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25 de septiembre de 2011

LAS ARAÑAS Y YO

Como mujer rara que soy, tengo una relación bastante amistosa con las arañas, ya sea fuera o dentro de mi casa. Nunca las mato. Como máximo, las atrapo con un vaso y las saco afuera cuidadosamente, despidiéndolas con un "¡adiós, arañita!" :-P

O "¡adiós, arañota!", en este caso. Es una araña Polybetes, impresionante pero no peligrosa.

Mi relación amistosa con las arañas empezó desde que yo era una niña y miraba los documentales de la TV. Muy pronto aprendí que las arañas, a pesar de su aspecto grotesco, son buenas aliadas del ser humano en la lucha contra las plagas. Una vez me senté durante horas a ver a una araña tejer su red, y una vez que la red estuvo terminada, me senté más horas a depositar en ella, con una pinza, algunos insectos para que comiera su ocupante. (No me miren con esas caras. A algunos niños les gusta dar de comer a sus perros por debajo de la mesa, a mí me gustaba alimentar a las arañas en mi jardín. También rompía mejillones en la playa para alimentar a esos adorables cangrejos.)

Los documentales también me enseñaron que la mayoría de las arañas NO son peligrosas para el ser humano. En mi país sólo hay unas pocas especies que pueden causar lesiones más o menos molestas, raramente graves. (Las arañas australianas, en cambio, sí son de cuidado: hay algunas tan venenosas que si te pican puedes despedirte del dedo... o del pie... o de la pierna entera. Un buen incentivo para revisar esos zapatos antes de ponérselos, ¿eh? Menos mal que no vivo en Australia, por mucho que me gusten los canguros y los ornitorrincos.)

Hace algunos años salí afuera... y descubrí que una araña había estado muy ocupada durante la noche, ¡tejiendo una telaraña de SESENTA CENTÍMETROS de diámetro entre la pared de mi casa y el jardín! Parecía sacada de la película Aracnofobia. (Si no han visto esa película, ¿qué están esperando? Está genial. Horror del bueno en la categoría de plagas animales. Todo un clásico.) Me dio pena romper semejante maravilla arquitectónica arácnida, pero bueno, tampoco iba a dejar que una araña despistada me cortara el paso con su red. Hasta el día de hoy, sin embargo, me pregunto qué pensaba atrapar con una red tan grande. ¿Polillas gigantes? ¿Murciélagos? ¿Al Duende Verde?

Encima, las arañas tienen unas cuantas particularidades biológicas estupendas. ¡Quelíceros con una variedad de venenos potencialmente mortales! ¡Ocho patas! ¡Pelos urticantes! ¡Suficientes ojos para conseguir una visión de 360º! ¡Telarañas más resistentes, en comparación, que el acero! ¡Y ALGUNAS HEMBRAS SE COMEN A LOS MACHOS SI NO ESTÁN CON GANAS DE APAREARSE! (Definitivamente eso le gana al "hoy no, querido, me duele la cabeza".) ¡También hay arañas que saltan sobre otras arañas y se las comen! ¡GUERRA DE ARAÑAS! (Insertar música de la peli Rocky.)

Y si después de todo esto aún hay alguien a quien no le gusten las arañas, les daré una razón adicional para quererlas: ¡¡SON LA RAZÓN DE SER DE SPIDER-MAN, UNO DE LOS MEJORES SUPERHÉROES DESPUÉS DE BATMAN!!

¡Que vivan las arañas!

¡Hola, arañita!

(Bueno... ejem... esa araña está un poco grande. Mejor llamo al exterminador, no sea que se coma a mi gato. Tampoco hay que exagerar con las aficiones inusuales...)

G. E.

4 comentarios:

  1. Muy bonito. Pero me siguen pareciendo bichos asquerosillos...aunque reconozco que yo también jugaba a echar hormiguitas en las telas de araña para ver al octópodo en acción. Cómo los envolvía para luego devorarlos poco a poco. ¡Cosas de críos! Pero bueno, más asco me producen las cucarachas y las ratas...un escalofrío me recorre la crisma. Un abrazo muy fuerte y gracias por dejarme "entrar en tu mundo" desde mi blog.

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    1. ¡Gracias por el comentario! Pues yo también detesto a las cucarachas... pero las ratas me gustan. Incluso tengo un cráneo de rata en mi escritorio :-D Besotes.

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  2. Me encantó la entrada. Me hizo reír. Yo también hice alguna vez lo de poner insectos en una telaraña. Yo no lo veo como alguna especie de sadismo, simplemente se trata de curiosidad científica, ¿verdad? También recuerdo una batalla épica que tuve de niño con una araña gigantesca que encontré detrás de una piedra en la finca de un tío mío. ¡Me dio un susto que casi me hago en los pantalones! Aún recuerdo esas patas negras y gruesas como dedos, moviéndose tan rápido. Parecía una enorme mano fantasmal. Sí, las arañas veces me provocan dentera, pero son de esos animales que me fascinan y me asustan al mismo tiempo, como las películas de terror que tanto adoro. ¡Saludos!

