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27 de julio de 2011

MI GATO Y YO

La tierna relación con mi gato empezó allá por 1997, el día en que lo encontré lamentándose bajo un auto. ¡No se asusten, que NO lo había atropellado el auto! Es que por ese entonces era apenas un gatito y se había escondido ahí porque estaba perdido (o quizás alguien lo había abandonado).

Decidí adoptarlo. Le tomó unos... no sé, quince minutos adaptarse a su nueva vida :-D Debía de llevar cierto retraso en el crecimiento porque tenía los ojos amarillos a pesar de su tamaño, y en una semana, con la buena comida, aumentó al doble.

Mi gato no tiene nombre. Es que no me sugería ninguno, en realidad, y de hecho da lo mismo porque sólo responde cuando le da la soberana gana. A efectos prácticos, me referiré a él como Minino :-P

La vida con Minino ha sido bastante interesante. Una vez le hice una prueba de coeficiente intelectual felino que confirmó lo que yo ya sospechaba: es un bicho bastante listo. Aprendió a rascar puertas para que lo deje entrar o salir, sabe cómo pedir que le encienda una estufa, y antes de volverse perezoso solía saltar por las azoteas y cazar cucarachas. No lo culpo por volverse perezoso. Después de los 10 años un gato ya no es tan flexible ni rápido, y de hecho agradezco que ya no cace cucarachas porque las destripaba sobre mi alfombra y yo tenía que recoger las patas sueltas (puaj). En fin, la cosa es que mi gato aprendió todas las habilidades para su supervivencia doméstica. Apuesto a que habría aprendido más cosas si no hubiera sido lo bastante listo como para darse cuenta de que podía convencer a los humanos de hacerlas por él (como ya dije, es un bicho listo).

No todo ha sido un camino de rosas, claro. Cuidar de un gato tiene otras desventajas aparte de las cucarachas; para empezar, están los PELOS. Un gato tiene MILLONES de pelos, y por más que uno pase la aspiradora, más vale acostumbrarse a convivir con la invasión pilífera. Cualquier cosa que caiga al suelo quedará automáticamente cubierta, en mayor o menor grado, de pelos gatunos. Y ni hablemos de la ropa.

En segundo lugar, está lo de rasguñar las puertas. Mi gato tiene una paciencia tremenda, y es capaz de rasguñar una puerta durante HORAS para que se la abra. Y luego rasca para volver. Y después rasca para salir de nuevo. Y ASÍ TODO EL MALDITO DÍA, porque además de paciente, mi gato es un bicho bastante indeciso y nunca sabe dónde quiere estar exactamente. Grrrr.

En tercer lugar, está el problema de los tropezones. Mi gato tiene la irritante costumbre semi-masoquista de echarse a dormir en medio del camino. Y me refiero a CUALQUIER PARTE DE LA CASA por donde uno circule. La consecuencia de esto es que suelo tropezarme con él al menos dos o tres veces al día, con el posible riesgo de causarme un esguince o fractura.


A Minino, sin embargo, no parecen importarle los golpes ni los pisotones. Debe de ser por todo ese pelo que amortigua el impacto.

La actividad favorita de Minino es dormir, por supuesto. Aunque en eso no se diferencia mucho de todos los demás felinos, claro, puesto que son criaturas altamente evolucionadas con la habilidad de ahorrar energía en cualquier ocasión posible y en la posición más cómoda posible.


(Jo, lo veo así de cómodo y me da una envidia...)

Lo bueno de Minino es que es un bicho cariñoso pero sin resultar agobiante. Bueno, dependiendo de la hora. A veces se me acerca pidiendo mimos y me acaricia el pie. Le hago mimos. Vuelve a acariciarme el pie. Lo subo a mi regazo hasta que me acalambro por estar en la misma posición con una bola peluda de 6 kilos sobre mis piernas. Lo bajo. El bicho vuelve a acariciarme el pie y ahí ya me canso y le ordeno que se busque un pasatiempo (algo que no involucre arañar las alfombras ni subirse a mi cama).

En fin, la cosa es que, a pesar de los inconvenientes, él y yo nos queremos.


G. E.

[Mi gato murió el 27/11/14. Escribí esta despedida.]

6 comentarios:

  1. Me ha encantado, yo también tengo un bicho peludo de 12 años, jajajajaja

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  2. :-) Gracias por el comentario. Si es que los gatos son adorables... :-D

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  3. Respuestas
    1. No es mala idea, pero el problema es que tendrían que ser al menos CINCO puertas gateras :-D Y no voy a agujerear todas las puertas de mi casa por el gato. ¡Que pague alquiler primero! :-D Gracias por la sugerencia, sin embargo, y también por la visita :-)

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  4. Hermosa narración. Me ha inspirado a escribir sobre Ethan y yo. Mi peludo amigo que acompaña mi camino.

