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11 de noviembre de 2012

¡MI DRAGÓN CUMPLE 2 AÑOS!

Cuando pienso que, hace dos años, mi dragón Donald era tan chiquito que podía tenerlo en brazos, la verdad es que me conmuevo :-) Ha sido un largo camino hasta ahora. Ayudé a Donald a encontrar su rugido y a negociar las condiciones de su empleo en el aeropuerto, hemos ido juntos a China y a la Oktoberfest, y en general la hemos pasado de maravilla.

Es por eso que para su segundo cumpleaños quería regalarle algo muy especial. El único problema era ¡que no se me ocurría nada! ¿Qué se le regala a un dragón que ya tiene casi todo lo que necesita para vivir? (Bueno, todavía tengo que conseguirle una cueva con tesoro, pero eso aún está en proceso porque requiere trámites muy largos. Ya saben, cuestiones inmobiliarias. Y los tesoros no son muy fáciles de encontrar.)

Entonces me puse a pensar en la estupenda relación que tengo yo con mi gato, y de inmediato se me prendió la lamparita: ¡podría conseguirle una mascota! Total, hasta la gorila Koko tuvo sus gatos (les puso nombre y todo).

Claro que... con el tamaño y peso de mi dragón, me pareció un poco arriesgado lo de regalarle un gato doméstico, por el riesgo de aplastamiento accidental. Fue por ello que decidí ponerme creativa... ¡y me fui hasta el zoológico!

Hay algo que deben saber sobre el zoológico en mi ciudad: es un DESASTRE. Los animales están bien cuidados, pero las jaulas y ambientes donde viven son por completo inapropiados en la mayoría de los casos. O sea, aparte del asunto del regalo de cumpleaños, era una buena ocasión para rescatar a uno de esos animales y ponerlo en un sitio más adecuado a sus necesidades biológicas.

Entre todos los felinos del zoológico... elegí el tigre más bonito. Para que tuviera rayas, igual que mi gato :-) Por supuesto, no fue fácil sacarlo de la jaula, pero el bicho estaba tan aburrido ahí dentro que no se resistió demasiado a que le pusiera una correa (al final sólo tuvieron que darme diez puntos en el hospital; poca cosa).

Preparar la fiesta fue fácil, y nos divertimos bastante. Le hice a mi Donald una torta de carne con verduras, invitamos al dinosaurio de Twitter y a todos los monstruos del Gran Hermano con monstruos (es que ya los echábamos de menos).

A mi Donald le encantó su tigre. No sé qué nombre le puso porque suena más o menos como "Grrrñññuaf" en en lenguaje de mi dragón (podría significar algo así como "Esponjoso" o "Devorador"). El tigre no parecía muy convencido al principio (quizás fuera porque no le gustaba el lazo que le puse), pero unos pocos kilos de carne cruda, una laguna y algo de paja suave bastaron para que se sintiera cómodo. (Todos los gatos son iguales. Bueno, excepto que a los tigres SÍ les gusta el agua.) En unos días le conseguiremos un espacio en una reserva natural de China, para que pueda interactuar con otros ejemplares de su especie.

También le regalé a mi dragón un retrato de nosotros dos. Algo así como un recuerdo de madre e hijo, ya que él me quiere mucho por ser su madre adoptiva. Luego me subí a una escalera para darle un abrazo y un beso en su escamosa nariz.


¡Feliz cumpleaños, Donaldito! Tu mami te ama :-)


G. E.

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FRAGMENTO DE EL DRAGÓN DE PIEDRA

No llegó a hablar. El dragón intentó escapar por la única vía libre, que daba justo hacia el niño. Feidos vio aproximarse a la bestia y de pronto notó que no podía moverse: los ojos del animal estaban fijos en los suyos, con una intensidad tan espantosa que lo privaron de su voluntad. Ni siquiera oyó a los jinetes gritarle que se hiciera a un lado.

El dragón tropezó con unas rocas. De nuevo se arrastró levantando tierra y pasto hasta que su hocico quedó casi a los pies del niño, pero no volvió a levantarse porque los jinetes desenvainaron sus espadas y las clavaron en el cuello de la bestia, su parte más vulnerable.

—Apártate, chico —dijo un cazador—. Todavía podría saltar sobre ti.

El dragón apenas seguía vivo. De su cuello manaban tres chorros de sangre espesa, y la mirada de sus ojos amarillos se iba apagando poco a poco como flores que se marchitan al atardecer. Para Feidos eso fue lo más terrible: ver cómo se le escapaba la vida al magnífico animal mientras éste se resistía con las pocas fuerzas que le quedaban, negándose a morir. Olía a cobre y miedo. Una lágrima se deslizó por sus escamas hasta mojar la tierra, y luego la bestia dejó de respirar. El niño se acercó por fin para tocarla. Quería sentir su calor antes de que eso también desapareciera.

Fue la última vez en mucho tiempo que Feidos vio un dragón.

2 comentarios:

  1. Me encanta! Qué detallazo que has tenido con DOnald. Dale muchos mimos de mi parte y un achuchón a su nueva mascota. QUe seais muy felices y que cuuuuumpla muuuuchos maaaas!
    Espero que te recuperes pronto de tu pequeño gran percance al sacarlo de la jaula.
    Besitos de clavos incandescentes!