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    1. ¡Gracias! Me alegra mucho que te haya hecho reír. Yo tampoco pienso que alimentar arañas sea sadismo. Total, las arañas también tienen que comer :-D Saludos pa' ti también :-)

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Fragmento de LOBO DE LUNA

El joven nanok siguió el sonido del agua, pero entonces olió algo más que lo distrajo. ¿Qué era eso? No lo reconoció en absoluto.

A pesar de su curiosidad, Urkin fue precavido: avanzó hacia la fuente del olor moviéndose de árbol en árbol, aprovechando que su pelaje era marrón como la corteza. De su cinturón extrajo un cuchillo de piedra, por las dudas; en Kum, cualquier novedad podía ser agradable... o mortal.

Poco a poco se aproximó a un árbol más grueso que los demás, donde oyó el tenue flujo de una respiración. El olor pertenecía a un ser viviente.

Urkin rodeó el árbol, y en un hueco vio una mancha plateada y pequeña. Y asustada. El nanok lo supo por la forma en que la criatura estaba doblada sobre sí misma, como si tratara de contraerse hasta desaparecer.

Sin soltar el cuchillo, Urkin se acercó un poco más, y entonces la criatura levantó la cabeza. Urkin contuvo la respiración.

Era un cachorro de lobo. Pero no un lobo cualquiera sino un ekté, un lobo de luna. Urkin jamás había visto uno, pero sí algunos miembros de su clan, en noches de Aima llena. Así sabía que los ektén eran plateados y que tenían a Aima en los ojos.

¿Qué hacía el lobezno en el hueco del árbol? Los cachorros nunca andaban solos, ni siquiera los de esa especie.

—¿Te has perdido? —preguntó Urkin, y el animal se encogió sobre sí mismo, gimiendo. Era muy hermoso. Urkin guardó el cuchillo y extendió una mano en un gesto de amistad.

El lobezno se apretó contra el fondo del hueco. No parecía dispuesto a salir por las buenas, y Urkin no iba a forzarlo. El nanok se alejó del árbol y tomó asiento sobre una roca, decidido a esperar el tiempo que fuera necesario.

Había huellas más grandes que las del cachorro en el suelo, y también eran lobunas. ¿Su madre o padre? ¿Qué había pasado ahí exactamente? Si los ektén eran como los lobos de Kum, no abandonarían a un miembro de su jauría, mucho menos al otro lado de la luz azul.

—Me quedaré aquí hasta que alguien venga a buscarte —dijo Urkin al lobezno—. Y si nadie viene... tendré que llevarte conmigo. No puedo dejarte solo, morirías. ¿Entiendes algo de lo que estoy diciendo? Supongo que no. Espero que comprendas mi tono de voz, al menos.

El lobezno se limitó a mirarlo sin parpadear. Al cabo de un rato pareció estar un poco más calmado, y sus ojos se desviaron hacia el río. Urkin dedujo que debía de tener sed.

—Enseguida vuelvo.

El nanok fue hasta la orilla, arrancó una hoja grande y usó la misma como cuenco para recoger el agua. Urkin la olió primero, y sí, estaba buena. Regresó junto al árbol sosteniendo la hoja con ambas manos.

—Aquí tienes, lobo de luna —dijo el nanok, depositando la hoja frente al cachorro antes de volver a la roca.

El lobezno no bebió de inmediato, sino que palmo a palmo se deslizó hasta la hoja y una vez ahí tomó el agua con rápidos lengüetazos. Después retrocedió al hueco en el árbol.

—Puf. Ya veo que esto no será fácil. Pero créeme, no pienso hacerte daño.

Urkin empezó a cantar en voz baja, como hacía para sus primos a la hora de la siesta. El lobezno luchó por mantener los ojos abiertos, pero debía de estar cansado y se durmió al cabo de un rato. Urkin guardó silencio. Mientras esperaba le dio hambre, así que comió las bayas en su bolsita pensando que a la vuelta tendría que recoger más. Nadie apareció en todo ese lapso. Si el lobezno tenía familia, se hallaba fuera de su alcance.

El cachorro despertó hacia el atardecer. Quizás había pensado que su madre estaría ahí cuando abriera los ojos, porque miró en derredor y luego bajó la cabeza en un gesto de desilusión. Urkin sintió pena por él.

—Escucha, ya debo irme. ¿Quieres venir conmigo? Vamos, sígueme. —El cachorro no se movió—. Está bien, no me sigas. Pero yo volveré mañana, y si aún estás aquí, te traeré algo de comer. Adiós.

Al tiempo que decía todo esto, Urkin bajó de la roca y se alejó muy despacio del árbol. No quería dejar ahí al cachorro, pero el animalito tenía que decidir por sí mismo si aceptaba o no la invitación.

Urkin siguió caminando, le dio la espalda al árbol... y entonces escuchó pasos detrás de él. El nanok sonrió de alivio. Allí estaba el lobezno, con la cola entre sus patitas pero siguiéndolo por su propia voluntad.

—Bien hecho. Yo me encargaré de ti, pequeño.

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