos, porque miró en derredor y luego bajó la cabeza en un gesto de desilusión. Urkin sintió pena por él.

—Escucha, ya debo irme. ¿Quieres venir conmigo? Vamos, sígueme. —El cachorro no se movió—. Está bien, no me sigas. Pero yo volveré mañana, y si aún estás aquí, te traeré algo de comer. Adiós.

Al tiempo que decía todo esto, Urkin bajó de la roca y se alejó muy despacio del árbol. No quería dejar ahí al cachorro, pero el animalito tenía que decidir por sí mismo si aceptaba o no la invitación.

Urkin siguió caminando, le dio la espalda al árbol... y entonces escuchó pasos detrás de él. El nanok sonrió de alivio. Allí estaba el lobezno, con la cola entre sus patitas pero siguiéndolo por su propia voluntad.

—Bien hecho. Yo me encargaré de ti, pequeño.

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