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31 de octubre de 2012

¡NOCHE DE BRUJAS 2012!

¿Recuerdan mi Noche de Brujas del año pasado, en la que mi dragón insistió en que YO me disfrazara de dragón para poder disfrazarse ÉL de princesa? Bueno, pues este año me tocó elegir los disfraces. Y dada mi reciente adicción al juego Angry Birds...

Pues bien, mi pájaro favorito de Angry Birds es el pájaro bomba. Lo adoro. Es negro (me gusta vestir de negro) y ¡hace explotar cosas! Junté bastante alambre, mucho papel de periódico, algunos kilos de engrudo, pintura de varios colores, y esto es lo que salió:


¡Bien! ¡Ya estaba lista para la fiesta de Halloween y/o para reventar algunos puercos verdes!

Le mostré el juego a mi dragón Donald, pero él, en lugar de elegir un pájaro, ¡señaló a uno de los puercos! (Mmm, tendré que enseñarle a jugar a Bad Piggies.) Esta vez necesité bastante más alambre, papel, engrudo y pintura, pero entre los dos conseguimos meterlo en este disfraz:


Lo más difícil fue plegarle las alas para que encajaran dentro de la bola. Lo bueno es que puse en práctica mi origami. Lo malo es que, cuando se quite el disfraz, es muy probable que tenga que plancharle las alas a Donald para que pueda volar de nuevo. (Grunf. Detesto planchar cosas.)

Lo bueno de estos disfraces es que los hicimos con compartimientos interiores para guardar los dulces que nos den, y también para guardar explosivos y huevos podridos en caso de que NO nos den dulces y nos veamos obligados a realizar alguna travesura... (¡Uh, ya espero que alguien se niegue!)

Cuando salgamos a la calle, correré detrás de Donald como si pretendiera hacerlo explotar. ¡Vamos a armar un tremendo espectáculo! (Sólo espero que nadie sienta la tentación de tirarme a mí con un tirachinas gigante. No soy la única fanática de Angry Birds en mi ciudad.)

En fin, ya estamos por salir a divertirnos. ¡Feliz Noche de Brujas a todos los lectores de este blog! :-)

G. E.

PD: Si tienen tiempo, pueden ir a mi otro blog a leer mis dos cuentos de Halloween para este año: El invitado y La cena de Halloween. Hay fantasmas y monstruos :-) ¡Ojo con las salpicaduras de sangre...!

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FRAGMENTO DE SOMBRAS

Miró en derredor entrecerrando los ojos. Las olas del mar saltaban sobre el muro de la playa; los árboles crujían y se quebraban como palillos de dientes; algunos cables del tendido eléctrico se vinieron abajo y las luces se apagaron. Fue cuando Javier distinguió las sombras, primero con el rabillo del ojo y luego ante él, cerrándose en círculo como leonas hambrientas. No hacían ruido, sólo se movían flotando igual que humo negro, indiferentes al viento y la lluvia.

—¡Largo! ¡Déjenme en paz! —gritó Javier por encima de los truenos. Las sombras no se alejaron—. ¡Auxilio! ¡Ayúdenme!

El muchacho empezó a correr sin esperar la ayuda que había pedido. Ya no creía que nadie pudiera salvarlo de las sombras, ni siquiera él mismo. Pero corrió de todas maneras, aprovechando el empuje del viento para aumentar su velocidad. Dejó de gritar porque eso hacía que entrara más agua a su boca, y necesitaba todo el aire que pudiera conseguir. De algún modo adivinó que las sombras venían por él, y que si llegaban a atraparlo estaría perdido. Siguió corriendo, pues, pero aún las veía a pocos pasos, estirándose como tentáculos.

Un rayo golpeó una columna. El estallido fue ensordecedor, con chispas y humo, y el agua transmitió la corriente hasta Javier, quien pudo sentir la electricidad recorriendo su cuerpo de pies a cabeza. En esos segundos no pudo pensar. Todos sus nervios hormigueaban y el corazón se descontroló en su pecho, latiendo de cualquier manera. Vio luces que sólo estaban en su cerebro; un diente se le astilló al cerrar las mandíbulas de golpe. Cuando la corriente se detuvo, él cayó sin fuerzas sobre el pavimento, de espaldas, y aunque la capa de agua amortiguó el impacto, su cráneo le envió una oleada extra de dolor.

Las sombras lo alcanzaron. Javier no sintió su tacto, sólo un poco de presión cuando lo agarraron de las piernas y lo arrastraron hacia el mar embravecido que había sobrepasado la barrera artificial. Tampoco pudo gritar. Tenía los ojos muy abiertos, inundados por la lluvia. Las nubes y la ciudad eran borrones sin sentido.

4 comentarios:

  1. Unos disfraces muy currados, aunque he de decir que no estoy familiarizado con el juego, sé que es algo parecido a WORMS con el que me tiraba horas y horas jugando.
    Un abrazo para ambos!

