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25 de diciembre de 2011

¿MAMÁ NOEL? ¿GISSEL CLAUS?

* * * * * ¡Navidad, Navidad, blanca Navidad! * * * * * (Los asteriscos son copos de nieve.) En fin, no es que yo sea una fanática de la Navidad. A mi gato sigue sin gustarle, porque aquí en Uruguay persiste la costumbre de arrojar fuegos artificiales a medianoche en la víspera (una idiosincracia local que jamás lograré entender). Claro que si la gente es feliz por la dichosa Navidad, no voy a ponerme en onda Grinch y amargar a todo el mundo son sentimientos antinavideños.

En fin. ¿Recuerdan lo que me sucedió la Navidad del año pasado? ¿El encuentro cercano del tercer tipo con Papá Noel? Pues ¡este año volví a encontrármelo! Aunque... bueno, digamos que fue de manera un poco más indirecta. Es decir, esta vez no fui yo quien lo dejó knock out. Pero mejor empiezo por el principio, en la noche del 24 de diciembre.

Yo estaba en casa, viendo la tele mientras cenaba (este año el tiempo vino fresco, por suerte), y de pronto escuché el sonido de un choque tremendo en la calle. Pensé que se trataría de un accidente de tránsito común y corriente, ya que en Montevideo parece ser otra costumbre lo de manejar sin respetar las leyes (es todo un tema, miren aquí para saber más al respecto), pero cuando salí a mirar encontré un panorama muy distinto. Para empezar, un animal aturdido vino caminando hacia mí en zigzag. ¡Era un reno! ¡Un reno de Papá Noel, nada menos! Corrí hacia el sitio del accidente temiendo lo peor.


Como esto no es una peli de suspenso, los tranquilizaré de inmediato: Papá Noel sólo se había dado algunos golpes sin importancia. Pero estaba muy enfadado. Resulta que, debido a las cercas electrificadas que "adornan" muchas azoteas en Montevideo, Papá Noel se vio obligado a aterrizar en plena calle. Estaba correctamente estacionado, pero entonces unos conductores ebrios se estrellaron contra su trineo. Qué vergüenza, ¿verdad? Y no había un solo inspector a la vista. Tsk, tsk, tsk.

Bien, mientras llegaban las ambulancias, la policía y una grúa, aproveché para dar asistencia veterinaria a los traumatizados renos mientras Papá Noel despotricaba de lo lindo.

—¡No se puede creer! ¡La Navidad pasada me pegaron con una piedra —aquí me hice la distraída— y este año me chocan el trineo! ¿Qué elfos pasa con esta ciudad?

—Ay, lo siento mucho, Papá Noel —respondí yo—. Es que la sociedad ya no es lo que solía ser. Estas nuevas generaciones no tienen respeto por nada. —Luego fruncí el ceño. Ni que fuera yo tan vieja. Pero a veces me siento vieja. Y debo de estarlo, un poquito, al menos, porque ya puedo empezar sermones con la frase "en mi época no éramos así". ¿En qué estaba? Ah, sí, el accidente. Papá Noel le secó a uno de sus renos un hilillo de sangre del costado mientras yo suturaba un corte en el cuello de otro (eran muy dóciles, los renos, no trataron de patear ni nada; aunque también pudo ser un efecto de sus respectivos traumas craneales).

Papá Noel miró el desastre que era su trineo, con regalos desperdigados por todas partes, y se mesó sus gloriosos cabellos blancos.

—¿Y ahora qué voy a hacer m'hijita? ¡Todavía tengo que repartir regalos por el resto de los husos horarios de América! ¡Se me va a hacer tarde, y mira, hay un montón de regalos rotos!

Entonces apareció mi dragón Donald. Papá Noel se lo quedó mirando con los ojos como platos. Ya lo había conocido la Navidad anterior, pero claro, desde entonces mi Donaldito pegó el estirón.

—Válgame. Qué pedazo de bestia gigante —observó el querido viejete.