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    1. ¡Gracias! Ahora ¡escribe, escribe! Y pon el vínculo aquí para que los demás podamos conocer a tu peludo amigo. Saludos :-)

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Fragmento de LOBO DE LUNA

El joven nanok siguió el sonido del agua, pero entonces olió algo más que lo distrajo. ¿Qué era eso? No lo reconoció en absoluto.

A pesar de su curiosidad, Urkin fue precavido: avanzó hacia la fuente del olor moviéndose de árbol en árbol, aprovechando que su pelaje era marrón como la corteza. De su cinturón extrajo un cuchillo de piedra, por las dudas; en Kum, cualquier novedad podía ser agradable... o mortal.

Poco a poco se aproximó a un árbol más grueso que los demás, donde oyó el tenue flujo de una respiración. El olor pertenecía a un ser viviente.

Urkin rodeó el árbol, y en un hueco vio una mancha plateada y pequeña. Y asustada. El nanok lo supo por la forma en que la criatura estaba doblada sobre sí misma, como si tratara de contraerse hasta desaparecer.

Sin soltar el cuchillo, Urkin se acercó un poco más, y entonces la criatura levantó la cabeza. Urkin contuvo la respiración.

Era un cachorro de lobo. Pero no un lobo cualquiera sino un ekté, un lobo de luna. Urkin jamás había visto uno, pero sí algunos miembros de su clan, en noches de Aima llena. Así sabía que los ektén eran plateados y que tenían a Aima en los ojos.

¿Qué hacía el lobezno en el hueco del árbol? Los cachorros nunca andaban solos, ni siquiera los de esa especie.

—¿Te has perdido? —preguntó Urkin, y el animal se encogió sobre sí mismo, gimiendo. Era muy hermoso. Urkin guardó el cuchillo y extendió una mano en un gesto de amistad.

El lobezno se apretó contra el fondo del hueco. No parecía dispuesto a salir por las buenas, y Urkin no iba a forzarlo. El nanok se alejó del árbol y tomó asiento sobre una roca, decidido a esperar el tiempo que fuera necesario.

Había huellas más grandes que las del cachorro en el suelo, y también eran lobunas. ¿Su madre o padre? ¿Qué había pasado ahí exactamente? Si los ektén eran como los lobos de Kum, no abandonarían a un miembro de su jauría, mucho menos al otro lado de la luz azul.

—Me quedaré aquí hasta que alguien venga a buscarte —dijo Urkin al lobezno—. Y si nadie viene... tendré que llevarte conmigo. No puedo dejarte solo, morirías. ¿Entiendes algo de lo que estoy diciendo? Supongo que no. Espero que comprendas mi tono de voz, al menos.

El lobezno se limitó a mirarlo sin parpadear. Al cabo de un rato pareció estar un poco más calmado, y sus ojos se desviaron hacia el río. Urkin dedujo que debía de tener sed.

—Enseguida vuelvo.

El nanok fue hasta la orilla, arrancó una hoja grande y usó la misma como cuenco para recoger el agua. Urkin la olió primero, y sí, estaba buena. Regresó junto al árbol sosteniendo la hoja con ambas manos.

—Aquí tienes, lobo de luna —dijo el nanok, depositando la hoja frente al cachorro antes de volver a la roca.

El lobezno no bebió de inmediato, sino que palmo a palmo se deslizó hasta la hoja y una vez ahí tomó el agua con rápidos lengüetazos. Después retrocedió al hueco en el árbol.

—Puf. Ya veo que esto no será fácil. Pero créeme, no pienso hacerte daño.

Urkin empezó a cantar en voz baja, como hacía para sus primos a la hora de la siesta. El lobezno luchó por mantener los ojos abiertos, pero debía de estar cansado y se durmió al cabo de un rato. Urkin guardó silencio. Mientras esperaba le dio hambre, así que comió las bayas en su bolsita pensando que a la vuelta tendría que recoger más. Nadie apareció en todo ese lapso. Si el lobezno tenía familia, se hallaba fuera de su alcance.

El cachorro despertó hacia el atardecer. Quizás había pensado que su madre estaría ahí cuando abriera los ojos, porque miró en derredor y luego bajó la cabeza en un gesto de desilusión. Urkin sintió pena por él.

—Escucha, ya debo irme. ¿Quieres venir conmigo? Vamos, sígueme. —El cachorro no se movió—. Está bien, no me sigas. Pero yo volveré mañana, y si aún estás aquí, te traeré algo de comer. Adiós.

Al tiempo que decía todo esto, Urkin bajó de la roca y se alejó muy despacio del árbol. No quería dejar ahí al cachorro, pero el animalito tenía que decidir por sí mismo si aceptaba o no la invitación.

Urkin siguió caminando, le dio la espalda al árbol... y entonces escuchó pasos detrás de él. El nanok sonrió de alivio. Allí estaba el lobezno, con la cola entre sus patitas pero siguiéndolo por su propia voluntad.

—Bien hecho. Yo me encargaré de ti, pequeño.

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