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24 de noviembre de 2011

LO QUE EL VENTARRÓN SE LLEVÓ (2)

En el episodio anterior dejamos a nuestra pobre Scarlett O'Hada a medio camino de Taralandia, llevando a Melanie Flor y su pimpollito recién nacido en la carreta mágica de Rhett Bongo. Pero la historia no acaba ahí, de modo que ya les pongo la continuación de...

LO QUE EL VENTARRÓN SE LLEVÓ
(segunda parte)

Scarlett O'Hada llegó por fin a Taralandia. El Círculo Místico de los Trece Robles había sido cruelmente arrasado por los extraterrestres y los dragones, pero Taralandia aún seguía en pie. Sin embargo, todo el mundo se había ido excepto la familia de Scarlett. Su madre había muerto recientemente de gripe marciana y su padre había sido hechizado por un mago, de tal manera que ahora sólo podía expresarse con palabras que únicamente contuvieran la vocal A. Por supuesto, no se le entendía ni la mitad de lo que decía, pobrecillo. Largaba frases tan pintorescas como: "La parra brava a la cavar mata frazada blanda."

Nuestra heroína, sin embargo, era demasiado práctica como para dejarse desalentar, de modo que, emulando a la famosa Martha Stewart y los consejos del programa Utilísima, pronto tomó las riendas de Taralandia para sacarla adelante. Scarlett incluso escribió varios libros al respecto, entre ellos:

CÓMO COCINAR HIERBAS DE HUERTOS SAQUEADOS

ASESINANDO INVASORES DE REINOS ENEMIGOS

ADMINISTRACIÓN DEL DINERO ROBADO A LOS INVASORES

CONFECCIÓN DE ROPA CON CORTINAS Y ALFOMBRAS

LIMPIEZA DE ROPA INFESTADA POR PIOJOS ALIENÍGENAS

El vestido me quedó pasable, pero dudo de que este nabo
baste para una sopa decente. ¿Qué haría Martha Stewart?

Básicamente, Scarlett aprendió a administrar su propiedad, defendiéndola de los codiciosos (y lujuriosos) soldados de los castillos del aire que aún rondaban por ahí. También recibió en su casa a los soldados de su propio bando que volvían derrotados (matar a los alienígenas con microbios no había sido suficiente para asegurar la victoria). Entre ellos se encontraba Ashley Soso. Scarlett trató de conquistarlo una vez más, pero Ashley todavía estaba enamorado de Melanie Flor.

Hacía falta más dinero para administrar Taralandia, y como el precio de los polvos mágicos había caído hasta el suelo (ya nadie necesitaba polvos mágicos; los extraterrestres habían muerto pero su tecnología aún funcionaba de maravilla), Scarlett fue a reunirse con Rhett Bongo para pedirle su oro de duende. Por desgracia, los enemigos le habían confiscado el pote de oro y Rhett estaba preso, de modo que Scarlett engañó al novio de su hermana y se casó con él. Su hermana se enfadó tanto que explotó en una lluvia de chispas mágicas. Scarlett, siempre práctica, las usó para decorar el árbol de Navidad (luego escribió un libro sobre el tema).

Por un tiempo, Scarlett continuó defendiendo Taralandia de los invasores y los cobradores de impuestos de los castillos del aire. Leyó tantas novelas de caballería que estuvo a punto de secársele el cerebro, pero una vez equipada con su armadura y un unicornio de guerra, se transformó en una campeona admirable a quien todos los enemigos de Taralandia llegaron a temer.

¡Marchaos de mis tierras, malvado gigante,
u os haré trizas con mi lanza!

Los enemigos, no obstante, no se rindieron, y tras una batalla fenomenal (en la que también cayeron algunos molinos de viento inocentes), el nuevo esposo de Scarlett pasó a mejor vida.

Entonces Rhett Bongo fue liberado de las mazmorras y, tras una apasionada declaración de amor, le pidió a Scarlett O'Hada que se casara con él, prometiéndole que la ayudaría a restaurar el esplendor de Taralandia. Scarlett le respondió... bueno, eso lo sabrán en el último episodio, porque esto ¡continuará!

G. E.

Artículo relacionado: LO QUE EL VENTARRÓN SE LLEVÓ (3).

4 comentarios:

  1. Hola, Gissel,
    no había venido antes porque no sabía cómo llegar; pero por fin hoy he visto en mi muro de fb un enlace a tu blog, y he aprovechado para hacerte la visita que esperaba poder hacerte desde hacía tiempo.
    No sabía con qué me iba a encontrar, pero desde luego no esperaba las risas que me ha provocado tu relato, es desquiciado y divertidísimo, y no pienso perderme la continuación.
    Besos a ti y a tu dragón 8)

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  2. Me hace muy, muy feliz que te haya gustado, Bea :-) ¡Besotes para ti también!

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  3. ¡¡¡Aaaa!!! ¡¡¡Que intriga!!!Me ha encantado y los dibujos son geniales!!! Esperare impaciente el episodio final!!!