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    Respuestas
    1. ¡No puede ser que no conozcas el jueguito, que últimamente meten Angry Birds hasta en la sopaaaaa! ¿Bajo qué piedra vives? :-D Un abrazo y gracias por el comentario :-)

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    2. Bajo la piedra nº 45. Problem?
      ;D

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    3. Problem, ninguno. Pero no puede ser que andes por ahí sin conocer a los Angry Birds... ¡Son geniales!

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Fragmento de LOBO DE LUNA

El joven nanok siguió el sonido del agua, pero entonces olió algo más que lo distrajo. ¿Qué era eso? No lo reconoció en absoluto.

A pesar de su curiosidad, Urkin fue precavido: avanzó hacia la fuente del olor moviéndose de árbol en árbol, aprovechando que su pelaje era marrón como la corteza. De su cinturón extrajo un cuchillo de piedra, por las dudas; en Kum, cualquier novedad podía ser agradable... o mortal.

Poco a poco se aproximó a un árbol más grueso que los demás, donde oyó el tenue flujo de una respiración. El olor pertenecía a un ser viviente.

Urkin rodeó el árbol, y en un hueco vio una mancha plateada y pequeña. Y asustada. El nanok lo supo por la forma en que la criatura estaba doblada sobre sí misma, como si tratara de contraerse hasta desaparecer.

Sin soltar el cuchillo, Urkin se acercó un poco más, y entonces la criatura levantó la cabeza. Urkin contuvo la respiración.

Era un cachorro de lobo. Pero no un lobo cualquiera sino un ekté, un lobo de luna. Urkin jamás había visto uno, pero sí algunos miembros de su clan, en noches de Aima llena. Así sabía que los ektén eran plateados y que tenían a Aima en los ojos.

¿Qué hacía el lobezno en el hueco del árbol? Los cachorros nunca andaban solos, ni siquiera los de esa especie.

—¿Te has perdido? —preguntó Urkin, y el animal se encogió sobre sí mismo, gimiendo. Era muy hermoso. Urkin guardó el cuchillo y extendió una mano en un gesto de amistad.

El lobezno se apretó contra el fondo del hueco. No parecía dispuesto a salir por las buenas, y Urkin no iba a forzarlo. El nanok se alejó del árbol y tomó asiento sobre una roca, decidido a esperar el tiempo que fuera necesario.

Había huellas más grandes que las del cachorro en el suelo, y también eran lobunas. ¿Su madre o padre? ¿Qué había pasado ahí exactamente? Si los ektén eran como los lobos de Kum, no abandonarían a un miembro de su jauría, mucho menos al otro lado de la luz azul.

—Me quedaré aquí hasta que alguien venga a buscarte —dijo Urkin al lobezno—. Y si nadie viene... tendré que llevarte conmigo. No puedo dejarte solo, morirías. ¿Entiendes algo de lo que estoy diciendo? Supongo que no. Espero que comprendas mi tono de voz, al menos.

El lobezno se limitó a mirarlo sin parpadear. Al cabo de un rato pareció estar un poco más calmado, y sus ojos se desviaron hacia el río. Urkin dedujo que debía de tener sed.

—Enseguida vuelvo.

El nanok fue hasta la orilla, arrancó una hoja grande y usó la misma como cuenco para recoger el agua. Urkin la olió primero, y sí, estaba buena. Regresó junto al árbol sosteniendo la hoja con ambas manos.

—Aquí tienes, lobo de luna —dijo el nanok, depositando la hoja frente al cachorro antes de volver a la roca.

El lobezno no bebió de inmediato, sino que palmo a palmo se deslizó hasta la hoja y una vez ahí tomó el agua con rápidos lengüetazos. Después retrocedió al hueco en el árbol.

—Puf. Ya veo que esto no será fácil. Pero créeme, no pienso hacerte daño.

Urkin empezó a cantar en voz baja, como hacía para sus primos a la hora de la siesta. El lobezno luchó por mantener los ojos abiertos, pero debía de estar cansado y se durmió al cabo de un rato. Urkin guardó silencio. Mientras esperaba le dio hambre, así que comió las bayas en su bolsita pensando que a la vuelta tendría que recoger más. Nadie apareció en todo ese lapso. Si el lobezno tenía familia, se hallaba fuera de su alcance.

El cachorro despertó hacia el atardecer. Quizás había pensado que su madre estaría ahí cuando abriera los ojos, porque miró en derredor y luego bajó la cabeza en un gesto de desilusión. Urkin sintió pena por él.

—Escucha, ya debo irme. ¿Quieres venir conmigo? Vamos, sígueme. —El cachorro no se movió—. Está bien, no me sigas. Pero yo volveré mañana, y si aún estás aquí, te traeré algo de comer. Adiós.

Al tiempo que decía todo esto, Urkin bajó de la roca y se alejó muy despacio del árbol. No quería dejar ahí al cachorro, pero el animalito tenía que decidir por sí mismo si aceptaba o no la invitación.

Urkin siguió caminando, le dio la espalda al árbol... y entonces escuchó pasos detrás de él. El nanok sonrió de alivio. Allí estaba el lobezno, con la cola entre sus patitas pero siguiéndolo por su propia voluntad.

—Bien hecho. Yo me encargaré de ti, pequeño.

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