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6 de noviembre de 2012

LOS UNICORNIOS Y YO

Quizás no sea yo una mujer muy convencional, en el sentido de que paso de casi todas las cosas típicamente femeninas, como los zapatos de tacón alto, el maquillaje, los vestidos y las novelas románticas. De niña, tampoco me gustaba demasiado vestirme de princesa o jugar a las mamás. Tenía algunas muñecas Barbie, pero con el tiempo me dediqué más a diseñarles ropa que a jugar con ellas; y no porque sea fanática de la moda (ya he dicho que paso de los vestidos), sino por el proceso creativo que dicha tarea implica. Además, una de mis tías era modista.

Sin embargo... bueno, digamos que hay una afición "de niñas" que conservo hasta el día de hoy: los unicornios. Igual que a Lisa Simpson, me gustan los unicornios, no lo puedo evitar. Son bonitos. Son mágicos. ¡Son caballitos con cuernos! Uno de mis libros favoritos es El último unicornio, de Peter S. Beagle, y también tengo varias figuritas de unicornios en mi dormitorio.

Por lo tanto, dado que también me gusta dibujar, he dibujado a unos cuantos unicornios a lo largo de los años. Aquí les va una muestra de mi colección:





Antes de que lo pregunten, no, no son dibujos hechos con tiza. Los hice a lápiz, en negativo, y luego invertí los colores. Es que me gusta el efecto que produce :-)




El último de estos tres está inspirado en El último unicornio, donde efectivamente hay una conversación entre la hembra unicornio y una mariposa. Claro que no se puede esperar que una conversación con una mariposa tenga mucho sentido (tienen un cerebro muy pequeño), y eso es justamente lo que ocurre en el libro...



Hace tiempo que no dibujo unicornios. Creo que podría volver a eso, cuando acabe un par de proyectos en mi lista... porque los aficionados a los unicornios nunca tenemos suficientes :-P

G. E.

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FRAGMENTO DE LA CANCIÓN DEL ÁGUILA

El animal estaba echado sobre el ala intacta, en lo alto de un mueble cubierto con paja limpia. Así fue como el chico descubrió que, en su pata derecha, tenía algo incrustado entre las garras. Kaylon le abrió los dedos para ver de qué se trataba.

A primera vista parecía sangre, pero no lo era. La cosa que el águila tenía en su pata, hundida en la carne, era una piedra ovalada de color rojo cuya superficie relucía como una joya bajo la luz de la lámpara. La piel alrededor se veía por completo normal; la piedra se había integrado al miembro como si fuera parte del mismo. Kaylon pasó su índice sobre el objeto. La textura era cálida y suave, sin rastro de arañazos, aunque daba la sensación de que algo vibraba justo por debajo. ¿O era más bien como una corriente de electricidad estática?

El ave dio por terminada la inspección al levantarse. Había fuerza en sus movimientos, y lo único que al parecer la incomodaba era el vendaje del ala. El chico concluyó que estaba mucho mejor y depositó la liebre muerta encima del mueble. La rapaz miró el cadáver con cierto recelo.

—Te guste o no, dependes de mí desde hoy en adelante —le informó el muchacho—. Si vamos a seguir con esto, tendrás que acostumbrarte a que yo te dé de comer, entre otras cosas.

El águila observó a Kaylon con los ojos entrecerrados. Era como si todo tuviera que decidirse en ese instante: vida o muerte, confianza o suspicacia, amistad o enemistad.

Por fin el ave dio un paso solemne hacia la liebre que se le ofrecía y empezó a desgarrarla con el pico. El chico dejó que su rostro exhibiera una amplia sonrisa de triunfo.

18 comentarios:

  1. Unos dibujos preciosos, me encantan :)

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  2. ¡¡¡Son magníficos, muy, pero que muy buenos, impresionantes!!! O_O
    Me ha gustado mucho el detalle en el ojo del segundo unicornio empezando por el final :D

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  3. Unos unicornios preciosos! Yo no leí el libro, pero ví una película preciosa que se titula igual. Recuerdo que al final aparece un toro gigante de fuego persiguiendo al último unicornio. Me gusta mucho el que está conversando con la mariposa, creo que es por la intensidad de la mirada.
    Un abrazo!

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    1. ¡Gracias por el elogio! En cuanto a la película, es muy fiel al libro, así que ya puedes hacerte una idea :-) (el guión fue escrito por el novelista).

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    2. Pues está en los créditos al principio de la película :-D

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  4. que bonitos los dibujos a mi tambien me gusta dibujar

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    1. ¡Gracias! :-) Si has puesto tus dibujos en alguna parte, pon el vínculo si quieres. ¡Un abrazo!

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  5. Respuestas
    1. Gracias, guapa :-) Tendría que hacer algún dibujo con un dragón y un unicornio, sólo para ti.

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  6. ¡Son preciosos! ¡Me encantan! ლ(❤ʚ❤ლ)

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  7. Hermosos me gusta el que está acompañado de la mariposa bellos!!!! :) saludos copadoss todoss...

