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11 de noviembre de 2011

EL CUMPLEAÑOS DE MI DRAGÓN

¡Mi dragón Donald ya tiene un año! Mucho ha sucedido desde que nació, y la verdad es que no podría estar más orgullosa de mi "hijito" :-) Lo mínimo que podía hacer era organizar una gran fiesta para celebrar su cumpleaños, y eso fue exactamente lo que él tuvo.

Tuvimos que realizar la fiesta a la intemperie, eso sí, porque mi muchacho ha seguido creciendo desde la Noche de Brujas. Ya debe de estar pesando como media tonelada y mide más de tres metros, por lo que simplemente no cabe en mi casa. A decir verdad, es sorprendente que todavía pueda volar, pero al parecer las bestias mitológicas no tienen problema alguno en desafiar las leyes de la física.

En fin, la fiesta fue grandiosa, todo un éxito. Invité a algunos vecinos del barrio, horneé un pastel de chocolate, bollitos de limón y otras cuantas delicias, serví limonada y limoncello (dependiendo de la edad del invitado en cuestión), y puse música para todos los gustos.

Mi dragón quedó muy conmovido por el gesto, y hasta se puso a llorar cuando le entregué el pastel con su única vela.


¿Verdad que es tierno para ser una bestia enorme que arroja fuego? Que luego no se diga que los dragones son perversos ni nada por el estilo. Mi Donaldito es un bombón.

Le regalé unas gafas de aviador para sus vuelos, así no se le meterán insectos en los ojos (es algo que le ocurre sorprendentemente a menudo).

El único que no lo pasó tan bien fue mi gato. Pensé que se escondería bajo una cama hasta que pasara la fiesta (no le gustan los extraños), pero al terminar la celebración no lo encontraba por ningún lado. Le pedí a Donald que me ayudara a buscarlo, y finalmente lo hallamos flotando por el barrio. Creo que mis vecinitos (niño y niña) pensaron que sería divertido atarle unos globos...


Desatamos al minino, le dimos algo de jamón para consolarlo y terminamos de limpiar el desorden.

¡Feliz cumpleaños, Donald!

G. E.

10 comentarios:

  1. Que lindo!!!
    Espero que entre en las escenas de la pelicula Las hijas de Drácula.
    Bárbara.

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  2. Oh, seguro que querrá participar en la película. Aunque tendremos que enseñarle a poner una cara más fiera. Tal vez con un poco de maquillaje...

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  3. Hola ¡¡

    Felicidades a tu dragon , menudas historias y leyendas se inventan de estos pobres animales , no les dan la oportunidad de comportarse bien cuando ya les están humillando con la Leyenda de Sant Jordi y matando.

    En fin espero que estéis muy bien los dos.
    Cuidaros.

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  4. Gracias, Alex :-) A mí tampoco me gusta que haya tantos prejuicios en contra de los dragones. ¡Si son unas bestias adorables! :-D

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  5. ¡Felicidades, Donald!

    Y también a su dueña, por compartir con nosotros sus pequeñas aventuras. Leí por alguna parte que los dragones son alérgicos al salmón, ¿es cierto?. Quiero documentarme bien si voy a entrar en la lista de posibles adoptantes para sus crías!

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  6. Mi Donald te da las gracias :-) Y no, no es alérgico al salmón, aunque más bien prefiere cazar su comida en el aire, no en el agua.

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  7. Qué historia tan tierna sobre tu pequeño dragón. Un placer leerla!

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  8. ¡Gracias, Fidel! Me alegra que te haya gustado :-)

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  9. ¡Se me había pasado el cumpleaños de tu Dragón! Dile que no se enfade conmigo por el descuido y felicítale de mi parte.

    Ahora una duda técnica: si el dragón cuando solpa escupe fuego... ¿me quieres decir cómo hace para apagar una vela? XD

    ¡Felices fiestas!

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  10. No te preocupes, él sólo se enfada con la gente que tira basura al piso :-D Le pasaré tus felicitaciones.

    En cuanto a la duda, no siempre escupe fuego cuando sopla, así que es capaz de apagar las velas sin problemas. Mmm, si le enseñara a escupir agua, podría servir para apagar incendios forestales...

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Fragmento de LOBO DE LUNA

El joven nanok siguió el sonido del agua, pero entonces olió algo más que lo distrajo. ¿Qué era eso? No lo reconoció en absoluto.