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  4. ¡Gracias, me alegra que te haya gustado! Ya estoy trabajando en la tercera parte. Estará pronta en poco tiempo...

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Fragmento de LOBO DE LUNA

El joven nanok siguió el sonido del agua, pero entonces olió algo más que lo distrajo. ¿Qué era eso? No lo reconoció en absoluto.

A pesar de su curiosidad, Urkin fue precavido: avanzó hacia la fuente del olor moviéndose de árbol en árbol, aprovechando que su pelaje era marrón como la corteza. De su cinturón extrajo un cuchillo de piedra, por las dudas; en Kum, cualquier novedad podía ser agradable... o mortal.

Poco a poco se aproximó a un árbol más grueso que los demás, donde oyó el tenue flujo de una respiración. El olor pertenecía a un ser viviente.

Urkin rodeó el árbol, y en un hueco vio una mancha plateada y pequeña. Y asustada. El nanok lo supo por la forma en que la criatura estaba doblada sobre sí misma, como si tratara de contraerse hasta desaparecer.

Sin soltar el cuchillo, Urkin se acercó un poco más, y entonces la criatura levantó la cabeza. Urkin contuvo la respiración.

Era un cachorro de lobo. Pero no un lobo cualquiera sino un ekté, un lobo de luna. Urkin jamás había visto uno, pero sí algunos miembros de su clan, en noches de Aima llena. Así sabía que los ektén eran plateados y que tenían a Aima en los ojos.

¿Qué hacía el lobezno en el hueco del árbol? Los cachorros nunca andaban solos, ni siquiera los de esa especie.

—¿Te has perdido? —preguntó Urkin, y el animal se encogió sobre sí mismo, gimiendo. Era muy hermoso. Urkin guardó el cuchillo y extendió una mano en un gesto de amistad.

El lobezno se apretó contra el fondo del hueco. No parecía dispuesto a salir por las buenas, y Urkin no iba a forzarlo. El nanok se alejó del árbol y tomó asiento sobre una roca, decidido a esperar el tiempo que fuera necesario.

Había huellas más grandes que las del cachorro en el suelo, y también eran lobunas. ¿Su madre o padre? ¿Qué había pasado ahí exactamente? Si los ektén eran como los lobos de Kum, no abandonarían a un miembro de su jauría, mucho menos al otro lado de la luz azul.

—Me quedaré aquí hasta que alguien venga a buscarte —dijo Urkin al lobezno—. Y si nadie viene... tendré que llevarte conmigo. No puedo dejarte solo, morirías. ¿Entiendes algo de lo que estoy diciendo? Supongo que no. Espero que comprendas mi tono de voz, al menos.

El lobezno se limitó a mirarlo sin parpadear. Al cabo de un rato pareció estar un poco más calmado, y sus ojos se desviaron hacia el río. Urkin dedujo que debía de tener sed.

—Enseguida vuelvo.

El nanok fue hasta la orilla, arrancó una hoja grande y usó la misma como cuenco para recoger el agua. Urkin la olió primero, y sí, estaba buena. Regresó junto al árbol sosteniendo la hoja con ambas manos.

—Aquí tienes, lobo de luna —dijo el nanok, depositando la hoja frente al cachorro antes de volver a la roca.

El lobezno no bebió de inmediato, sino que palmo a palmo se deslizó hasta la hoja y una vez ahí tomó el agua con rápidos lengüetazos. Después retrocedió al hueco en el árbol.

—Puf. Ya veo que esto no será fácil. Pero créeme, no pienso hacerte daño.

Urkin empezó a cantar en voz baja, como hacía para sus primos a la hora de la siesta. El lobezno luchó por mantener los ojos abiertos, pero debía de estar cansado y se durmió al cabo de un rato. Urkin guardó silencio. Mientras esperaba le dio hambre, así que comió las bayas en su bolsita pensando que a la vuelta tendría que recoger más. Nadie apareció en todo ese lapso. Si el lobezno tenía familia, se hallaba fuera de su alcance.

El cachorro despertó hacia el atardecer. Quizás había pensado que su madre estaría ahí cuando abriera los ojos, porque miró en derredor y luego bajó la cabeza en un gesto de desilusión. Urkin sintió pena por él.

—Escucha, ya debo irme. ¿Quieres venir conmigo? Vamos, sígueme. —El cachorro no se movió—. Está bien, no me sigas. Pero yo volveré mañana, y si aún estás aquí, te traeré algo de comer. Adiós.

Al tiempo que decía todo esto, Urkin bajó de la roca y se alejó muy despacio del árbol. No quería dejar ahí al cachorro, pero el animalito tenía que decidir por sí mismo si aceptaba o no la invitación.

Urkin siguió caminando, le dio la espalda al árbol... y entonces escuchó pasos detrás de él. El nanok sonrió de alivio. Allí estaba el lobezno, con la cola entre sus patitas pero siguiéndolo por su propia voluntad.

—Bien hecho. Yo me encargaré de ti, pequeño.

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