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    1. ¡Mil gracias! Espero encontrar el tiempo para hacer más :-) ¡Saludos!

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Fragmento de LOBO DE LUNA

El joven nanok siguió el sonido del agua, pero entonces olió algo más que lo distrajo. ¿Qué era eso? No lo reconoció en absoluto.

A pesar de su curiosidad, Urkin fue precavido: avanzó hacia la fuente del olor moviéndose de árbol en árbol, aprovechando que su pelaje era marrón como la corteza. De su cinturón extrajo un cuchillo de piedra, por las dudas; en Kum, cualquier novedad podía ser agradable... o mortal.

Poco a poco se aproximó a un árbol más grueso que los demás, donde oyó el tenue flujo de una respiración. El olor pertenecía a un ser viviente.

Urkin rodeó el árbol, y en un hueco vio una mancha plateada y pequeña. Y asustada. El nanok lo supo por la forma en que la criatura estaba doblada sobre sí misma, como si tratara de contraerse hasta desaparecer.

Sin soltar el cuchillo, Urkin se acercó un poco más, y entonces la criatura levantó la cabeza. Urkin contuvo la respiración.

Era un cachorro de lobo. Pero no un lobo cualquiera sino un ekté, un lobo de luna. Urkin jamás había visto uno, pero sí algunos miembros de su clan, en noches de Aima llena. Así sabía que los ektén eran plateados y que tenían a Aima en los ojos.

¿Qué hacía el lobezno en el hueco del árbol? Los cachorros nunca andaban solos, ni siquiera los de esa especie.

—¿Te has perdido? —preguntó Urkin, y el animal se encogió sobre sí mismo, gimiendo. Era muy hermoso. Urkin guardó el cuchillo y extendió una mano en un gesto de amistad.

El lobezno se apretó contra el fondo del hueco. No parecía dispuesto a salir por las buenas, y Urkin no iba a forzarlo. El nanok se alejó del árbol y tomó asiento sobre una roca, decidido a esperar el tiempo que fuera necesario.

Había huellas más grandes que las del cachorro en el suelo, y también eran lobunas. ¿Su madre o padre? ¿Qué había pasado ahí exactamente? Si los ektén eran como los lobos de Kum, no abandonarían a un miembro de su jauría, mucho menos al otro lado de la luz azul.

—Me quedaré aquí hasta que alguien venga a buscarte —dijo Urkin al lobezno—. Y si nadie viene... tendré que llevarte conmigo. No puedo dejarte solo, morirías. ¿Entiendes algo de lo que estoy diciendo? Supongo que no. Espero que comprendas mi tono de voz, al menos.

El lobezno se limitó a mirarlo sin parpadear. Al cabo de un rato pareció estar un poco más calmado, y sus ojos se desviaron hacia el río. Urkin dedujo que debía de tener sed.

—Enseguida vuelvo.

El nanok fue hasta la orilla, arrancó una hoja grande y usó la misma como cuenco para recoger el agua. Urkin la olió primero, y sí, estaba buena. Regresó junto al árbol sosteniendo la hoja con ambas manos.

—Aquí tienes, lobo de luna —dijo el nanok, depositando la hoja frente al cachorro antes de volver a la roca.

El lobezno no bebió de inmediato, sino que palmo a palmo se deslizó hasta la hoja y una vez ahí tomó el agua con rápidos lengüetazos. Después retrocedió al hueco en el árbol.

—Puf. Ya veo que esto no será fácil. Pero créeme, no pienso hacerte daño.

Urkin empezó a cantar en voz baja, como hacía para sus primos a la hora de la siesta. El lobezno luchó por mantener los ojos abiertos, pero debía de estar cansado y se durmió al cabo de un rato. Urkin guardó silencio. Mientras esperaba le dio hambre, así que comió las bayas en su bolsita pensando que a la vuelta tendría que recoger más. Nadie apareció en todo ese lapso. Si el lobezno tenía familia, se hallaba fuera de su alcance.

El cachorro despertó hacia el atardecer. Quizás había pensado que su madre estaría ahí cuando abriera los ojos, porque miró en derredor y luego bajó la cabeza en un gesto de desilusión. Urkin sintió pena por él.

—Escucha, ya debo irme. ¿Quieres venir conmigo? Vamos, sígueme. —El cachorro no se movió—. Está bien, no me sigas. Pero yo volveré mañana, y si aún estás aquí, te traeré algo de comer. Adiós.

Al tiempo que decía todo esto, Urkin bajó de la roca y se alejó muy despacio del árbol. No quería dejar ahí al cachorro, pero el animalito tenía que decidir por sí mismo si aceptaba o no la invitación.

Urkin siguió caminando, le dio la espalda al árbol... y entonces escuchó pasos detrás de él. El nanok sonrió de alivio. Allí estaba el lobezno, con la cola entre sus patitas pero siguiéndolo por su propia voluntad.

—Bien hecho. Yo me encargaré de ti, pequeño.

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