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12 de diciembre de 2011

¡MALDITAS CUCARACHAS!

Me da igual que cumplan una función ecológica. Me da igual que sean tan resistentes como para sobrevivir a un apocalipsis nuclear. ¡Odio las cucarachas! Para empezar, su aspecto general es asqueroso, con esas patas pinchudas y sus repelentes mandíbulas. Y ni hablemos de su olor o el ruido que hacen al arrastrarse por la casa. Puaj. Encima, ¡transportan microbios y causan alergias!

De verdad, ¿era necesario que fueran TAN horribles? Los escarabajos estercoleros transportan caca de un lado a otro, pero no me dan asco. En cambio, me basta mirar a una cucaracha para que se me revuelva el estómago. (Ya no pego un grito al ver una, por lo menos. Mi madre sí.)

Mi relación de antagonismo con las cucarachas ya lleva un buen tiempo. Más de una vez tuvieron la desagradable idea de refugiarse en mis zapatillas de deporte. (Es por eso que ahora siempre las reviso antes de ponérmelas.) En otra ocasión, ¡una cucaracha mordisqueó el paquete con mis galletas de chocolate! ¡Oh sacrilegio imperdonable! (No encontré a la cucaracha culpable. La habría sentenciado a muerte sin juicio previo.)

Cuando era más joven, mi gato solía traer cucarachas de afuera para destriparlas sobre mi alfombra. O sea, yo tenía que recoger los pedazos al final del día, lo cual me resultaba sumamente molesto. Nunca llegué a entender esa manía de mi gato. ¿No podía traer algo menos desagradable, como ratones, pájaros o serpientes de tierra? (Sí, hasta los cadáveres de ratones y serpientes me dan menos asco que las cucarachas.)

En la actualidad, cada verano me veo obligada a enfrentar una especie de invasión cucarachesca. Por alguna razón caen en el fondo de mi casa y se meten por debajo de la puerta de reja, obligándome a perseguirlas hasta acabar con ellas. No es mi idea de un deporte, desde luego. Conocí a una mujer que las atrapaba para devolverlas al exterior, pero yo no hago eso. Cucaracha que invade mi territorio es cucaracha que termina sus días en mi inodoro. ¡Lástima que las demás no se den por enteradas y dejen de venir! Les pondría un cartel que diga SE PROHÍBEN LAS CUCARACHAS, pero seguro que las muy malditas son analfabetas. Grrrr.

En fin. Cucarachas del mundo, les advierto: MÁS LES VALE NO CRUZARSE EN MI CAMINO, PORQUE AUNQUE SEAN CAPACES DE SOBREVIVIR A UN APOCALIPSIS NUCLEAR, ¡¡SIN DUDA QUE NO SOBREVIVIRÁN AL PODER DE MI ZAPATO!!

¡Muere, cucaracha, muereeeeeee!

G. E.

PD: Al que se ponga a cantar esa cancioncita de La cucaracha, le pegaré con mi matamoscas. No tiene gracia.

6 comentarios:

  1. jajajajajajja...muy bueno...ami me pasa lo mismo!!! las odiooooooo!!!!

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    1. Bienvenida al Club Oficial de Odiadores de Cucarachas, entonces :-) ¡Gracias por comentar!

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  2. ME ADHIERO A SU CUCARACHOFOBIA¡¡¡
    CUCARACHAS NO GRACIAS¡¡

    Y ADEMAS CARECEN DE GLAMOUR Y DE LIQUIDEZ MONETARIA Y ADEMAS SON TAN POCO FAVORECEDORAS POR NO SER NO SON NI MULTICOLORES ES MAS NI TAN SIQUIERA SON DADIVOSAS¡¡

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    1. Bienvenido también al club :-D Es cierto eso de que ni siquiera son multicolores. ¿No podrían tener alas bonitas como las mariposas o las mariquitas, al menos? Sin embargo, lo de la falta de liquidez monetaria no me molesta particularmente, porque todavía no he conocido un solo insecto que use dinero :-P (Las cucarachas seguro que hasta son capaces de comerse los billetes. Comen cualquier cosa, las muy podridas.) ¡Gracias por comentar!

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  3. Quiero unirme a ese club. ¿A cuánto asciende la cuota societaria? Categoría Senior.

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    1. Es gratis. Bienvenido al club tú también :-)

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Fragmento de LOBO DE LUNA

El joven nanok siguió el sonido del agua, pero entonces olió algo más que lo distrajo. ¿Qué era eso? No lo reconoció en absoluto.