Papá Noel me miró. Yo lo miré. Nos miramos. Luego miramos a Donald. Llegamos al mismo tiempo a la conclusión más lógica: ¡Donald podría ayudar a salvar la Navidad! Sin embargo, había un problema: Papá Noel estaba DEMASIADO rollizo como para volar en mi dragón. Entre él y el peso de los regalos no iba a haber manera de que Donald despegara del suelo (mi dragón es mitológico, no mágico). Sin pasajeros de ninguna clase ya le cuesta un poco, debido a su gran volumen.

Papá Noel volvió a mirarme y supongo que no tardó en darse cuenta de que soy pequeñita y ligera.

—Oh, bueno, de acuerdo —dije yo—. Me haré cargo del asunto. Total, el programa en la tele era una repetición. ¿Qué tengo que hacer?

Pues lo primero que tenía que hacer era vestirme apropiadamente, porque si iba a meterme en casas ajenas, usar el traje me iba a servir como identificación (con esto de la inseguridad en Latinoamérica, sin el traje existía el riesgo de que me confundieran con un ladrón y me pegaran un tiro). El único traje a mano era el de Papá Noel, así que le di una bata y me puse los pantalones, las botas, la chaqueta y el gorro. Sin embargo... bueno, ya sabemos que Papá Noel está un poco gordito, y como su traje está hecho a la medida, yo quedé más o menos así al ponérmelo:


Uf. Más que Papá Noel, parecía un elfo del Polo Norte. Pero no había tiempo de ajustar el traje, de modo que Papá Noel y yo recogimos los regalos intactos, los metimos en la bolsa y luego me subí a Donald. Papá Noel me dio entonces una lista de tiendas de regalos, centros comerciales y jugueterías para reponer los regalos estropeados en el accidente. Y allá me fui volando, haciendo de Mamá Noel o como quieran llamarle.

Ahora que todo ha pasado debo admitir que hice un poco de trampa, porque no seguí al pie de la letra la lista de regalos de Papá Noel. En lugar de conseguir los juguetes y demás chucherías, lo que hice fue pasarme por las librerías. Es que la gente está leyendo cada vez menos, y ya se sabe que eso afecta el rendimiento escolar y la capacidad mental de la población. Y como soy una ciudadana responsable que se preocupa por el desarrollo intelectual de la humanidad...

Resumiendo: si esperaban un iPod, unos zapatos de moda, una PlayStation o así por el estilo y recibieron un libro en su lugar, ya saben quién fue. No hay de qué :-) Disfruten de la lectura.

¡Y feliz Navidad!


G. E.

PD: Ya que estaba en control de los regalos, yo también me regalé un libro. ¡Yipiii! Una vez más soy una cerebrito feliz con un libro nuevo.

PPD: Los renos de Papá Noel ya se recuperaron del accidente. Papá Noel va a demandar a los conductores ebrios por daños y perjuicios (aunque no gane la demanda, seguro que esos irresponsables tendrán que pagar una buena multa, como mínimo). La grúa se llevó el trineo, pero luego vinieron los elfos a recogerlo para hacer las reparaciones en el taller del Polo Norte, a fin de tenerlo listo para la próxima Navidad. Bien está lo que bien acaba o<]:-)

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Fragmento de LOBO DE LUNA

El joven nanok siguió el sonido del agua, pero entonces olió algo más que lo distrajo. ¿Qué era eso? No lo reconoció en absoluto.

A pesar de su curiosidad, Urkin fue precavido: avanzó hacia la fuente del olor moviéndose de árbol en árbol, aprovechando que su pelaje era marrón como la corteza. De su cinturón extrajo un cuchillo de piedra, por las dudas; en Kum, cualquier novedad podía ser agradable... o mortal.

Poco a poco se aproximó a un árbol más grueso que los demás, donde oyó el tenue flujo de una respiración. El olor pertenecía a un ser viviente.

Urkin rodeó el árbol, y en un hueco vio una mancha plateada y pequeña. Y asustada. El nanok lo supo por la forma en que la criatura estaba doblada sobre sí misma, como si tratara de contraerse hasta desaparecer.

