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30 de noviembre de 2011

LO QUE EL VENTARRÓN SE LLEVÓ (3)

En el episodio anterior dejamos a Rhett Bongo de pie frente a Scarlett O'Hada pidiéndole matrimonio (de rodillas no; Rhett Bongo era demasiado orgulloso como para eso). Espero que no se hayan muerto de ansiedad durante la espera por saber qué ocurriría a continuación :-) Pero no sufran más porque aquí está, por fin...

LO QUE EL VENTARRÓN SE LLEVÓ
(tercera parte)

—Cásate conmigo —le pidió Rhett a Scarlett—, y entre los dos restauraremos el esplendor de Taralandia.

—Pero Rhett, ¿que parte de "no me gustan los duendes babosos" no has entendido?

—¿Te he dicho ya que he recuperado mi fortuna y que ahora soy inmensamente rico?

—Oh. ¡Está bien, acepto! ¿Cuándo nos casamos?

Así fue como Rhett y Scarlett O'Hada contrajeron matrimonio, en una boda rebosante de lujos, y se fueron a vivir juntos a un palacio en Atlantolia. Eso sí: Scarlett mantuvo su apellido de soltera porque, según ella, "Scarlett Bongo" la hacía ver gorda.

Sin embargo, Scarlett seguía suspirando por Ashley Soso, quien durante la guerra había contraído una extraña afección y ahora necesitaba chupar sangre humana para vivir. A Scarlett esto no le importaba, pues ahora Ashley se veía todavía más guapo ante sus ojos, con su mortal palidez, sus cincelados pectorales de Adonis y sus ojos de color bronce. Además, Ashley ya no envejecía, de modo que siempre se mantendría joven y apuesto.

—Ashley, ¿por qué no escapamos juntos y me conviertes en chupasangre para que los dos podamos vivir felices por toda la eternidad? —le preguntaba Scarlett.

—Lo siento, Scarlett, pero aunque en el fondo siento algo por ti, mi amor eterno le pertenece a Bella Melanie. ¡Oh, Bella Melanie!, ¿dónde estás? Acabo de componer una canción de cuna para ti.

Rhett Bongo también había contraído una extraña afección durante la guerra: una noche al mes se convertía en un duende-lobo y salía a aullarle a la luna llena. Fue por eso que él y Scarlett tuvieron una hijita muy, muy peluda a la que le gustaba correr por el bosque en pos de las ardillas y morder los tobillos de los carteros.

Scarlett no quedó muy conforme con la pérdida de su figura durante el embarazo, ya que su cintura había aumentado 2 mm de circunferencia.

—¡No volveré a tener hijos! —se quejaba—. ¡He perdido mi belleza! ¡Ahora soy menos hermosa que Ashley Soso, y jamás podré conquistarlo! ¡Buaaaaaaa!

Por su lado, Melanie Flor también estaba experimentando cambios poco favorables: había empezado a marchitarse, como todas las criaturas de su especie. Por eso andaba a lo zombi, dejando pétalos aquí y allá. A pesar de eso, Ashley todavía la idolatraba.

Bella, Bella Melanie, Melanie, tú eres la única mujer de mi vida.

Scarlett, obviamente, no estaba nada feliz con la situación, pero dado que tenía un carácter demasiado fuerte como para tirarse por un risco en un arranque de desesperación depresiva, más bien estaba pensando en la mejor manera de deshacerse de Melanie Flor. Incluso había empezado a practicar rebanando remolachas con un cuchillo de carne.

Voy a acabar contigo, estúpida Bella Melanie Flor.

Rhett Bongo tampoco estaba feliz con este ¿cuadrado? amoroso, pero al menos tenía de consuelo a su peluda hijita. Por desgracia, la niñita fue corriendo detrás de un gato y terminó atropellada por una carroza :-( Pobrecilla.

Como si lo anterior no fuera tragedia suficiente, Melanie fue a consolar a Rhett y murió poco después dando a luz a su segundo pimpollito. Entonces fue Ashley Soso quien se puso a llorar por los rincones, y Scarlett, naturalmente, fue a consolarlo a él en lugar de a Rhett Bongo.

—¡He perdido a mi dulce Bella Melanie —se lamentaba Ashley.

—Vamos, ni que fuera tan terrible —le respondió Scarlett—. Al fin y al cabo, ella no era nada interesante, y se lo pasaba tropezando y chocando contra los muebles.

—¡Ya no tengo una razón para vivir!

