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1 de septiembre de 2011

MALDITO INSOMNIO

De vez en cuando duermo bien y sueño cosas totalmente disparatadas, como que soy un monstruo fuera de control. El resto del tiempo, sin embargo... tengo insomnio crónico.

Tener insomnio es una lata, sobre todo cuando me toca levantarme en la mañana para ir a trabajar. Mi organismo es de tipo vespertino, o sea que no puedo irme a la cama demasiado temprano porque simplemente no me duermo. Pero si me voy a la cama alrededor de la medianoche, son menos horas que me quedan para dormir. Y si encima me ataca el insomnio... ¡es una receta para la frustración! Las horas empiezan a transcurrir, yo me empiezo a enfadar, y desde luego que eso empeora el asunto porque el estrés va en contra del buen dormir...


Mi cerebro, por supuesto, nunca me hace caso. El muy podrido se pone a pensar en cualquier cosa, dale que dale, inventando ideas para historias o haciéndome recordar algún problema que tengo que solucionar.


Mientras tanto, yo doy vueltas en la cama buscando una posición cómoda, y cuantas más vueltas doy, más se desarreglan las sábanas, de modo que más incómoda me siento. Grrrrrrr.

Las horas siguen transcurriendo, yo sigo sin dormir y tarde o temprano ocurre lo inevitable...


Entonces tengo que levantarme, y el resto del día lo pasaré medio dormida y con una cara de mala leche bien al estilo zombi.


¿¿Alguien puede decirme dónde conseguir un botón de APAGADO para mi cerebro??

¡¡DETESTO EL INSOMNIO!!

G. E.

2 comentarios:

  1. No encuentro solución al insomnio más que ponerme a ver una serie o peli malísima, hasta quedarme dormido de aburrimiento.Se me cierran los ojos solitos y no me doy ni cuenta de ello.
    Divertido post!

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    Respuestas
    1. Eso le funciona a mi madre, no a mí :-) Aunque últimamente me sirve ponerme a escribir. Me entra sueño... ¡y avanzo rápidamente en mi nueva novela! :-D Me alegra haberte divertido. ¡Besotes!

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Fragmento de LOBO DE LUNA

El joven nanok siguió el sonido del agua, pero entonces olió algo más que lo distrajo. ¿Qué era eso? No lo reconoció en absoluto.

A pesar de su curiosidad, Urkin fue precavido: avanzó hacia la fuente del olor moviéndose de árbol en árbol, aprovechando que su pelaje era marrón como la corteza. De su cinturón extrajo un cuchillo de piedra, por las dudas; en Kum, cualquier novedad podía ser agradable... o mortal.

Poco a poco se aproximó a un árbol más grueso que los demás, donde oyó el tenue flujo de una respiración. El olor pertenecía a un ser viviente.

Urkin rodeó el árbol, y en un hueco vio una mancha plateada y pequeña. Y asustada. El nanok lo supo por la forma en que la criatura estaba doblada sobre sí misma, como si tratara de contraerse hasta desaparecer.

Sin soltar el cuchillo, Urkin se acercó un poco más, y entonces la criatura levantó la cabeza. Urkin contuvo la respiración.

Era un cachorro de lobo. Pero no un lobo cualquiera sino un ekté, un lobo de luna. Urkin jamás había visto uno, pero sí algunos miembros de su clan, en noches de Aima llena. Así sabía que los ektén eran plateados y que tenían a Aima en los ojos.

¿Qué hacía el lobezno en el hueco del árbol? Los cachorros nunca andaban solos, ni siquiera los de esa especie.

—¿Te has perdido? —preguntó Urkin, y el animal se encogió sobre sí mismo, gimiendo. Era muy hermoso. Urkin guardó el cuchillo y extendió una mano en un gesto de amistad.

El lobezno se apretó contra el fondo del hueco. No parecía dispuesto a salir por las buenas, y Urkin no iba a forzarlo. El nanok se alejó del árbol y tomó asiento sobre una roca, decidido a esperar el tiempo que fuera necesario.

Había huellas más grandes que las del cachorro en el suelo, y también eran lobunas. ¿Su madre o padre? ¿Qué había pasado ahí exactamente? Si los ektén eran como los lobos de Kum, no abandonarían a un miembro de su jauría, mucho menos al otro lado de la luz azul.

—Me quedaré aquí hasta que alguien venga a buscarte —dijo Urkin al lobezno—. Y si nadie viene... tendré que llevarte conmigo. No puedo dejarte solo, morirías. ¿Entiendes algo de lo que estoy diciendo? Supongo que no. Espero que comprendas mi tono de voz, al menos.

El lobezno se limitó a mirarlo sin parpadear. Al cabo de un rato pareció estar un poco más calmado, y sus ojos se desviaron hacia el río. Urkin dedujo que debía de tener sed.

—Enseguida vuelvo.

El nanok fue hasta la orilla, arrancó una hoja grande y usó la misma como cuenco para recoger el agua. Urkin la olió primero, y sí, estaba buena. Regresó junto al árbol sosteniendo la hoja con ambas manos.

—Aquí tienes, lobo de luna —dijo el nanok, depositando la hoja frente al cachorro antes de volver a la roca.

El lobezno no bebió de inmediato, sino que palmo a palmo se deslizó hasta la hoja y una vez ahí tomó el agua con rápidos lengüetazos. Después retrocedió al hueco en el árbol.

—Puf. Ya veo que esto no será fácil. Pero créeme, no pienso hacerte daño.

Urkin empezó a cantar en voz baja, como hacía para sus primos a la hora de la siesta. El lobezno luchó por mantener los ojos abiertos, pero debía de estar cansado y se durmió al cabo de un rato. Urkin guardó silencio. Mientras esperaba le dio hambre, así que comió las bayas en su bolsita pensando que a la vuelta tendría que recoger más. Nadie apareció en todo ese lapso. Si el lobezno tenía familia, se hallaba fuera de su alcance.

El cachorro despertó hacia el atardecer. Quizás había pensado que su madre estaría ahí cuando abriera los ojos, porque miró en derredor y luego bajó la cabeza en un gesto de desilusión. Urkin sintió pena por él.

—Escucha, ya debo irme. ¿Quieres venir conmigo? Vamos, sígueme. —El cachorro no se movió—. Está bien, no me sigas. Pero yo volveré mañana, y si aún estás aquí, te traeré algo de comer. Adiós.

Al tiempo que decía todo esto, Urkin bajó de la roca y se alejó muy despacio del árbol. No quería dejar ahí al cachorro, pero el animalito tenía que decidir por sí mismo si aceptaba o no la invitación.

Urkin siguió caminando, le dio la espalda al árbol... y entonces escuchó pasos detrás de él. El nanok sonrió de alivio. Allí estaba el lobezno, con la cola entre sus patitas pero siguiéndolo por su propia voluntad.

—Bien hecho. Yo me encargaré de ti, pequeño.

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