Sin soltar el cuchillo, Urkin se acercó un poco más, y entonces la criatura levantó la cabeza. Urkin contuvo la respiración.

Era un cachorro de lobo. Pero no un lobo cualquiera sino un ekté, un lobo de luna. Urkin jamás había visto uno, pero sí algunos miembros de su clan, en noches de Aima llena. Así sabía que los ektén eran plateados y que tenían a Aima en los ojos.

¿Qué hacía el lobezno en el hueco del árbol? Los cachorros nunca andaban solos, ni siquiera los de esa especie.

—¿Te has perdido? —preguntó Urkin, y el animal se encogió sobre sí mismo, gimiendo. Era muy hermoso. Urkin guardó el cuchillo y extendió una mano en un gesto de amistad.

El lobezno se apretó contra el fondo del hueco. No parecía dispuesto a salir por las buenas, y Urkin no iba a forzarlo. El nanok se alejó del árbol y tomó asiento sobre una roca, decidido a esperar el tiempo que fuera necesario.

Había huellas más grandes que las del cachorro en el suelo, y también eran lobunas. ¿Su madre o padre? ¿Qué había pasado ahí exactamente? Si los ektén eran como los lobos de Kum, no abandonarían a un miembro de su jauría, mucho menos al otro lado de la luz azul.

—Me quedaré aquí hasta que alguien venga a buscarte —dijo Urkin al lobezno—. Y si nadie viene... tendré que llevarte conmigo. No puedo dejarte solo, morirías. ¿Entiendes algo de lo que estoy diciendo? Supongo que no. Espero que comprendas mi tono de voz, al menos.

El lobezno se limitó a mirarlo sin parpadear. Al cabo de un rato pareció estar un poco más calmado, y sus ojos se desviaron hacia el río. Urkin dedujo que debía de tener sed.

—Enseguida vuelvo.

El nanok fue hasta la orilla, arrancó una hoja grande y usó la misma como cuenco para recoger el agua. Urkin la olió primero, y sí, estaba buena. Regresó junto al árbol sosteniendo la hoja con ambas manos.

—Aquí tienes, lobo de luna —dijo el nanok, depositando la hoja frente al cachorro antes de volver a la roca.

El lobezno no bebió de inmediato, sino que palmo a palmo se deslizó hasta la hoja y una vez ahí tomó el agua con rápidos lengüetazos. Después retrocedió al hueco en el árbol.

—Puf. Ya veo que esto no será fácil. Pero créeme, no pienso hacerte daño.

Urkin empezó a cantar en voz baja, como hacía para sus primos a la hora de la siesta. El lobezno luchó por mantener los ojos abiertos, pero debía de estar cansado y se durmió al cabo de un rato. Urkin guardó silencio. Mientras esperaba le dio hambre, así que comió las bayas en su bolsita pensando que a la vuelta tendría que recoger más. Nadie apareció en todo ese lapso. Si el lobezno tenía familia, se hallaba fuera de su alcance.

El cachorro despertó hacia el atardecer. Quizás había pensado que su madre estaría ahí cuando abriera los ojos, porque miró en derredor y luego bajó la cabeza en un gesto de desilusión. Urkin sintió pena por él.

—Escucha, ya debo irme. ¿Quieres venir conmigo? Vamos, sígueme. —El cachorro no se movió—. Está bien, no me sigas. Pero yo volveré mañana, y si aún estás aquí, te traeré algo de comer. Adiós.

Al tiempo que decía todo esto, Urkin bajó de la roca y se alejó muy despacio del árbol. No quería dejar ahí al cachorro, pero el animalito tenía que decidir por sí mismo si aceptaba o no la invitación.

Urkin siguió caminando, le dio la espalda al árbol... y entonces escuchó pasos detrás de él. El nanok sonrió de alivio. Allí estaba el lobezno, con la cola entre sus patitas pero siguiéndolo por su propia voluntad.

—Bien hecho. Yo me encargaré de ti, pequeño.

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