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18 de diciembre de 2011

KILL BILL BULLIES

Esta entrada va tiernamente dedicada a todas las víctimas de bullying o acoso escolar. En cierta manera, también está dedicada a los bullies o acosadores... esperando que se hayan reformado y/o arrepentido o que lo hagan en los próximos cinco minutos, pues de lo contrario la dedicatoria más bien supone una amenaza sumada a un gesto muy poco elegante de mi dedo medio.

Durante los últimos años de la enseñanza primaria y los primeros de la secundaria, fui víctima de acoso escolar. Primero se burlaban de mí por mi estatura. Luego se burlaban de mí por tímida e inteligente, por no hablar de la ortodoncia. Y luego se burlaban de mí por antisocial (la verdad, a esas alturas ya tenía bastantes razones para que no me gustara la gente en general). Como ven, los acosadores siempre encuentran una razón para molestar. Menos mal que no usaba gafas.

¿Me afectó? Sí, por un tiempo. Si hubiera sido una persona más frágil, quizás hasta habría requerido atención psicológica, y es muy posible que me hubiera quedado un daño permanente. Peeeeero... yo soy de Aries. Y los nacidos bajo el signo de Aries más bien renacemos de las cenizas como el ave Fénix. O sea, aprendí a defenderme, recuperé mi autoestima, y pobre del que se burle de mí en la actualidad. (Si no lo dejo por el piso con mi afilada lengua, le echaré a mi dragón.)

Sin embargo, no todas las víctimas de acoso escolar salen fortalecidas por el mismo. Es por ello que, en plan Uma Thurman en Kill Bill, decidí vestirme de amarillo, pedirle una katana a Hattori Hanzo y salir a buscar a todos los acosadores escolares para darles una lección.

Antes que nada, me puse a investigar y averigüé un par de cositas: 1) ¡los profesores todavía hacen la vista gorda en casos de abuso escolar!; y 2) ¡todavía existe esa práctica ridícula y antipedagógica de sentar al revoltoso con el inteligente para que el revoltoso se "reforme"! De verdad, esto último me parece absurdo. Parte de la premisa de que si un chico se porta mal y ni sus padres ni los profesores lo han podido corregir, entonces lo hará uno de sus compañeros. ¡Puaf! ¿En serio? Lo más probable (y aquí hablo por experiencia propia, además) es que el revoltoso le baje el desempeño al inteligente, y en algunos casos hasta podría poner en contacto a un abusador escolar con una víctima potencial. (Padres de hijos inteligentes: no dejen que les hagan esto a sus hijos. Ellos no tienen por qué cargar con la educación ni los problemas psicológicos de otros alumnos.)

En fin, una vez averiguado lo que necesitaba averiguar, tomé mi reluciente katana, llamé a mi dragón e hicimos una recorrida de colegio en colegio y de liceo (instituto) en liceo.

No me molesté en hablar primero con los profesores, pues por lo que mencioné arriba, ya daba por sentado que la mayoría ni siquiera iba a estar al tanto del asunto. No, me puse a vigilar los patios y pasillos, detectando todas las señales de un acoso en progreso, que eran las mismas de mi época (es triste ver que las cosas no han mejorado desde entonces). Entonces me puse en acción:

¡Vuelve aquí, patético abusador granujiento,
y enfrenta el poder de mi katana!

¡La que se armó! Los profesores me miraron escandalizados, los abusadores escolares corrieron en todas direcciones, y las víctimas de acoso vitorearon y aplaudieron, sintiendo que por fin alguien los comprendía. Mientras tanto, yo seguía gritando a los abusadores: "¡Arrepiéntanse ahora mismo o les cortaré un miembro o dos para dárselos de comer a mi dragón!"

No derramé sangre, sin embargo. La muerte puede acabar con algunos problemas pero no rehabilita a nadie, y mi objetivo era inculcar a los abusadores la siguiente lección: no importa qué tan poderosos se crean, más les vale dejar de acosar a sus compañeros de clase... o correrán el riesgo de que éstos enloquezcan algún día y vuelvan para descuartizarlos con una katana y un dragón.

Cuando Donald y yo acabamos nuestra noble labor pedagógica, consolé a las víctimas de acoso con divertidos paseos en mi dragón. Algunos me preguntaron dónde conseguí la katana, pero más bien los pasé con un terapeuta (es que no iba a poner armas mortales en manos de jóvenes potencialmente inestables debido al acoso escolar; una es un poquito más responsable que eso).

Por último, también eché una advertencia a los profesores y padres de los alumnos. Para que no se dejen estar. El acoso escolar es cosa seria.

Y me marché diciendo: "Los estaré vigilando. ¡Muajajajaja!" (Faltaba el toque melodramático.)

Uma Thurman estaría orgullosa de mí :-)

G. E.

2 comentarios:

  1. Jajaja qué chulada! A la mie**a con los acosadores. Que les den! Yo también lo pasé mal un tiempo con esto hasta que me revolví a uno de ellos (me levanté en mitad de la clase, lo cogí del cuello y lo estampé contra la ventana...) y ya no les hacía gracia que yo pudiera dejarlos en ridículo. Me seguían mirando mal o se reían a mi paso, pero yo ni caso les hacía. Eso tuvo que hacerles sentir que estaban en un proceso inútil y desistieron.