A pesar de su curiosidad, Urkin fue precavido: avanzó hacia la fuente del olor moviéndose de árbol en árbol, aprovechando que su pelaje era marrón como la corteza. De su cinturón extrajo un cuchillo de piedra, por las dudas; en Kum, cualquier novedad podía ser agradable... o mortal.

Poco a poco se aproximó a un árbol más grueso que los demás, donde oyó el tenue flujo de una respiración. El olor pertenecía a un ser viviente.

Urkin rodeó el árbol, y en un hueco vio una mancha plateada y pequeña. Y asustada. El nanok lo supo por la forma en que la criatura estaba doblada sobre sí misma, como si tratara de contraerse hasta desaparecer.

Sin soltar el cuchillo, Urkin se acercó un poco más, y entonces la criatura levantó la cabeza. Urkin contuvo la respiración.

Era un cachorro de lobo. Pero no un lobo cualquiera sino un ekté, un lobo de luna. Urkin jamás había visto uno, pero sí algunos miembros de su clan, en noches de Aima llena. Así sabía que los ektén eran plateados y que tenían a Aima en los ojos.

¿Qué hacía el lobezno en el hueco del árbol? Los cachorros nunca andaban solos, ni siquiera los de esa especie.

—¿Te has perdido? —preguntó Urkin, y el animal se encogió sobre sí mismo, gimiendo. Era muy hermoso. Urkin guardó el cuchillo y extendió una mano en un gesto de amistad.

El lobezno se apretó contra el fondo del hueco. No parecía dispuesto a salir por las buenas, y Urkin no iba a forzarlo. El nanok se alejó del árbol y tomó asiento sobre una roca, decidido a esperar el tiempo que fuera necesario.

Había huellas más grandes que las del cachorro en el suelo, y también eran lobunas. ¿Su madre o padre? ¿Qué había pasado ahí exactamente? Si los ektén eran como los lobos de Kum, no abandonarían a un miembro de su jauría, mucho menos al otro lado de la luz azul.

—Me quedaré aquí hasta que alguien venga a buscarte —dijo Urkin al lobezno—. Y si nadie viene... tendré que llevarte conmigo. No puedo dejarte solo, morirías. ¿Entiendes algo de lo que estoy diciendo? Supongo que no. Espero que comprendas mi tono de voz, al menos.

El lobezno se limitó a mirarlo sin parpadear. Al cabo de un rato pareció estar un poco más calmado, y sus ojos se desviaron hacia el río. Urkin dedujo que debía de tener sed.

—Enseguida vuelvo.

El nanok fue hasta la orilla, arrancó una hoja grande y usó la misma como cuenco para recoger el agua. Urkin la olió primero, y sí, estaba buena. Regresó junto al árbol sosteniendo la hoja con ambas manos.

—Aquí tienes, lobo de luna —dijo el nanok, depositando la hoja frente al cachorro antes de volver a la roca.

El lobezno no bebió de inmediato, sino que palmo a palmo se deslizó hasta la hoja y una vez ahí tomó el agua con rápidos lengüetazos. Después retrocedió al hueco en el árbol.

—Puf. Ya veo que esto no será fácil. Pero créeme, no pienso hacerte daño.

Urkin empezó a cantar en voz baja, como hacía para sus primos a la hora de la siesta. El lobezno luchó por mantener los ojos abiertos, pero debía de estar cansado y se durmió al cabo de un rato. Urkin guardó silencio. Mientras esperaba le dio hambre, así que comió las bayas en su bolsita pensando que a la vuelta tendría que recoger más. Nadie apareció en todo ese lapso. Si el lobezno tenía familia, se hallaba fuera de su alcance.

El cachorro despertó hacia el atardecer. Quizás había pensado que su madre estaría ahí cuando abriera los ojos, porque miró en derredor y luego bajó la cabeza en un gesto de desilusión. Urkin sintió pena por él.

—Escucha, ya debo irme. ¿Quieres venir conmigo? Vamos, sígueme. —El cachorro no se movió—. Está bien, no me sigas. Pero yo volveré mañana, y si aún estás aquí, te traeré algo de comer. Adiós.

Al tiempo que decía todo esto, Urkin bajó de la roca y se alejó muy despacio del árbol. No quería dejar ahí al cachorro, pero el animalito tenía que decidir por sí mismo si aceptaba o no la invitación.

Urkin siguió caminando, le dio la espalda al árbol... y entonces escuchó pasos detrás de él. El nanok sonrió de alivio. Allí estaba el lobezno, con la cola entre sus patitas pero siguiéndolo por su propia voluntad.

—Bien hecho. Yo me encargaré de ti, pequeño.

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