A pesar de su curiosidad, Urkin fue precavido: avanzó hacia la fuente del olor moviéndose de árbol en árbol, aprovechando que su pelaje era marrón como la corteza. De su cinturón extrajo un cuchillo de piedra, por las dudas; en Kum, cualquier novedad podía ser agradable... o mortal.

Poco a poco se aproximó a un árbol más grueso que los demás, donde oyó el tenue flujo de una respiración. El olor pertenecía a un ser viviente.

Urkin rodeó el árbol, y en un hueco vio una mancha plateada y pequeña. Y asustada. El nanok lo supo por la forma en que la criatura estaba doblada sobre sí misma, como si tratara de contraerse hasta desaparecer.

Sin soltar el cuchillo, Urkin se acercó un poco más, y entonces la criatura levantó la cabeza. Urkin contuvo la respiración.

Era un cachorro de lobo. Pero no un lobo cualquiera sino un ekté, un lobo de luna. Urkin jamás había visto uno, pero sí algunos miembros de su clan, en noches de Aima llena. Así sabía que los ektén eran plateados y que tenían a Aima en los ojos.

¿Qué hacía el lobezno en el hueco del árbol? Los cachorros nunca andaban solos, ni siquiera los de esa especie.

—¿Te has perdido? —preguntó Urkin, y el animal se encogió sobre sí mismo, gimiendo. Era muy hermoso. Urkin guardó el cuchillo y extendió una mano en un gesto de amistad.

El lobezno se apretó contra el fondo del hueco. No parecía dispuesto a salir por las buenas, y Urkin no iba a forzarlo. El nanok se alejó del árbol y tomó asiento sobre una roca, decidido a esperar el tiempo que fuera necesario.

Había huellas más grandes que las del cachorro en el suelo, y también eran lobunas. ¿Su madre o padre? ¿Qué había pasado ahí exactamente? Si los ektén eran como los lobos de Kum, no abandonarían a un miembro de su jauría, mucho menos al otro lado de la luz azul.

—Me quedaré aquí hasta que alguien venga a buscarte —dijo Urkin al lobezno—. Y si nadie viene... tendré que llevarte conmigo. No puedo dejarte solo, morirías. ¿Entiendes algo de lo que estoy diciendo? Supongo que no. Espero que comprendas mi tono de voz, al menos.

El lobezno se limitó a mirarlo sin parpadear. Al cabo de un rato pareció estar un poco más calmado, y sus ojos se desviaron hacia el río. Urkin dedujo que debía de tener sed.

—Enseguida vuelvo.

El nanok fue hasta la orilla, arrancó una hoja grande y usó la misma como cuenco para recoger el agua. Urkin la olió primero, y sí, estaba buena. Regresó junto al árbol sosteniendo la hoja con ambas manos.

—Aquí tienes, lobo de luna —dijo el nanok, depositando la hoja frente al cachorro antes de volver a la roca.

El lobezno no bebió de inmediato, sino que palmo a palmo se deslizó hasta la hoja y una vez ahí tomó el agua con rápidos lengüetazos. Después retrocedió al hueco en el árbol.

—Puf. Ya veo que esto no será fácil. Pero créeme, no pienso hacerte daño.

Urkin empezó a cantar en voz baja, como hacía para sus primos a la hora de la siesta. El lobezno luchó por mantener los ojos abiertos, pero debía de estar cansado y se durmió al cabo de un rato. Urkin guardó silencio. Mientras esperaba le dio hambre, así que comió las bayas en su bolsita pensando que a la vuelta tendría que recoger más. Nadie apareció en todo ese lapso. Si el lobezno tenía familia, se hallaba fuera de su alcance.

El cachorro despertó hacia el atardecer. Quizás había pensado que su madre estaría ahí cuando abriera los ojos, porque miró en derredor y luego bajó la cabeza en un gesto de desilusión. Urkin sintió pena por él.

—Escucha, ya debo irme. ¿Quieres venir conmigo? Vamos, sígueme. —El cachorro no se movió—. Está bien, no me sigas. Pero yo volveré mañana, y si aún estás aquí, te traeré algo de comer. Adiós.

Al tiempo que decía todo esto, Urkin bajó de la roca y se alejó muy despacio del árbol. No quería dejar ahí al cachorro, pero el animalito tenía que decidir por sí mismo si aceptaba o no la invitación.

Urkin siguió caminando, le dio la espalda al árbol... y entonces escuchó pasos detrás de él. El nanok sonrió de alivio. Allí estaba el lobezno, con la cola entre sus patitas pero siguiéndolo por su propia voluntad.

—Bien hecho. Yo me encargaré de ti, pequeño.

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