—Pero sí, tontuelo, me tienes a mí, que soy guapa, hermosa y bella. ¿Qué más podría importarle a un chupasangre como tú?

—¡Me voy a exponer al sol en Italia para desintegrarme!

—Pero...

—¡Mi amor por Bella Melanie quedará inmortalizado en una tragedia literaria como Romeo y Julieta!

—Ashl...

—¡BUUUAAAAAAAAAAAAAAAAAA!

Scarlett parpadeó, súbitamente enmudecida. Luego dio un paso atrás y dijo:

—¿Cómo es que no me había dado cuenta antes de lo estúpido que eres?

Ashley continuó lloriqueando.

—De verdad, ahora entiendo que, si me casara contigo, no te aguantaría ni dos meses —continuó Scarlett—. ¿Rhett? ¿Rhett, dónde estás? ¡Rhett, amor mío!

Scarlett dejó a Ashley sonándose los mocos y empezó a buscar a su marido. Rhett, sin embargo, no aparecía por ningún lado. Scarlett buscó pistas de él: fibras de ropa, huellas digitales, pelos de duende-lobo, incluso alguna pulga extraviada. Analizando las fibras en un microscopio y el ADN de la sangre en la pulga, Scarlett consiguió determinar que Rhett estaba usando pantalones morados y que la pulga era del gato de la vecina. Los pelos le dijeron que Rhett estaba mudando el pelaje por el verano. Esto no la estaba llevando a ninguna conclusión útil, de modo que Scarlett usó técnicas de interrogación avanzada con los vecinos y así averiguó que Rhett había sido visto por última vez a las 17:00 en una esquina frente a la plaza, marcando territorio en una farola.


No obstante, ya en la farola, la temperatura de la orina de Rhett Bongo le indicó a Scarlett que él se había ido de ahí media hora antes. Ella regresó a su casa y ¡oh sorpresa!, descubrió que Rhett estaba ahí, empacando sus maletas.

—Rhett, ¿qué haces? —le preguntó.

—Me largo. Mi dignidad de duende-lobo sureño está harta de tantas cursilerías románticas.

—¡Pero Rhett, si yo te amo! ¡Te he amado siempre, y ahora veo que nunca amé de verdad a Ashley Soso!

—Nah, es demasiado tarde. Me voy. Tengo mejores cosas que hacer que ser parte de un culebrón paranormal.

—Pero Rhett, si tú te vas, ¿adónde voy a ir? ¿Qué voy a hacer?

—Francamente, querida, me importa un bledo. —[Esta frase la dejo igual que en la película porque es PERFECTA.]

Rhett cogió su maleta y se perdió en la niebla. Scarlett, devastada, se arrastró por el piso un buen rato, pero dado que nuestra heroína tenía demasiado carácter como para pasarse tres meses llorando con la mirada en blanco, de pronto recordó que su fuerza provenía de Taralandia.

El rostro de Scarlett se iluminó, y poniéndose de pie con los hombros hacia atrás y la cabeza en alto, ella dijo:

—¡Elemental, mi querido Watson! Volveré a Taralandia y encontraré la manera de recuperar a Rhett Bongo. Lo buscaré por todos los rincones del planeta utilizando una combinación de GPS y rastreo de tarjetas de crédito. Aunque... bueno, tal vez lo deje para mañana porque ¡mañana será otro día!

FIN

G. E.

4 comentarios:

  1. ¡¡Hola, Gissel!! ¿Qué es de tu vida y milagros? :) Esta tarde he visto de casualidad que habías escrito tu propia versión de "Lo que el viento se llevó"... ¡es absolutamente desternillante! Y los dibujos están muy logrados. :P

    Un abrazo muy fuerte

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  2. ¡Gracias! Me alegra verte por aquí, amiga :-) ¡Y qué bueno que te gustó la historia! (menos mal que también te gustaron los dibujitos, porque vaya que me dieron trabajo :-P). Yo estoy bien, gracias. Luego contesto tu e-mail, ¿vale? Besotes.

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  3. Ha sido bueniiiiisimo!!! la espera ha merecido la pena. Muy bueno de verdad Gissel, me he divertido mucho!!!

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  4. ¡Gracias, Pepi! Me alegra mucho que te haya gustado :-)

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Fragmento de LOBO DE LUNA

El joven nanok siguió el sonido del agua, pero entonces olió algo más que lo distrajo. ¿Qué era eso? No lo reconoció en absoluto.