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    1. ¡Gracias! En mi caso, lo de estamparlos contra la pared era más difícil, dado mi metro cincuenta de estatura... Pero aprendí a ignorarlos o a hacerlos quedar mal con mi inteligencia. Sin embargo, los padres y profesores deberían ocuparse más del tema, porque algunos chicos quedan marcados de por vida :-/

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Fragmento de LOBO DE LUNA

El joven nanok siguió el sonido del agua, pero entonces olió algo más que lo distrajo. ¿Qué era eso? No lo reconoció en absoluto.

A pesar de su curiosidad, Urkin fue precavido: avanzó hacia la fuente del olor moviéndose de árbol en árbol, aprovechando que su pelaje era marrón como la corteza. De su cinturón extrajo un cuchillo de piedra, por las dudas; en Kum, cualquier novedad podía ser agradable... o mortal.

Poco a poco se aproximó a un árbol más grueso que los demás, donde oyó el tenue flujo de una respiración. El olor pertenecía a un ser viviente.

Urkin rodeó el árbol, y en un hueco vio una mancha plateada y pequeña. Y asustada. El nanok lo supo por la forma en que la criatura estaba doblada sobre sí misma, como si tratara de contraerse hasta desaparecer.

Sin soltar el cuchillo, Urkin se acercó un poco más, y entonces la criatura levantó la cabeza. Urkin contuvo la respiración.

Era un cachorro de lobo. Pero no un lobo cualquiera sino un ekté, un lobo de luna. Urkin jamás había visto uno, pero sí algunos miembros de su clan, en noches de Aima llena. Así sabía que los ektén eran plateados y que tenían a Aima en los ojos.

¿Qué hacía el lobezno en el hueco del árbol? Los cachorros nunca andaban solos, ni siquiera los de esa especie.

—¿Te has perdido? —preguntó Urkin, y el animal se encogió sobre sí mismo, gimiendo. Era muy hermoso. Urkin guardó el cuchillo y extendió una mano en un gesto de amistad.

El lobezno se apretó contra el fondo del hueco. No parecía dispuesto a salir por las buenas, y Urkin no iba a forzarlo. El nanok se alejó del árbol y tomó asiento sobre una roca, decidido a esperar el tiempo que fuera necesario.

Había huellas más grandes que las del cachorro en el suelo, y también eran lobunas. ¿Su madre o padre? ¿Qué había pasado ahí exactamente? Si los ektén eran como los lobos de Kum, no abandonarían a un miembro de su jauría, mucho menos al otro lado de la luz azul.

—Me quedaré aquí hasta que alguien venga a buscarte —dijo Urkin al lobezno—. Y si nadie viene... tendré que llevarte conmigo. No puedo dejarte solo, morirías. ¿Entiendes algo de lo que estoy diciendo? Supongo que no. Espero que comprendas mi tono de voz, al menos.

El lobezno se limitó a mirarlo sin parpadear. Al cabo de un rato pareció estar un poco más calmado, y sus ojos se desviaron hacia el río. Urkin dedujo que debía de tener sed.

—Enseguida vuelvo.

El nanok fue hasta la orilla, arrancó una hoja grande y usó la misma como cuenco para recoger el agua. Urkin la olió primero, y sí, estaba buena. Regresó junto al árbol sosteniendo la hoja con ambas manos.

—Aquí tienes, lobo de luna —dijo el nanok, depositando la hoja frente al cachorro antes de volver a la roca.

El lobezno no bebió de inmediato, sino que palmo a palmo se deslizó hasta la hoja y una vez ahí tomó el agua con rápidos lengüetazos. Después retrocedió al hueco en el árbol.

—Puf. Ya veo que esto no será fácil. Pero créeme, no pienso hacerte daño.

Urkin empezó a cantar en voz baja, como hacía para sus primos a la hora de la siesta. El lobezno luchó por mantener los ojos abiertos, pero debía de estar cansado y se durmió al cabo de un rato. Urkin guardó silencio. Mientras esperaba le dio hambre, así que comió las bayas en su bolsita pensando que a la vuelta tendría que recoger más. Nadie apareció en todo ese lapso. Si el lobezno tenía familia, se hallaba fuera de su alcance.

El cachorro despertó hacia el atardecer. Quizás había pensado que su madre estaría ahí cuando abriera los ojos, porque miró en derredor y luego bajó la cabeza en un gesto de desilusión. Urkin sintió pena por él.

—Escucha, ya debo irme. ¿Quieres venir conmigo? Vamos, sígueme. —El cachorro no se movió—. Está bien, no me sigas. Pero yo volveré mañana, y si aún estás aquí, te traeré algo de comer. Adiós.

Al tiempo que decía todo esto, Urkin bajó de la roca y se alejó muy despacio del árbol. No quería dejar ahí al cachorro, pero el animalito tenía que decidir por sí mismo si aceptaba o no la invitación.

Urkin siguió caminando, le dio la espalda al árbol... y entonces escuchó pasos detrás de él. El nanok sonrió de alivio. Allí estaba el lobezno, con la cola entre sus patitas pero siguiéndolo por su propia voluntad.

—Bien hecho. Yo me encargaré de ti, pequeño.

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