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    1. Mi dragón te da las gracias, Luismi :-) No te preocupes por la cuestión de los puntos. Los antisépticos y los hilos de sutura actuales son excelentes :-D

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Fragmento de LOBO DE LUNA

El joven nanok siguió el sonido del agua, pero entonces olió algo más que lo distrajo. ¿Qué era eso? No lo reconoció en absoluto.

A pesar de su curiosidad, Urkin fue precavido: avanzó hacia la fuente del olor moviéndose de árbol en árbol, aprovechando que su pelaje era marrón como la corteza. De su cinturón extrajo un cuchillo de piedra, por las dudas; en Kum, cualquier novedad podía ser agradable... o mortal.

Poco a poco se aproximó a un árbol más grueso que los demás, donde oyó el tenue flujo de una respiración. El olor pertenecía a un ser viviente.

Urkin rodeó el árbol, y en un hueco vio una mancha plateada y pequeña. Y asustada. El nanok lo supo por la forma en que la criatura estaba doblada sobre sí misma, como si tratara de contraerse hasta desaparecer.

Sin soltar el cuchillo, Urkin se acercó un poco más, y entonces la criatura levantó la cabeza. Urkin contuvo la respiración.

Era un cachorro de lobo. Pero no un lobo cualquiera sino un ekté, un lobo de luna. Urkin jamás había visto uno, pero sí algunos miembros de su clan, en noches de Aima llena. Así sabía que los ektén eran plateados y que tenían a Aima en los ojos.

¿Qué hacía el lobezno en el hueco del árbol? Los cachorros nunca andaban solos, ni siquiera los de esa especie.

—¿Te has perdido? —preguntó Urkin, y el animal se encogió sobre sí mismo, gimiendo. Era muy hermoso. Urkin guardó el cuchillo y extendió una mano en un gesto de amistad.

El lobezno se apretó contra el fondo del hueco. No parecía dispuesto a salir por las buenas, y Urkin no iba a forzarlo. El nanok se alejó del árbol y tomó asiento sobre una roca, decidido a esperar el tiempo que fuera necesario.

Había huellas más grandes que las del cachorro en el suelo, y también eran lobunas. ¿Su madre o padre? ¿Qué había pasado ahí exactamente? Si los ektén eran como los lobos de Kum, no abandonarían a un miembro de su jauría, mucho menos al otro lado de la luz azul.

—Me quedaré aquí hasta que alguien venga a buscarte —dijo Urkin al lobezno—. Y si nadie viene... tendré que llevarte conmigo. No puedo dejarte solo, morirías. ¿Entiendes algo de lo que estoy diciendo? Supongo que no. Espero que comprendas mi tono de voz, al menos.

El lobezno se limitó a mirarlo sin parpadear. Al cabo de un rato pareció estar un poco más calmado, y sus ojos se desviaron hacia el río. Urkin dedujo que debía de tener sed.

—Enseguida vuelvo.

El nanok fue hasta la orilla, arrancó una hoja grande y usó la misma como cuenco para recoger el agua. Urkin la olió primero, y sí, estaba buena. Regresó junto al árbol sosteniendo la hoja con ambas manos.

—Aquí tienes, lobo de luna —dijo el nanok, depositando la hoja frente al cachorro antes de volver a la roca.

El lobezno no bebió de inmediato, sino que palmo a palmo se deslizó hasta la hoja y una vez ahí tomó el agua con rápidos lengüetazos. Después retrocedió al hueco en el árbol.

—Puf. Ya veo que esto no será fácil. Pero créeme, no pienso hacerte daño.

Urkin empezó a cantar en voz baja, como hacía para sus primos a la hora de la siesta. El lobezno luchó por mantener los ojos abiertos, pero debía de estar cansado y se durmió al cabo de un rato. Urkin guardó silencio. Mientras esperaba le dio hambre, así que comió las bayas en su bolsita pensando que a la vuelta tendría que recoger más. Nadie apareció en todo ese lapso. Si el lobezno tenía familia, se hallaba fuera de su alcance.

El cachorro despertó hacia el atardecer. Quizás había pensado que su madre estaría ahí cuando abriera los ojos, porque miró en derredor y luego bajó la cabeza en un gesto de desilusión. Urkin sintió pena por él.

—Escucha, ya debo irme. ¿Quieres venir conmigo? Vamos, sígueme. —El cachorro no se movió—. Está bien, no me sigas. Pero yo volveré mañana, y si aún estás aquí, te traeré algo de comer. Adiós.

Al tiempo que decía todo esto, Urkin bajó de la roca y se alejó muy despacio del árbol. No quería dejar ahí al cachorro, pero el animalito tenía que decidir por sí mismo si aceptaba o no la invitación.

Urkin siguió caminando, le dio la espalda al árbol... y entonces escuchó pasos detrás de él. El nanok sonrió de alivio. Allí estaba el lobezno, con la cola entre sus patitas pero siguiéndolo por su propia voluntad.

—Bien hecho. Yo me encargaré de ti, pequeño.

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