A pesar de su curiosidad, Urkin fue precavido: avanzó hacia la fuente del olor moviéndose de árbol en árbol, aprovechando que su pelaje era marrón como la corteza. De su cinturón extrajo un cuchillo de piedra, por las dudas; en Kum, cualquier novedad podía ser agradable... o mortal.

Poco a poco se aproximó a un árbol más grueso que los demás, donde oyó el tenue flujo de una respiración. El olor pertenecía a un ser viviente.

Urkin rodeó el árbol, y en un hueco vio una mancha plateada y pequeña. Y asustada. El nanok lo supo por la forma en que la criatura estaba doblada sobre sí misma, como si tratara de contraerse hasta desaparecer.

Sin soltar el cuchillo, Urkin se acercó un poco más, y entonces la criatura levantó la cabeza. Urkin contuvo la respiración.

Era un cachorro de lobo. Pero no un lobo cualquiera sino un ekté, un lobo de luna. Urkin jamás había visto uno, pero sí algunos miembros de su clan, en noches de Aima llena. Así sabía que los ektén eran plateados y que tenían a Aima en los ojos.

¿Qué hacía el lobezno en el hueco del árbol? Los cachorros nunca andaban solos, ni siquiera los de esa especie.

—¿Te has perdido? —preguntó Urkin, y el animal se encogió sobre sí mismo, gimiendo. Era muy hermoso. Urkin guardó el cuchillo y extendió una mano en un gesto de amistad.

El lobezno se apretó contra el fondo del hueco. No parecía dispuesto a salir por las buenas, y Urkin no iba a forzarlo. El nanok se alejó del árbol y tomó asiento sobre una roca, decidido a esperar el tiempo que fuera necesario.

Había huellas más grandes que las del cachorro en el suelo, y también eran lobunas. ¿Su madre o padre? ¿Qué había pasado ahí exactamente? Si los ektén eran como los lobos de Kum, no abandonarían a un miembro de su jauría, mucho menos al otro lado de la luz azul.

—Me quedaré aquí hasta que alguien venga a buscarte —dijo Urkin al lobezno—. Y si nadie viene... tendré que llevarte conmigo. No puedo dejarte solo, morirías. ¿Entiendes algo de lo que estoy diciendo? Supongo que no. Espero que comprendas mi tono de voz, al menos.

El lobezno se limitó a mirarlo sin parpadear. Al cabo de un rato pareció estar un poco más calmado, y sus ojos se desviaron hacia el río. Urkin dedujo que debía de tener sed.

—Enseguida vuelvo.

El nanok fue hasta la orilla, arrancó una hoja grande y usó la misma como cuenco para recoger el agua. Urkin la olió primero, y sí, estaba buena. Regresó junto al árbol sosteniendo la hoja con ambas manos.

—Aquí tienes, lobo de luna —dijo el nanok, depositando la hoja frente al cachorro antes de volver a la roca.

El lobezno no bebió de inmediato, sino que palmo a palmo se deslizó hasta la hoja y una vez ahí tomó el agua con rápidos lengüetazos. Después retrocedió al hueco en el árbol.

—Puf. Ya veo que esto no será fácil. Pero créeme, no pienso hacerte daño.

Urkin empezó a cantar en voz baja, como hacía para sus primos a la hora de la siesta. El lobezno luchó por mantener los ojos abiertos, pero debía de estar cansado y se durmió al cabo de un rato. Urkin guardó silencio. Mientras esperaba le dio hambre, así que comió las bayas en su bolsita pensando que a la vuelta tendría que recoger más. Nadie apareció en todo ese lapso. Si el lobezno tenía familia, se hallaba fuera de su alcance.

El cachorro despertó hacia el atardecer. Quizás había pensado que su madre estaría ahí cuando abriera los ojos, porque miró en derredor y luego bajó la cabeza en un gesto de desilusión. Urkin sintió pena por él.

—Escucha, ya debo irme. ¿Quieres venir conmigo? Vamos, sígueme. —El cachorro no se movió—. Está bien, no me sigas. Pero yo volveré mañana, y si aún estás aquí, te traeré algo de comer. Adiós.

Al tiempo que decía todo esto, Urkin bajó de la roca y se alejó muy despacio del árbol. No quería dejar ahí al cachorro, pero el animalito tenía que decidir por sí mismo si aceptaba o no la invitación.

Urkin siguió caminando, le dio la espalda al árbol... y entonces escuchó pasos detrás de él. El nanok sonrió de alivio. Allí estaba el lobezno, con la cola entre sus patitas pero siguiéndolo por su propia voluntad.

—Bien hecho. Yo me encargaré de ti, pequeño.

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